Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

«No es un mal hombre», reflexioné mientras preparaba el ritual. Nos conocíamos muy bien en la época anterior a mi ingreso en el templo: por entonces, él era un comerciante joven que intentaba abrirse paso hasta las franquicias que poseían familias mucho más antiguas y poderosas que él. Luego, la familia Sparsman lo había denunciado por evasión de impuestos, y una parte de la condena había sido trabajar durante un mes en la guardia de la ciudad. Y allí quedó todo, porque allí encontró su lugar en la vida, y era mucho mejor capitán de la guardia que comerciante, lo cual no significaba que fuese un capitán de la guardia demasiado bueno.

Encendí la última de las velas que había colocado en torno al cuerpo. Con los adecuados gestos rituales, salpiqué un poco de agua bendita sobre el cadáver, respiré profundamente y comencé a entonar el hondo y bajo Rito Innombrable. En mi interior, esperaba. El espíritu de Morr se movió por encima y a través de mí, dentro de las estructuras que había creado con las manos y la mente, y fluyó desde mi interior para envolver el cuerpo de la mujer que tenía delante, para bendecirlo y protegerlo del mal.

Y luego, se detuvo. Algo se resistía. La energía del Señor de la Muerte flotaba en mí, en espera de que yo la utilizase.

Pero me sentía como si estuviese intentando unir dos piedras imán: cuanto más me esforzaba, cuanto más me aproximaba al cadáver, mayor era la repulsión. Continué entonando las palabras del ritual para atraer hacia mí una mayor cantidad de la energía de Morr, al mismo tiempo que intentaba esparcirla sobre el cadáver, pero resbalaba como la lluvia sobre el cuero engrasado. Algo iba mal, muy mal, aunque no estaba dispuesto a renunciar. Seguí entonando el ritual, reuniendo todas mis fuerzas para empujar el poder de Morr sobre el cadáver. La resistencia disminuyó, pero no pude quebrantarla. Había llegado a un punto muerto.

Una de las velas chisporroteó y se apagó, consumida hasta el final. Cuando comencé el ritual tenía unos ocho centímetros de largo, tal vez diez. Debían de haber pasado horas. Interrumpí el canto y el poder divino salió de mí, llevándose consigo las pocas energías que me quedaban. Tenía las rodillas flojas como ramitas verdes y sentía que me balanceaba a causa del agotamiento. A solas entre las sombras, contemplé el cuerpo. En el Factorum, reinaba un silencio absoluto, que sólo quedaba interrumpido por mi suave respiración agitada; la quietud era total…, aunque la atmósfera resultaba tranquila. Había tensión, como si el ambiente aguardara algo. El helor de la primavera y las frías piedras parecían clavarme alfileres a través de la túnica, y me estremecí. Por un momento, sentí lo que la gente normal debe sentir cuando entra aquí: el terror de verse rodeada por los muertos; el terror de no entender.

Apagué con los dedos las restantes velas y me apresuré a marcharme, escaleras arriba, hacia la calidez relativa del cuerpo principal del templo, y sentí que al hacerlo se desvanecía mi miedo momentáneo. Por un instante, consideré la posibilidad de acudir a la nave principal para rezar un rato; pero, en cambio, atravesé la entrada lateral que lleva a las dependencias privadas de los sacerdotes, recorrí el estrecho corredor de piedra y llamé a la puerta del padre Zimmerman. Me sentía incómodo por tener que hacer eso; a veces, sin embargo, la única manera de enfrentarse con un problema es pasárselo a los que están más arriba.

Desde dentro de la habitación me llegó un arrastrar de pies y una voz amortiguada. Luego, alguien abrió a medias la puerta desde el otro lado, y el hermano Gilbertus se deslizó al exterior. Me recordó a un gato que se moviera por un espacio pequeño, o a una serpiente. Me dedicó su suave sonrisa y desapareció camino de la rectoría. Abrí la puerta del todo y entré. El padre Zimmerman se encontraba sentado ante su escritorio y daba la impresión de que había estado escribiendo una carta. La tinta le manchaba los dedos, y en el suelo había plumas rotas. Al volverse para mirarme, vi que también tenía tinta en la blanca barba.

–¿Qué sucede? -preguntó

No creí que la irritación de su voz fuese porque hubiera interrumpido la reunión. Probablemente, tenía más que ver con el hecho de que yo no le gustaba. A mí me parecía bien, porque él tampoco me gustaba.

–Hay un cuerpo nuevo en el Factorum, padre.

–Los cuerpos son nuestro material de trabajo, hermano. Habrás observado eso en los años que llevas trabajando aquí.

Pensé en lo que yo le había dicho antes a Gilbertus, y maldije al de Talabheim. Sin duda, había ido allí con el cuento de mi falta de respeto hacia los muertos.

–He estado intentando bendecirlo para la sepultura -continué-. La bendición no…, no se asienta. Es como si algo se resistiera.

–¿Se trata de la muchacha mutante?

«Maldito el de Talabheim, mil y mil veces maldito.»

–Sí, pero no es…

–Desperdicias demasiado tiempo con la escoria callejera y los residuos de la vida, hermano. No es una buena actitud para un templo como el nuestro, que tiene un cierto prestigio dentro de la comunidad. Deberías pensar en otras cosas y dedicarte más a las buenas obras en las que te he sugerido que te empeñes.

–Yo no trabajo para ti. Trabajo para Morr.

–¿Tal vez serías más feliz si trabajaras para él en un ministerio solitario? Nos han pedido que establezcamos un santuario en una de las ciudades de los Desiertos; para atender a su plaga de víctimas, ya sabes. Podría recomendarte para el puesto.

Hizo un gesto hacia su escritorio. Obviamente, tenía en la cabeza asuntos de traslados y administración, pero siempre había sido un tipo intolerante, arribista y chupatintas, más preocupado por las apariencias que por los auténticos asuntos de la obra de Morr. Yo lo odiaba, pero me di cuenta de que no iba a conseguir lo que quería si no me disculpaba, así que apreté los dientes y transigí.

–Lo siento -dije en un susurro-, pero en el Factorum tengo un cadáver que no puedo purificar y preparar para la sepultura. No sé si está encantado u otra cosa; pensé que tal vez tú lo sabrías y que querrías que te pusiera al corriente del hecho.

–Y pensaste que yo, dado que soy un sacerdote de más edad y experiencia, y con más poder, podría hacer el Rito de Purificación en tu lugar. ¿Es eso?

Eso era, así que asentí con la cabeza… Pero al ver que su expresión cambiaba supe, al instante, que había cometido un error. Era la respuesta que él quería oír. Me miró con rostro ceñudo. Entonces podía sentir su desagrado hacia mí, y acababa de darle una excusa para descargarlo.

–¿Pensaste -siseó- que el sumo sacerdote del templo de Morr, de Middenheim, tiene tiempo para ensuciarse las manos bendiciendo el cadáver de una fulana de la calle?

–Yo no…

–¿Tienes el descaro de pedirme que malgaste mi tiempo con una de tus vidas despreciables, una mutante, para colmo? ¿Te atreves a entrar aquí e insultarme…?

Bajé la cabeza y dejé que las palabras me pasaran por encima. No era nada que no hubiese oído antes. La antipatía que había entre el padre Zimmerman y yo constituía una de las principales razones por las que aún era un sacerdote de segundo grado después de ocho años de servicio en el templo, y probablemente no ascendería más. Eso ya lo había aceptado. Podía ser que el padre estuviese a punto de retirarse, pero su puesto pasaría a alguien que actuara como él, pensara como él y a quien yo le desagradase tanto como a él. Quizá se tratase de Gilbertus, que aún siendo nuevo, en los últimos tiempos parecía estar haciéndole mucho la pelota. Era ambicioso ese Gilbertus. La carta que había sobre el escritorio del padre posiblemente hablaba de él.

De pronto, las palabras aminoraron la velocidad y cesaron. Estaba a punto de comenzar un nuevo párrafo, así que volví a prestar atención.

–Como penitencia, quiero que vayas al barranco de los Suspiros, donde encontrarás al hermano Ralf, que debe oficiar allí un funeral, y que lo reemplaces. Luego, regresa aquí y rézale a san Heinrich, para que tus buenas intenciones no nublen tu sentido común. Empéñate en las oraciones, hermano. Reza hasta la décima campanada. Eso es todo.

Me marché.

* * * * *

Era de noche. Yacía despierto sobre mi estrecha cama y contemplaba los dibujos que la luz de la luna proyectaba sobre la pared de piedra de la diminuta ventana de mi diminuta celda; el duro resplandor del aura de Morrslieb eclipsaba poco a poco la luz más cálida de Mannslieb. Tenía el cuerpo absolutamente exhausto, agotado de energía a causa del ritual que había hecho aquel día, pero sabía que esa noche no podría dormir. Para empezar, tenía demasiado frío, con o sin primavera, y la fina manta no lograba calentarme lo suficiente como para que me sintiese cómodo. Además, no podía apartar a la muchacha muerta de mis pensamientos.

¿Quién había sido? ¿De dónde procedía para morir de modo tan ignominioso en las calles de Middenheim? ¿Su muerte tenía algo que ver con su identidad, o sencillamente había sido casual? Tal vez estaba en la taberna equivocada y le había dicho una palabra amable al hombre equivocado. que la había llevado a un callejón oscuro al aproximarse el alba, y la había apuñalado una y otra vez con un cuchillo corto, inclinando cuidadosamente la hoja para hacer que el ataque pareciese producto del frenesí. Luego le había amputado un brazo para reemplazarlo por algo inhumano y, tras esconder el brazo real -debía llevar un saco consigo, probablemente uno grande e impermeable-, se había marchado.

Podía visualizar el tipo de hombre que debía ser, pero en ese preciso momento no estaba interesado en él. Quería imaginarla a ella.