Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Del campo barrido por la lluvia se elevaba humo y vapor de sangre. Los templarios del Lobo desmontaron uno a uno en medio de la carnicería y se arrodillaron en el fango para darle las gracias al furibundo cielo. La terrible lluvia les lavaba la sangre de las armaduras mientras la plegaria les purificaba el espíritu. De la horda de hombres bestia, no había sobrevivido ni uno solo.

Ganz caminaba en silencio para examinar a los caídos. Von Glick se encontraba a los pies de Aric, y el comandante estaba seguro de que el joven guardaba el cuerpo del viejo guerrero más de lo que guardaba el flameante estandarte.

Vandam, atravesado cuatro veces por toscas lanzas, se hallaba contorsionado sobre una pila de cadáveres.

–Ha encontrado la gloria que buscaba -comentó Morgenstern-. Ha sido trasladado a una compañía mejor, la del propio Ulric.

–Que los lobos guarden su alma valiente -dijo Ganz.

Al otro lado del ensangrentado campo batido por los cascos de los caballos, Dorff comenzó a silbar una tonada que se parecía a un himno de batalla. Anspach se unió a él y se puso a cantar, dando forma y melodía a las notas de Dorff. Einholt se unió a ellos, con voz suave y baja. Era una canción de duelo, de victoria y pérdida, una de las favoritas del viejo Jurgen. Al cabo de tres versos, todas las demás voces se habían sumado al canto.

* * * * *

Volvieron a entrar en Middenheim tres días más tarde, y también entonces estaba lloviendo.

Mitterfruhl ya casi había llegado, pero el sumo sacerdote abandonó los preparativos del templo y salió, atraído por los emocionados susurros. Él y su séquito esperaban en la plaza del templo cuando la Compañía Blanca entró: once jinetes orgullosos tras el estandarte de Vess, con tres nobles muertos atados a sus corceles.

En formación de honor detrás del sacerdote inmóvil, las compañías Roja, Gris, Dorada y Plateada -los destacamentos de guerreros que, junto con la Blanca, conformaban las fuerzas del templo- alzaron sus voces en guturales vítores. Ganz, desde lo alto del caballo, bajó la mirada hacia el sumo sacerdote.

–La Compañía Blanca ha regresado al templo, señor -dijo-, y el ánimo ha regresado a la Compañía Blanca.

Los muertos entre nosotros

El Dios de la Muerte me contemplaba mientras yo preparaba el cadáver para sepultarlo. Sus ojos en sombras no eran visibles, pero podía sentir su mirada fija en mis manos mientras éstas se movían sobre el cuerpo frío que tenía ante mí, y vio que la obra era buena. La atmósfera de la bóveda del subterráneo del templo era quieta y húmeda; olía ligeramente a moho, a cenizas y a los millares de muertos de Middenheim que habían pasado por allí en su viaje final.

Entoné las palabras del ritual en un susurro, con la mente concentrada sólo en el ritmo y el poder que contenían, mientras mis manos se movían según los sagrados gestos de la ceremonia. Había hecho eso muchas veces antes. El cuerpo que tenía delante no era más que un cadáver, pues su alma ya había sido bendecida y liberada, y había volado hacia el otro mundo. Mi cometido entonces era sellar el cuerpo, asegurarme de que ninguna otra entidad pudiese ocuparlo y tomar posesión de aquella envoltura vacía.

Un paso que sonó en los escalones de piedra se entrometió en mi concentración e interrumpió el encantamiento. Morr ya no estaba vigilando; la talla de la deidad patrona situada sobre el altar volvía a ser sólo una talla. Los pasos se detuvieron por un instante, y luego continuaron bajando hacia el Factorum. La alta y madura figura del hermano Gilbertus bloqueó por un instante la débil luz al pasar por la puerta. Sabía que sería él.

–No te molesto, ¿verdad? -preguntó.

–Sí -dije sin más-, me molestas. Es el tercer encantamiento del Rito Funerario que has interrumpido este mes, hermano, y como penitencia ocuparás mi lugar en su ejecución. Se llevarán este cuerpo a mediodía para enterrarlo en el bosque, así que te sugiero que comiences con el ritual en cuanto hayas acabado de decirme por qué has venido.

Gilbertus no protestó.

–Han encontrado un cuerpo -dijo.

–Por si no te has dado cuenta, hermano, éste es el templo de Morr, que es el Dios de la Muerte. Nosotros somos sacerdotes de Morr y trabajamos con cuerpos. Un cadáver más apenas constituye un motivo para irrumpir en el Factorum mientras otro sacerdote lleva a cabo una ceremonia. Es evidente que tu período de aprendiz en Talabheim te ha enseñado bastante poco. Puede ser que tenga que darte más lecciones.

Se quedó mirándome con rostro inexpresivo. Mi sarcasmo le había pasado por alto o no lo había entendido. Yo contemplé su copete encanecido y las arrugas de la edad que le rodeaban los ojos, y por un momento pensé en lo viejo que era para ser un sacerdote novicio. Pero, bien mirado, también yo había ingresado en el templo a una avanzada edad. Muchos lo hacían.

–Se trata de una mujer -explicó él-. Asesinada. Pensé que querrías saberlo.

–¿Dónde? -pregunté tras parpadear.

–En el corazón. Con un cuchillo.

–Preguntaba en que lugar de la ciudad, zoquete.

–¡Ah! En el callejón que está detrás de La Rata Ahogada, en el Ostwald.

–Voy a salir. -Me quité los ropajes rituales y los arrojé a un rincón de la sala-. Comienza ahora con el Rito Funerario, y habrás acabado para cuando yo regrese.

* * * * *

Un frío viento de Jahrdrung silbaba sobre los tejados de pizarra y entre los inhóspitos edificios de piedra de Middenheim. Si hubiese habido hojas en los pocos árboles que crecían en la cumbre de aquella roca, el pináculo en el aire que los hombres llamaban Ciudad del Lobo Blanco, habrían sido arrancadas y lanzadas hacia el cielo. No obstante, nos encontrábamos en los últimos días del invierno, el festival de Mitterfruhl aún no se había celebrado y los pimpollos primaverales todavía no se veían. Pasaría algún tiempo antes de que naciera nueva vida.

El viento atravesaba mi fina túnica mientras yo ascendía a través del parque de Morr, donde la hierba escarchada crujía bajo mis pies, y salía a las calles que se hacían más estrechas y descuidadas a medida que se alejaban hacia el suroeste para internarse en el distrito de Ostwald, abarrotado de gente por la bulliciosa actividad matinal. Hacía un frío tremendo y me maldije por no ponerme una capa antes de salir del templo, pero la prisa era más importante que mi bienestar. Los rumores y las falsedades se propagan con rapidez en una ciudad tan compacta y atestada como Middenheim, y cuando se trataba de una muerte sin explicación, el hecho de que alguien hablase mal del muerto sólo entorpecería mi trabajo.

El callejón situado detrás de la taberna de La Rata Ahogada era estrecho e inclinado, hediondo y superpoblado. Una pareja de la guardia de la ciudad intentaba, sin demasiado éxito, mantener alejados a los mirones, pero la gente retrocedió un poco cuando me aproximé. Los ropajes oscuros de los sacerdotes de Morr tienen ese efecto, que no es debido al respeto. A nadie le gusta que le recuerden su condición mortal.

Cuando la multitud se dividió para permitirme el paso, vi la mollera calva del capitán de la guardia, Schtutt, que se encontraba de pie junto al cadáver. Alzó los ojos, me vio y sonrió al reconocerme. Tenía el rostro arrugado por la mediana edad y la buena vida. Aunque nos conocíamos desde hacía años, no le devolví la sonrisa. Comenzó a decir algo a modo de saludo, aunque yo ya me había acuclillado junto al cuerpo.

Era una mujer…, o lo había sido. Probablemente, tenía apenas veinte años; probablemente, había sido hermosa. El cabello era de un castaño oscuro y ondulado. Algo de su rostro decía que tenía sangre de Norsca, aunque resultaba difícil saberlo con seguridad porque le faltaba un ojo y la mayor parte de una mejilla. Tenía las orejas más delicadas que antes hubiese visto. Sus ropas, llamativas pero baratas, habían sido tajadas en todos los sentidos por una hoja cortante -«un cuchillo de caza o una daga», conjeturé-, antes de que el golpe fatal se deslizara entre sus costillas y le atravesara el corazón. Había sido un asesinato preciso, y alguien había hecho muchos esfuerzos para que pareciese menos perfecto. Le faltaba el brazo izquierdo, y una tosca manta marrón cubría un objeto que había a unos sesenta centímetros de ella. La sangre derramada sobre el empedrado había comenzado a impregnar la tela.

No era Filomena. Filomena había sido rubia.

* * * * *

Recordé dónde estaba y alcé la mirada hacia Schtutt.

–¿Qué hay debajo de la manta?

–No la levantes -murmuró él, con un tono nervioso en la voz. Luego, se volvió hacia el grupo de buitres y chismosos, y habló con voz sonora-. Muy bien, largaos. No hay nada más que ver. Agente, sácalos a todos de aquí. Dejadle lugar al sacerdote de Morr para que haga su magia.

Yo no tenía planeado hacer magia ninguna, pero esa sugerencia, aparejada con el olor a muerte del estrecho callejón, bastó para que la mayoría de los presentes se alejaran en silencio. El bueno del viejo Schtutt…

Bajó los ojos hacia mí durante un segundo, con la expresión colmada por alguna tensión que no pude identificar, y se inclinó para levantar una punta de la manta. Debajo había algo que no era humano: una extremidad que tal vez medía un metro veinte de largo. No tenía ni mano ni huesos, sino grandes ventosas como cuencos en la parte inferior. Olía a podredumbre y a algo amargo y penetrante, como ajenjo y vino rancio.