Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Se acercaron a la gran capilla de la Llama Eterna, donde Aric se quitó la piel de lobo y comenzó a envolver con ella la cabeza del martillo. Con su único brazo sano, le resultaba difícil. Se volvió a mirar a la muchacha.

–Dame tiras de tela de tu falda.

–¿Qué?

–¡Arráncalas! ¡Ahora!

Lenya se sentó sobre el frío suelo y comenzó a arrancar tiras de tela del ruedo de la falda.

Aric había encontrado una bolsa relicario y escandalizó a Lenya cuando vació el polvoriento contenido para quitarle el tiento de cuero. Con el tiento y las tiras de tela que le dio ella, el Lobo ató apretadamente la piel en torno a la cabeza del martillo de guerra, usando los dientes para compensar la mano inutilizada. Ella se puso a ayudarlo a hacer los nudos.

–¿Qué estamos haciendo, Aric? -preguntó ella.

Aric acercó a la Llama Eterna el martillo envuelto en la piel. El pálido fuego la lamió y prendió, y Aric alzó la antorcha de llama incandescente.

–Ahora vamos a buscar a los otros -le dijo.

* * * * *

Kruza se reunió con Ganz y Von Volk en la vanguardia del grupo cuando atravesaban el oscuro pasillo. Ante ellos había una luz mortecina, como una promesa de amanecer.

–Esto no está como estaba antes -le dijo a Ganz-. Está completamente cambiado. Supongo que es debido a la magia.

–Supongo que sí -asintió Ganz.

Llegaron a la luz y el pasillo se ensanchó. La cámara que tenían delante era enorme. Imposible. Inconmensurable. La fría roca negra y escarpada de la Fauschlag se arqueaba en lo alto, iluminada por un millar de fuegos desnudos.

–¡En el nombre de Ulric! ¡Es más grande que el estadio! -jadeó Anspach.

–¿Cómo puede estar esto aquí abajo sin que nosotros lo sepamos? -dijo Bruckner con un susurro asombrado.

–Magia -intervino el sacerdote de Morr. Parecía ser su respuesta para todo.

Ganz miró hacia el interior de la gigantesca cámara negra, donde las llamas ardían en centenares de braseros cuya luz se mezclaba con el resplandor blanco de millares de lámparas alquímicas, que pendían ensartadas en cuerdas colgadas de las toscas paredes. Allí había centenares de adoradores ataviados con túnicas, arrodillados, que gemían una plegaria malsana, cuyas palabras hendían el alma del Lobo en docenas de puntos malignos. El aire estaba cargado de olor a podredumbre y muerte.

En el fondo, ante los adoradores congregados, se alzaba una plataforma, un altar, sobre el que había un trono de roca tallado en la propia Fauschlag. En él se encontraba sentada una figura encapuchada que absorbía la adoración.

Detrás de la plataforma, el líquido fuego volcánico eructaba y saltaba al aire, y un humo sulfuroso se acumulaba en las zonas más altas de la caverna. A la izquierda de la cámara había una jaula o caja tan grande como una mansión de Nordgarten, envuelta en lona tratada con alquitrán, que se balanceaba y estremecía.

–¿Qué… hacemos? -tartamudeó Kruza, aunque ya sabía que la respuesta no iba a gustarle.

–Matamos a tantos como podamos -gruñó Von Volk.

–Es un buen plan -dijo Ganz al mismo tiempo que levantaba una mano para contenerlo-; pero me gustaría precisar los detalles.

Señaló con su martillo de guerra a la figura que estaba sentada en el trono, al otro lado.

–Él es nuestro enemigo. Matad a tantos como sea necesario para llegar hasta él. Luego, matadlo a él.

Von Volk asintió con la cabeza, pero Kruza sacudió la suya.

–¡Tu plan no parece en nada mejor que el del Caballero Pantera! ¡Pensaba que los guerreros erais inteligentes! ¡Que empleabais la táctica!

–Esto es la guerra -le gruñó Von Volk-. ¡Si no tienes estómago para esto, márchate! ¡Tu trabajo ha terminado!

–Sí -añadió Drakken, con tono de mofa, desde detrás-. Ya te llamaremos cuando el trabajo esté acabado.

–¡Que Ulric se te coma entero! -le espetó Kruza a Drakken, a la cara-. ¡Acabaré lo que he comenzado!

–En ese caso, estamos de acuerdo -resumió Ganz-. El ser cadavérico es nuestro objetivo. Abríos paso hasta él con todos los medios que podáis. Matadlo. El resto no tiene importancia. -El comandante alzó su martillo-. ¡Ahora! -gritó.

Pero Kruza ya encabezaba la carga con su espada corta en alto, bramando un grito de guerra que le salía del alma. Lobos y Caballeros Pantera lo siguieron, blandiendo sus armas. El sacerdote de Morr cogió a Lowenhertz por un brazo.

–¿Padre?

–¿Podría molestarte para que me dieras un arma?

Lowenhertz parpadeó y desenvainó su daga, que le entregó al sacerdote con la empuñadura por delante.

–No pensaba que tú…

–Tampoco yo -replicó Dieter Brossmann, y dio media vuelta para seguir a los que cargaban.

* * * * *

Cayeron sobre los adoradores del no muerto, por la espalda, y mataron a muchos antes de que pudiesen incorporarse. La sangre manó sobre el polvoriento suelo de la cámara de roca.

Formaban tres puntas de lanza: Ganz, con Drakken, Gruber, Lowenhertz, Dorff y Kaspen; Von Volk, con sus Caballeros Pantera, Schell y Schiffer; el tercer grupo lo componían Kruza y Anspach, el sacerdote, Morgenstern y Bruckner. Pisoteaban a la impía congregación tras tajearla y derribarla con sus espadas y martillos. La multitud se levantó para enfrentarse con ellos. Mujeres, hombres y otros seres bestiales, tras quitarse las capas y capuchas, sacaron armas y profirieron estridentes aullidos contra los atacantes. Kruza vio que cada uno llevaba un talismán del devorador del mundo en torno al cuello, todos idénticos al que había cogido Resollador, el que entonces llevaba en la bolsa que colgaba de su cinturón.

El ataque de Von Volk comenzó a fracasar cuando el enemigo se incorporó en gran masa, feroz, en torno a su grupo. Un Caballero Pantera cayó decapitado. Otro se desplomó destripado. Von Volk sufrió una herida en su brazo izquierdo, pero continuó asestándoles golpes a los cuerpos que se incorporaban a su alrededor para hacerle frente.

La criatura que se encontraba sentada en el trono, se puso de pie y contempló, con silenciosa sorpresa, la carnicería que estaba produciéndose en la caverna.

Luego, echó la cabeza atrás y la celebró con una atroz carcajada atronadora.

–¡Muerte! ¡Más muerte! ¡Incontables muertes!

El grupo de Kruza se trabó en una feroz lucha en el lado derecho de la caverna. Los adoradores los rodeaban por todas partes. Kruza asestaba estocadas con su espada, tajeaba y giraba. Nunca había visto nada como eso. El torbellino, el calor, la bruma de sangre que flotaba en el aire, el ruido… Aquello era la guerra de verdad, algo que jamás pensó que experimentaría, ni siquiera en sus más descabellados sueños. Un carterista como él… ¡haciendo la guerra! A su lado, Anspach, Bruckner y Morgenstern golpeaban a la frenética muchedumbre con sus martillos.

Una criatura bestial ataviada con una túnica, de piel color ceniza, ojos vidriosos y morro de cabra, profirió un rugido dirigido a él. Kruza, que tenía la espada atascada dentro del último enemigo, dio un respingo. Una daga cercenó el cuello de la criatura.

El sacerdote de Morr bajó los ojos hacia la ensangrentada hoja que tenía en la mano.

–Morr está conmigo -repetía para sí y en voz baja-. Morr está conmigo.

Kruza giró en redondo y ensartó a una mujer rabiosa que estaba a punto de reducir la estatura del sacerdote en una cabeza.

Morgenstern destrozó una cara con un golpe de martillo.

–Esto me recuerda la lucha de la Puerta de Kern -comentó con una risa entre dientes.

–¡A ti todo te recuerda la lucha de la Puerta de Kern! -le rugió el corpulento guerrero rubio, Bruckner, a la vez que golpeaba a la apiñada muchedumbre con su martillo.

–¡Eso es porque está senil! -gritó Anspach, balanceando el martillo hacia abajo para describir un círculo vertical y estrellarlo contra un cráneo que se aplastó, complaciente.

–¡No lo estoy! -refunfuñó Morgenstern mientras hacía girar el martillo a diestra y siniestra, destruyendo cuerpos.

–No, está…

La voz de Bruckner se apagó. Su boca se movió para terminar la frase, pero por ella sólo salió sangre. Una punta de lanza tan larga como una hoja de espada lo había ensartado por la espalda. Bajó los ojos hacia el acero que le sobresalía del peto; la sangre manaba como de un surtidor. Le salió más sangre por la boca, donde hizo espuma, y el Lobo cayó.

–¡Bruckner! -bramó Morgenstern, en cuya mente Bruckner pareció caer lentamente, con los largos cabellos ensangrentados, para estrellarse contra el suelo.

Un furor candente encendió la mente de Morgenstern. que, como un oso, se sacudió de encima a los adoradores que estaban intentando aferrado y los arrojó a un lado. De hecho, uno de ellos salió despedido a unos dos metros de altura por la mera fuerza del brazo del Lobo. Gritando como un loco, Morgenstern se lanzó hacia la muchedumbre de enemigos. Estaba frenético y la densa masa de adoradores retrocedió y se separó bajo su acometida, destrozada al no lograr apartarse de su camino. La sangre y los trozos de carne y hueso salían volando en torno a la temeraria cólera del Lobo Blanco.

Kruza miró con horror al asesinado Bruckner, y se dio cuenta de que había creído invulnerables a aquellos Lobos, como si fueran hombres dioses que caminaban por el campo de batalla del mundo sin correr peligro. A pesar de todo lo que lo rodeaba, se había sentido seguro con ellos, como si la inmortalidad fuese contagiosa.

Pero Bruckner estaba muerto. No era más que un hombre muerto, no un dios Lobo. Todos podían morir. Todos eran sólo hombres, muy pocos hombres rodeados por un enemigo salvaje que los superaba en número por cinco a uno, o más.

Una mano lo cogió por detrás y lo empujó hacia el suelo. Anspach bloqueó el ataque de otros dos adoradores ante los que Kruza, en su conmocionado aturdimiento, había quedado desprotegido; luego, los mató.

–¡Levántate! ¡Lucha! -le gritó Anspach.