Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

«Si eras su amigo, eres el único que ha tenido jamás -pensó Lenya, y el recuerdo le dolió-. La gente era cruel con él cuando reparaban en su presencia. Al final, nadie parecía verlo siquiera.»

–Nunca he conocido a nadie capaz de robar como lo hacía él. En silencio, sin que lo vieran. Yo… lo utilizaba. -Dejó caer la cabeza-. No estoy orgulloso de eso, pero al menos no lo recluté ni permití que Bleyden se apoderara de él y lo usara de un modo aún peor. Éramos amigos. -Era como si hablase sólo para sí mismo.

«No podríamos usar a Resollador; tenía su propio tipo de libertad, sus propias costumbres», pensó Lenya, pero nada dijo. Reconocía la verdad cuando la oía.

Se produjo una larga pausa, y entonces se dio cuenta de que aún estaban de pie en medio del patio de los establos, abierto a las estrellas, y que la noche se estaba volviendo fría y de color púrpura. Nubes grises y negras, de los colores de la roca Fauschlag, se deslizaban por el firmamento y ocultaban las lunas gemelas; la muchacha sintió un intenso helor. Kruza estaba inmóvil ante ella, como lo había encontrado al entrar en el patio. Lenya tendió una mano hacia el carterista, el cual la evitó antes de que llegara siquiera a tocarle una manga.

–¡No lo hagas! No voy a gustarte después de que oigas lo que tengo que contarte. Yo lo usé… Él robó para ayudarme a completar la cuota. Yo lo desafiaba. Era como un juego -prosiguió, sin mirar a Lenya.

«No intentes jugar al escondite con él», pensó Lenya.

–Él robaba para mí, y yo escuchaba sus cuentos. Tenía una habitación extraordinaria, llena de cosas hermosas. Bebíamos juntos y yo me quedaba dormido en su sofá, escuchando a medias las historias que me contaba. Yo sabía que lo estaba utilizando; me aprovechaba de sus habilidades de ladrón, pero no le deseaba ningún mal. A él le gustaba jugar a aquel juego, y luego regresar para hablar de las brujas que lo habían criado. Tonterías como ésa. Nadie más lo veía, ¿sabes?

«El niño expósito de mamá -pensó ella-, y ya nunca sabré por qué lo llamaba así ni por qué todos reíamos, mi padre, mis hermanos, incluso mi madre con tristeza en los ojos. Tal vez no pertenecía en absoluto a nuestra familia. Quizá nunca perteneció a nadie.»

–Creo que murió, Lenya. Lo siento. Creo que ha muerto.

Kruza sabía eso desde hacía mucho tiempo, pero nunca lo había dicho antes en voz alta.

«¡Muerto! Antes de que yo pudiera encontrarlo o entenderlo. ¿Por qué tenía que morir?» El gemido que se produjo en el corazón no llegó hasta sus labios. Se sentía ligeramente mareada.

–Era invisible; debería haber estado a salvo…, pero no salió. Nunca salió. -La voz de Kruza era baja, y él mismo se sorprendió ante la calma con que hablaba. Sabía qué debía decirle la verdad-. Pensaba que era por un truco, o cuestión de suerte, eso de que nadie lo viera; pero no era así.

»Tropezó con la escoria del contrabando, contrabando a lo grande.

Hizo una pausa y miró a Lenya por primera vez. La muchacha estaba pálida y se estremeció.

Lenya tenía frío y miedo. Confundida, se volvió en busca de algún lugar al que ir, un sitio en el que sentirse protegida y abrigada. En torno a ellos, estaban sólo los establos vacíos, pero sin duda los cobijarían un poco. Le volvió la espalda a Kruza y avanzó hacia la media puerta del más cercano, en cuya aldabilla negra y ennegrecida posó una mano. Estaba bien engrasada y se desplazó con facilidad. Giró otra vez para mirar a Kruza, que se dio cuenta de que lo estaba esperando y fue a su encuentro. La joven entró en el establo, que olía de modo muy similar a los de Linz; le recordó a los caballos a los que atendía a veces, así como a las vacas a las que a menudo ordeñaba allí. Kruza permaneció de pie, un poco encorvado contra la media puerta. Estaba cansado y angustiado. Aunque había sobrevivido al enfrentamiento con los Lobos, pensaba que lo peor aún estaba por llegar.

–Había contrabandistas. Resollador lo supo. Siguió a los cadáveres y me contó la historia -volvió a comenzar cuando Lenya se instaló sobre una pila de heno viejo.

«Nadie veía nunca a Resollador. Así podía desaparecer durante varios días. “¡Anda por ahí con los suyos!”, solía decir mi madre. Ahora creo que no lo decía por un exceso de imaginación. Nunca sabíamos dónde estaba ni qué hacía, pero a mí siempre me alegraba verlo regresar del bosque. Lo amaba y adoraba sus historias.» Lenya respiró profundamente al recordar que Stefan estaba muerto, mientras los recuerdos de él daban vueltas y vueltas en su cabeza. Kruza continuó, interrumpiéndose de vez en cuando.

–Sólo que no eran cuerpos, y los hombres de gris no eran del templo de Morr. Eran contrabandistas que entraban en la ciudad toda clase de cosas. Vaya, ni siquiera sé por qué estoy hablando contigo. Resollador ha desaparecido.

Una parte de Lenya quería preguntar por los contrabandistas, quiénes eran, hasta dónde los había seguido Resollador. No obstante, sabía que si lo preguntaba, podría darse el caso de que Kruza no quisiera hablar más con ella. Experimentó un escalofrío que no había esperado, pese al aire cálido y cerrado del viejo establo.

Con la punta de una bota, Kruza trazaba pequeños círculos en el polvo de heno que había sobre el piso.

–Resollador me llevó al lugar donde estaban los contrabandistas. Al principio, yo no quería entrar -dijo Kruza al mismo tiempo que miraba a Lenya de un modo que impidió que le formulase la pregunta que temía: ¿dónde había muerto Resollador?

Ella permaneció sentada y quieta, y Kruza continuó trazando pequeños círculos con el pie. Tenía la cabeza inclinada, y Lenya apenas podía oírlo.

–Resollador estaba emocionado. Decía que allí había tantas cosas… «Ahí están para cogerlas.» Recuerdo sus palabras. Parecía…, parecía un trabajo fácil.

La voz del carterista bajó aún más, y Lenya se puso de rodillas y se inclinó hacia él, pues quería oír todo lo que dijese, lo que quedase de sus recuerdos. Kruza se echó atrás con brusquedad, como si no deseara estar ni un centímetro más cerca de la muchacha.

–Los contrabandistas estaban allí. Docenas de ellos. Nos vieron. Intenté… -masculló a la vez que, inconscientemente, se pasaba una mano a lo largo de la estrecha cicatriz que había en un lado de su rostro y que, al quedar casi oculta por el cabello, Lenya no había visto antes.

«Le hicieron esa herida cuando intentaba salvar a Resollador. Era amigo de Resollador -pensó-. ¿Por qué lo duda?»

–Salí y esperé. Esperé en su habitación. No sé durante cuánto tiempo. Esperé hasta que hubo polvo nuevo en los escalones, pero Resollador no regresó.

Kruza hizo una pausa momentánea y, luego, de modo súbito, giró sobre los talones, salió del establo y avanzó hasta la puerta que conducía a la calle, la cual estaba abierta apenas un resquicio. Un momento más tarde se abrió de par en par, y Drakken la traspasó procedente de las sombras.

–¿Y bien? -preguntó.

Lenya, que salía tras Kruza, estaba a punto de responder cuando se dio cuenta de que Drakken le hablaba al carterista. Kruza parecía un fantasma. Tenía la misma expresión que había invadido su rostro cuando Lenya pronunció el nombre de Resollador, hacía varios meses.

–Está bien. -Lenya le respondió a Drakken en lugar de Kruza, y tomó al muchacho por el brazo-. Gracias -le dijo, sin saber qué otra cosa podía decir.

El hombre había intentado salvar la vida de Resollador. Tenía una cicatriz. No quedaba nada. Ella ya había llorado a Resollador durante demasiado tiempo.

–Ahora, haced lo que queráis conmigo -dijo Kruza mientras Drakken permanecía ante él-. Si debo morir, moriré en paz.

–¡No! -gritó Lenya, con firmeza e intrépida-. Déjalo marchar, Drakken. No ha hecho nada malo. Era amigo de Resollador y no le causó ningún mal.

La muchacha dejó que Drakken la tomara entre sus brazos.

–Y gracias a ti también, Krieg -dijo-. Ahora puedo dejar que Stefan descanse.

* * * * *

Se marcharon. Kruza se alejó del lugar tan rápidamente como pudo, e intentó relajarse en las calles oscuras. Pensaba que tal vez le había dado paz a la mente de Lenya.

Le había contado la historia. Le había relatado lo sucedido a Resollador. Bueno, también se había dejado algunas cosas, cosas que su mente intentaba borrar desde hacía mucho tiempo. En la ciudad había cosas de las que uno no hablaba, que olvidaba tan pronto como podía, como los hombres de capa gris y su monstruoso lugar.

Lenya sabía bastante, y entonces podría llorar y dormir con facilidad. Por lo que a él respectaba, olvidaría. Lo olvidaría todo. Iría a La Rata Ahogada y lavaría todo aquello de su mente. Lenya, Resollador, el condenado Lobo…, incluso los hombres de gris.

Lobo solitario

El mago estaba mirándolo atenta, ferozmente, como si lo reconociera.

–Einholt -dijo Shorack al fin, con voz inexpresiva.

–¿Me conoces, señor? -preguntó él, con sorpresa.

–Tu nombre acaba de venirme a la cabeza. El mundo invisible del que te burlas me ha hablado. Einholt, eres un hombre valiente. Mantente apartado de las sombras.

Einholt se sentó en el camastro, rodeado de oscuridad. Tenía la boca seca y la piel mojada. El sueño había cambiado. Por primera vez en veinte inviernos, el sueño había cambiado, se había deshecho para ser reemplazado por otro.

Tal vez debería alegrarse, pero no era así. El dormitorio colectivo estaba en silencio y alumbrado sólo por la luz de las últimas estrellas de la noche que entraba por las claraboyas. Sus hermanos de la Compañía Blanca roncaban o tosían bajo revueltas mantas, en la hilera de camastros situados contra las paredes blancas como la espuma.