Luna nueva (Crepúsculo, #2) – Stephenie Meyer

Jacob me miró con los ojos muy abiertos, sorprendido.

—No, Bella, no odies a los chicos. No es culpa de Sam ni de los demás. Como ya te he dicho, se trata de mí… Sam es un tío muy legal, tope guay. Jared y Paul son también grandes tipos, aunque Paul es un poco… Y Embry siempre ha sido mi amigo. Eso no ha cambiado, es lo único que no ha cambiado. Me siento realmente mal cuando recuerdo lo que pensaba de Sam…

¡¿Que Sam era tope guay?! Le clavé la mirada, atónita, pero pasé por alto el asunto.

—Entonces, ¿por qué se supone que no debes verme? —inquirí.

—No es seguro —masculló y miró al suelo.

Sus palabras me hicieron estremecer de miedo.

¿También estaba al corriente de eso? Nadie lo sabía, excepto yo, pero tenía razón… Era bien entrada la madrugada, una hora perfecta para la caza. Jacob no tendría que estar en mi habitación. Debía estar sola si alguien venía a buscarme.

—Si pensase que era demasiado… arriesgado —cuchicheó—, no hubiera venido, pero te hice una promesa, Bella —volvió a mirarme—. No tenía ni idea de lo difícil que iba a ser cumplirla, aunque eso no significa que no vaya a intentarlo.

Leyó la incomprensión en mis facciones.

—Después de esa estúpida película —me recordó—, te prometí que jamás te haría daño… Estuve a punto de estropearlo todo esta tarde, ¿verdad?

—Sé que no querías hacerlo, Jake. Está bien.

—Gracias, Bella —me tomó de la mano—. Voy a hacer cuanto pueda por estar contigo, tal y como prometí —de pronto, me dedicó una gran sonrisa, una sonrisa que no era la mía, ni la de Sam, sino una extraña combinación de ambas—. Ayudaría mucho que lograras averiguarlo por tu cuenta, de verdad, Bella. Haz un esfuerzo.

Esbocé una débil mueca.

—Lo intentaré.

—Y yo intentaré verte pronto —suspiró—. Querrán hacerme hablar de esto.

—No los escuches.

—Haré lo que pueda —meneó la cabeza, como si dudara de tener éxito en esa tarea—. Ven a decírmelo tan pronto como lo hayas deducido —entonces, debió de ocurrírsele algo, algo que le provocó un temblor en las manos—. Bueno… si es que luego quieres venir.

—¿Y por qué no iba a querer?

El rostro de Jacob se endureció y se volvió frío. Ése era el uno por ciento que pertenecía a Sam.

—Se me ocurre una excelente razón —repuso con tono áspero—. Mira, tengo que irme, de verdad. ¿Podrías hacer algo por mí?

Me limité a asentir, asustada por el cambio que se había operado en él.

—Telefonéame al menos si no quieres volver a verme. Házmelo saber si fuera ése el caso.

—Eso no va a suceder…

Me interrumpió alzando una mano.

—Tú limítate a decírmelo.

Se puso de pie y se encaminó hacia la ventana.

—No seas idiota —protesté—. Vas a romperte una pierna. Usa la puerta. Charlie no te va a atrapar.

—No voy a hacerme ningún daño —murmuró, pero se volvió hacia la puerta.

Vaciló mientras pasaba junto a mí, sin dejar de mirarme con una expresión que indicaba que algo le atormentaba. Me tendió una mano con gesto de súplica.

Tomé su mano y de pronto tiró de mí —con demasiada brusquedad— hasta sacarme de la cama y chocar con un golpe sordo contra su pecho.

—Por si acaso —murmuró junto a mi pelo mientras me estrechaba entre sus brazos con tal fuerza que estuvo a punto de romperme las costillas.

—No puedo… respirar… —dije con voz entrecortada.

Me soltó de inmediato, pero retuvo un brazo a la altura de la muñeca para que no me cayera al suelo. Me dio un empujoncito —esta vez con más delicadeza— para hacerme caer sobre la cama.

—Duerme algo, Bella. Tienes que tener la mente despejada. Sé que lo vas lograr. Necesito que lo comprendas. No te quiero perder, Bella, no por esto.

Se plantó en la puerta de una zancada, la entreabrió con sigilo y desapareció por la abertura. Agucé el oído para detectar el escalón que crujía en las escaleras, pero no se escuchó nada.

Me tendí en la cama con la cabeza dándome vueltas. Estaba rendida y demasiado confusa. Cerré los ojos en un intento de que todo tuviera sentido, sólo para sumirme en la inconsciencia con tal rapidez que me desorienté.

No disfruté del sueño pacífico y sin pesadillas que tanto anhelaba, por supuesto que no. Me encontraba en el bosque una vez más y comencé a deambular por el camino de siempre.

Enseguida me percaté de que no era el sueño habitual. Por una parte, no me sentía obligada a vagabundear ni a buscar. Anduve sin rumbo fijo por una cuestión de simple hábito, ya que eso era lo que se esperaba de mí. De hecho, ni siquiera era el mismo bosque. El olor y la luz eran diferentes. No olía a tierra húmeda, sino a agua salada marina. No podía ver el cielo, pero aun así, a juzgar por el brillo jade de las hojas de las copas de los árboles, parecía que el sol estaba cayendo a plomo.

No tenía duda alguna de que la playa se hallaba cerca. Ése debía de ser el bosque cercano a La Push. Supe que podría ver el sol si era capaz de encontrar la playa, por lo que me apresuré a avanzar guiada por el débil sonido de las olas a lo lejos.

Jacob apareció en ese momento. Me aferró la mano y tiró de mí para llevarme a la parte más umbría del bosque.

—¿Qué ocurre, Jacob? —le pregunté. Su rostro era el de un niño asustado y de nuevo lucía su hermosa melena recogida en una coleta a la altura de la nuca. Tiraba de mí con todas sus fuerzas, pero yo me resistía porque no quería adentrarme en la zona sombría.

—Corre, Bella, debes correr —susurró aterrado.

La sensación de déjà vu fue tan fuerte y repentina que estuve a punto de despertarme.

Ahora sabía por qué había reconocido aquel lugar; había estado allí antes, en otro sueño, hacía un millón de años, en una etapa de mi vida totalmente distinta. Aquél era el sueño que había tenido la noche posterior a pasear con Jacob por la playa, la primera noche en que supe que Edward era un vampiro. El hecho de que Jacob me hubiera hecho recordar ese día debía de haber sacado a relucir mis recuerdos enterrados.

Ahora me había distanciado del sueño, por lo que me limité a esperar que continuara. Una luz se acercó a mí desde donde debía de estar la playa. Edward aparecería entre los árboles al cabo de unos instantes; entonces, vería su tez reluciente y sus peligrosos ojos negros. Me haría señas y me sonreiría. Le vería hermoso como un ángel con los colmillos cortantes y puntiagudos…

… pero me estaba anticipando a los acontecimientos. Antes tenía que pasar algo más.

Jacob me soltó la mano y profirió un grito. Se desplomó a mis pies temblando y sufriendo espasmos.

—¡Jacob! —chillé, pero había desaparecido…

… y en su lugar había un enorme lobo de pelaje rojizo e inteligentes ojos oscuros.

El sueño dio un vuelco, por supuesto, como el de un tren que salta sobre la vía.

Aquél no era el mismo lobo con el que había soñado en mi anterior vida, sino el de pelambrera rojiza que había tenido a quince centímetros de mí en el prado hacía exactamente una semana. Este lobo era gigante, monstruoso, más grande que un oso.

Me miraba fija e intensamente mientras intentaba transmitir una información vital con sus inteligentes ojos, los ojos de color castaño oscuro de Jacob Black.

Me desperté gritando con toda la fuerza de mis pulmones.

Estaba medio convencida de que esta vez Charlie iba a venir a echar un vistazo. No era mi grito habitual. Enterré la cabeza en la almohada e intenté controlar los alaridos de mi ataque de histeria. Apreté el rostro contra la almohada, preguntándome si habría alguna forma de ocultar la conexión que acababa de establecer.

Pero Charlie no acudió y al final logré contener los aullidos que empezaban a formarse en mi garganta.

Ahora lo recordaba todo, todo, hasta la última palabra que me había dicho Jacob ese día en la playa, incluso la parte previa a los vampiros, los «fríos». En especial, esa parte.

—¿Conoces alguna de nuestras leyendas ancestrales? —comenzó—. Me refiero a nuestro origen, el de los quileutes.

—En realidad, no —admití.

—Bueno, existen muchas leyendas. Se afirma que algunas se remontan al Diluvio. Supuestamente, los antiguos quileutes amarraron sus canoas a lo alto de los árboles más grandes de las montañas para sobrevivir, igual que Noé y el Arca —me sonrió para demostrarme el poco crédito que daba a esas historias—. Otra leyenda afirma que descendemos de los lobos, y que éstos siguen siendo nuestros hermanos. La ley de la tribu prohíbe matarlos.

»Y luego están las historias sobre los fríos.

—¿Los fríos? —pregunté sin esconder mi curiosidad.

—Sí. Las historias de los fríos son tan antiguas como las de los lobos, y algunas son mucho más recientes. De acuerdo con la leyenda, mi propio tatarabuelo conoció a algunos de ellos. Fue él quien selló el trato que los mantiene alejados de nuestras tierras.

Entornó los ojos.

—¿Tu tatarabuelo? —le animé.

—Era el jefe de la tribu, como mi padre. Ya sabes, los fríos son los enemigos naturales de los lobos, bueno, no de los lobos en realidad, sino de los lobos que se convierten en hombres, como nuestros ancestros. Tú los llamarías licántropos.

—¿Tienen enemigos los hombres lobo?

—Sólo uno.

Tenía algo en la garganta que me estaba ahogando. Intenté tragarlo, pero se mantuvo inmóvil. Entonces traté de escupir la palabra.

—Hombre lobo —dije con voz entrecortada.

Sí, esa palabra era lo que se me había atragantado, lo que me impedía respirar.

El mundo entero se tambaleó hasta inclinarse hacia el lado equivocado de su eje.

¿Qué clase de lugar era aquél? ¿Podía existir un mundo donde las antiguas leyendas vagaran por las fronteras de las ciudades pequeñas e insignificantes para enfrentarse a monstruos míticos? ¿Significaba eso que todos los cuentos de hadas imposibles tenían una base sólida y verdadera en ciertos sitios? ¿Había cordura y normalidad o todo era magia y cuentos de fantasmas?

Sostuve mi cabeza entre las manos en un intento de evitar que estallara.

Una vocecita mordaz preguntó en el fondo de mi mente dónde radicaba la diferencia. ¿Acaso no había aceptado la existencia de vampiros hacía mucho tiempo, y sin todos los ataques de histeria de esta ocasión?

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