Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Kruza despertó en las últimas horas de la noche. Su ático bajo y espartano estaba helado, y la cicatriz le picaba a rabiar. Intentó recordar qué lo había despertado. Un sueño.

Resollador.

Había estado diciéndole algo. Resollador había estado de pie junto al Graf, y el Graf no lo había visto.

Algo relacionado con… el reptil, el monstruo que se mordía la cola. El devorador del mundo.

Kruza temblaba con tal violencia que tuvo que atravesar a gatas el ático para servirse una copa de la botella que había sobre la mesa. Estaba casi tan helada como el hielo, y sólo el hecho de que contenía alcohol había evitado que se congelara. Bebió de un trago y el calor de la bebida le quemó la garganta.

«Resollador… ¿qué intentabas decirme? ¿Qué intentabas decirme?»

Nada. Silencio. Y sin embargo, había algo allí, con él.

«¿La joya? ¿Era eso? ¿El collar ceremonial? ¿O alguna otra cosa?»

En torno a él flotaba una niebla. Tenía las extremidades duras y rígidas a causa del frío. Bebió otro trago que le calentó todo lo que estaba por encima de la garganta, pero lo demás permaneció rígido y entumecido.

«Lenya -recordó entonces-. Lenya. ¡Quieres que cuide de tu hermana! ¡Está en peligro!»

Eso no era problema ninguno. Defender a Lenya era algo que no le parecía una tarea ardua. Que Ranald se llevara a ese Lobo que ella tenía… Lenya…

Entonces, comprendió -o recordó, o simplemente imaginó- qué había estado intentando realmente decirle Resollador desde el silencioso mundo de los fantasmas. No era sólo Lenya, aunque ella era importante.

Se trataba de todos. Era Middenheim. Toda la ciudad.

Se levantó y se puso los calzones y el justillo de cuero. Su expresión era angustiada, pero ya no temblaba.

* * * * *

Llegó la primera luz, pálida y transparente, y el cielo mostraba un translúcido azul. El patio estaba cubierto por una capa de treinta centímetros de nieve, y sólo las verticales paredes de roca negra estaban libres de ella.

Una hilera de carruajes dorados y jinetes que los precedían y lucían el emblema de Bretonia entró en el viaducto sur, que acababa de ser reparado. Atravesaron la puerta, levantando nubes de nieve suelta. Con el estandarte de Bretonia en alto, la vanguardia de caballeros ascendió por las desiertas calles y condujo la caravana de carruajes hacia el palacio.

En la Gran Puerta aguardaban miembros de la guardia de honor de los Caballeros Pantera, que giraron para cabalgar junto a los carruajes, que corrían a gran velocidad. Cuando la veloz procesión llegó al patio de entrada y los pajes de librea rosada salieron corriendo con las antorchas para formar un abanico de fuego y recibir a los visitantes, unos criados desenrollaron una alfombra de terciopelo que llegó hasta los escalones del carruaje del embajador.

* * * * *

La nona aún no había sonado cuando Gruber condujo a Ganz a través del porche del templo de Morr. Alzaron los ojos hacia las zonas quemadas del inquietante templo y las partes que los artesanos estaban comenzando a reconstruir, muchas cubiertas con hules para protegerlas de los elementos. El día era muy luminoso y frío, y amenazaba con volver a nevar. Detrás de ellos marchaba un destacamento de escolta formado por Schell, Schiffer, Kaspen y Lowenhertz.

El hermano Olaf les abrió la puerta del Factorum. La abovedada cámara era un lugar frío y húmedo, con un fuerte olor a astringente agua de lavanda y líquidos embalsamadores. Bajo las oscilantes lámparas que colgaban del techo, el padre Dieter apartó los ojos del cuerpo que estaba tendido sobre la fría losa de piedra en el momento en que entraron los templarios del Lobo haciendo tintinear las ruedecillas de las espuelas con sus pesados andares.

Gruber los condujo escalera abajo hacia la húmeda estancia. Incluso él se sentía acobardado ante las losas de piedra. el aire gélido y los cadáveres amortajados que yacían allí. Había visto al padre Dieter en una ocasión anterior, en la calle Osster, junto al Agujero del Lobo. Entonces lo veía sin capucha. Era un hombre alto y severo con la cabeza tonsurada, y los ojos claros y fríos, como impulsados por algún enorme pesar antiguo. Dieter alzó la mirada.

–Hermano Lobo Gruber.

–Padre. Éste es Ganz, mi comandante.

Ganz se aproximó al sacerdote de Morr e hizo una breve reverencia de respeto.

–¿Qué puedes decirnos de este horror, padre? -preguntó con sencillez.

Dieter los condujo hasta la mesa de piedra del centro de la sala, donde yacía un cuerpo masculino desnudo. La única señal que lo distinguía, por lo que Ganz pudo ver, era la herida abierta en su blanco pecho.

–Es el asesino del Agujero del Lobo -declaró el sacerdote con voz queda al mismo tiempo que sus manos se separaban para abarcar el cuerpo-. Cuando llegó, estaba cubierto de pies a cabeza por la sangre de otros. Yo he lavado el cadáver.

–¿Y qué te ha contado? -preguntó Gruber.

–Mira aquí. -El sacerdote hizo que Ganz y Gruber se acercaran más, y señaló los rasgos hundidos del muerto-. Cuando le hube quitado toda la sangre, y a pesar del rigor mortis, vi un color amarillento, una palidez, huellas de dolor.

–¿Lo cual significa?

–Que este hombre estaba enfermo, muy enfermo, fuera de sí.

–¿Cómo puedes estar tan seguro? -preguntó Ganz.

–Porque no es el primero con las mismas características que ha llegado aquí. Ni será el último. Estaba enfermo, hermano Ganz, mortalmente enfermo. La locura moraba en él.

–¿Y por eso atacó y asesinó a los demás? -quiso saber Gruber.

–Es muy probable.

–¿Y las profanaciones? ¿Las del Agujero del Lobo y las de la casa? -preguntó Gruber.

El sacerdote de Morr abrió una pequeña libreta.

–Al igual que tú, no reconocí las palabras, pero las copié con cuidado. Desde entonces, las he comparado con otras escrituras de nuestro Librarium.

–¿Y?

–Son nombres. La escritura es antigua y, por tanto, extraña para nuestros ojos; pero los nombres son… corrientes. Son nombres de personas. Ciudadanos. Entre ellos, el nombre de nuestro asesino, Ergin. También los nombres de sus hermanos, el hermano de su esposa, sus vecinos y los de otras tres personas que viven en el barrio, cerca de la casa.

–Una lista de los muertos -jadeó Lowenhertz en voz baja.

–En efecto -asintió el sacerdote al mismo tiempo que alzaba la vista de golpe, como sorprendido por la penetración del Lobo-. O una lista de los que debían morir, si damos por supuesto que la escribió el asesino. Una lista, pues; casi una celebración del homicidio sagrado.

–¿Sagrado? -preguntó Ganz con el entrecejo fruncido-. ¿Qué tuvo de sagrado ese acto?

El sacerdote apenas sonrió, aunque a Ganz le recordó la forma en que sonríen los perros antes de morder.

–No en nuestros términos, comandante. No tengo intención de blasfemar. Pero ¿acaso no te das cuenta de que esto fue un acto ritual? Un ritual orquestado por la locura. El escenario, por ejemplo. Es algo más que una casualidad que los asesinatos hayan profanado un lugar dedicado a la deidad patrona de la ciudad.

–¿Has visto antes algo así? -preguntó Ganz.

–Sí, por dos veces ya. Dos veces en los últimos dos días. Un carnicero se volvió loco en Altmarkt, y presentaba signos de fiebre similares a éstos. Había grabado los nombres de sus cinco víctimas y el suyo propio en una pieza de carne que colgaba de su toldo. También un escribano de Freirburg, a principios de la semana, justo antes de las nieves. Allí hubo tres muertos apuñalados con un cortaplumas antes de que el hombre se arrojara por una ventana. También entonces estaba presente la locura de fiebres. Y también los nombres…, el del asesino y sus tres víctimas, anotados en el libro mayor en que estaba trabajando el escribano, con delicada letra bien formada.

–Otra vez el ritual -asintió Lowenhertz, intranquilo.

–Pues sí. En cualquier caso, el incidente de la pasada noche en el Agujero del Lobo fue un poco diferente en un aspecto. Había más nombres en las paredes que víctimas en la escena del crimen.

–¿Lo has comprobado?

–Hice… averiguaciones.

–Un sacerdote con instinto de inquisidor -reflexionó Gruber, casi sonriendo.

–No puedo saber con seguridad -prosiguió el padre Dieter, que pareció hacer caso omiso de la observación- si se debió a que Ergin fue detenido por el valiente guardia antes de que pudiera llegar a su… cuota, o si la locura hace que el afectado escriba nombres de más.

–¿Nombres de más? -preguntó Lowenhertz.

–Tú mismo la has llamado una lista de muertos. ¿Quién puede saber cuándo podría cesar la matanza?

Entonces, Ganz estaba paseándose de un lado a otro, con una mano en la frente, sumido en sus pensamientos.

–Ve más despacio, padre. Permíteme que intente asimilar esto. Algo que acabas de decir me causa una tremenda alarma.

–¿Acaso algo de lo que acabo de decir no te ha alarmado? -preguntó el sacerdote con dulzura.

Ganz se volvió para encararse con él, y lo señaló con un dedo al concentrarse en el pensamiento específico.

–Has dicho que la locura hace que los afectados obren así. ¡No soy doctor en medicina, pero sé lo bastante para darme cuenta de que una enfermedad, unas fiebres, no dirigen la voluntad! Puedo aceptar que hay una fiebre cerebral en Middenheim, y que es tan grave que impulsa a los hombres a una furia bestial…, pero ¿que los guíe hacia un propósito definido? ¿Que organice sus actos, su ritual, como lo has llamado? ¿Que los haga actuar de la misma manera, que los haga utilizar la misma escritura antigua? ¡Eso supera cualquier cosa verosímil! ¡No existe fiebre capaz de hacer eso!

–Muy cierto, hermano Ganz, pero yo no he dicho en ningún momento que se tratara de una fiebre natural.