Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Lobos y Caballeros Pantera se volvieron, y Lenya les sonrió mientras Drakken, con aire humilde, la bacía entrar.

–De hecho, yo no lo sé, sino este amigo mío.

Lenya arrastró hacia la luz, detrás de ella y de Drakken, al andrajoso Kruza, y alzó un ornamento, el devorador del mundo, el reptil que se muerde la cola. La luz de las lámparas destelló sobre él.

–Éste es Kruza. Mi amigo. El amigo de mi hermano. Él sabe dónde mora el monstruo.

* * * * *

La nieve, en bolitas de hielo, había comenzado a caer otra vez del helado cielo rosáceo. Era como cabalgar hacia el interior del infierno.

El oscuro paisaje urbano estaba punteado por docenas de fuegos; ardían numerosos edificios desde Ostwald hasta Wynd. Los gritos, lamentos y clamores bajaban por las calles que los rodeaban, donde los ciudadanos enloquecidos por la fiebre se peleaban o luchaban en grupos como bestias salvajes. Las calles estaban sembradas de cadáveres, y la nieve formaba sudarios que se endurecían poco a poco sobre los que llevaban más tiempo tendidos. Nombres, escritos con sangre, cera, tinta y hielo cubrían las paredes de las calles y los laterales de los edificios. El aire frío olía a leche agria.

La compañía salió a caballo por las rotas puertas de la verja del palacio y bajó por las empinadas calles de Gafsmund hacia Nordgarten. Ganz iba en cabeza y Gruber, a su lado, llevaba el estandarte. Kruza y el sacerdote montaban testarudos palafrenes cogidos de los establos del palacio, y marchaban cerca de los corceles que iban en cabeza. Kruza no había montado nunca antes en toda su vida, aunque, bien mirado, todo lo que le había sucedido esa noche era nuevo y nada le resultaba grato.

Tras los cuatro jinetes de vanguardia iban Morgenstern, Kaspen, Anspach, Bruckner y Dorff, y a continuación cabalgaban Lowenhertz, Schell, Schiffer y Drakken. Cerca, en apretada formación, el vengativo Von Volk y seis de sus mejores Caballeros Pantera, todos hombres que aún no habían presentado signos de la fiebre. Bertolf, de la Compañía Roja, había salido a galope tendido hacia el templo para llamar a las compañías restantes, con el fin de que los reforzaran. Aric, debido a sus heridas, se había quedado en el palacio, donde el teniente de confianza de Von Volk, Ulgrind, estaba intentando restablecer la calma.

Grupos de ciudadanos dementes les aullaban al pasar, algunos les arrojaban piedras y otros, en su demencia, incluso se atrevían a salir corriendo para retar a los templarios.

En lo alto de una de las empinadas avenidas residenciales, Ganz los detuvo y se volvió a mirar al tembloroso carterista. El comandante de la compañía reflexionó durante un momento sobre el hecho de que el destino de todos ellos, el destino de la ciudad misma, dependiera del tipo de escoria callejera que normalmente le resultaría invisible. El joven no parecía gran cosa, patilargo, delgado y andrajoso, con una expresión que demostraba claramente que preferiría estar en alguna otra parte, en cualquier parte. Pero había acudido a ellos, según decía la chica de Drakken. Había ido al palacio arrostrando la mortal tormenta, impulsado por una necesidad de servir que ni siquiera él podía explicar. De algún modo, pensó Ganz en un momento de maravillosa lucidez, aquello le pareció justo. La inmundicia los amenazaba a todos, y lo correcto era que la ciudad se alzara en pleno para hacerle frente, desde los más altos hasta los más bajos.

–¿Y bien, Kruza? -preguntó Ganz, asegurándose de recordar y usar el nombre del rufián. Quería que el joven supiese que era parte importante de la empresa.

Kruza pensó durante un momento, y luego señaló pendiente abajo.

–Hacia allí, y después la segunda calle a la izquierda.

–¿Estás seguro, Kruza?

–Tanto como puedo estarlo -replicó el carterista.

¿Por qué el corpulento guerrero usaba continuamente su nombre de esa forma? Ya estaba bastante asustado por la noche, las fuerzas malignas y el simple hecho de encontrarse entre aquella compañía de Lobos. De algún modo, el hecho de oír su nombre en los labios de un guerrero de Ulric era lo más terrible de todo. No debería estar allí. Aquello era un disparate.

–¡Vamos, Kruza! ¡Ahí está para cogerlo! -murmuró el sacerdote con tono alentador, junto a él, y Kruza se volvió a mirarlo.

–¿Qué? ¿Qué has dicho?

–He dicho que vamos, que nos muestres el lugar -replicó el sacerdote con el entrecejo fruncido, porque podía ver el miedo que acababa de aflorar a los ojos de Kruza-. ¿Qué pasa?

–Sólo fantasmas, padre, las voces de los muertos…, pero creo que usted lo sabe todo sobre eso.

–Demasiado, muchacho, demasiado.

Ganz los condujo a medio galope. Kruza tenía problemas para mantenerse sobre la silla, pero el corpulento Lobo maduro -¿Morgenschell se llamaba?- espoleó su caballo, se situó junto al carterista y cogió las riendas del palafrén.

–Tú sujétate, que yo lo conduciré -dijo con una voz profunda, bien modulada y alentadora.

El corpulento Lobo le dedicó un guiño que hizo sonreír a Kruza. De algún modo, hacía que el gigante acorazado pareciese humano, como el tipo de hombre con el que estaría encantado de sentarse a cenar en La Rata Ahogada. Más que nada, aquel guiño le tranquilizó los nervios. De no haber sido por eso, tal vez habría huido y los habría dejado para que se enfrentaran a su heroica muerte. Fue un guiño que logró que permaneciera con ellos. Kruza se aferró a la parte delantera de la silla mientras el enorme Lobo tiraba de la montura y aceleraba hasta un galope, colina abajo.

Las rocas y los insultos llovieron sobre ellos, procedentes de un grupo de sombras reunidas en una curva de la calle por la que corrían. Una casa había sido saqueada e incendiada. Había cuerpos enroscados sobre la nieve manchada. A uno lo habían ensartado cabeza abajo contra una pared, y bajo él habían puesto cuencos para recoger la sangre con la que hacer más inscripciones.

–Bueno -reflexionó Anspach en voz alta, dirigiéndose a todos los que lo rodeaban-. ¿Qué probabilidades calculáis que tenemos esta noche? ¡Tengo una bolsa de monedas de oro que dice que podemos acabar con ese monstruo aunque su aspecto sea el de uno de los nuestros! ¡Apuesto tres a uno! ¡Es más de lo que os darían los Bajos Reyes!

–¿Y quién estará vivo para cobrar en caso de que pierdas? -preguntó Bruckner con acritud.

–Él tiene razón -gritó Kruza al mismo tiempo que se volvía para mirar atrás-. ¡Presentas bien la apuesta, pero las probabilidades son del tipo que te ofrecería Bleyden!

Los Lobos profirieron sonoras carcajadas y, al oírlos, Ganz se alegró de que pudiesen mantener el ánimo tan alto.

–¿Conoces a Bleyden? -preguntó Anspach a la vez que avanzaba, sinceramente interesado.

–¿Acaso no lo conoce todo el mundo? -preguntó el sacerdote con sequedad.

–Esto no es para tus oídos -le aseguró Anspach, y volvió a mirar a Kruza-. ¿Lo conoces?

–Es como un padre para mí -respondió Kruza, e incluso por encima del ruido de los cascos de los caballos, los Lobos pudieron captar la cáustica ironía del tono de su voz, así que volvieron a reír.

–Hay un asunto de una deuda… -prosiguió Anspach sin hacer caso de las chanzas-. Si pudieras decirle unas palabras…

–¿Quieres decir, si sobrevivimos a esta noche? -preguntó Kruza con dulzura, zarandeado por su montura.

–¡Ah!, yo me aseguraré de que llegues con vida al final -le respondió Anspach con seriedad.

–¡Ya lo ves, muchacho! -intervino Morgenstern-. ¡Tienes a Anspach como tu ángel de la guarda! ¡Ahora no deberías temer a nada en el mundo!

Más carcajadas, más pullas y chanzas. Ganz los dejaba bromear. Quería que estuviesen preparados cuando llegara el momento. Los quería llenos de júbilo, de confianza, llenos de la fuerza de Ulric.

Giraron en la calle siguiente. Estaba desierta, y la nieve se adhería a todas las superficies horizontales como una piel. Ganz hizo que el caballo aminorara hasta marcar al paso, y los demás formaron una doble fila detrás de él.

–¿Kruza?

Kruza miró a su alrededor, aunque sabía con total exactitud dónde estaba. La alta torre estrecha y peculiar era tal cual la recordaba, la tenía grabada en la mente; la esbelta torre con las ventanas estrechas y aquella aguja extrañamente curvilínea que ascendía en suaves ondas hasta la diminuta cúpula que la remataba; la galería de troneras bajo la base de la aguja. La segunda torre circular pegada al flanco del edificio principal, del ancho de tal vez dos hombres en fondo, pero con su propia cúpula diminuta y más de aquellas extrañas ventanas estrechas como ranuras.

Era un lugar grabado a fuego en su mente; un lugar de horror, magia inmunda y muerte. Levantó una mano para señalarla.

–Allí es, Lobo -dijo.

* * * * *

Despertó a causa de un lejano ruido de lucha, y el dolor regresó a su cuerpo como una marea. Pero entonces era más suave, se sentía como si flotara.

Aric levantó los ojos desde la cama. Le latía el brazo, como había latido aquel único ojo rosado.

A la oscilante luz del fuego de la habitación de huéspedes, vio que la muchacha, Lenya, cogía un vaso de caliente líquido de color marrón de una bandeja de plata que había llevado un cadavérico anciano vestido de brocado, tocado con una peluca y empolvado.

–¿Necesitarás algo más? El caballero está pálido.

–Con eso bastará, Breugal -respondió Lenya, y el chambelán asintió con la cabeza y se marchó de la habitación.

–¡No tienes ni idea de lo divertido que resulta esto! -rió ella-. ¡Los sirvientes del palacio, incluso Breugal con sus delirios de grandeza, se atrepellan unos a otros para ayudarme a atender al pobre, valiente caballero que salvó la vida del embajador!

–¿Así que está vivo?