Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

La tormenta cesó de repente y las últimas piedras de granizo repiquetearon sobre la calle. La noche rosada se convulsionó y se tornó negra.

Había llegado el momento, el momento en que aquella cosa inmunda se convertiría en un dios más inmundo aún.

Se apagaron todas las llamas, las velas, las lámparas y las antorchas de la ciudad…, excepto una.

* * * * *

Paso a paso, mientras Lenya soportaba su peso, Aric subió a la plataforma. En lo alto se encaró con la cadavérica reliquia que había sido Einholt. Con una mirada rápida vio a los caídos Lowenhertz y Kaspen, y a Drakken que aferraba a Ganz. Eran tantos y habían luchado con tanto ahínco…

–¿Tú… otra vez? -dijo Barakos con voz tronante-. Aric, mi querido muchacho, llegas demasiado tarde.

Aric comenzó a hacer girar el martillo en zumbantes círculos con el brazo sano, mientras la cabeza en llamas formaba anillos de fuego: la Llama Eterna, la llama del Dios del Lobo. El martillo giraba con la piel atada a su cabeza, que ardía con brillantez sobrenatural.

Aric lo dejó volar y lo soltó con la perfección que le había enseñado Jagbald Einholt.

La cabeza del martillo en llamas golpeó a la criatura en el pecho y la derribó de espaldas.

Aric se desplomó, con las fuerzas agotadas.

Lenya miró a la criatura caída y vio que diminutos dedos de Llama Eterna crepitaban sobre el abollado peto y el putrefacto pecho, que luchaba por volver a levantarse. El martillo encendido yacía a su lado, apagándose entre chisporroteos como si fuese la última esperanza que les quedaba, a punto de desvanecerse.

El único ojo rosado se clavó en los de ella cuando Barakos se levantó como si estuviese saliendo de la tumba.

–La verdad es que no lo creo… -jadeó con voz ronca, algo que fue excesivo para que pudiera soportarlo.

Lenya avanzó a la carrera. Necesitó todas sus fuerzas para levantar el martillo de Aric envuelto en la piel. Le hicieron falta fuerzas que ignoraba tener para balancearlo hacia arriba y descargarlo sobre el ser sepulcral.

–¡Por Stefan! -gruñó cuando el martillo en llamas aplastó a la monstruosidad muerta y volvió a tenderla en la plataforma de roca.

La cadavérica criatura se estremeció, y la resplandeciente Llama Eterna de Ulric la envolvió de pies a cabeza. Se contorsionaba y se estremecía como si fuera una antorcha viviente y profiría agudos gritos todavía más sonoros que los del gran dragón no muerto, el devorador del mundo, Ouroboros. El calor del incendio era tan tremendo que Lenya retrocedió. Barakos estaba incandescente como un fuego artificial que se retorciera, al rojo blanco, y comenzaba a fundirse.

El no muerto murió. Una sombra que arañaba el aire, escarchada y vaporosa, intentó salir del cuerpo encendido, intentó ir a buscar un nuevo envoltorio; pero las llamas sagradas eran demasiado intensas. El espíritu volvió a caer dentro del fuego y desapareció con un último alarido. Barakos el Eterno había hallado su fin.

* * * * *

Una luz diurna cautelosa y prudente se filtró hacia la ciudad con las primeras horas del día.

Había pasado una semana desde la noche de horror, y Middenheim se estaba reconstruyendo, se seguía enterrando a los numerosos muertos y se proseguía con la vida.

Dentro de una tienda de lona erigida en el parque de Morr y debidamente consagrada al propio Morr, Dieter Brossmann oficiaba el rito funerario por cinco templarios de Ulric. Sus nombres eran Bruckner, Schiffer, Kaspen, Dorff y Einholt. No era lo corriente. Por lo general, era el sumo sacerdote Ar-Ulric quien consagraba a los templarios caídos, pero Ganz había insistido en que lo hiciera él.

El sacerdote hablaba con voz débil, como si estuviese recuperándose de alguna herida, y en realidad así era: lo demostraba el vendaje de su frente, pero lo que le dolía realmente no eran las heridas físicas. Dieter Brossmann tendría cicatrices en su interior durante el resto de sus días.

En el palacio, los médicos atendían al capitán Von Volk, el único Caballero Pantera que había sobrevivido a la batalla de Nordgarten. Postrado en cama, les preguntó a los sacerdotes de Sigmar que lo curaban si, con su perdón, podía atenderlo también un sacerdote de Ulric.

En la taberna de El Águila Voladora, después del servicio solemne celebrado en el parque de Morr, Morgenstern, Schell, Anspach, Gruber y Lowenhertz alzaron sus jarras y las hicieron chocar entre sí. Se sentían como siempre después de una gran batalla. La victoria y la derrota se mezclaban con un sabor agridulce. Hicieron todo lo posible por jaranear y celebrar la victoria, y olvidar lo que se había perdido. En las paredes de la capilla habría más dignos nombres. Más almas habían partido para correr con la Gran Manada.

–¡Por los caídos! ¡Que Ulric los bendiga a todos! -gritó Morgenstern, con la intención de hacer sonar la nota de la victoria en los corazones de todos.

–¡Y por la sangre nueva! -añadió Anspach con cierta sequedad.

Las jarras volvieron a chocar.

–¡Por la sangre nueva! -bramaron todos a coro.

–¿Qué sangre nueva? -preguntó Aric al entrar cojeando con el brazo vendado.

–¿No te has enterado? -preguntó Gruber como si se estuviera produciendo alguna enorme ironía-. Anspach ha propuesto un nuevo cachorro para el templo…

* * * * *

Ella lo besó en los labios y, luego, se volvió de espaldas a la cama.

–Lenya… te amo -dijo Drakken.

La frase le pareció estúpida, y se sentía estúpido, allí, todo envuelto en vendas y tablillas destinadas a mantener inmovilizada la clavícula partida.

–Ya sé que me amas. -Ella apartó los ojos-. Tengo que regresar al palacio. Breugal necesita a las camareras para sacar agua para el festín. Seré mujer muerta si me quedo.

–¿Aún le temes a Breugal? ¡Después de todo lo sucedido!

–No -respondió ella-, pero tengo que conservar el empleo.

Él se encogió de hombros y, entonces, hizo una mueca de dolor y deseó con toda su alma no haberlo hecho.

–¡Ay!… Lo sé, lo sé…, pero respóndeme: ¿tú me amas?

Drakken alzó los ojos desde la cama de la enfermería.

–Yo amo… a un templario del Lobo de la Compañía Blanca -declaró ella en tono terminante, y se marchó de la habitación.

* * * * *

La gran estatua de Ulric miraba con el entrecejo fruncido desde lo alto.

Ar-Ulric, el gran Ar-Ulric, acabó de entonar la oración mientras el aromático humo procedente de los incensarios del altar se arremolinaba en torno a él, y le tendió el martillo recién forjado a Ganz, que lo cogió con cuidado en atención a sus heridas.

–En el nombre de Ulric, te admito en el templo, te acojo en la Compañía Blanca -declaró Ganz con voz seria-, donde podrás hallar camaradería y gloria. Has demostrado tu valentía. Que puedas resistir con entusiasmo los largos años de entrenamiento, y hallar un propósito y sentido para tu vida en el servicio del templo.

–Lo recibo como una bendición, como recibo este martillo -fue la respuesta de quien se encontraba ante él.

–Que Ulric te guarde. Ahora eres un Lobo.

–Ya lo sé.

El iniciado bajó el martillo. La pesada piel y la armadura gris y dorada le resultaban extrañas y pesadas.

–Te habituarás a ella…, matabestias -le aseguró Ganz con una sonrisa

Y Kruza flexionó los brazos acorazados y se echó a reír.

* * * * *

En Altquartier, dentro de un mugriento callejón entre tabernas de mala muerte, unos niños del tugurio jugaban con una pelota hecha de trapo. Arrojaban la pelota contra las estrechas paredes deslucidas y grasientas, mientras cantaban:

Ba ba Barak, ven a ver tu brea
No pares, no esperes que te espera.
Ba ba Barak ven a cenar
y cómete el mundo y el cielo al final.

Y al acabar, se dejaron caer todos al suelo, fingiendo que morían. Al menos esa vez, fingiéndolo.