Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Einholt luchaba para mantener el miedo fuera de su voz. pero lo que sentía era verdadero pánico. No lo tranquilizaba nada del sagrado santuario. Las palabras del anciano sacerdote lo inquietaban de una manera que ni siquiera podía comenzar a explicar.

–Hablas como si yo estuviese ahora investido de algún poder…

–La historia de nuestro templo, de nuestro Imperio…, incluso del propio mundo…, está llena de hombres que se convirtieron en algo más que hombres mediante sus hazañas. Campeones, salvadores, héroes. Pocos escogieron ese papel, y todavía son menos los que están dispuestos a aceptar lo que ese papel realmente significa. Tus acciones te han convertido en un héroe. Ése es tu destino. La sangre de los héroes es más sagrada que la de los hombres mortales. En el mundo invisible, ese tipo de hombres son luminosos.

Einholt abrió la boca para hablar, pero su voz murió. Se estremeció, y su respiración se tornó somera y acelerada.

–¿El mundo in…, invisible? Esta misma madrugada, en el templo, te hablé de lo que el mago me había dicho, te conté que dijo que el mundo invisible también me conocía. que le había dicho mi nombre. Tú me dijiste que lo olvidara, que no hiciera caso de eso porque era una tontería. Ahora tú… repites sus palabras.

–Me entendiste mal, templario…

–¡No creo haberte entendido mal! ¿Qué es esto, padre? ¿A qué estás jugando?

–Cálmate. Esto no es ningún juego.

–En el nombre de Ulric, padre, explícate, ¿qué es lo que me estás diciendo?

–Simplemente, necesitas entender tu destino; lo necesitas más que la mayoría de los hombres. Procura hacer eso, y tu mente hallará la paz.

–¿Cómo?

El anciano sacerdote hizo una pausa.

–Ulric siempre me asombra, hermano. A algunos les da las preguntas, mientras que a otros les da las respuestas.

–¿Qué significa eso? -gritó Einholt con voz más sonora y enfadada que antes.

El anciano ataviado con la cogulla alzó una mano con gesto tranquilizador, y sus extremidades se estremecieron y temblaron, tan débiles eran.

–Ulric te ha dado las preguntas a ti y ha dejado las respuestas para otros.

Einholt aferró al sacerdote por la parte delantera del hábito y lo sujetó con tanta fuerza que el anciano profirió un grito ahogado dentro de la cogulla. Su respiración olía a vejez y putrefacción. Einholt intentó mirar dentro de la cogulla, pero la luz parecía negarse a entrar en ella.

–¡¿A cuáles otros?!

–¡Estás haciéndome daño, hermano Lobo! ¡Mis viejos huesos!

–¡Cuáles otros!

–Morgenstern. Morgenstern lo sabe.

Einholt arrojó al viejo sacerdote a un lado y salió a toda velocidad de la capilla. Los Caballeros Pantera, los Lobos y los adoradores de Ulric presentes en la capilla quedaron perplejos al ver a un Lobo salir corriendo de la capilla de Regimiento y encaminarse hacia la puerta esquivando cada zona de sombra y siguiendo los haces de luz solar que entraban a través de las ventanas que miraban al oeste.

* * * * *

Einholt casi chocó con Aric en la escalera del templo.

–¡Morgenstern! ¿Dónde está?

–¿Einholt?

–¡Morgenstern, Aric! ¿Dónde está?

–De permiso, viejo amigo. Ya sabes lo que eso significa…

Einholt se apartó de Aric y casi derribó al joven caballero cuando salió corriendo.

* * * * *

No había ni rastro de él en la taberna de El Velo Rasgado ni en Los Destellos de Cobre. En El Cisne Volador lo habían visto por última vez el martes de la semana anterior y había dejado una cuenta por pagar. El hosco personal de La Rata Ahogada dijo que había estado allí antes, que había cenado algo y que luego había salido diciendo que se marchaba hacia las cervecerías de Altquartier.

Altquartier, cerca del toque de vísperas y con el sol bajando en línea oblicua por el cielo. Einholt descendió las empinadas calles y escarpadas escaleras musgosas de Middenheim, donde se cruzó con gente que regresaba tarde a casa o se marchaba hacia las tabernas con la puesta del sol. Cada vez le resultaba más difícil esquivar las sombras. Se mantenía en el lado este de todas las serpenteantes calles y callejones, buscando con ansiedad los últimos rayos de luz solar, que pasaban por encima de los tejados de la acera contraria. Evitó entrar en tres calles porque las sombras de la tarde las oscurecían por completo. Pero continuó adelante.

«Eres un hombre valiente. Mantente apartado de las sombras.»

La Taberna del Carterista tenía sus atractivas lámparas encendidas. Aún era temprano y la última luz solar manchaba los bordes de la calle. Él permaneció en la zona iluminada, con el cerebro ya calenturiento, e irrumpió a través de las puertas de la taberna con tal brutalidad que todos los presentes se volvieron a mirarlo.

–¿Morgenstern?

–Estuvo aquí hace una hora; se ha marchado a La Dama Presumida -dijo la moza de la barra, que sabía que su patrón no quería problemas con los templarios.

Einholt se puso a correr como un lobo solitario al que persiguiera una manada de sabuesos. Había olvidado el dolor del brazo herido, que colgaba a un lado, o al menos lo había borrado de su mente. Buscaba cualquier resto de luz solar que quedara a su paso y se movía a gran velocidad en torno a las sombras del anochecer otoñal, que avanzaban rápidamente.

A lo lejos, se escuchó un trueno.

Se lanzó al interior de La Dama Presumida, situada en la parte inferior de las cuestas de la ciudad, en las profundidades de Altquartier. Einholt derribó a dos bebedores de sus bancos al irrumpir a través de la cortina que había en la entrada. Los levantó del suelo y les arrojó monedas, que sacó de su bolsa. Los rostros mugrientos que maldecían se tragaron los gruñidos con alarma al ver quién los había derribado.

–¿Está aquí el templario del Lobo Morgenstern?

La jefa de camareras era una mujer gorda y empolvada, que tenía varios dientes negros y llevaba puesto un manchado sombrero en forma de globo. Olía a sudor de una semana y ni siquiera una botella entera de perfume podría haberlo disimulado, aunque, en realidad, era la cantidad que debía haberse echado encima. Le dedicó una lasciva sonrisa de dominó, apoyó su escotada delantera sobre los brazos y la adelantó hacia él.

–No, mi guapo Lobo, pero hay cosas más interesantes en la… ¡Ay!

Él las había apartado a ella y a su pálida delantera a un lado.

–¿Dónde está Morgenstern? -le gruñó al camarero a la cara al mismo tiempo que pillaba al sobresaltado matón por el cuello de su remendado justillo.

Einholt levantó al hombre en el aire y lo atrajo hacia él pasándolo por encima de la barra, de manera que fue derramando jarras de terracota y peltre en el trayecto.

–¡Se ha marchado! ¡No está aquí! -tartamudeó el tipo mientras intentaba liberarse del enfurecido templario y lo miraba con verdadero miedo.

La taberna quedó en silencio. Las reyertas eran cosa corriente, pero ver a un templario con la armadura y la piel de lobo preso de una furia asesina…, eso constituía una novedad aterradora.

–¿Dónde?

–¡Un sitio nu…, nuevo, en el barrio antiguo! ¡Una taberna que abrió hace pocos días! ¡Le oí decir a Morgenstern que quería probarla!

–¿Qué sitio nuevo?

–He olvidado…

–¡Recuerda! ¡Que Ulric te maldiga!

–¡El Destino! ¡Así se llama! ¡El Destino! ¡Antes era otra cosa! ¡Ahora es el Destino!

Einholt se lanzó hacia afuera de La Dama Presumida, pero se detuvo en seco. Había cogido al tipo de la barra con el brazo herido, sin pensarlo, y un dolor renovado le recorría la extremidad como un fuego. Debería haberse calmado, haber seguido el consejo de Gruber, haber ido a la enfermería para que le revisaran el brazo. Ya habría tenido tiempo para esta locura al día siguiente. Tiempo… y seguridad. Entonces el sol ya se había ocultado; acababan de tocar a vísperas.

Las sombras estaban por todas partes, las largas sombras del anochecer; negros borrones crepusculares, oscuras manchas de noche. La luz del día no era más que un vago resplandor que desaparecía por encima de la brillante y ciega línea de los tejados, muy fuera de su alcance, aunque hubiese tenido el brazo sano.

Einholt se volvió, jadeante. Alzó una mano para coger uno de los faroles que colgaban en el exterior de La Dama Presumida, y luego gimió y volvió a bajarla al mismo tiempo que blasfemaba. Escupió para limpiarse la boca y volvió a intentarlo con más cuidado, esa vez con el brazo sano mientras que doblaba el herido contra el peto de la armadura. Descolgó el farol del gancho del que pendía y lo sujetó por encima de su cabeza. Quedó rodeado de luz y proyectando una sombra mínima, apenas una mancha bajo sus pies. Con el farol en alto, echó a andar con paso rápido por las calles de Altquartier. Tenía el pulso acelerado, el brazo dolorido y la mente sumida en un torbellino.

Pasado un rato, sentía la necesidad de cambiar el farol de mano, pero el antebrazo magullado era más que inútil. El sudor le escocía en la piel a causa del sostenido esfuerzo de mantener el farol en alto. Era de latón y cristal emplomado, y pesaba como un martillo. En dos ocasiones, tuvo que dejarlo sobre el adoquinado y acuclillarse para quedar dentro de la luz, con el fin de descansar el brazo.

Pero la oscilante luz, tras la esquina siguiente, vio el cartel recién pintado: El Destino, uno de aquellos antros pestilentes de una sola habitación, típicos de lo peor de Altquartier, que cambiaban de manos y de nombre casi de un día para otro. «El Destino.» Sin ganas, rió entre dientes ante aquella ironía. Había encontrado su destino, desde luego. Einholt traspaso la cortina de la entrada.

–¡Morgenstern! ¡Morgenstern del templo de Ulric! -gritó al mismo tiempo que hacía girar el farol.

En la penumbra de la taberna, varios bebedores se apartaron de él y del reclamo de luz que lo rodeaba.