Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Breugal se alejó con su repiqueteo de botines y bastón, a toda la velocidad que pudo.

–Te pido disculpas por ese gilipollas con pretensiones de grandeza -dijo Von Volk.

–No es necesario. Conozco a muchos de su clase. Veamos, ¿por qué me has hecho llamar?

Von Volk despidió a sus hombres con un balanceo de la mano, y éstos retrocedieron. Lenya estiró el cuello para oír.

–Los embajadores de Bretonia llegarán en las próximas horas. Su alteza el Graf quiere que se garantice toda la seguridad posible para su visita.

–Ninguno de nosotros quiere la guerra con Bretonia -señaló Ganz, severo.

–Ahí está la cosa. Hay enfermedad en las barracas de los Caballeros Pantera. Se trata de una fiebre, una fiebre respiratoria. Tengo a dieciocho hombres de baja, postrados en la cama. ¿Qué tal están en tu templo?

–Sanos, de momento. ¿Qué quieres que hagamos?

–Que nos apoyéis. Cuando lleguen los embajadores, la seguridad será nuestra principal prioridad. No tengo los hombres necesarios. Espero que los Lobos del templo nos refuercen.

–Ar-Ulric me ha dicho que te proporcione cualquier cosa que necesites, capitán. Dalo por hecho.

Lenya estuvo a punto de caer de su escondite al inclinarse para oír estas últimas palabras. «Esto es terrible -pensó-. Es verdaderamente terrible. Plaga, enfermedad, invasores extranjeros…»

–Iré a darles las órdenes a mis hombres -respondió Ganz, e hizo el saludo militar cuando los tres Caballeros Pantera se retiraron.

Por un momento, Ganz se quedó de pie a solas en el vestíbulo, y luego miró directamente hacia el escondite de Lenya.

–Puedo verte, ordeñadora. No te preocupes, Drakken estará entre los hombres que envíe aquí. Intenta no distraerlo.

Ganz dio media vuelta y atravesó las puertas principales hacia el caballo que lo aguardaba. Lenya suspiró. «¿Cómo demonios lo consigue?»

* * * * *

A la luz de la antorcha, Gruber bajó los ojos hacia el lugar santo llamado Agujero del Lobo. Se arrodilló de modo súbito, con la cabeza inclinada, y rezó una plegaria de bendición.

–No sabía qué hacer, señor -dijo el capitán de la guardia, que llevaba la cabeza vendada y se encontraba de pie detrás de él-. No sabía si debía limpiarlo…

Gruber, con la armadura gris de bordes dorados brillando a la luz de la antorcha, se incorporó y se giró.

–Has obrado bien, capitán. Y con valentía.

–Sólo hice mi trabajo -replicó Schtutt.

–De manera ejemplar.

Gruber sonrió, pero Schtutt advirtió que era una sonrisa vacía.

–¡Schell! ¡Kaspen! ¡Mantened alejada a esa gente! -les gritó con aspereza a los templarios que bordeaban la pequeña plaza del Agujero del Lobo y se encontraban de cara a la ansiosa multitud, que iba en aumento.

Luego, Gruber siguió al capitán de la guardia por el callejón, hacia la casa atacada.

–¿Es aquí donde lo mataste? -preguntó con voz tranquila.

–¡Con la lanza partida, señor! -replicó Schtutt al mismo tiempo que alzaba el arma sucia de sangre seca.

–Muy bien.

–Hay una cuestión de…

–¿De qué? -inquirió Gruber.

–De… jurisdicción.

–Un lugar santo dedicado a Ulric ha sido abominablemente profanado. ¿Puede haber alguna duda?

Schtutt pensó en esas palabras; luego, en lo corpulentos que eran los acorazados Lobos, y después, en que ya había tenido lucha más que suficiente por esa noche.

–Es todo vuestro -le respondió al nervudo veterano Gruber, a la vez que retrocedía un paso.

Al entrar en la casa, Gruber les echó una mirada a los cuerpos destrozados que yacían sobre un charco de sangre. Habían apagado el fuego, y unos vecinos consolaban a la llorosa mujer. El asesino yacía en medio del piso, y era horriblemente visible el agujero que le había hecho el arma de Schtutt.

–Ergin, mi Ergin… -murmuraba la mujer, inconsolable.

–¿Tu esposo? -preguntó Gruber, al avanzar hacia ella.

–Sí…

–¿Dónde está? -preguntó Gruber.

–Allí -respondió la mujer, señalando el cadáver del asesino que yacía en medio del piso.

«¿Su esposo… hizo esto?» Gruber estaba asombrado y espantado. Últimamente, los rumores de que había locura en Middenheim habían llegado hasta el templo: rumores de asesinatos, demencia y sombras. Hasta ese momento, él no había creído ni una sola palabra.

Entonces, entró en la habitación una figura ataviada con un hábito. Gruber estaba a punto de hacerle una pregunta, cuando reconoció el cargo del hombre y se limitó a hacerle una reverencia.

–Gruber, de Ulric.

–Dieter Brossmann, de Morr. Estaba a punto de preguntar por las circunstancias de la obra de Morr en este lugar, pero puedo verlas con total claridad, Lobo.

Gruber se acercó más al sacerdote encapuchado.

–Padre, quiero saberlo todo sobre este acto; todos los detalles que puedas averiguar antes de enterrar los despojos.

–Te los aportaré. Ven a verme antes de la nona, que para entonces habré investigado los hechos tal y como están.

Gruber asintió con un movimiento de cabeza.

–Esas escrituras, las palabras pintadas aquí y en el cuenco del Agujero del Lobo, para mí no significan nada, pero percibo su naturaleza maligna.

–Y también yo -le aseguró el sacerdote de Morr-. Tampoco sé qué significan, pero las palabras escritas con sangre difícilmente pueden ser buenas, ¿verdad?

* * * * *

Justo antes del amanecer comenzó una nevada que cubrió la ciudad con un manto de unos cinco o siete centímetros de grosor. Arriba, en la roca palaciega, toda la servidumbre había estado trabajando durante las horas nocturnas. Los hornos ya estaban encendidos y se calentaban barriles de agua. En el exterior, había servidores ataviados con libreas de seda rosada, que, armados con palas, quitaban la nieve del camino de entrada y esparcían sal. Entre ellos, Franckl hizo una pausa y mal dijo el almidonado cuello de su librea nueva. Todos los trabajadores del Margrave habían sido reclutados para el servicio del Graf durante aquella visita crítica del embajador bretoniano. Al igual que sucedía con la guardia real, eran muchos los sirvientes del palacio que se veían afectados por aquella condenada fiebre invernal.

Los sirvientes trabajaban en todo el palacio: cambiaban sábanas, fregaban suelos, lustraban cuberterías, preparaban fuegos y limpiaban la escarcha de la parte interior de los cristales de las ventanas de las dependencias de invitados.

La servidumbre había estado preguntándose qué sucedía desde el momento en que Breugal, de repente, los había mandado a trabajar a última hora del atardecer como si fuese la primera de la mañana. Una visita, de eso estaban seguros. Cuando Lenya oyó a Ganz y Von Volk hablando en el vestíbulo principal, se convirtió en el único miembro de la servidumbre con un rango inferior al del chambelán que conocía los detalles, y no tenía a quién contárselos. Incluso entonces que estaba trabajando como parte del servicio de palacio, allí se encontraba sola y sin amigos.

Mientras avanzaba a paso rápido por la galería oeste con dos cubos de agua tibia para las muchachas que trabajaban en la escalinata principal con cepillos de cerda vio, a través de las ventanas, la nieve que se posaba a la luz de los braseros que recorrían el camino de entrada, y se preguntó cómo estaría Kruza en una noche como ésa.

Justo antes de las campanadas de vigilia, un destacamento de templarios del Lobo -el pataleo de los caballos quedó amortiguado por la nieve- ascendió por la Cuesta del Palacio y atravesó la Gran Puerta arremolinando los copos que caían. Aric iba en cabeza y con la mano izquierda sujetaba el estandarte de Ulric en alto. Detrás de él corrían, en apiñado grupo, Morgenstern, Drakken, Anspach, Bruckner y Dorff, seguidos por una docena más de templarios, seis de la Compañía Roja y seis de la Gris. Los saludó un Caballero Pantera desde la caseta de guardia de la entrada, y los dirigió hacia el cuartel de la guardia real, situado en el patio interior.

Llegados al patio de piedra, frenaron ante el cuartel a los corceles de guerra, cuya respiración se condensaba en el aire. Los caballos caminaban con incomodidad sobre la capa de nieve, a la que no estaban acostumbrados. Unos pajes uniformados que tenían el rostro frío tan rosado como las libreas de seda corrieron a coger las riendas.

Aric desmontó con elegancia y, flanqueado por Bruckner, Olric de la Compañía Gris, y Bertolf, de la Roja, traspasó la entrada, donde un escuadrón de Caballeros Pantera ataviados con la armadura completa y provistos de antorchas los aguardaban bajo el pórtico. Aric saludó al jefe de los Caballeros Pantera.

–Aric, de la Compañía Blanca, portaestandarte. Que el Gran Lobo te guarde, hermano. Ar-Ulric, bendito sea su nombre, me ha puesto al mando de este destacamento de refuerzo.

El jefe de los Caballeros Pantera levantó su ornamentado visor dorado. Tenía un rostro severo y hosco, y su piel parecía pálida y enfermiza comparada con los dorados y rojos intensos de su alta cresta de celada.

–Soy Vogel. Capitán. Segundo de la guardia del Graf. Que Sigmar te bendiga, caballero templario. Herr capitán Von Volk me ordenó que te esperara.

Aric percibió la tensión. El hombre tenía aspecto de estar enfermo y, a diferencia de Von Volk, aún parecía albergar la fuerte rivalidad que se había convertido en tradición entre los templarios y la guardia del Graf. «Puede que las relaciones entre Lobos y Caballeros Pantera se hayan suavizado a los ojos de Von Volk -reflexionó Aric-, pero los viejos prejuicios tienen raíces profundas.»

–Apreciamos la ayuda del templo en esta hora delicada -prosiguió Vogel, cuya voz parecía cualquier cosa menos agradecida-. Los exploradores de frontera han informado que el embajador se encuentra a apenas unas horas de distancia, a pesar de las nieves, y la hermandad de los Panteras está… escasa de hombres. Muchos de los nuestros se encuentran postrados en cama a causa de las fiebres.

–Rezaremos letanías de sanación por ellos. Son hombres fuertes y robustos. Sobrevivirán.