Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

La criatura se tambaleó y posó la cabeza del martillo de Einholt en el suelo para apoyarse en el arma y no caer. Lowenhertz estuvo a punto de sufrir una arcada a causa del hedor que manaba de ella. Se trataba del olor de siempre, el olor a muerte cargado de especias y podredumbre del desván de su abuelo, el olor de las monstruosas tumbas de las lejanas tierras meridionales. Pero entonces era cien veces peor.

Lowenhertz avanzó un paso para volver a golpear con el martillo, pero la criatura lo apartó de un golpe asestado con su mano libre.

Kaspen profirió un alarido al cargar; al fin, llegaba a la plataforma, dejando tras de sí un sendero de adoradores muertos. Sus cabellos rojos ondeaban detrás de él, y estaba empapado de pies a cabeza en sangre, tan rojo como su melena.

–¡Einholt! -bramó con ganas de descargar el martillo, de matar a aquella cosa inmunda. Pero aún era Einholt, su viejo amigo-. Por amor a todo lo que hemos compartido, camaradas del Lobo, hijos de Ulric, por favor, Jagbald, po…

El antiguo amigo mató a Kaspen de un solo golpe.

* * * * *

El dragón, el gran reptil, el Ouroboros, acometía dentro de la caverna como una encarnación de la muerte. Su largo cuello grueso como el torso de un caballo y acorazado por pálidas escamas del tamaño de un escudo de caballero, se encogió en forma de S como el cuello de un cisne, al prepararse para atacar. Su cabeza en forma de cuña, provista de pico y de cuernos negros, era del tamaño de un carro de heno. Sus ojos eran insondables perlas negras, espejos de impenetrable terror. No podía adivinarse de dónde procedía; lo único que se sabía era que vivía y se retorcía en su inmunda no muerte. Y bramaba, chillando la eterna cólera que le inspiraban los vivos.

Kruza retrocedió con paso tambaleante y cayó al tropezar con uno de los incontables cadáveres que sembraban el piso.

–No, no… imposible -tartamudeó.

Curvas garras, grandes como el muslo de un hombre, se hundían en la roca donde se apoyaba la gigantesca criatura. Su cola, muy larga y delgada, azotaba hacia los lados y hacía volar por el aire a los adoradores que proferían alaridos, o los partía como si fuesen tallos de maíz. El wyrm emitió un sonido que salió de las profundidades de su vasta garganta, potente y agudo como un viento grotesco. Las escamas de su cuerpo eran de color dorado verdoso, como monedas deslucidas, pero la gigantesca cabeza era blanca como el hueso.

El cuello se movió con brusquedad cuando la curva se estiró de repente como un látigo, y lanzó la cabeza hacia adelante y abajo a la velocidad del rayo. El pico se cerró con un chasquido, desgarrando y matando adoradores. Alzó la cabeza para masticar y tragar los restos de los cuerpos, y luego volvió a atacar. Estaba frenético, incontrolable, y mataba todo lo que veía.

–¿Cómo podemos luchar contra eso? -jadeó Kruza cuando Anspach lo cogió.

–¡No podemos! ¡No podemos! ¡Corre! -replicó el templario con el semblante blanco de miedo.

Morgenstern apareció procedente del torbellino de confusión y pánico. Dijo algo, pero sus palabras fueron ahogadas por otro grotesco rugido agudo del wyrm. Se oyó otro entrechocar del pico y más alaridos cuando volvió a atacar.

–¡He… dicho… corred! -repitió Morgenstern, pronunciando las palabras por separado.

–Ése era exactamente mi plan -replicó Anspach.

El trío salió a la carrera entre los enemigos que corrían, para ponerse a cubierto en los nichos y depresiones que había en la pared de la enorme caverna.

Y entonces el mundo desapareció. No había suelo. Kruza iba volando y miraba hacia el humo sulfuroso que se acumulaba en el techo de la caverna.

De modo brusco, el suelo regresó con fuerza bajo él, y el dolor le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica. Rodó sobre sí mismo y miró en torno. La gran cola del wyrm había atravesado la multitud de un golpe, y los había hecho volar a él y a los dos templarios. Por todas partes, había cadáveres destrozados y bestias heridas. Kruza ya no podía ver a Anspach ni a Morgenstern.

Volvió a oírse el agudo grito del wyrm. Entonces Kruza podía oler al monstruo, un olor limpio y seco como el del aceite para cuero o el alcohol de grano.

Se incorporó en cuclillas, preparado para correr…, y se dio cuenta de que tenía al dragón encima.

Kruza alzó la mirada hacia los oscuros ojos perlados del devorador del mundo, el Ouroboros. No había nada en ellos, ni una chispa de inteligencia, raciocinio o vida. No obstante, parecían fijos en él. El cuello de cisne se curvó al retroceder, preparado para atacar, preparado para lanzar el enorme cráneo en forma de flecha hacia adelante, con el pico abierto de par en par.

En el último segundo que le quedaba de vida, Kruza pensó en Resollador, que, inocentemente, lo había llevado a aquel lugar, momento y muerte. «¡Va a matarme un dragón, Resollador! ¿Qué te parece eso, eh? ¿Quién lo habría pensado? ¡Es tan inverosímil que casi resulta gracioso!»

Sin embargo, parecía lo correcto. Le había fallado a Resollador y su amigo había muerto por salvarlo a él. Había llegado la hora de pagar por eso.

«Sólo desearía -pensó Kruza-, sólo desearía ser invisible como tú. Nunca logré averiguar cómo lo hacías, excepto que tenías un don natural. Invisible como tú, sí, eso me gustaría ser.»

El wyrm le rugió su agudo alarido a todo el triste mundo. Su cuello se estiró, la cabeza salió disparada y golpeó.

Como si supiera que el fin se cernía sobre ella, la antigua ciudad de Middenheim se estremeció. El cielo se estiró y partió cuando la tormenta estalló y cayó de la horrible bóveda color magenta. La nieve y el granizo bombardearon los tejados; rompieron algunos, hicieron pedazos los cristales de las ventanas, arrancaron chimeneas y veletas. Los rayos cayeron en las calles y explotaron casas y se desmoronaron torres. Energías de color verde pálido que se retorcían como serpientes envolvieron la Fauschlag. El viaducto norte corcoveó y se derrumbó hacia las profundidades, una extensión de ochocientos metros de piedra arrancada de cuajo.

El templo de Morr, que estaba reconstruido sólo a medias, estalló en llamas de manera espontánea. El fuego era rosado, enfermizo, y al arder hacía un sonido parecido a la risa.

El rayo hirió al templo de Sigmar y derrumbó la parte superior de la torre, que atravesó el techo y cayó dentro de la nave.

El caos y los asesinatos en las calles eran ya abrumadores. La locura de la fiebre y el pánico causado por la tormenta impulsaban a la población a tumultos frenéticos. Las compañías de Lobos que habían salido del templo de Ulric para acudir en ayuda de los hombres de Ganz se vieron atrapadas en un tumulto masivo y se encontraron luchando para salvar sus vidas mientras el rayo hendía la noche, el granizo se precipitaba desde el cielo y la muerte consumía el corazón de la ciudadela de Ulric.

Las sombras y los espíritus estaban por todas partes. Era como si se hubiesen abierto las puertas de la muerte, como si se hubiese permitido que el mundo invisible saliera a vagar por la ciudad. Docenas, centenares de fantasmas, pálidos, flacos y aullantes, bramaban por las calles que los rodeaban. Algunos salían de los terrenos del parque de Morr como vapor llevado por el viento. Muchos emergían a gatas, rielantes, al ascender desde las profundidades del barranco de los Suspiros. Los muertos caminaban en libertad: los vivos estarían muertos dentro de poco.

Lenya pensó que se volvería loca sin remedio, aferrada a Aric mientras cabalgaban a toda velocidad a través del caos. Seres esqueléticos y demacrados, hechos de humo, los rodeaban, riendo y llamándolos. Aric apenas podía evitar que el caballo se espantara. El trueno era tan sonoro y el rayo tan brillante que hacían pedazos el cielo.

–¡Lenya! ¡Lenya!

La muchacha se dio cuenta de que se habían detenido y desmontó. Estaba empapada y contusa por el granizo que continuaba cayendo. Ayudó a Aric a bajar del caballo, ya que el joven llevaba en alto la antorcha hecha con su martillo, que ardía con luz resplandeciente. «¿Será eso lo que ha evitado que los espectros nos tocaran?», se preguntó Lenya. Aún podía verlos en torno a ellos, fluctuantes fantasmas que se movían a gran velocidad, de un blanco transparente como el hielo que se forma en los cristales de las ventanas.

–¿Dónde estamos? -preguntó por encima del estruendo de la tormenta.

Aric señaló con la antorcha. Ante ellos se alzaba una curiosa casa en forma de torre. Por la calle, cerca de ella, vagaban caballos de guerra, caballos templarios que arrastraban las riendas y levantaban las patas al estallar los rayos.

–Nordgarten -respondió-. No puedo decirte qué encontraremos allí dentro. Podría ser…

–¿Peor que esto? -preguntó ella a la vez que avanzaba y tiraba de él-. Lo dudo. ¡Vamos!

Los seres humosos que los rodeaban estaban reuniéndose, aumentando de número, alumbrando la calle con su horrible luminosidad. Lenya intentaba no mirarlos, intentaba no oír sus susurros.

Llegaron a la puerta rota, y Lenya ayudó a Aric, que cojeaba, a entrar.

* * * * *