Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Kruza alzó brevemente la mirada hacia Anspach. En un solo parpadeo reparó en la estatura del hombre, en la herida superficial que había sufrido, la posición de su martillo, su postura elegante y relajada. Kruza tenía ojos de ladrón y entonces los utilizó para fijarse en cada detalle. Luego, se dobló por la mitad a causa de otro sonoro y convulsivo ataque de tos. Su mano salió disparada mientras el codo continuaba apoyado contra la rodilla.

Drakken no supo qué había sucedido. De repente, Kruza estaba de pie apoyando la punta de una daga contra el cuello de Drakken, mientras Anspach gritaba y retrocedía con paso tambaleante, pillado desprevenido y con la guardia baja durante un fugaz momento. Pero sólo por un momento.

Anspach blandió el martillo en un ángulo bajo apenas inclinado y derribó a Kruza con un golpe en las rodillas. El carterista se golpeó con fuerza las nalgas contra el suelo de tierra del callejón y dejó caer la daga que había cogido de una bota de Anspach durante el espectacular ataque de tos. Kruza alzó las manos al saber que finalmente estaba derrotado.

–Se acabó. Haced conmigo lo que queráis. O matadme -dijo.

Anspach volvió a sonreír. ¡El joven ladrón le había quitado el cuchillo sin que él lo notara! «¡Por Ulric, sí que es bueno!»

Anspach le tendió una mano a Kruza, y el ladrón creyó ver que el templario sonreía al tirar de él para ponerlo de pie. Pero sus miradas se habían encontrado durante el más breve de los instantes, y Drakken avanzaba en ese momento para hacerse nuevamente cargo de la situación.

–¡Compórtate! Hay alguien con quien quiero que hables -dijo Drakken-. Sígueme. Anspach, cúbrenos las espaldas.

Lenya y Bruckner continuaban avanzando hacia el sur a un paso ligeramente más lento, pero por mucho que la muchacha ordeñadora lo intentaba no lograba que el Lobo entablase ninguna clase de conversación.

–Al menos podrías decirme adonde vamos, ¿no? -preguntó ella.

–Ya lo verás -fue la única respuesta de él.

–¿A qué distancia queda? -intentó ella otra vez.

–No muy lejos -fue la breve respuesta.

Bajaron por otra empinada calle que corría a lo largo del muro norte del Gran Parque, y luego otra vez al sur. El no dijo nada más, y Lenya no sabía qué más preguntar. Contempló cómo sus pies caminaban sobre los adoquines, primero pulidos, anchos y planos, y después, en los barrios más pobres, ásperos, rotos y desiguales. Allí, las piedras eran más pequeñas y estaban dispuestas en remolinos y mosaicos que en nada se parecían a los empedrados lisos del norte. Bueno…, al menos sabía que se dirigían hacia Altquartier.

* * * * *

Kruza siguió a Drakken, con sus andares regulares, mientras escuchaba los relajados y ligeros pasos del que se llamaba Anspach, que caminaba detrás de él. No tuvieron que ir muy lejos. Tras girar al norte y al oeste en el aire frío, por calles casi vacías, se detuvieron en el exterior de las grandes puertas dobles de las cuadras del barrio.

El caballerizo hacía pocos negocios en aquella zona. Sus establos sólo se llenaban cuando la ciudad rebosaba de visitantes ricos, y entonces los excedentes de las cuadras de caballerizos más respetables del norte, a veces, acababan llegando hasta allí. Pero, aun así, los clientes más ricos de tal establecimiento eran sólo comerciantes moderadamente situados, que por la noche se marchaban de la ciudad hacia sus moradas de campo, y sólo necesitaban un lugar donde dejar los caballos durante las horas de trabajo. No era una existencia tan mala para el caballerizo y sus hijos, y no vivían mal. Los establos estaban siempre vacíos por la noche, así que los lechos de paja se cambiaban sólo con la luna nueva, y los caballos, que comían en sus establos del campo por la mañana y por la noche, requerían poca alimentación durante las horas diurnas.

Drakken abrió lo suficiente una de las puertas como para que pasaran los tres. Dentro, había la luz de una sola antorcha, que ardía en su aro herrumbroso fijado en la pared del patio. A los lados del patio, había estrechos establos con medias puertas, y el lugar olía a lechos de paja y viejos excrementos de caballo.

Kruza nunca había estado cerca de un caballo. Había pocos en Altquartier y mantenía una gran distancia con aquellos a los que encontraba en otras zonas de la ciudad. Pero en aquel lugar no había sonido alguno, ni bufidos ni pisotones, y el carterista se relajó un poco al ver que todos los establos estaban vacíos.

Aunque el relajamiento no duró mucho rato. Drakken se volvió hacia él en cuanto salieron de la calle, lo empujó contra las toscas maderas de la pared de un establo y se le plantó delante con el rostro alzado para mirar a Kruza a los ojos. Las narices de ambos casi se tocaban.

En el semblante de Drakken había un profundo ceño fruncido, y Kruza volvió a tensarse. Se sentía como si su cuerpo fuese la serie de cables tirantes y bloques de pesada roca que formaban el sistema de poleas y contrapesos de los ascensores que funcionaban en la Fauschlag, tironeando y estirándose mientras subían cargas imposibles.

Tenía el pecho tan tenso y duro que le parecía imposible que pudiera respirar. Con Drakken pegado a la cara, se preguntó durante cuánto tiempo más se le permitiría respirar. Kruza le lanzó una mirada taimada a Anspach, que hacía guardia junto a la enorme puerta negra que colgaba de los goznes, entreabierta. No tendría un aliado en él. Kruza sabía que los Lobos se mantendrían unidos.

–Ella llegará pronto -comenzó Drakken.

«¿Ella? -pensó Kruza, y entonces comprendió-. ¡Lenya! Debo rendir cuentas ante Lenya por la muerte de Resollador. Por eso, me han traído aquí. ¡Y luego, este Drakken me matará!»

–Después de la lucha de la plaza de Fieras, te diste a la fuga. Supongo que no puedo reprochártelo. Yo te asusté al llamarte ladrón, mentiroso y asesino. Y tal vez es lo que eres, pero, de ser así, Lenya merece oír la historia de tus labios. A mí no me escucharía.

»Lenya necesita saber qué le sucedió a Resollador. Lo estuvo buscando. No habla de nada más que de su hermano, de los callejones sin salida que han sido las pistas que siguió. Dice que tú lo conociste. Si de verdad sabes qué le sucedió a su hermano, debes decírselo con claridad, para que su mente descanse de una vez y para siempre. Y si tú lo mataste, responderás de ello ante la guardia de la ciudad -concluyó Drakken con severidad.

«¿Qué puedo decirle, a la muchacha?, se preguntó Kruza. Había pasado hacía mucho el momento en que podría habérselo contado todo; había pasado durante aquel último encuentro, la noche en que fueron salvados de la plaza de Fieras por ese mismo Lobo Blanco, cuando se dio cuenta, con auténtica conmoción, de que ese hermano era el mismo muchacho al que él había intentado olvidar. «No quiero contarle ni una sola palabra. No lo entiendo. ¡Durante todos estos meses, he intentado no pensar en el asunto!»

Pero con aquel par de Lobos Blancos que lo vigilaban, sabía que tendría que contarle algo a Lenya. En ese momento, decidió que habría preferido pagar con su vida en la calle donde habían luchado, antes que tener que encararse con Lenya y contarle la historia.

No quedaba tiempo para pensar porque Lenya ya entraba de espaldas por la estrecha puerta del establo, mientras hablaba con alguien que debía hallarse al otro lado.

–¿Por qué has querido traerme aquí? ¡Esto no puede estar bien! -exclamó, y luego, al volverse, los vio.

Sus ojos se clavaron en Kruza, que inclinó la cabeza y no dijo nada. Entonces, ella echó a correr hacia Drakken y posó las manos sobre el amplio torso de él, que la tomó delicadamente por los codos, uno en cada mano.

–Lenya -dijo-, te he hecho traer hasta aquí para hablar con el carterista. Pregúntale lo que quieras acerca de tu hermano. Te responderá a todo. -Esto último lo dijo con los ojos fijos en Kruza. Se trataba de una advertencia.

Lenya se volvió, mientras Drakken continuaba sujetándola por los codos con suavidad.

–¿Conociste a Stefan?

–No…, conocí a Resollador…

Kruza se dio cuenta de que ambos estaban repitiendo las palabras que había pronunciado después de salir de la plaza de Fieras aquella noche.

–Déjanos, Krieg -pidió la muchacha al mismo tiempo que agitaba una mano hacia su amante templario, pero sin apartar la atenta mirada del rostro de Kruza.

* * * * *

–¡Qué poder tiene esa ordeñadora! -le comentó Anspach a Drakken con gesto torcido.

Se encontraban en la calle junto con Bruckner, en el exterior de las caballerizas. Drakken lo miró.

–Poder tanto sobre el Lobo como sobre el carterista -concluyó Anspach, divertido.

Drakken bajó la mirada mientras un intenso rubor de enojo y azoramiento le ascendía desde el cuello para bañarle el rostro y la frente. El rubor fue seguido por el fruncimiento de su entrecejo, que le dejó marcas de color blanco y púrpura en la frente.

* * * * *

–Conocí a Resollador -comenzó Kruza, repitiendo su última frase-. No lo conocí por ningún otro nombre. Me dijo que no tenía nombre, que era el hijo bastardo de un noble y una madre que murió de parto. No podía saber que era tu hermano.

«Yo lo llamaba “hermano” pero nunca supe que lo fuera con seguridad. Nadie lo conocía realmente -pensó Lenya-. En general, apenas si reparábamos en su presencia.» Pero no dijo nada. Kruza estaba hablando, y se dijo que callaría si lo interrumpía. Quería escuchar lo que tuviese que decirle.

–No se parecía a ti.

«No se parecía a nadie», pensó la muchacha.

–Dijiste que era honrado, ¿recuerdas? -preguntó Kruza, pero no aguardó la respuesta-. Lo era, de una manera extraña. Lo pillé robándole a un viejo carterista, uno de mis maestros, pero sólo robaba lo que no pertenecía a nadie, o lo que sobraba. Yo fui su primera visita, su primer amigo en Middenheim. Espero haber sido su amigo.