Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

El sacerdote de Morr, encapuchado y severo, se encontraba de pie en el centro del vestíbulo, con las manos alzadas.

–Un momento más, Ganz de la Compañía Blanca. Si esta noche puedo hacer algo, cualquier cosa por pequeña que sea, quizá sea bendecir a los que marchan a la guerra.

Los guerreros se volvieron todos de cara a él, aunque apartaron la mirada de sus ojos. El sacerdote trazó un signo en el aire con una mano elegante, mientras la otra, a un lado, aferraba el símbolo de su dios.

–Vuestros propios dioses os guardarán, los dioses de la ciudad por la que habéis venido a luchar. Ulric estará en vuestros corazones para inspiraros valentía y fuerza. Sigmar arderá en vuestras mentes con la probidad de esta empresa.

Hizo una pausa momentánea y trazó otro signo.

–Mi propio señor es una oscura sombra en comparación con fuerzas tan pasmosas del mundo invisible. Él no golpea, él no castiga, ni siquiera juzga. Simplemente existe. Un hecho inevitable. Venimos a buscar gloria, pero cada uno de nosotros podría hallar la muerte. Entonces, será Morr quien os encuentre. Así pues, es sobre todo en su nombre que os bendigo. Ulric para el corazón, Sigmar para la mente… y Morr para el alma. El Dios de la Muerte está con vosotros esta noche, estará con vosotros mientras destruís a esa cosa que pervierte la muerte.

–¡Por Ulric! ¡Por Sigmar! ¡Y por Morr! -gruñó Ganz, y los demás recogieron el grito y lo repitieron con ferocidad.

Anspach vio cómo Kruza se mantenía apartado y sin decir nada, con los ojos ensombrecidos por el miedo.

–¡Y por Ranald, Señor de los Ladrones! -dijo el Lobo en voz alta-. Él no tiene ningún templo en Middenheim, ningún sumo sacerdote, pero es muy adorado y echará de menos esta ciudad si desaparece. Además, él también ha desempeñado un papel esta noche.

Kruza parpadeó cuando once templarios de Ulric, siete Caballeros Pantera y un sacerdote de Morr vitorearon el nombre del oscuro espíritu burlador de los ladrones en el aire viciado.

A continuación, Ganz y Von Volk condujeron al grupo escaleras abajo, con paso enérgico y decidido.

–Ranald fue mi señor durante largo tiempo, hermano -le susurró Anspach a Kruza cuando éste pasaba junto a él, y lo retuvo-. Sé que se regocija con cada pequeño tributo que se le rinde.

Las escaleras descendían. Con las armas a punto, el grupo bajaba por ellas. Lámparas de intrincado diseño que proyectaban un blanco resplandor alquímico colgaban de las paredes. Gruber se las señaló a Ganz.

–Son iguales que las de la bodega donde lo derrotamos la vez anterior.

–Es cierto -afirmó Von Volk-. Eran iguales.

El sótano, circular, abovedado y con el suelo cubierto de polvo, estaba iluminado por la misma luz blanca procedente de docenas de lámparas. Las paredes eran lisas y uniformes, y Kruza las recorrió con una mirada de confusión.

–Esto…, esto no está como la vez anterior. Había puertas, muchas puertas, y… ha cambiado. ¿Cómo puede haber cambiado? ¡Sólo han pasado… tres estaciones!

Kruza avanzó hasta las paredes mientras los guerreros se abrían en formación de abanico, y sus temblorosos dedos pasaron por la piedra lisa.

–¡Circundaban la pared! ¡No pueden haberlas tapiado…! ¡Quedaría alguna señal!

–Es uniforme y lisa -señaló Drakken, que examinaba el lado contrario-. ¿Estás seguro de que se trata del mismo lugar, ladrón?

Kruza se volvió con brusquedad, enojado, pero el firme mango del martillo de Anspach le impidió levantar la espada corta.

–Kruza sabe de lo que habla -respondió Anspach con calma.

–Sabemos que está obrando la magia -intervino el padre Dieter, detrás de ellos-. La magia ha hecho cosas aquí. Se la puede oler. Huele a leche cortada.

Lowenhertz asintió para sí. «O como especias sepulcrales, confites, ceniza, polvo de huesos y muerte, todo mezclado.» Igual que el olor que había percibido en la casa del Margrave, en Linz; en el desván de su abuelo, hacía tantos años… ¿Acaso los fantasmas contra los que habían luchado la pasada primavera en los bosques que dominaban Linz también habían formado parte de eso? El sacerdote había dicho que el mal era antiguo y grandioso, y que había estado trabajando durante algún tiempo. Y que buscaba poder, fuerza; eso también estaba claro por todo lo que había oído. El amuleto de la vieja nodriza, el que Ganz había destruido, ¿también había sido una pieza de aquel rompecabezas? ¿Un trofeo, un talismán poderoso que el atroz enemigo había intentado recuperar? ¿Acaso habían frustrado ya sus planes en una ocasión antes de ese año sin siquiera saberlo? La ironía lo hizo sonreír.

–Te hemos derrotado a cada paso, incluso cuando ni siquiera nos dábamos cuenta -murmuró-. Volveremos a vencerte.

–¿Qué has dicho? -preguntó Ganz.

–Pensaba en voz alta, comandante -se apresuró a responder Lowenhertz, y miró al sacerdote de Morr.

El padre había dicho algo referente a que había derrotado a un nigromante llamado Gilbertus, a principios de ese año; otra parte del conjunto. Lowenhertz sabía que disfrutaría hablando con el sacerdote cuando todo hubiese acabado, para reunir las piezas en un rompecabezas que tuviera sentido.

De pronto, Lowenhertz se dio cuenta de que estaba imaginando una época en la que todo había terminado y estaban todos vivos. «Es buena señal», decidió.

Kruza estaba ocupado revisando las paredes centímetro a centímetro con las puntas de los dedos. Del pelo le goteaban sudor y nieve fundida. Lo encontraría, desde luego. Habían creído en él, y entonces no les fallaría.

Simplemente, por increíble que fuese, la respuesta residía allí, justo delante de la puerta de la escalera. Kruza no sabía adonde habían ido las otras puertas y creía al sacerdote cuando hablaba de magia, pero allí estaba. La magia no tenía nada que ver.

–¡Ganz! -gritó con ansiedad, sin preocuparse por el respeto o el rango.

El comandante Lobo avanzó hacia él, al parecer sin preocuparse tampoco por esas cosas.

Kruza señaló la pared, las sólidas piedras que encajaban con las paredes que las rodeaban, y las apartó a un lado.

Ganz se sobresaltó. Una lona colgada como si fuera un tapiz, pintada con una perfección tal que no se diferenciaba de las piedras de alrededor, cubría por completo la arcada que había detrás.

–Nosotros vamos a la guerra, pero las habilidades de un carterista nos muestran dónde está la guerra -comentó Morgenstern con una risa entre dientes.

Al otro lado de la tela pintada, había un pasillo oscuro, carente de iluminación, cuyo viciado aire tibio estaba cargado de humo y que se adentraba en lo desconocido. Ganz lo traspasó con la misma confianza con que atravesaría las puertas del templo, y los otros lo siguieron.

Drakken marchaba en la retaguardia de la fila. Kruza, que sujetaba la tela a un lado, lo cogió por un brazo y lo miró con ferocidad a la cara.

–¿Querías dejarme por estúpido ante tus poderosos camaradas, Lobo? -le siseó, y Drakken sacudió el brazo para quitarse la mano de encima.

–No tenía ninguna necesidad, ya lo estabas haciendo muy bien tú sólito.

–Ella no te ama, templario -le soltó Kruza, de repente, y Drakken se volvió.

–¿Y tú qué sabes?

–Yo sé cómo me mira a mí.

Drakken se encogió de hombros.

–Y yo sé que tú no la amas -añadió Kruza, tentando la suerte.

–¿Estamos aquí para salvar a la ciudad, y tú piensas en ella?

Al oír eso, en el rostro de Kruza apareció una ancha sonrisa triunfante.

–Tú, no. Por eso sé que no la amas.

–Ya habrá tiempo para esto más tarde -le dijo Drakken, desconcertado, y pasó por debajo del arco.

Kruza dejó caer la lona detrás de Drakken. A solas, avanzó hasta el centro de la habitación y se arrodilló en el polvo a la vez que pasaba los dedos de la mano izquierda a través del mismo. Era ése el sitio; el lugar en que había visto a Resollador por última vez, el lugar en que Resollador había…

«¡Vamos, Kruza! ¡Ahí está para cogerlo!»

Kruza se sobresaltó. Allí no había nadie. Por supuesto que no. Resollador no estaba junto a él, nunca había estado. Kruza sabía que el fantasma rondaba por espacios secretos del interior de su mente.

–Ya voy -dijo mientras alzaba la espada y atravesaba la lona.

* * * * *

Bajo la copiosa abundante nevada, el caballo de Aric levantó las patas delanteras ante los escalones del templo de Ulric, y el templario sintió que la muchacha que iba a la grupa se sujetaba con fuerza mientras él luchaba con las riendas que cogía con la mano sana.

–¿Qué estamos haciendo? -le jadeó ella al oído cuando el caballo volvió a apoyarse sobre las cuatro patas-. ¡Kruza dijo Nordgarten! ¡El lugar estaba en Nordgarten! ¡Eres tan pesado como Drakken, que todo el condenado tiempo quería enseñarme el templo!

–Esto es importante -le aseguró Aric al desmontar-. Acompáñame. Necesito tu ayuda.

Atravesaron el gran atrio, donde una conmoción agitaba el aire. Bertolf había dado la alarma y las compañías acuarteladas, Roja, Gris, Dorada y Plateada, estaban formando en orden de batalla para ir a ayudar a sus hermanos de la Compañía Blanca.

Apoyándose en Lenya, Aric avanzó cojeando por la nave principal hacia la gran estatua de Ulric. El aire frío olía a incienso, y el coro de Lobos estaba cantando un himno de salvación, que resonaba en la noche. Millares de llamas de vela oscilaron al pasar ellos.

Lenya guardaba silencio y miraba en torno. Nunca había estado en aquel lugar grandioso y devoto, y entonces entendía por qué Drakken había querido enseñárselo. De un modo que las palabras no podían explicar, comprendió lo que significaba el templo, lo que significaban los Lobos. Estaba muda a causa de la conmoción y sorprendida por sentirse humilde de verdad.