Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Sin otra prenda que la camisa interior larga hasta las rodillas, Einholt se sentó en el camastro y posó los pies desnudos sobre el frío piso de piedra. Con voz ronca, murmuró una plegaria matinal dirigida a Ulric, al mismo tiempo que respiraba profundamente. Luego, se envolvió los hombros con la piel de lobo y avanzó lentamente, medio cegado porque su visión nocturna aún era débil, hasta el otro extremo del dormitorio.

Cerró la pesada puerta del dormitorio tras de él sin hacer ruido, y entró en el patio del claustro. Rodeándolo ardían velas protegidas por pantallas, situadas sobre pedestales que había a ambos lados de la entrada de los dormitorios de cada compañía de Lobos. El cielo aún estaba oscuro y el aire era frío, de un tono gris a causa de la luz del alba. «Aún no es hora de maitines», pensó Einholt. Junto al pedestal de una vela situada junto al dormitorio de la Compañía Blanca, había una jarra de agua y una taza de peltre. Einholt bebió un largo trago de líquido helado, pero su boca continuó seca.

«Tu nombre acaba de venirme a la cabeza. El mundo invisible del que te burlas me ha hablado. Einholt, eres un hombre valiente. Mantente apartado de las sombras.»

Intentó alejar el pensamiento de su cabeza, pero estaba allí, tan inmóvil como un pedernal bajo la herradura de un caballo de guerra. «No fue más que una frase teatral», se reconvino. De hecho, eso mismo le había dicho antes a la cara, al hombre. Aquel altanero mago había sido un actor lleno de dramáticas fiorituras que nada significaban. Sólo había intentado asustarlo.

Pero Shorack supo su nombre. Y la forma en que murió no había tenido nada de teatral, aplastado contra el embreado techo de la bodega.

Einholt se puso a pasear por el dormido recinto del templo, a lo largo de corredores fríos y sacristías de suelos cubiertos por toscas alfombras.

«Mantente apartado de las sombras.»

Murmuró una y otra vez, para sí, la plegaria de protección que todos habían aprendido de memoria al ser admitidos dentro de la orden. Las antorchas que habían ardido durante toda la noche oscilaban al apagarse en las sujeciones de las paredes. El humo flotaba en el aire fresco. Afuera, muy a lo lejos, los gallos comenzaron a cantar. Se oyó un trueno, un lejano trueno otoñal, que inundó el frío cielo de un tono rojizo y destacó contra la negrura.

Einholt intentó recordar el sueño; pero no el sueño de aquella dura noche, del maestro Shorack y su advertencia, sino el sueño anterior, el que había tenido durante veinte inviernos. Sintió comezón en la cicatriz. Resultaba extraño que aquel sueño hubiese permanecido con él durante tanto tiempo, que lo hubiese perseguido durante tantos años, y que entonces le costase recordar siquiera un fragmento. El nuevo sueño lo había borrado por completo.

«Tu nombre acaba de venirme a la cabeza. El mundo invisible del que te burlas me ha hablado.»

Entró en el templo a través del porche oeste, pasando por debajo de las bóvedas de cañón del vestíbulo. Dos templarios hacían guardia allí y se calentaban las manos ante un brasero colocado sobre un trípode de latón. Eran Fulgar y Voorms, de la Compañía Gris.

–Te has levantado temprano, Einholt de la Blanca -dijo el segundo, con una sonrisa, cuando él se aproximó.

–Y vistes de manera informal -comentó Fulgar con una sonrisa afectada.

–Ulric me llama, hermanos -fue la sencilla respuesta de Einholt-. ¿Acaso vosotros retrasaríais la respuesta a su llamada para vestiros?

–Que Ulric te guarde -entonaron ambos con reverencia, casi al unísono, al mismo tiempo que se apartaron para dejar que pasara.

El templo estaba abierto. Ulric, una gigantesca sombra en la cúpula, se encumbraba sobre él.

Einholt se arrodilló ante el altar, y una multitud de llamas de vela oscilaron a su alrededor. Dedicó un largo momento a la contemplación, y al fin logró atrapar el viejo sueño como uno pillaría la manga de un conocido que pasara por una calle concurrida.

«Hagen, veinte inviernos antes.» ¿Cómo podía haber olvidado eso? Las Compañías Roja, Dorada y Blanca juntas, con el gran Jurgen como comandante general en el campo de batalla. Las falanges de cerdos verdes que se encontraban en el valle, a la orilla del arroyo, vociferantes. Cuatrocientos eran, y más, bamboleantes, pesados, agitando lanzas y hachas en el mediodía invernal.

–Ahora obtendremos gloria -había dicho Von Glick con una risa alegre, a la que todos se unieron. Von Glick, más joven entonces, de cuerpo firme y en plena mediana edad musculosa, cabello oscuro e ingobernable.

También Gruber, el gran roble inamovible de la compañía, a la derecha de Jurgen. Morgenstern, un hombre más acicalado por entonces, el picaro de la compañía, que se puso a gritarles ingeniosas pullas a las bestias de piel verde que se encontraban al pie de la pendiente. Había sido mucho tiempo antes de que la bebida embruteciera y aflojara su cuerpo, antes de que Anspach se uniera a ellos y se apoderara de la corona de Morgenstern como bromista de la compañía, antes de que este último se transformara en nada más que el borracho de la compañía.

Kaspen estaba allí, claro; un joven de cabello rojo, y era su primera incursión en el campo de batalla. Al igual que Reicher, bendito fuese su brazo. Y además, estaban los largamente llorados Vigor, Lutz y el muchacho Drago, el joven cachorro que le habían dado a Einholt para que lo entrenara personalmente, bautizado hacía poco y de modo heroico en la acción, y entonces ansioso de más. Vigor viviría otras tres estaciones, y Lutz otra década al servicio de Ulric. Por lo que a Drago respectaba, no vería otro amanecer.

Jurgen se puso de pie en los estribos y contempló al enemigo. Con expresión grave tras el parche del ojo con tachones, se volvió hacia las compañías de templarios y les anunció que la batalla comenzaba.

«Es un error», se dijo Einholt. Los sueños hacen eso, juegan con los hechos. Jurgen perdió el ojo en Holtzdale, varios años más tarde. Pero era como recordaba mejor al gran Jurgen, grabado en su memoria. Y Reicher. ¿No había caído en Klostin, años antes de la batalla de Hagen?

Veinte largos inviernos habían mezclado los acontecimientos de ese día en sus sueños. No era de extrañar que los detalles ya no fuesen correctos. ¿Acaso no había habido una noche espantosa, años atrás, justo después de la batalla, en que había soñado que él y sólo él, Jagbald Einholt, se encontraba sentado en lo alto de la pendiente para enfrentarse con la horda de cerdos de piel verde?

Arrodillado ante el altar, Einholt suspiró. Se inclinó hacia adelante y apoyó las manos abiertas mientras los recuerdos, tanto verdaderos como falsos, giraban en torno a él como llamas, al igual que lo habían hecho cada noche durante veinte años; hasta esa noche.

La carga en masa por la pendiente. Eso era verdad. Las resonantes órdenes de Jurgen, el bramado grito de los templarios, el atronar de los cascos de los caballos.

El trueno del amanecer rodó por el cielo, fuera del templo, fuera de su sueño. «Cascos de caballos», pensó.

Podía percibir el olor a savia de la hierba machacada, los hilos de saliva de los corceles de guerra, el penetrante olor a adrenalina del sudor de los hombres que lo rodeaban. Él corría, atronaba por su cuenta al descender por la ladera del exterior de Hagen; Lobo y caballo fundidos en un solo ser guerrero.

Se encontraron con los enemigos junto al arroyo y los pisotearon a despecho del mayor número de oponentes. Ese día, fueron más las criaturas que murieron aplastadas por los cascos de los caballos que por golpes de martillo.

Su caballo entró en el arroyo entre murallas de agua y destrozó bajo los cascos a dos cerdos que gritaban. Kaspen se encontraba a su lado y se regocijaba en la gloria de la batalla. olvidados sus temores juveniles. ¿En cuántas ocasiones había presenciado Einholt esa transformación desde entonces? Aric, en su primera aventura… Drakken en Linz… Era una maravilla, observarlos. Una maravilla en honor del templo. Lobeznos que eran arrojados al fuego y salían sin quemaduras y jubilosos como Drago.

¿Acaso él nunca había sido tan joven como ellos? ¿Había sido bautizado de aquel modo en la batalla alguna vez? Sin duda, pero hacía tantísimo tiempo…

¡Por la gloria de Ulric! En aquel momento, en el lecho del arroyo, el agua saltaba al aire, volaba en torno a ellos y los empapaba. La sangre también los empapaba. Los martillos pasaban volando, cortaban el agua que ascendía y destrozaban hocicos provistos de colmillos. Cadáveres verdes partidos, reventados, flotaban en el agua alrededor de los corceles. Al otro lado, en persecución de los rezagados, los Lobos hacían entrar a los caballos entre los juncos, donde las gruesas hojas se partían y les azotaban los flancos. Detrás, gritos. El mango del martillo terso en el interior de su mano.

El joven Drago pasaba galopando.

–¡Conmigo, Einholt! -gritaba.

Drago giraba a la izquierda, lleno del espíritu del Lobo, excesivamente confiado, y se adentraba en un bosquecillo de sauces.

Por ahí, no. Por ahí, no. Él corría entonces tras Drago y se agachaba para pasar bajo las inclinadas frondas de los tristes árboles. Por ahí, no.

¡A la derecha, no, a la izquierda! En nombre de Ulric, ¿dónde estaba Drago?

Se repetía cada vez, cada noche el mismo esfuerzo por cambiar los hechos.

Por ahí, no. No te metas en el soto de sauces. Esta vez no…

De repente, Drago estaba gritando. Un grito atragantado con sangre. ¡Demasiado tarde! ¡Siempre era demasiado tarde! Drago, tendido entre los juncos, con el corcel muerto y de espaldas cerca de él; el caballo tenía las patas encogidas y vueltas hacia las balanceantes ramas de lo alto. La sangre manaba como una fuente al aire desde el vientre abierto del animal. Los seres como cerdos, apiñados en torno a Drago, lo herían una y otra vez, y…