Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Kruza estaba acurrucado en una esquina de La Rata Ahogada, envuelto en su capa de terciopelo. Cuando comenzó a formarse escarcha en el vaso, se dio cuenta de que era bastante tarde. Arrojó unas monedas sobre la mesa y salió con andares pesados a la calle tremendamente fría.

Las lunas estaban en lo alto; eran lunas de invierno, curvas como garras. En aquel invierno había algo que le provocaba escalofríos que no justificaba el clima. Por todas partes, se hablaba de malos augurios y presagios, de la guerra que se avecinaba y del alzamiento de las fuerzas de la Oscuridad. En realidad, eran las mismas charlas de todos los días de cada año, pero entonces parecían diferentes. Ya no era el anuncio de calamidades por parte de borrachos sombríos en los bares abarrotados, de los alarmistas de nervios destrozados en los antros de juego, ni el trabajo de hábiles adivinos, destinado a aumentar su negocio. Era algo… real. La época era mala, y a Kruza no le gustaba nada esa sensación.

Circulaban historias desde las tabernas de mala muerte de Altquartier hasta los exclusivos salones de bebida de Nordgarten. Eran historias espeluznantes de viles asesinatos, locura y extraños fantasmas en la nieve. Se decía que un respetable carnicero de Altmarkt se había vuelto loco el día anterior, y con un cuchillo de desollar había matado a dos de sus empleados y a tres colegas antes de que la guardia acabara con él. Una hermana novicia del templo de Shallya se había colgado de las agujas del reloj de agua de Sudgarten, deteniendo el mecanismo para siempre a la medianoche en punto. En los establos de coches de alquiler de Neumarket, los caballos se habían puesto frenéticos la noche anterior a las primeras nevadas, y se habían desgarrado y mordido unos a otros en las estrechas caballerizas; dos habían muerto, y a otros cuatro tuvieron que matarlos.

Más aún, bolas y arcos de fuego verde, como relámpagos atrapados, habían estado danzando alrededor de las torres del templo de Myrmidia durante media hora, hacía dos crepúsculos. La gente decía que se habían visto sombras caminando por el parque de Morr. Un terrible olor a corrupción de osario había invadido la oficina de los Sacerdotes de la Ciudad y había hecho salir a los empleados pálidos y verdosos. Se habían visto rostros grotescos, por un instante, presionados contra ventanas o en los espejos de las casas. En La Taberna del Carterista, una mancha de humedad con forma de cabeza que gritaba había aparecido en la escayola del bar, y no podían borrarla por mucho que frotaran. Tres hombres a los que Kruza conocía personalmente habían visto a viejos parientes, muertos hacía mucho, de pie junto a sus camas en el momento de despertar, brumosos y gritando en silencio antes de desaparecer. Algunos decían incluso que había plaga en Altquartier.

Bien era cierto que abundaban las fiebres de invierno y la gripe. A fin de cuentas, estaban en invierno. Pero ¿plaga? Eso sucedía en la estación cálida, con el hedor y las moscas. El frío era enemigo de la plaga…, ¿o no? ¿Y la muerte? Era moneda corriente en Middenheim, pero, incluso para las miserables pautas de la ciudad, el asesinato y la violencia eran entonces alarmantemente frecuentes.

Era, en efecto, una mala época. Kruza alzó los ojos hacia la oscuridad, hacia las parpadeantes, ominosas estrellas. A veces, deseaba ser capaz de leer el conocimiento que otros le decían que estaba indeleblemente escrito en ellas. Incluso sin tener dicha capacidad, sólo vio amenaza en las luces distantes. Tal vez debería consultar a un astrólogo, pero ¿realmente quería saber lo que se avecinaba?

Echó a andar por la helada calle y casi de inmediato, aunque había estado seguro de hallarse a solas en la acera, sintió una presencia a su lado, una exuberancia jadeante. Miró a su alrededor al mismo tiempo que posaba una mano sobre la daga.

No había nadie. Era su mente que le jugaba malas pasadas; demasiadas historias de miedo, demasiada imaginación y demasiado poco vino.

Pero… aún estaba allí. Inconfundible. Una respiración. Algo invisible que seguía sus movimientos, justo fuera de su vista, siempre detrás de él.

Le recordaba a…

Eso sí que era estúpido. Sólo se debía a que había tenido al muchacho en la cabeza en los últimos tiempos. Pero…

La respiración otra vez, justo a sus espaldas. Se volvió con brusquedad, muy serio de repente, con la daga desenvainada. ¿Resollador?

«¡Vamos, Kruza! ¡Ahí está para cogerlo!»

Kruza dio un respingo, pero en realidad allí no había nadie. Sólo el viento invernal que susurraba a través de las arcadas y portales en torno a él. Se estremeció y se encaminó hacia su casa.

* * * * *

En el palacio del Graf, situado en lo alto de la roca, los estandartes ceremoniales se agitaban con rigidez, cargados de escarcha. Grandes braseros de hierro negro ardían en la Gran Puerta y se alineaban a lo largo del sendero de entrada. Dos jinetes montados en corceles de guerra pasaron al galope ante los guardias sin aminorar la marcha y volaron por aquel camino marcado por el fuego.

Dentro del palacio, Lenya se encontraba arrodillada en un pasillo cercano al vestíbulo principal y se calentaba ilegalmente las manos en la rejilla trasera del cañón de la chimenea de la cocina principal. Estaba descansando, en secreto, durante unos momentos. Los jefes de la servidumbre habían obligado al personal a trabajar sin pausa durante toda la velada para cubrir un importante acontecimiento que no habían especificado.

Quedó petrificada en la oscuridad al oír el taconeo que bajaba por el pasillo, y se escondió tras una armadura gélida que estaba en exposición. El chambelán, Breugal, pasó cojeando ante ella sin advertir que la humilde sirvienta se encontraba lejos de sus tareas y del área del palacio que le correspondía.

Breugal avanzó hasta el amplio y frío espacio de la entrada principal, mientras el bastón de mango de plata repicaba al compás de sus pasos. Se detuvo. «Piensa que nadie lo ve», pensó Lenya con una sonrisa, y tuvo que reprimir las ganas de reír mientras el hombre se ajustaba la peluca adornada con cintas y exhalaba luego dentro de su propia mano para olerse el aliento.

Los jinetes se detuvieron en el exterior. Uno permaneció con los caballos y el otro avanzó a grandes zancadas y abrió de golpe las grandiosas puertas del vestíbulo.

Ganz, comandante de la Compañía Blanca, se detuvo un momento en el umbral y pateó para quitarse, contra la jamba de la puerta, la nieve de los escarpes, las ruedillas de las espuelas y las grebas.

Breugal observó esto con desdén al ver que los trozos de hielo caían de las piernas del templario y se alejaban resbalando por el suelo de mármol pulimentado.

–Alguien tendrá que limpiar eso -le dijo a Ganz con tono insinuante mientras avanzaba golpeteando el suelo con el bastón.

–Seguro que sí -replicó Ganz, que en realidad no lo escuchaba.

–El palacio se siente honrado por la visita de un templario tan digno, pero me temo que el Graf se ha retirado ya por esta noche. Espera importantes huéspedes que llegarán mañana temprano y necesita descansar. Debes volver mañana…, mañana, tarde.

Breugal unió las manos ante sí, con el bastón sujeto bajo el brazo, e hizo una grave reverencia.

–No estoy aquí para ver a su alteza. Me han mandado llamar. Busca a Von Volk.

Se produjo un silencio durante el cual Breugal miró a Ganz con aire de soberbia.

–Que te… encuentre…

Ganz avanzó hacia el chambelán.

–¿Sí? ¿Acaso no me he expresado con claridad? Busca a Von Volk.

Breugal retrocedió ante el enorme caballero. Daba la impresión de que se había atragantado con algo extremadamente desagradable.

–Mi querido… señor. No puedes entrar aquí en plena noche y exigirle cosas parecidas al chambelán real. Aunque seas un caballero de Ulric.

Breugal le dedicó su más cortesana sonrisa, la sonrisa que daba a entender que allí él era el auténtico señor, una sonrisa que había roto acuerdos matrimoniales de la corte, había arruinado carreras y había aterrado a tres generaciones de sirvientes.

Ganz pareció perplejo por un momento. Dio media vuelta, luego giró otra vez y clavó en el chambelán una mirada tan abrasadora como el mismo sol.

–Te diré lo que puedo hacer. Gozo del poder del supremo Ar-Ulric para servir al templo, a Ulric y al Graf. ¡Entraré aquí en cualquier momento que me dé la gana y todos los chambelanes reales correrán de aquí para allá hasta que se haga mi voluntad!

«¿Comprendido? -añadió para asegurarse.

La boca del atónito Breugal formó varios sonidos de vocal sin sentido al mismo tiempo que él retrocedía.

Desde su escondite, Lenya sonrió con expresión de triunfo. «Creo que herr Breugal va a mojarse los calzones -pensó-. ¡Esto no tiene precio!»

–Lo ha comprendido a la perfección, Lobo -dijo una voz desde el otro extremo del vestíbulo.

Von Volk, flanqueado por otros dos Caballeros Pantera, atravesó el piso de mármol para recibirlo. Von Volk llevaba el crestado casco ornamental bajo el brazo y la cabeza desnuda; los otros dos iban regiamente adornados con yelmos cerrados, que se alzaban treinta centímetros por encima de sus cabezas para formar dorados iconos de pantera y abanicos almenados.

Ganz y Von Volk se encontraron en medio del vestíbulo, y sus armaduras resonaron al chocar los guanteletes. Las sonrisas de ambos eran sinceras.

–¡Von Volk! ¡Es agradable volver a verte en mejores circunstancias que la última vez! Gruber ha hablado bien de ti.

–¡Ganz de la Compañía Blanca! ¡Y yo he hablado bien de Gruber!

Se volvieron a un tiempo y le lanzaron miradas hoscas al chambelán que aguardaba.

–¿Querías algo? -preguntó Von Volk.

–No…, señor -comenzó Breugal.

–¡Entonces, largo! -le gruñó Von Volk como un gato enorme tras inclinarse para acercársele a la cara.