Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Al comenzar la mortal granizada, Ganz detuvo a los jinetes bajo el inclinado saledizo de una posada con cochera. Continuar cabalgando bajo aquello sería una locura.

–Sólo el comienzo… -susurró el sacerdote que iba montado en la grupa de su caballo, detrás de él.

Ganz no respondió. Las puertas del palacio estaban a apenas dos calles de distancia. Bajo aquel ataque de los elementos, suponía una distancia imposible de recorrer.

* * * * *

Kruza llegó a las murallas del palacio. Estaba helado hasta los huesos bajo aquella precipitación de hielo, y al menos una de las piedras le había golpeado un hombro y le había dejado un doloroso cardenal. Otra rebotó junto a su rostro, contra la piedra, y le llenó los ojos de esquirlas de hielo.

Se acuclilló y se encogió. Las puertas estaban cerradas, y no tenía ni idea de cómo podría entrar.

* * * * *

Dentro del palacio, los invitados estaban retirándose. El festín había sido un éxito emocionante, y los embajadores de Bretonia solicitaron descansar antes de las celebraciones nocturnas. El Graf y sus nobles también regresaron a sus aposentos para reposar un rato. El granizo golpeaba el tejado y el trueno estremecía el aire.

Mientras patrullaba por las dependencias de invitados, Aric observó cómo los Caballeros Pantera y los portadores de antorchas conducían a los dignatarios visitantes hasta sus habitaciones. Ya se percibía el olor de las cocinas, donde se comenzaba a preparar el siguiente banquete. «Que durmáis bien -pensó-. Necesitaréis haber recobrado todas vuestras fuerzas cuando suenen las campanadas de completas.»

Avanzó hasta el corredor donde Drakken debía estar de guardia. Aric se encontraba junto a las puertas que daban acceso a las habitaciones de huéspedes cuando apareció el joven y robusto caballero.

–¿Dónde has estado? -le preguntó.

–De guardia… -comenzó Drakken.

Los ojos de Aric sondearon el rostro del joven.

–¿De verdad? ¿Aquí?

–Me marché durante un momento…

–¿Cómo de largo fue ese momento?

–Supongo que… media hora… -comenzó Drakken tras una pausa.

–¡Que Ulric te condene! -le espetó Aric, y giró hacia las puertas. El trueno resonó en el exterior y una ráfaga de viento recorrió el pasillo y apagó todas las lámparas-. ¿Cuánto tiempo les ha dado esa media hora a ellos?

–¿A quiénes?

–¡A quienquiera que pretendiese entrar! -le gruñó Aric con el martillo en alto mientras abría la puerta de una patada.

Drakken corrió tras el otro templario a través de la antecámara guarnecida de terciopelo hacia el interior de la primera habitación. La alfombra estaba en llamas a causa de una lámpara derribada. Dos servidores ataviados con las blusas de Bretonia yacían muertos en el suelo. Palabras -nombres- habían sido escritas en las paredes con sangre.

Se oyó un alarido procedente de la habitación contigua. Aric irrumpió en la estancia. Una camarera estaba apoyada contra la pared, acuclillada, y chillaba. Una forma corpulenta, casi una sombra negra a la que el fuego iluminaba por detrás, tenía al embajador bretoniano cogido por la garganta y alzado en el aire. Chorreaba sangre. El embajador daba sus últimas boqueadas.

La silueta corpulenta se volvió para mirar a los intrusos y dejó caer al embajador, medio muerto, sobre las ornamentales alfombras.

Su único ojo sano relumbraba en color rosado coral. Su voz, tan baja como el mundo de ultratumba, tan apagada como los pataleos de un caballo y tan espesa como la brea, dijo dos palabras.

–Hola, Aric.

* * * * *

El bombardeo de granizo era aún más feroz que antes. Bajo el colgadizo de los establos, los caballos de guerra de los templarios saltaban y se estremecían.

–No podemos esperar. Ahora no -dijo el sacerdote, que era como una sombra detrás de Ganz.

–Pero…

–Ahora, o estará todo perdido.

Ganz se volvió hacia los rostros que lo rodeaban, iluminados por una luz mortecina.

–¡Cabalgad! ¡En el nombre de Ulric! ¡Cabalgad! -gritó.

Como si una explosión los hubiese arrojado al exterior, con esquirlas de hielo saltando en torno a los cascos de los caballos y mientras el trueno restallaba sobre sus cabezas, salieron al galope.

* * * * *

Kruza estaba semienterrado por un montículo de nieve y tenía las palmas de las manos aún apoyadas contra el doloroso frío de la piedra de la muralla cuando la luz del fuego palpitó por encima de él.

Parpadeó y alzó la mirada hacia los tres Caballeros Pantera que se encontraban de pie a su lado.

–Éste no es tiempo para haraganear fuera de casa -dijo uno.

–No cuando el Graf está esperando oír el sonido de tu voz -añadió otro.

–¿Qué? -preguntó Kruza, entumecido en casi todos los sentidos.

Lenya se deslizó entre dos de los Caballeros Pantera.

–Estaba diciéndoles que el gran cantante trovador se retrasaba y que el Graf se sentiría de lo más disgustado si no llegaba a tiempo para el banquete -explicó.

–Por supuesto…

–¡Vamos! -La joven tiró de él para levantarlo-. Te vi ante la puerta -le susurró al oído-. ¿Qué estás haciendo aquí?

–Protegerte -murmuró él.

Estaba seguro de que tenía carámbanos debajo de la lengua.

–¡Estás haciéndolo fantásticamente bien! -respondió ella.

Los Caballeros Pantera la ayudaron a traspasar las puertas con él mientras el granizo azotaba a su alrededor. En el exterior se oyó un trueno parecido al retumbar de cascos de caballo.

* * * * *

–Él desbarató mis planes, así que lo elegí. Él me hizo más débil que nunca, así que lo correcto era que yo me apropiara de su forma.

La cosa del ojo rosado estaba hablando, aunque Aric realmente no la escuchaba.

–Un millar de años solo y enterrado dentro de la Fauschlag. ¿Puedes imaginar eso, Aric? Un millar de años. No, claro que no puedes; estás demasiado invadido por el miedo.

La imposible forma corpulenta se paseaba alrededor de la habitación iluminada por la luz de las velas y el hogar, describiendo círculos en torno al templario.

–Me apoderé de su forma, una forma buena y fuerte. Fue un acto de justicia.

–¿Qué eres? -preguntó Aric-. Te pareces a…

–¿Einholt? -La criatura le sonrió con desprecio-. Me parezco a él, ¿verdad? Tomé su cadáver. Estaba lleno de celo y vigor.

Einholt se volvió para mirar a Aric con un resplandeciente ojo rosado. El otro estaba lechoso y muerto, dividido por la cicatriz, tal y como Aric lo recordaba. Einholt, pálido, revestido con la armadura, hablando, moviéndose, vivo. Pero no era Einholt. Esa mirada, la penetrante mirada ardiente…

–Yo soy Einholt. Él es yo. Resulta sorprendente cómo sus recuerdos se conservan en el cerebro, como las incrustaciones en una buena espada. ¡Vaya, estos recuerdos son de madreperla! ¡Qué brillantes! ¡Qué nítidos! Así es como te conozco, Aric, hijo del Lobo. Sé qué hiciste. No fue un crimen tan enorme como el cometido por Einholt, pero fuiste cómplice del mismo.

–Tienes el rostro de mi amigo, pero sé que eres maligno -dijo Aric al mismo tiempo que alzaba el martillo, dubitativo.

–¡Entonces, adelante! ¡Aplasta esto! -respondió Einholt a la vez que sonreía y se señalaba el rostro-. ¡Te desafío a que lo hagas! ¡Mata para siempre a tu perdido camarada!

Aric bajó el martillo y cayó de rodillas.

–Yo quería volver a vivir. Tener forma, volumen, solidez. Vosotros me arrebatasteis esa posibilidad, del mismo modo como el sacerdote me la arrebató durante el pasado Jahrdrung. ¡Pero ahora he vuelto, renovado! ¡Ansioso! ¡Salivando por la vida!

Einholt le sonrió al arrodillado Aric, que lloraba. Llevaba un martillo de guerra en la mano izquierda y lo levantó.

El martillo de Drakken lo lanzó de espaldas al volar desde el otro lado de la habitación.

Einholt, o la cosa que una vez había sido Einholt, se estrelló contra una consola, que se hizo pedazos bajo su tremendo peso. La criatura profirió un rabioso gruñido de cólera, que era por completo inhumano, mientras se levantaba. El feroz golpe de Drakken le había abollado la placa superior izquierda del peto y le había arrancado limpiamente la hombrera.

El único ojo sano palpitó como fuego rosado al ritmo del rugido. El martillo de Einholt aún estaba en su mano.

Drakken hizo levantar a Aric y desenvainó la daga porque el martillo se encontraba demasiado lejos para recuperarlo.

–¡Vamos! -chilló.

–El cachorro tiene más bríos que tú, Aric. El joven Drakken tiene menos escrúpulos a la hora de golpear a su viejo camarada Einholt.

«O una terrible culpabilidad por la negligencia cometida, que debe compensar -pensó Drakken-. No nos encontraríamos aquí…, el embajador no estaría en el suelo vomitando sangre, si no fuese por mi…»

Aric se levantó. Fue como si la brutal intervención de Drakken lo hubiese galvanizado, le hubiese dado confianza. Comenzó a hacer girar el martillo por el aire a la vez que describía círculos en torno a la sombra del ojo rosado.

–¡Márchate! -le dijo a Drakken.

–Pero…

–¡Márchate! -repitió Aric sin apartar los ojos del enemigo que tenía delante-. Saca al embajador de aquí. ¡Da la alarma! ¡Vete! ¡Vete!

Cubierto por Aric y su girante arma, Drakken se echó al hombro al dignatario bretoniano medio vivo, que jadeaba, y salió con paso pesado por la puerta. En cuanto estuvo en el corredor exterior, comenzó a bramar con todas sus fuerzas. Para entonces, la camarera ya había salido de las dependencias, corriendo y gritando. Los alaridos y la alarma inundaron los corredores del palacio.

Aric y la criatura describían círculos el uno ante el otro.

–¿Lo intentamos, Aric, hijo del Lobo? -preguntó el que había sido Einholt mientras su martillo zumbaba con lentitud en el aire al trazar perezosas formas en ocho.

–¿Intentar qué? -replicó Aric con voz tensa en tanto llevaba el martillo a una posición más defensiva.

–De hombre a hombre, tú y yo…

–Tú no eres un hombre.