La nariz de un notario

Su destino fue decidido durante el camino, mientras él cazaba moscas al lado del cochero.

—Mi querido cliente—decía el doctor al millonario,—es preciso que no perdáis nunca de vista a ese muchacho. Comprendo que le hayáis arrojado de vuestra casa, porque, a decir verdad, su trato no debe ser muy agradable; pero no debisteis alejarle tanto, ni pasar tanto tiempo sin procuraros noticias de él. Alojadle en la calle de Beaune, o en la de la Universidad, próximo a vuestro hotel. Dedicadle a un oficio menos peligroso para vos, o mejor, si queréis, pasadle una pequeña pensión sin darle ningún oficio: si trabaja, se fatiga y se expone. No conozco oficio alguno en que el hombre no exponga su piel ¡es tan fácil, por desgracia, un accidente! Dadle lo suficiente para que pueda vivir sin hacer nada. ¡Guardaos bien, sin embargo, de tenerle en la abundancia! Volvería a beber, y ya sabéis las consecuencias fatales que os reporta a vos ese vicio. Con cien francos al mes, y la casa pagada, creo que tendrá suficiente.

—Tal vez sea demasiado... no porque me parezca la cantidad excesiva, sino porque preferiría darle de comer sin que pudiera emplear un solo céntimo en vino.

—Dadle, pues, cuatro luises, pagados en cuatro plazos: los martes de cada semana.

Ofrecieron a Romagné una pensión de ochenta francos mensuales, pero el auvernés respondió con desprecio, rascándose la oreja:

—¿Ochenta francos nada menos? ¡Para eso no valía la pena que me arrancaseis de la calle de Sèvres! Allí ganaba tres francos y medio diarios, y enviaba dinero a mi familia. Dejadme trabajar en los espejos, o dadme tres francos y medio.

Y no hubo más remedio que acceder, puesto que era el dueño de la situación.

Pronto comprendió el notario que había adoptado el partido más prudente. El año transcurrió sin accidente alguno. Se pagaba a Romagné todas las semanas, y se le vigilaba diariamente. Vivía honradamente, llevando una existencia tranquila, sin más pasión que el juego de bolos. Y los hermosos ojos de la señorita Irma Steimbourg se posaban con visible complacencia sobre la rosada nariz del dichoso millonario.

Los dos jóvenes bailaron juntos todos los cotillones del invierno; por eso el mundo daba ya por descontada su boda. Una noche, a la salida del Teatro Italiano, el anciano marqués de Villemaurin detuvo en el peristilo a L'Ambert.

—Y bien, amigo mío—le dijo,—¿cuándo celebráis vuestras bodas?

—Pero, señor marqués, si es la primera noticia que tengo sobre ese particular.

—¿Esperáis, por ventura, que os pidan vuestra mano? ¡Al hombre toca hablar, qué demontre! El joven duque de Lignant, un verdadero caballero y un excelente muchacho, no ha esperado a que yo le ofreciese mi hija: ha venido, ha agradado, y se acabó. De hoy en ocho días firmaremos el contrato. Ya sabéis, querido amigo, que es asunto que os atañe. Permitidme que acompañe a esas señoras hasta el coche, y nos acercaremos al círculo. Por el camino hablaremos. Pero cubríos, ¡qué diablo! No había visto que permanecíais con el sombrero en la mano. ¡Cuando menos se piensa se atrapa un resfriado!

El anciano y el joven caminaron del brazo hasta el bulevar, uno hablando y el otro prestándole atención. Y L'Ambert entró en su casa dispuesto a redactar el contrato de matrimonio de la señorita Carlota Augusta de Villemaurin. Pero había pillado un terrible constipado, que no le permitió hacer nada. El acta fue redactada por su oficial mayor, revisada por los encargados de los negocios de ambas familias, y transcrita, por último, en un elegante cuaderno de papel timbrado, en el que no faltaban más que las firmas.

Llegado el día, M. L'Ambert, esclavo de sus deberes, trasladose en persona al hotel de Villemaurin, a pesar de una persistente coriza que amenazaba saltarle los ojos de sus órbitas. Sonose las narices por última vez en la antecámara, y los lacayos temblaron en sus asientos cual si hubiesen oído la trompeta del juicio final.

Un criado anunció a M. L'Ambert. Llevaba puestas sus costosas gafas de oro, y sonreía gravemente, cual convenía en semejantes circunstancias.

Con su historiada corbata, sus guantes impecables, sus zapatos de baile, el sombrero debajo del brazo izquierdo, y el contrato en la mano derecha, fue a presentar sus respetos a la marquesa, atravesó con modestia el círculo formado por los que la rodeaban, inclinose ante ella, y le dijo:

—Cheñora marquecha, aquí teneich el contrato de boda de vuechtra cheñorita hija.

La señora de Villemaurin fijó en él sus ojos espantados. Un ligero murmullo elevose entre los circunstantes. M. L'Ambert saludó de nuevo, y añadió:

—¡Dioch mío! cheñora marquecha, que día tan felich va a cher echte para todoch!

Una mano vigorosa asiole por el brazo izquierdo, haciéndole girar sobre sí mismo. Volviose, y reconoció al marqués.

—Mi querido notario—le dijo éste, arrastrándole hasta un rincón,—el carnaval permite indudablemente muchas cosas; pero recordad quien sois, y cambiad de tono si os place.

—Pero, cheñor marquech...

—¡Otra vez!... Ya veis que soy paciente, pero os ruego no abuséis. Excusaos ante la marquesa, leednos el contrato de boda, y buenas noches.

—¿Pero de qué he de echcucharme, y por qué echach buenach nochech? ¡Cualquiera diría que he cometido una torpecha, cheñor mío!

El marqués no le respondió una palabra; pero hizo señas a los criados que circulaban por el salón. Entreabriose la puerta, y escuchose una voz que gritaba en la antecámara:

—¡La servidumbre del señor L'Ambert! Aturdido, confuso, fuera de sí, el pobre millonario salió haciendo reverencias en todas direcciones y no tardó en encontrarse en su carruaje, sin saber por qué ni cómo. Se golpeaba la frente, se arrancaba los cabellos y se pegaba pellizcos en los brazos para despertarse a sí mismo, por si, como creía, era juguete de un sueño. Pero no; no dormía; veía la hora que marcaba su reloj, leía los nombres de las calles, a la claridad de las luces del gas, y reconocía las muestras de los establecimientos. ¿Qué había dicho? ¿Qué había hecho? ¿Qué conveniencias había violado? ¿Qué inconveniencia o qué majadería suya podía haber dado lugar a que le tratasen de aquel modo? Porque, en fin, la duda no era posible: en la casa del señor de Villemaurin lo habían puesto de patitas en la calle. ¡Y el contrato de matrimonio estaba allí, en su mano! ¡aquel contrato redactado con tan singular esmero, en tan brillante estilo, y cuya lectura no había sido escuchada!

Sin haber podido dar con la solución a aquel problema, encontrose en el patio de su hotel. El rostro de su portero inspiróle una idea luminosa.

—¡Chinguet!—gritó.

El escuálido Singuet no se hizo llamar otra vez.

—Chinguet, te daré chien francoch chi me dichech la verdad; y chien puntapiech chi me ocultach alguna cocha.

Singuet le miró con sorpresa, y sonrió con timidez.

—¡Chonríech, dechalmado! ¿por qué? ¡Contechta encheguida!

—¡Dios mío!—dijo el pobre diablo;—el señor dispensará... que me haya permitido... pero el señor imita perfectamente el acento de Romagné.

—¡El achento de Romagné! ¿quién? ¡yo! ¿Hablo como un auvernech?

—Demasiado lo sabe el señor. Hace ya ocho días de esto.

—¿Pero qué echtach dichiendo, pollino? ¿cómo he de chaber yo una cocha chemejante?

Singuet elevó los ojos al cielo, pensando que su amo se había vuelto loco; pero M. L'Ambert, aparte de aquel maldito acento, gozaba de la plenitud de todas sus facultades. Interrogó por separado a toda su servidumbre, y se persuadió de su desgracia.

—¡Ah, infame aguador!—exclamaba,—¡ah, criminal! Echtoy cheguro de que habrá hecho alguna majadería. Que vayan a buchcarle; pero no, que voy a buchcarle yo michmo.

Corrió a pie hasta la casa de su protegido, subió a saltos hasta el quinto piso, llamó sin lograr despertarle, y, enfurecido y colérico, no encontrando otro expediente, forzó a empujones la puerta de la habitación.

—¡Cheñor L'Ambert!—exclamó Romagné.

—¡Tunante de auvernech!—respondiole el notario.

—¡Cheñor mío!

—¡Chinvergüencha!

Ya eran dos a destrozar el idioma.

La discusión prolongose por espacio de más de un cuarto de hora, en medio de la mayor algarabía, sin que se aclarase el misterio. El uno se quejaba amargamente, como víctima; el otro se defendía diciendo que era inocente.

—Echpérame aquí—dijo, para acabar M. L'Ambert.—M. Bernier, el médico, me dirá echta noche michma lo que hach hecho.

Despertó a M. Bernier, y le refirió, con la consabida che, cuanto le había ocurrido aquella noche.

—Mucho ruido y pocas nueces—le contestó el doctor, riendo de buena gana.

—Romagné es inocente; la culpa es toda vuestra. Permanecisteis con la cabeza descubierta a la salida de los Italianos: de ahí procede todo el mal. Padecéis un fuerte ataque de coriza, y habláis por la nariz: por eso os expresáis en auvernés. Esto es muy lógico. Volved a vuestra casa, aspirad bastante acónito, conservad los pies calientes y la cabeza abrigada y, en lo sucesivo, adoptad toda clase de precauciones contra los constipados, pues ya sabéis cuáles han de ser para vos sus consecuencias.
 
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