Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Gruber apartó la mirada y, luego, volvió la vista hacia Ganz y lo miró a los ojos.

–No. Pero sé cuándo vale la pena correr un riesgo, y sé que ahora es una de esas ocasiones. Tú no estabas con nosotros dentro de los túneles de debajo de la Fauschlag. No viste lo que yo vi, lo que vieron Aric y Lowenhertz. No viste lo que vio Einholt.

–Me lo habéis contado; con eso basta.

–¿De verdad? Ganz, ahí abajo había algo tan maligno como nada que yo haya sentido antes, y espero no volver a sentirlo jamás. Había una… cosa. Escapó. Que Ulric se me lleve si no forma parte de esta maldición que está cayendo sobre nuestra ciudad. ¡Y por lo que dice ese sacerdote, también él está enterado del asunto!

Ganz giró y se alejó en silencio. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el sacerdote volvió a salir del templo. El hombre estaba limpiándose sangre de las manos con un trozo de sudario. Ganz avanzó hacia él y se detuvieron cara a cara sobre la nieve, al pie de la escalera del templo.

–Ha vuelto a suceder -dijo el padre-. Ahora en Freirburg. Un comerciante rico destripó a toda su familia y criados, y luego se ahorcó. Doce muertos. Doscientos dieciocho nombres en la pared.

–¿Qué?

–Ya me has oído -gruñó Dieter. Sacó un pergamino que llevaba metido en el cinturón, y lo desdobló-. Mis amigos de la guardia copiaron los nombres. Aún no he comenzado a compararlos con los otros, pero ya puedes ver que la cosa va en aumento, ¿no? Con cada asesinato, la lista se hace más larga. ¿Cuántos más, antes de que consten en ella todos los habitantes de la ciudad? Tú, yo, el Graf… -Su voz se apagó.

–Einholt era un querido miembro de la Compañía Blanca. Hace tres meses, demostró un valor singular y… salvó la ciudad. No hay otra forma de describirlo. La salvó de la Oscuridad que acechaba en los túneles de abajo. Luego, una semana más tarde, desapareció. No hemos vuelto a verlo desde entonces.

–Está muerto.

–Eso suponemos nosotros -replicó Ganz, y después se dio cuenta de que la frase del sacerdote era una afirmación, no una sugerencia.

–Sé que es verdad -le aseguró el sacerdote-. Fue algo sencillo buscar en los registros de la ciudad y descubrir la desaparición de Einholt.

Ganz le lanzó una mirada feroz al sacerdote, que alzó las manos con gesto tranquilizador.

–Perdóname por saberlo. No me cabe ninguna duda de que Einholt era el más valiente de vosotros. Mis… fuentes de información me contaron lo que hizo.

–¿Qué clase de sacerdote eres?

El sacerdote de Morr lo miró con expresión hosca.

–De la mejor clase: uno a quien le importa lo que sucede, y uno que sabe.

–¿Qué sabes? -preguntó Ganz con un suspiro de aceptación.

–Consideremos los hechos: una fuerza de nigromancia oscura amenaza la ciudad…

–De acuerdo.

–Hemos visto su marca. Por lo que puedo conjeturar, hace por lo menos un año que está entre nosotros. Ha tenido tiempo para consolidarse firmemente, para planificar, para conspirar, para crecer.

–También de acuerdo.

El sacerdote calló por un momento, mientras su respiración se condensaba en el aire. Ganz advirtió, por primera vez, lo asustado que estaba aquel hombre tras sus modales confiados.

–Como ya he dicho, también hemos visto su símbolo, el reptil que se muerde la cola. Está infligiéndole un enfermedad a Middenheim, una fiebre mágica que corrompe las mentes y las hace obrar a su voluntad por alguna atroz causa que hasta el momento ignoramos.

–¿Ah, sí?

–Tal vez. Su maldición está ahora sobre nosotros, ¿no te parece? Su amenaza ritual nos rodea por todas partes.

–Sí. -Ganz tenía una expresión ceñuda-. ¿Sabes por qué?

El padre Dieter guardó silencio durante un momento, y se miró los pies medio enterrados en la nieve.

–¿El último acto? ¿El definitivo? La confección de las listas rituales de los muertos. A menos que yo sea un estúpido, esas listas incluirán pronto a todas las almas de Middenheim. La nigromancia es muerte mágica. Cuanto mayor la mortandad, mayor es la magia. Según tengo entendido, y créeme, comandante templario, si te digo que no he realizado ningún gran estudio de sus viles aberraciones, funciona mediante el sacrificio. Una sola muerte le permite obrar algunas impiedades. Múltiples muertes obrarán una magia mucho más grande. El sacrificio sangriento de una ciudad…

–¡Que Ulric se me lleve! ¿Podría ser tanto? -dijo Ganz jadeando.

–¿Tanto? ¡Tan poco! Un sacrificio de diez mil almas aquí no es nada comparado con los cientos de miles que serán ofrecidos a los Oscuros si Bretonia entra en guerra con el Imperio. ¿Acaso no se trata de eso? Esta ciudad se encuentra en la cúspide de un conflicto. ¿Qué sacrificio mayor podría ofrecérsele a los inmundos infiernos de la nigromancia que las montañas de muertos asesinados en una guerra abierta?

Ganz le volvió la espalda al sacerdote. Se sentía como si estuviese a punto de vomitar, pero se controló. Habría sido algo indecoroso ante sus hombres, ante extraños.

–Dijiste que debíamos luchar -recordó con voz apenas audible al mismo tiempo que se giraba para mirar de nuevo al sacerdote-. ¿Dónde sugieres que luchemos?

–¿Dónde está Bretonia? ¿Qué lugar es más vulnerable? ¿Dónde reside el poder?

–¡Montad! -les bramó Ganz a sus hombres a la vez que corría por la nieve-. ¡Dirigios hacia la Cuesta del Palacio! ¡Ahora!

–Yo os acompañaré -dijo el padre Brossmann, pero Ganz no lo escuchaba.

–¡Ganz!

Ya sobre su caballo de guerra, Ganz giró a medio galope en el patio cubierto de nieve y vio que el sacerdote de Morr corría tras él, así que estiró un brazo e izó al hombre sobre la grupa del corcel.

–¡Espero que sepas cabalgar! -le espetó.

–En otra vida, sabía -replicó el sacerdote, ceñudo.

Salieron al galope del patio del templo, haciendo volar la nieve en polvo, camino del palacio.

Kruza se agachó para evitar la destellante hoja del arma. El hombre estaba loco, eso resultaba bastante claro para él. A Kruza le recordó la apasionada determinación que había tras la capucha de un verdugo público. La espada rechinó al penetrar en una cruz de vigas hollinientas y quedó atascada. Kruza describió un arco con su espada corta, pero no le acertó al frenético atacante.

El carterista podía ver que el hombre estaba aquejado por la plaga. Tenía la piel pálida y sudorosa, fría y blanca a causa de la fiebre. Arrancó la espada de las vigas y volvió a atacar. El arma era un espadón herrumbroso de mucho más largo alcance que la espada corta de Kruza. La hoja volvió a zumbar en el aire cuando intentó hallar la garganta del carterista, que se agachó, y al levantarse, después de que pasara por encima de su cabeza, le clavó su arma al hombre demente.

La hoja hendió las costillas, las atravesó y penetró en órganos y líquidos internos.

El hombre aquejado por la fiebre se desplomó al mismo tiempo que profería alaridos y sufría convulsiones.

–¡Kruza! ¡Kruza! ¡Kruza! -chillaba el hombre mientras agonizaba.

Kruza, entonces, ya corría hacia la colina del palacio.

* * * * *

La nieve que el cielo había tenido atascada en la garganta durante toda la jornada comenzó a caer en abundancia al desaparecer la luz diurna. Apenas era media tarde, pero las nubes que cubrían el cielo hacían que pareciese el principio de la noche. Primero cayeron grandes copos; después descendió la temperatura, y las nubes soltaron aguanieve y una lluvia helada. El agua caía torrencialmente sobre la ciudad y se mezclaba con la nieve que había en el suelo; allí, se congelaba y hacía que la capa de nieve intacta brillara como el vidrio al convertirse en hielo.

Lenya escapó de la cocina tras su encuentro con Drakken. Aún con un cosquilleo en los labios, encontró refugio en la leñera, donde Franckl y otra docena de mozos, pajes y criadas se habían cobijado de la lluvia. Alguien había encendido un pequeño fuego, y se hizo obvio que la botella de Franckl no era la única que había sido robada ese día. Lenya entró en la oscuridad que olía a moho mientras las gotas de agua tamborileaban sobre las tejas como piedras lanzadas con honda, y encontró sitio junto a Franckl, que le ofreció un sorbo de su botella.

–Ese hombre que has encontrado es bueno -comentó él.

–Lo es.

Lenya no se sentía cómoda entre tanta gente. Quería regresar al interior del palacio, pero estaba segura de que se habría congelado viva para cuando llegara a la arcada de la cocina, situada al otro lado del patio. Resonó un trueno, potente y pesado sobre la ciudad de roca, como los cascos de corceles de dioses.

La muchacha ascendió gateando por una pila de leña hasta que le fue posible mirar al exterior a través del resquicio de la ventana orientada hacia las puertas principales, borroneadas por el aguanieve. A lo lejos, vio los fuegos de la guardia, de los que se desprendía vapor; los Caballeros Pantera llevaban los braseros a cubierto y cerraban la verja. Los decorativos penachos de sus yelmos estaban mojados y caídos.

Dio un salto cuando algo golpeó el tejado; luego, otra vez, y otra. En el exterior vio piedras de granizo del tamaño de bolas de cañón que impactaban en la nieve y quedaban enterradas en ella, haciéndola saltar por el aire y rompiendo la capa de hielo superior con su peso. Una tormenta asesina; lo más letal que podía descargar un invierno sobre el Imperio. En cuestión de un momento, los golpes se hicieron más potentes y rápidos al precipitarse las rocas de hielo en mayor abundancia. La granizada era entonces muy copiosa, y el trueno volvió a resonar. A través de la cortina blanca, vio que un Caballero Pantera que se encontraba ante la puerta era golpeado de lleno por una piedra de hielo y caía; los compañeros corrieron hacia él. De inmediato, cayó otro, a quien el impacto de otra roca le arrancó el casco.

Lenya profirió una exclamación ahogada. Cuando estaba en la granja de Linz había visto tormentas de una fuerza tremenda, pero nada como eso, nada comparable a esa furia.

* * * * *