Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Me sobresalté. Sentí sobre la espalda la mirada de Schtutt, y también la de un guardia. ¿Estaban mirando la cosa que había debajo de la manta, o me observaban a mí para ver cómo reaccionaba? Me di cuenta de que se me había acelerado la respiración e intenté controlarme. «Respira profundamente. Los sacerdotes de Morr no sienten temor en ningún caso. No pueden verlos en estado de pánico.»

–Bien -dije, y me levanté. «Muéstrate firme, decidido»-. Necesitamos un carro para llevar todo esto al templo. De costados altos, si es posible.

–Cuando venía hacia aquí, vi la carreta de un basurero -sugirió uno de los guardias.

–Eso nos irá bien. Ve a buscarla. -Esperé hasta que se marcharon, y luego hice un gesto hacia la manta-. ¿Cuántos han visto esto?

–Dos o tres.

–Asegúrate de que no hablan del tema. Amenázales, mételes dentro el miedo de Ulric, cualquier cosa menos cortarles la lengua. Lo último que necesitamos es que cunda el pánico porque había un mutante dentro de la ciudad.

–Un mutante -dijo Schtutt.

Su voz carecía de entonaciones, como un eco. Era como si no se hubiese atrevido a usar esa palabra hasta que yo la pronuncié en voz alta y confirmé sus peores miedos. ¿Un tentáculo? Bueno, no se lo habían cortado a un pulpo de los pantanos ni a un kraken del Mar de las Garras, no en un callejón de Osrwald. Pero entonces que había dicho la palabra, tenía que impedir que la repitiera donde pudiese oírlo la gente.

–Habrá que hacer una investigación a fondo, una disección. Si se trata de un…, bueno, lo quemaremos con discreción. Por el amor de Ulric, no vayáis por la ciudad hablando de mutantes. Ni siquiera entre los guardias. Guardáoslo para vosotros. Eso sí: haced circular la descripción de la muchacha: edad, estatura, ropa, todo menos lo del brazo. -Me froté las manos porque se me estaban quedando congeladas-. Tenemos que llevar el cuerpo al templo para que yo pueda empezar a trabajar. ¿Dónde está esa condenada carreta?

Llegó al fin, y el cuerpo fue cargado en el vehículo sin ceremonias; los basureros no estaban muy contentos por el hecho de que su trabajo hubiese sido interrumpido. Nadie quería tocar lo que había debajo de la manta. Por último, yo lo levanté envuelto en la tela, lo dejé junto al cadáver en la parte trasera de la hedionda carreta y luego retrocedí para limpiarme las manos en la fina túnica sin que Schtutt me viera hacerlo.

El conductor hizo restallar el látigo, y el caballo viejo tiró del vehículo, que descendió con estrépito, lentamente, por los mugrientos adoquines de las calles del tugurio hacia el espacio abierto del parque de Morr, con el templo en el centro. Schtutt y yo caminábamos detrás de la carreta.

–¿Tienes alguna idea de quién era? -pregunté.

–Aparte de ser un… -Schtutt captó mi mirada feroz-. No, no lo sabemos. Iba vestida como una moza de taberna, o tal vez una muchacha de la noche; pero no habría conseguido trabajo con un brazo así. Aunque quizá lo camuflaba con magia. Podría haber atraído a alguien a ese callejón, haber anulado el hechizo, y entonces él la mató a causa del horror.

»O tal vez fue un asesinato ritual. Dicen que hay poderosos cultos de adoradores del Caos dentro de la ciudad. Encontramos sacrificios; principalmente, gatos. -Se estremeció-. Si pensara que iba a haber problemas con el Caos, cogería a mi familia y me marcharía de Middenheim. Me iría al norte. Mi hermano tiene una hacienda a unos cincuenta kilómetros de distancia. ¿Crees que cincuenta kilómetros son suficientes para escapar del Drakwald?

No respondí porque estaba siguiendo el curso de mis propios pensamientos. Schtutt pareció contentarse con continuar charlando sin que le contestara.

–No deberíamos aguardar a que ellos actúen. Tendríamos que descubrirlos y quemarlos. Y quemar también sus casas, hasta los cimientos -dijo, y en su voz había un cierto regodeo-. Hacer que viniesen a investigar algunos cazadores de brujas. ¿Recuerdas a los dos que llegaron de Altdorf? Diecisiete adoradores del Caos descubiertos y quemados en tres días. Son el tipo de hombres que necesitamos. ¿Eh? ¿Dieter?

Eso acabó con mi concentración. Nadie me llamaba Dieter por entonces; no, en los últimos ocho años, desde que había ingresado en el templo. Desvié la vista hacia él y lo miré a los ojos, en silencio. Pasado un momento, él los apartó.

–¡Por las barbas de Ulric! -masculló-. Ya no eres el mismo hombre de antes. ¿Qué te han hecho en ese templo de necrófagos?

Se me ocurrieron un centenar de respuestas, aunque ninguna adecuada para ese momento, así que no dije nada. El silencio es lo primero que aprende un sacerdote de Morr, y yo he aprendido bien la lección. Un vacío sin palabras se prolongó entre nosotros, hasta que lo rompió Schtutt.

–¿Por qué lo haces? -preguntó-. Es lo que no entiendo. Recuerdo cuando eras uno de los mejores comerciantes de Middenheim. Todos acudían a ti para todo. No eras sólo rico, eras…

–Era amado. -Schtutt guardó silencio, y yo proseguí-. Amado por mi esposa y mi hijo, que desaparecieron. Ya lo sabes. Todos lo saben. Nunca los encontraron. Gasté centenares de coronas, miles de ellas para buscarlos. Y descuidé mi trabajo, mi empresa quebró y yo renuncié. Ingresé en el templo de Morr y me hice sacerdote.

–Pero ¿por qué, Dieter? -Ese nombre otra vez. No era el mío, ya no-. Allí no podrás encontrarlos.

–Lo haré -respondí-. Antes o después, sus almas irán a reunirse con Morr, y serán recibidas por las manos del dios, y entonces lo sabré. Es la única certidumbre que me queda ya. Era el no saber lo que estaba matándome.

–¿Por eso lo haces? -preguntó él-. ¿Investigar las muertes inexplicadas? ¿Por si se trata de ellos?

–No -repliqué-. No, eso es sólo para matar el tiempo. -Pero yo sabía que estaba mintiéndole.

* * * * *

El carro rodó por la tierra dura del parque de Morr, aún demasiado congelada para cavar sepulturas, y se detuvo en el exterior del templo. La piedra oscura del edificio y las ramas desnudas de los altos árboles que lo rodeaban como manos tendidas que ofrecieran una caja cerrada a un dios invisible estaban silueteadas contra un cielo gris, cargado con la nieve que todavía no había comenzado a caer.

Schtutt y su ayudante transportaron el cuerpo escaleras abajo hasta la penumbra abovedada del Factorum, mientras yo los seguía con la manta y su desagradable contenido en los brazos. No había ni rastro de Gilbertus ni del cuerpo que había quedado preparado para ser sepultado. Bien.

El cuerpo de la muchacha fue tendido sobre una de las grandes losas de granito, y coloqué el tentáculo a su lado, sin desenvolverlo. El hedor de la carreta de basura impregnaba las ropas de la muerta, pero había otro olor, acre y desagradable.

En la quietud y penumbra reinantes, podría haber sido cualquier mujer hermosa que dormía. Contemplé fijamente su forma inmóvil. ¿Quién era? ¿Por qué la habían matado de un modo tan deliberado, tan frío? ¿Por qué habían disimulado el hecho para que pareciese otra cosa? ¿Tendría un enemigo poderoso, o la habían matado por otra razón? ¿Sería más importante muerta que viva? El brazo…

Schtutt arrastró los pies y tosió, y pude percibir su inquietud. Tal vez, los cuerpos que yacían sobre las otras losas tuviesen algo que ver con eso.

–Será mejor que nos marchemos -dijo.

–Sí -repliqué con brusquedad.

Quería quedarme a solas con el cuerpo para hacer el intento de percibir algo que me indicara quién o qué la había matado. No es que me guste la gente muerta. No me gusta. Es sólo que la prefiero a la viva.

–Necesitaremos un informe oficial -añadió él-. Si se trata de un mutante, habrá que decírselo al Graf. ¿Le harás la disección hoy?

–No -respondí-. Primero hacemos los rituales para darle descanso al alma. Los haré yo personalmente. Luego, hacemos la disección, para dejar constancia en los archivos y para aumentar el precioso papeleo del Graf. Después, si no podemos encontrar a un familiar próximo, se le hace un funeral de indigente.

–¿La arrojaréis desde el barranco de los Suspiros? -preguntó Schtutt con voz escandalizada-. Pero seguramente los mutantes deben ser quemados para purificarlos, ¿no?

–¿Acaso he dicho yo que fuera una mutante? -inquirí.

–¿Qué?

Cogí la sección de tentáculo que se encontraba junto al cadáver y la acerqué a él con brusquedad. Estaba fría y húmeda, y tenía un tacto gomoso. Schtutt retrocedió como un perro golpeado.

–Huélelo -le dije.

–¡¿Qué?!

–Huélelo.

Lo olfateó con precaución y, luego, me miró.

–¿Y bien? -pregunté.

–Es… agrio. Como algo rancio.

–Vinagre. -Dejé el tentáculo donde estaba antes-. No sé de dónde ha salido eso, pero sí sé que no se encontraba unido a nadie que estuviese vivo esta mañana. Esa condenada cosa ha sido escabechada.

* * * * *

Finalmente, tras prometer que intentarían averiguar la identidad de la muchacha, Schtutt y su hombre se marcharon. Estuve a punto de pedirles que no lo hicieran. El modo menos probable de averiguar algo sobre una muerte en Ostwald, con sus serpenteantes callejones y oscuros trapicheos, es hacer que guardias de pesadas botas anden por ahí formulando preguntas con toda la sutileza de un ogro que no se ha duchado. Aunque obtuvieran una respuesta, no serviría de nada. Yo continuaba deseando averiguar quién era la muchacha, pero cuanto más pensaba en el asunto más me convencía de que era su muerte, y no su identidad, lo que revestía importancia. Alguien había querido convencer a la gente de que había mutantes en la ciudad, y lo habría logrado si la investigación hubiese quedado en manos de gente como Schtutt.