Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Aric hablaba con voz confiada, pero Vogel parecía andar con paso inestable cuando se volvió para encabezar la marcha. El templario vio senderos oscuros de sudor en las pálidas mejillas desnudas del Caballero Pantera. Y percibió un olor, un olor a sudor rancio e insano, a enfermedad medio disimulada por el aroma de las hierbas de las pomas que llevaban los caballeros de la corte. Vogel no era el único Caballero Pantera del grupo que estaba enfermo.

«Que Ulric nos proteja -pensó Aric-. Aquí huele como huele la ciudad cuando la visita la plaga.» ¿Y no había informado Anspach de algunos rumores perdidos sobre la plaga que corrían por tabernas y tugurios?

La guardia de honor de Caballeros Pantera formó detrás de Vogel y Aric, y los Lobos siguieron al resto. Marcharon por la columnata de mármol y entraron en los aireados vestíbulos del palacio, donde ardían velas y -¡gran lujo!- lámparas de aceite sujetas a las paredes a lo largo de lo que a Aric le parecieron kilómetros en todas direcciones, por los corredores cubiertos de tapices y espejos.

–Sólo dinos qué quieres que hagamos, y nos pondremos a ello -dijo Aric-. ¿Qué misión quieres que desempeñemos?

–No espero que los Lobos tengáis conocimiento práctico de este laberíntico palacio. El trazado puede resultar desconcertante para los desconocidos. -Vogel pareció disfrutar con la palabra desconocidos, pues hacía hincapié en el hecho de que entonces los Lobos estaban en territorio de los Caballeros Pantera-. No os separéis de los demás, porque os perderíais. Necesitamos patrullas que recorran el palacio, así que las formaré con las compañías de Caballeros Pantera. Vosotros, los templarios, nos haréis un favor si os avenís a hacer guardia en las habitaciones de invitados.

–Nos sentiremos honrados de serviros -replicó Aric-. Muéstranos el área y los lugares que debemos vigilar.

Vogel asintió, e hizo un gesto con una mano para llamar a dos de sus caballeros, que, al tener las viseras cerradas, a Aric le parecieron autómatas. Nunca se había dado cuenta de lo mucho que agradecía el hábito de los Lobos de ir al combate con la cabeza descubierta y el cabello volando al viento. Los rostros y sus expresiones comunicaban muchas cosas, en particular, cuando uno se encontraba en el calor de la lucha.

–¡Krass! ¡Guingol! Mostradles a los Lobos la disposición de las dependencias de invitados.

–¡Sí, señor! -respondió Guingol…, o Krass.

«¿Quién, en el nombre de Ulric, puede saberlo si están detrás de esas parrillas doradas?», pensó Aric.

–Manteneos firmes, Lobo -dijo luego Vogel, volviéndose a mirar a Aric-. Todos vosotros. El santo y seña es: «Viento norte».

–Viento norte.

–Repíteselo sólo a tus hombres. Si cualquiera con quien os encontréis no puede daros el santo y seña, detenedlo o matadlo, sin excepción.

–Comprendido -replicó Aric.

–Que el día transcurra bien -le deseó Vogel al mismo tiempo que le hacía un saludo militar-. Que ninguno cometa fallos.

–Lo mismo digo -asintió Aric con una sonrisa cortés.

Vogel y sus hombres dieron media vuelta y se alejaron con entrechocar metálico por el corredor. Aric se volvió a mirar a Guingol y Krass.

–Pongámonos en marcha, ¿os parece? -preguntó.

Ambos asintieron con la cabeza y echaron a andar, y los Lobos los siguieron.

–Este sitio huele mal -susurró Bertolf, de la Compañía Roja.

–A enfermedad -asintió Bruckner.

–A plaga -añadió Olric con severidad.

Detrás de ellos, entre los demás, Drakken le lanzó una mirada inquieta a Morgenstern.

–El Lobo Gris tiene razón, ¿verdad? ¿Es plaga?

Morgenstern rió entre dientes con voz profunda al mismo tiempo que se acariciaba la enorme barriga acorazada y continuaba avanzando pesadamente por el pasillo.

–Muchacho, eres demasiado pesimista. ¿Plaga? ¿Con este frío polar? ¡Nunca!

–Tal vez las fiebres -comentó a sus espaldas Dorff, con tono hosco; por una vez, su desafinado silbido se había apagado.

–¡Ah, las fiebres! ¡Sí, las fiebres! ¡Tal vez sea eso! -Morgenstern volvió a reír entre dientes-. ¿Y desde cuándo muere nadie a fuerza de estornudos?

–¿Aparte de las docenas que murieron el pasado Jahrdrung? -preguntó Dorff.

–¡Ah, cállate y silba algo alegre! -le espetó Morgenstern.

A veces, resultaba demasiado difícil levantar la moral de los hombres.

–¿Qué apostáis…? -comenzó Anspach, que hasta el momento había guardado silencio-. ¿Qué apostáis a que éste es el peor lío en el que nos hemos metido jamás?

Los templarios frenaron en seco, pues los de la Compañía Blanca actuaron como un tapón para los de las Compañías Roja y Gris, que los seguían. Aric, con su escolta de Caballeros Pantera, avanzó unos pocos pasos más antes de darse cuenta de que todos se habían detenido para disputar entre sí.

–¡Sólo estaba diciendo…! -protestó Anspach.

–¡Guárdatelo para ti mismo! -le gruñó un miembro de la Compañía Roja.

–¡Tiene razón! -le espetó un templario de la Gris-. ¡La perdición se abate sobre la Fauschlag!

Otros murmuraron su asentimiento.

–Plaga… es verdad… -dijo Drakken con tono interrogativo.

–¡Eso he oído! -dijo otro Lobo Rojo-. ¡Se habla mucho del asunto en las tabernas de Altquartier!

Más asentimientos.

–¡Estamos al borde del desastre! -declaró Olric al mismo tiempo que sacudía la cabeza.

Bertolf estaba comenzando a explicar algo acerca de fantasmas que caminaban por las calles cuando Aric pasó entre los perplejos Caballeros Pantera y reconvino a los templarios reunidos.

–¡Basta! ¡Basta! ¡Este tipo de conversación nos derrotará a todos antes de que comencemos siquiera!

Aric había pensado que su voz era feroz e imponente. Se trataba de su primera misión como comandante, y tenía intención de cumplirla con toda la firmeza y vigor de Ganz. No, de Jurgen. Demostraría que era un buen líder de hombres. Pero se encontró con que su voz era ahogada por las discusiones de los Lobos, cuyos comentarios iban y venían a una velocidad superior a la que él podía contestarles. Un hirviente alboroto de voces inundó el pasillo. Aric había previsto algunos problemas con los hombres de las otras compañías que habían puesto bajo su mando, pero esperaba que los hombres de la Blanca lo siguieran. Entonces no había más que confusión, conversaciones apasionadas, desorden y nada de disciplina.

–¡Basta! -dijo una voz profunda junto al portaestandarte, cada vez más frenético.

Se hizo un silencio tan tremendo como el que podría imponer el hacha de un verdugo. Todos los ojos se volvieron hacia Morgenstern.

–No hay plaga ninguna -añadió Morgenstern con voz muy calma-. Hay un poco de fiebres, pero eso pasará. ¿Y desde cuándo nos hemos asustado nosotros de los rumores? ¿Eh?, ¿eh? ¡Esta gran ciudad de roca ha permanecido en pie durante dos mil años! ¿Caería un lugar como éste en una sola noche? ¡Yo no lo creo! ¿La perdición sobre todos nosotros? ¡Nunca! ¡No cuando tenemos armaduras sobre los lomos, armas en las manos y el espíritu de Ulric para alentarnos!

El silencio se rompió cuando los hombres de todas las compañías de Lobos expresaron su acuerdo con el gran buey de la Compañía Blanca.

–¡Hagamos lo que tenemos que hacer y aseguremos el mañana para las almas buenas! ¡Y el día siguiente a mañana! ¡Por el Graf, por Ar-Ulric, por cada hombre y cada mujer de esta amada ciudad!

La gutural voz de Morgenstern se alzó sobre el murmullo de todos los hombres como el grito de un héroe de la antigüedad.

–¡Lobos de Ulric! ¡Martillos de Ulric! ¿Nos mantenemos unidos o perdemos la noche con rumores deprimentes? ¿Eh?

Lo aclamaron. Todos lo aclamaron. «Que Ulric se me lleve -pensó Aric con un suspiro-. Tengo mucho que aprender.»

Guingol y Krass les mostraron el trazado del ala de invitados. Aric asignó misiones a la totalidad de los diecisiete templarios que tenía bajo su mando y recordó, al recibir un toque del codo de Morgenstern, decirles el santo y seña.

–Gracias -le susurró pasados tres minutos, cuando estuvo seguro de que se encontraban a solas.

–Aric, Aric, nunca me des las gracias. -Morgenstern se volvió para mirarlo con la compasión pintada en su enorme rostro barbudo-. Lo mismo hice por Jurgen cuando era joven.

Aric alzó los ojos hacia él.

–Nadie escucha a un comandante cuando siente pánico. En momentos así los soldados escuchan a los que tienen el mismo rango que ellos. Saben que la verdad sale de los labios de los hombres corrientes. Es un truco. Me alegro de haber podido ayudarte.

–Lo recordaré.

–Bien. Recuerdo cuando lo empleó el viejo Valse, en los tiempos en que yo era un cachorro. ¿Quién sabe? En los años venideros tú serás el viejo veterano que podrá hacer lo mismo por otra generación de cachorros asustados.

Ambos sonrieron, y Morgenstern sacó una petaca de debajo de su piel de lobo.

–¿Bendecimos la noche? -preguntó.

Aric vaciló, y luego aceptó el tapón lleno que le ofrecía Morgenstern. Bebieron un trago juntos -Aric, del tapón, y Morgenstern, directamente de la petaca-, tras brindar previamente.

–Que Ulric te ame, Morgenstern -susurró Aric al mismo tiempo que se enjugaba la boca y le devolvía el tapón al corpulento templario-. Iré a hacer una ronda para asegurarme de que todos los hombres están en su puesto.

Morgenstern asintió, y Aric se alejó por el pasillo. En cuanto hubo desaparecido el portaestandarte, Morgenstern se recostó contra la jamba de la puerta y se echó al coleto un largo trago de licor. Le temblaban las manos.

Plaga, sí. Perdición, sí. La muerte para todos ellos, con toda seguridad. Había necesitado todas sus fuerzas para hablar, para mantener la posición de Aric como comandante. Pero en el fondo de su gran corazón, lo sabía. Lo sabía.

«Esto es el final de todo.»

* * * * *