Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Tras interrumpir el rítmico balanceo de martillos cruzados, Einholt pasó a un balanceo bajo, dirigido a las piernas de Kaspen, al mismo tiempo que el pelirrojo saltaba por encima de él y hacía pasar el martillo por arriba, a través del espacio en que había estado la cabeza de Einholt. Sin aminorar la velocidad, cambiaron y repitieron: Einholt saltando, y Kaspen agachándose. Ninguno restringía su fuerza. Si uno de los dos vacilaba, si alguno de ellos hacía impacto, aquellos golpes impulsados con toda la fuerza serían mortales. Como espejos, se lanzaban golpes y cada uno se apartaba a un lado para evitar el arma del otro, que describía un círculo. Kaspen a la izquierda, Einholt a la derecha; y luego otra vez: inversión y repetición.

–¡Es una locura! -jadeó Drakken.

–¿Quieres probarlo? -le dijo en broma Bruckner al fornido y joven templario.

Drakken no replicó. Estaba prácticamente hipnotizado por los guerreros danzantes y sus girantes martillos mortales. Quería salir corriendo en ese preciso momento para contarle a Lenya todo lo referente al increíble espectáculo que había visto, pero aunque le fuera la vida en ello no sabía cómo podría describirlo ni cómo lograría que ella le creyese.

Izquierda. Derecha. Por debajo. Por encima. Los martillos zumbaban en el aire.

Drakken miró a Gruber como si estuviese a punto de aplaudir. Izquierda. Derecha. Por debajo. Por encima. Golpes acompañados de zumbidos.

Los luchadores cuyos martillos giraban describían círculos uno frente al otro, movimiento que los acercaba a quienes los estaban observando desde debajo del toldo.

Derecha. Izquierda. Por debajo. Por encima. Los zumbidos estaban cada vez más cerca.

Los cuerpos que giraban se desplazaron bajo la sombra del toldo, y Lowenhertz aferró a Gruber por un brazo de modo súbito.

–Algo está…

Por debajo. Izquierda. Derecha. Derecha…

Los martillos lanzados a gran velocidad se cruzaron y golpearon, y el poderoso choque resonó por el patio. Einholt y Kaspen salieron despedidos hacia atrás, despedidos por el impacto del otro. Einholt tenía el mango del martillo partido.

En el aire repentinamente quieto estallaron imprecaciones y juramentos cuando los Lobos de la Compañía Blanca corrieron hacia sus dos despatarrados compañeros. Los hombres de la Roja les pisaban los talones.

Einholt estaba sentándose y se aferraba el acorazado antebrazo derecho. La mano derecha estaba amoratada y comenzaba a hincharse. Kaspen yacía de espaldas, sin moverse, con una herida abierta en la sien izquierda, de la que caía sangre sobre las losas de piedra.

–¡Kas! ¡Kaspen! ¡Aahh!

Einholt luchó para levantarse, pero el dolor del brazo torcido lo hizo caer otra vez.

–¡Está bien! ¡Está bien! -gritó Lowenhertz. Se inclinó junto a Kaspen y apretó un extremo de su piel de lobo contra la herida de la cabeza para contener la hemorragia. Kaspen se movió y gimió.

–No ha sido más que un arañazo -insistió Lowenhertz. que le lanzó una mirada tranquilizadora a Einholt en el momento en que Bruckner y Gruber ponían de pie al templario calvo.

Mientras se sujetaba el brazo, Einholt se abrió paso entre sus camaradas para llegar hasta Kaspen. Tenía el rostro tan oscuro como Mondstille.

–Que Ulric me condene -murmuró.

Kaspen estaba ya sentado y en sus labios había una pesarosa sonrisa mientras se daba delicados toques en la cabeza y hacía muecas de dolor.

–Debo estar perdiendo la forma, Jag. Me has dado una buena.

–¡Llevad a Kaspen a la enfermería! -les espetó Gruber a los hombres de la Compañía Roja, que ayudaron a Bruckner y Drakken a sacar del patio al herido.

Gruber miró a su alrededor y vio que Einholt tenía los ojos posados sobre su martillo roto. Se frotaba la mano y la muñeca, hinchadas y de color púrpura.

–¡Tú también, Einholt! -gruñó Gruber.

–No es más que una torcedura… -murmuró Einholt.

–¡Ahora!

Einholt se volvió a gran velocidad para encararse con el veterano Lobo.

–¡Sólo es una torcedura! ¡Unas cataplasmas frías, un bálsamo de hierbas, y estará curada!

Gruber retrocedió de modo involuntario. Einholt, el callado y controlado Einholt, jamás le había hablado a él ni a nadie de ese modo; nunca.

–Hermano -dijo obligándose a hablar con voz tranquila-. Eres un hombre valiente…

–¡Y me mantendré apartado de las sombras! -le espetó Einholt, que se alejó a grandes zancadas hacia el otro lado del patio.

* * * * *

Lowenhertz avanzó en silencio al interior de la capilla de Regimiento de los Lobos. El aire estaba cargado de incienso, y su perfume flotaba pesadamente en el frío ambiente otoñal.

Einholt se encontraba arrodillado ante el vacío pedestal que durante años había sido el sitio en que descansaban las Mandíbulas del Lobo. Se aferraba contra el pecho el antebrazo herido, entonces hinchado, ennegrecido, desprovisto del brazal de la armadura y con la manga de cuero subida.

–¿Einholt? -susurró.

–¿Me conoces, señor?

–Como un hermano, espero.

Lowenhertz se alegró cuando Einholt alzó la mirada y vio que la furia había desaparecido de sus ojos.

–Fue la sombra, ¿verdad?

–¿Qué?

–La sombra del toldo. Te hizo vacilar por un momento, te hizo perder el ritmo.

–Tal vez.

–Tal vez, nada. Sabes que yo estaba allí. Yo oí lo que te dijo Shorack.

Einholt se puso de pie y giró para encararse con Lowenhertz.

–Y recuerdo el consejo que me diste: «Haz lo que él dice. Mantente apartado de las sombras». ¿No me dijiste eso, Corazón de León?

–Recuerdo lo que dije -respondió Lowenhertz al mismo tiempo que apartaba la mirada-, que Ulric me ampare. No sabía qué otra cosa decir.

–Tú no eres como los demás. No eres como yo. Te tomas en serio a los magos y ese tipo de gente.

–A veces, tal vez -replicó Lowenhertz con un encogimiento de hombros-. Sé que a menudo pueden tener razón cuando parecen equivocarse. Pero el maestro Shorack fue siempre un teatrero de primera, según mi experiencia. Estaba cargado de trucos baratos. No deberías tomarte tan en serio sus palabras.

Einholt suspiró y apartó la mirada.

–Yo sé lo que dijo. Yo sé lo que soñé.

Lowenhertz guardó silencio por un momento.

–Necesitas ayuda, hermano Lobo, más ayuda de la que yo puedo ofrecerte. Quédate aquí. Aquí, he dicho. Iré a buscar a Ar-Ulric. Él calmará tu mente. -Lowenhertz dio media vuelta para marcharse.

–Kas está bien, ¿verdad? -preguntó Einholt con voz queda.

–No olvidará la lección de hoy, pero, sí, está bien. Se repondrá.

–Hace mucho tiempo que ya no le enseño nada -le aseguró Einholt con amargura, mientras volvía los ojos hacia la gran piel de lobo que estaba colgada en la pared-. Veinte inviernos… -Tosió-. Ya son dos los discípulos a los que les he fallado.

–¿Dos?

–Drago. Antes de que te unieras a nosotros.

–Kaspen ya no es un discípulo -señaló Lowenhertz-. Hoy sabía qué estaba haciendo. Los accidentes de entrenamiento son cosas que pasan. Yo, una vez, me partí un pulgar en…

Einholt no lo escuchaba. Lowenhertz se detuvo en la puerta de reja de la capilla.

–Hermano, no estás solo; supongo que lo sabes.

–Mi martillo -dijo Einholt con voz queda-. Lo he roto. Es curioso; he estado deseándolo desde que aplasté las

Mandíbulas del Lobo con él. Pensaba que, después de eso, no debía usarlo para nada más.

–Los herreros bendecirán uno nuevo para ti.

–Sí…, eso sería bueno. El viejo estaba… gastado.

–Quédate aquí, Jagbald. Voy a buscar al sumo sacerdote.

Lowenhertz se marchó, y Einholt volvió a dejarse caer ante la gran piel de lobo. Le latían los dedos de la mano. Le dolía la cicatriz. Su mente estaba inundada por las imágenes de la batalla de Hagen, que se repetían una y otra vez.

Los pieles verdes, sus colmillos tan blancos y afilados… Los sauces… Drago que gritaba. El impacto. Las sombras de los árboles.

«Mantente apartado de las sombras.»

–Aún no estás en paz, Lobo.

La anciana voz cascada sonó en el aire, detrás de él, y Einholt alzó los ojos. Era el viejo sacerdote de la cogulla con el que había hablado durante el pasado amanecer.

–¿Padre?

Einholt pensó que Lowenhertz debía haber enviado al anciano para que le hiciera compañía mientras él buscaba a Ar-Ulric. La frágil figura avanzó hacia él al mismo tiempo que tendía una mano como una garra para apoyarse en la pared de la capilla. Su cuerpo delgado proyectaba una sombra larga y frágil a la luz de las velas.

–Einholt. Tú rompiste el hechizo. Tú destrozaste las Mandíbulas del Lobo. Ulric está complacido contigo.

–Eso dices tú… -respondió Einholt tras una pausa, con los ojos fijos en sus rodillas-, pero hay algo en tu voz…, como si tú no estuvieras complacido, padre.

–Este mundo le ha enseñado al hombre que debe hacer sacrificios. Para que esos sacrificios sean realmente potentes, lo que se sacrifica también debe ser valioso. Las cosas, las vidas, los hombres. Es lo mismo en todos los casos. Yo creo que ahora el más valioso de los templarios es el que destrozó las Mandíbulas del Lobo y derrotó a la Oscuridad. Ése eres tú, ¿verdad?

–Sí, ése soy yo, padre. ¿Y qué? ¿Quieres decir que, de alguna manera, me he transformado en alguien mejor de lo que era antes? ¿Que mi acto me ha conferido un significado especial?