Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

En un instante, Kruza olvidó a la víctima y se zambulló en las sombras. Unió las frías palmas de ambas manos ante su rostro como si estuviese rezando, tal vez a Ranald, el burlador dios ladrón. No, a cualquier dios que estuviese escuchando. De repente, tenía las manos pegajosas de sudor. Sintió que se le formaba una gota en la frente y que descendía por la cicatriz que tenía en un lado de la cara; bajó hasta la mandíbula. Quedó allí suspendida, por un momento, y luego se le unió otra gota de sudor. Ambas cayeron juntas desde su mentón.

Hacía meses que vigilaba por si llegaba ese momento, que se preparaba una y otra vez para él, pero entonces que por fin había llegado, él no estaba preparado. Nunca podría estar preparado para el regreso de los hombres de gris que llevaban el brillante emblema de la serpiente que se mordía la cola. Habían atrapado a Resollador, y en ese momento lo atraparían a él.

Kruza salió al centro de la estrecha calle y miró a su alrededor. No buscaba un lugar donde esconderse, ni la ayuda de otros, sino que quería hacerse una idea de la disposición del terreno. Tenía la enfermiza sensación de que había justicia en el hecho de que fuesen por él. Habían cogido a Resollador, a pesar de que era inocente. Su alma no estaba sucia como la de Kruza. Por supuesto que irían por él, y con una ferocidad cien veces mayor.

Sólo había un modo de enfrentarse con aquello. En la ocasión anterior, él había huido, y Resollador había pagado por ello. Esa vez les haría frente y lucharía. Y si moría, ya no tendría la muerte del muchacho sobre la conciencia. Con la mano sobre la empuñadura de la espada corta, Kruza permaneció allí con los pies firmes sobre los bordes de los adoquines y los hombros echados hacia atrás. Profirió un tremendo grito de desafío, de remordimiento, de advertencia. Quienes lo oyeron no sabían qué significaba, sino sólo que debían mantenerse alejados de él. Kruza oyó puertas que golpeaban y postigos que se cerraban sobre ventanas. Luego, reinó el silencio.

También oyeron el grito los hombres de gris que se encontraban en el callejón próximo, a cubierto de la luz.

–Es un muchacho valiente este carterista tuyo -dijo en voz baja la figura más alta y delgada con tono sardónico-. ¡Tiene intención de venir por nosotros!

La figura más baja y de constitución más pesada, se volvió con ligereza, salió a la calle desierta y arrastró a su compañero tras él. Se quedaron de pie a treinta pasos de la firme silueta del preocupado carterista, cuyo grito aún resonaba entre los cerrados edificios y se perdía en el laberinto de calles y callejones de Altquartier.

El más alto de los hombres de gris se metió una mano debajo de la capa para coger el arma. Su compañero se llevó las manos al interior de la capucha, que le ocultaba el rostro, y abrió la boca para gritar.

Pero Kruza voló a través de los treinta pasos que mediaban entre él y los hombres de gris antes de que el otro tuviese oportunidad de hablar. Llevaba la espada corta enarbolada por encima de la cabeza y cogida a dos manos. Tenía intención de descargar con ella un fuerte golpe y luchar, luego, hasta la muerte, aunque fuese la suya. Sus ojos inyectados en sangre, con los párpados bien abiertos, dejaban a la vista la esclerótica en torno a los agujeros negros de sus pupilas tremendamente dilatadas. Un segundo alarido comenzó a salir entre sus dientes apretados.

Luego, se produjo el impacto. Kruza apenas pudo retener la espada corta cuando ésta rebotó contra el martillo y se retorció en sus manos debido al impacto que había salido de alguna parte para arrebatársela.

Volvió a blandiría en un tosco arco oscilante, que fue parado en seco por el mango de un martillo diestramente manejado; la intensidad del choque hizo volar esquirlas de acero y astillas de madera.

El siguiente golpe de Kruza fue bajo, aunque no lo bastante profundo, y sólo abrió un profundo tajo en la flameante capa gris del adversario más alto.

El hombre se apartó de un salto y echó atrás la cabeza, un gesto que hizo caer la capucha que le ocultaba el rostro. Kruza vio una cara de piel arrebolada y ojos oscuros que lo miraban. No había rastro de la piel delgada y frágil como el papel, ni de la delgadez pálida que caracterizaba a los otros hombres de gris. Estos hombres eran de carne y hueso…, y estaban dispuestos a luchar con toda su alma.

Un martillo volvió a arremeter contra él, manejado por el hombre más bajo. Kruza bloqueó el golpe con ferocidad y lanzó otra estocada con la espada. El hombre más bajo la esquivó. También él se había quitado la capucha, y había liberado uno de sus hombros del peso de la capa. En torno a su cuerpo, Kruza pudo ver entonces la piel de lobo.

Había visto antes aquella piel. Su mente comenzó a trabajar a toda velocidad al mismo tiempo que volvía a atacar con la espada el torso cubierto por la piel. Al abrir un profundo tajo en ésta sin llegar a tocar al hombre que se encontraba debajo, Kruza pensó en aquel otro hombre. ¡Lo había visto hacía semanas, en la plaza de Fieras! El hombre que llevaba un paquete con la armadura envuelta en una piel igual que ésa. ¡El gladiador enmascarado!

Kruza miró al rostro de Drakken, confuso. «Es el Lobo Blanco. ¡El Lobo Blanco de Lenya! ¿Era él uno de los hombres de gris?»

Las fosas nasales de Kruza se dilataron cuando inspiró aire con el fin de controlar el pánico que lo invadía. Tenía los labios empapados en saliva y los dientes apretados, cosa que no permitía que ningún sonido saliese de su cuerpo. En torno a él había dos martillos que zumbaban por el aire en una demostración de la fuerza del templo del Lobo. ¿O era la fuerza de los hombres de gris? No lo sabía.

Cuando su espada corta lanzó la siguiente estocada, sólo encontró aire. Luego, al girarse y volver a atacar, sintió que rasgaba carne con el extremo de la hoja. Antes de que pudiera saborear aquello, se encontró en el suelo, doblado por la mitad, conmocionado y sin aliento a causa de un tremendo golpe recibido en el centro del pecho.

¿Por qué…, por qué no estaba muerto? ¿Por qué el golpe no lo había matado? ¿Por qué se le permitía que viviera cuando estaba dispuesto a morir? Kruza, tendido en el suelo, profirió un suave gemido.

* * * * *

Anspach se frotó con un puño la herida que tenía en el hombro, mientras Drakken se arrodillaba junto a la despatarrada forma de Kruza y tendía una mano prudente para coger al ladrón.

Anspach estaba pasándoselo de maravilla. Drakken le había hablado de un carterista al que necesitaba encontrar, una enemistad personal, al parecer, que quería mantener en secreto. El joven templario había reclutado a Anspach para que lo ayudara a hacerlo. No resultaba demasiado difícil para un hombre con el conocimiento que Anspach tenía del mundo subterráneo de la ciudad, y la pequeña batalla librada en una calle tranquila de Altquartier era un buen premio, algo que animaba aquella fría noche otoñal. Drakken no le había dicho que el joven ladrón tuviera tantos bríos ni un brazo tan fuerte. No se había hecho ningún daño irreparable; sólo tenía una herida superficial en su hombro, que se le curaría en un abrir y cerrar de ojos. La indignidad sufrida por Drakken era otra cosa; un corte le había dividido la piel de lobo en dos trozos, y ninguno bastaría para cubrir el enorme torso del joven templario.

«Explícale eso a Ganz», pensó Anspach para sí. Sonrió afectadamente mientras contemplaba el extraño cuadro de un Lobo sucio que le ofrecía la mano a un joven delincuente callejero. Casi sintió nostalgia.

* * * * *

En el lado norte de Middenheim, un gigantesco templario del Lobo rubio avanzaba a grandes zancadas por las amplias avenidas situadas justo al sur del palacio. Junto a él, había una mujer menuda, cuyos pies se movían medio a la carrera, medio a saltos, para seguirle el paso.

–Pero ¿por qué te ha enviado Krieg? ¿Y adonde me llevas? -jadeó Lenya, que respiraba agitadamente e intentaba mantener su falda y su capa lejos de la fina película de escarcha que comenzaba a brillar sobre los adoquines.

Bruckner se detuvo en seco. Lenya estuvo a punto de adelantarlo; luego, también hizo un alto y se inclinó hacia adelante al mismo tiempo que se cogía un flanco.

–Tengo una punzada de dolor. ¿No puedes caminar un poco más despacio? -preguntó.

–Un poco, tal vez -respondió Bruckner sin mirarla-. Drakken me pidió que te acompañara, en bien de tu seguridad. Él mismo te dirá por qué necesita verte.

Continuaba sin mirar a su acompañante, posiblemente porque tendría que inclinarse mucho para posar los ojos en su rostro, o tal vez porque sencillamente era un trabajo que tenía que hacer, un favor que le hacía a un compañero y que para él no revestía el más mínimo interés.

Bruckner continuó avanzando hacia el sur, se detuvo tras unas pocas zancadas y luego aminoró el paso para que Lenya pudiera seguirlo… si daba una carrera cada dos pasos.

* * * * *

Drakken y Anspach sacaron a Kruza de la calle, medio a rastras, medio en volandas, hacia un callejón adyacente, donde pudo recuperarse durante unos momentos lejos de las gentes que habían oído la pelea y entonces salían al exterior para ver qué había sucedido.

El carterista se sentó con la espalda contra una pared musgosa. Tosió y escupió sobre el oscuro suelo de tierra, entre sus prominentes rodillas. En ese momento, parecía bastante dócil mientras Anspach lo observaba de pie ante él, recostado contra la pared opuesta. Había el espacio justo para ellos dos, así que Drakken permaneció a un lado y esperó a que el carterista se recuperara lo suficiente como para continuar con el asunto que lo ocupaba esa noche. Había esperado que Kruza se acercara en silencio, que se mostrara cobarde como toda la escoria callejera, y entonces sentía una reacia admiración por la valentía que acababa de demostrar al luchar contra ellos, por muy equivocado que estuviese.