Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

–Ahora ya no hay peligro -declaró Shorack a la vez que se volvía-. La protección ha sido anulada. Todos podemos continuar sin problemas.

–Siento reverencia por vuestro trabajo, maestro Shorack -dijo Gruber, aparentemente con gran humildad-. Hablas en media lengua, sueltas unas ventosidades y nos dices que tu invisible magia nos ha salvado de una trampa de hechicería que no podemos ver.

Shorack avanzó hacia Gruber hasta quedar cara a cara con él. El mago estaba sonriendo otra vez.

–Tu mofa me deleita. Resulta tan refrescante que me falten al respeto… ¿Cómo te llamas?

–Gruber, de los Lobos.

Shorack se inclinó hasta que su nariz casi tocó la del viejo templario. La sonrisa desapareció de su rostro para ser reemplazada por una expresión tan fría, dura y amenazadora como una daga desnuda. Gruber ni siquiera parpadeó.

–Da las gracias, Gruber de los Lobos, porque no ves. Agradece que el mundo mágico sea invisible para tus estúpidos ojos, porque si no te los arrancarías con las uñas y morirías chillando de terror.

–Recordaré mencionarte en mis plegarias a Ulric -replicó Gruber con voz átona.

–¡Basta! -gritó Aric, que había perdido la paciencia-. ¡Si vamos a continuar juntos, continuemos! ¿Por qué no nos cuentas por qué estás aquí, maestro Shorack?

–Ya lo sabéis -respondió Shorack mientras se volvía cortésmente para mirar a Aric.

–Sabemos que el Cónclave de Magos tiene que haber perdido algo precioso, como nos sucede a nosotros; un tesoro, como has dicho tú. ¿De qué se trata?

–No puede ser nombrado. Es un amuleto invaluable. Si describiera sus propiedades y propósito, te arrebataría la cordura.

Todos se volvieron a mirar a Einholt cuando éste rió entre dientes.

–¡Esto es invisible, lo otro es innombrable! Gruber tiene razón… ¿No es extraño que sólo tengamos la palabra de este hombre, que no deja de evitarles la verdad a nuestros sensibles oídos? ¡Deberías trabajar en los teatros, maestro Shorack! ¡Eres un buen actor melodramático!

Shorack lo miró, y Aric vio que una nube pasaba por el rostro del mago. Parecía reconocimiento… y lástima.

–Einholt -dijo Shorack al fin, con voz inexpresiva.

–¿Me conoces, señor? -preguntó Einholt.

–Tu nombre acaba de venirme a la cabeza. El mundo invisible del que te burlas me ha hablado. Einholt, eres un hombre valiente. Mantente apartado de las sombras.

–¿Que me mantenga… qué?

Shorack había desviado los ojos, como si la vista del semblante de Einholt le resultase incómoda. «No -pensó Aric-, incómoda no; insoportable. Como si… lo aterrorizara.»

–¿Continuamos, Lobos y Caballeros Pantera? -preguntó el mago con tono alegre, demasiado alegre, en opinión de Aric.

Shorack condujo al grupo por el pasillo de cuarzo, con sus guardaespaldas detrás.

–¿Qué quiso decir? -le susurró Einholt a Lowenhertz-. ¿De qué iba todo eso?

–No lo sé, hermano Lobo -respondió Lowenhertz con un encogimiento de hombros-. Pero sí sé una cosa: haz lo que él dice. Mantente apartado de las sombras.

* * * * *

Más escalones; una escalera iluminada con lámparas descendía desde el fondo del pasillo de cuarzo. Hasta donde Gruber podía calcular, la amplia y empinada escalera los llevaría a otros cien metros de profundidad, adentrándose en la roca. Shorack los hizo detenerse otras tres veces para hacer más pantomimas y salvarlos de trampas invisibles.

«¡Ya basta de teatro!», se oyó pensar Gruber, pero no podía negar el tremendo helor de las palabras incomprensibles que Shorack empleaba para hacer esas pantomimas. Gruber vio que Aric observaba con atención, preocupado. También reparó en la negra preocupación del rostro de Einholt.

Gruber se adelantó por la escalera hasta colocarse al lado de Shorack.

–Eres un hombre de erudición esotérica, maestro Shorack. ¿Tienes alguna explicación para los problemas en que nos hallamos? ¿Por qué se cometieron los robos? ¿Por qué desapareció algo de cada una de las grandes instituciones de la ciudad?

–¿Sabes cómo hacerle un hechizo a una persona, Gruber? ¿Un hechizo de amor, un nudo de la suerte, una maldición? -preguntó Shorack.

–No. Soy un soldado, como ya sabes.

–Cualquier hechizo, desde el más sencillo al más abstracto, requiere un símbolo, algo que pertenezca al individuo que quieres hechizar. Para hacer una pócima de amor, un mechón de cabello; para la suerte, unas monedas de su bolsa o su anillo favorito; para una maldición…, bueno, una gota de sangre es lo más eficaz. El símbolo se convierte en la base para el hechizo, el corazón del ritual de hechicería.

La escalera giró a la izquierda y volvió a descender en empinada pendiente. El aire se hacía más frío, más húmedo, y entonces tenía como un sabor a humo.

–Imagina que quieres hacerle un hechizo a algo más grande que un hombre, a una ciudad, digamos. Un mechón de cabello no te serviría. Necesitas un tipo de símbolos diferente.

Shorack miró a Gruber con una ceja alzada para saber si le entendía.

–¿Los objetos que hemos perdido son los símbolos?

–En efecto. Bueno, no puedo estar seguro del todo. Podríamos estar sobre la pista de un coleccionista de trofeos demente, pero lo dudo. Creo que alguien está planeando hacerle un conjuro a toda la ciudad de Middenheim.

Gruber contuvo el aliento. Para ser sincero, ya había comenzado a imaginar algo parecido antes de conversar con el remilgado mago. Desde los campos de batalla de su profesión, había visto cómo los impíos enemigos atesoraban objetos distintivos de sus oponentes debido a su potencia mística. Eran capaces de llegar muy lejos para apoderarse de estandartes, armas, cabelleras y cráneos. Gruber no dijo nada más y continuó a la cabeza del grupo.

La escalera acabó por llevarlos, al fin, hasta el interior de una enorme cámara. «Es una bodega», pensó Aric. Pavimentada con baldosas de color violeta, era tan grande como el campo de entrenamiento de las barracas de Tos Lobos, aunque interrumpida en secciones por hileras de columnas que se elevaban a sardinel. Aric imaginó que, en otros tiempos, aquel lugar había sido una despensa descomunal, un almacén de vinos y provisiones, abarrotado de botellas de cerveza de enanos, estantes de hortalizas en escabeche, quesos envueltos en muselina y frutas en conserva, y de la cual colgaba carne en salazón. Entonces estaba vacía, tenía paredes y columnas embreadas, y en ella sólo había las ristras de lámparas. Del extremo más lejano, que quedaba a unos sesenta metros de distancia, manaba luz de una fuente más potente, sobre cuyo resplandor dibujaban un entramado las sombras de las columnas en contraluz. Se oía un sonido grave de absorción rasposa, como si las piedras que los rodeaban estuviesen realizando largas y lentas inspiraciones. Olía a leche agria.

Les llegó otro sonido: una salmodia, un murmullo de voces sacerdotales que entonaban algo a gran distancia. El sonido procedía de la misma dirección que el resplandor lejano, y el batir de un tambor bajo marcaba su ritmo. Los miembros del grupo se dispersaron, agachados y en silencio, manteniéndose pegados a las columnas para cubrirse. Gruber se apartó hacia la izquierda, con Einholt, Machan y Von Volk. Aric se alejó hacia la derecha, con Hadrick y el tileano Guido. Por el centro, avanzó Lowenhertz con Shorack y el otro mercenario, Lorcha. Iban de columna en columna; corrían entre las sombras con las armas desnudas, hacia el resplandor.

Lowenhertz se escondió detrás de una columna. El sonido -no la salmodia, sino el jadeo sísmico- le llenó la mente de miedo. Shorack se escabulló hasta su lado y se dio unos toquecitos en los bordes de la boca con un pañuelo de seda. Había sangre en la tela.

–¿Maestro Shorack? -susurró Lowenhertz.

–No es nada, viejo amigo -le respondió Shorack tosiendo, y Lowenhertz pudo percibir el olor metálico de la sangre en su aliento-. Nada. Aquí hay espíritus en libertad por el aire…, cosas muertas y viles. Su olor me quema la garganta.

Desde su punto de observación, a cubierto, Aric miró hacia la fuente de luz. Era una hoguera de leña encendida dentro de una antigua tinaja de salazón, hecha de piedra. Las llamas se alzaban y ponían incandescentes los hatos de ramas de madera olorosa, que despedía un hedor amargo. El humo ascendía como si tiraran de él y salía a través de una abertura que había en el techo de la bodega. «Ahora, al fin, se aclara cuál es el origen del humo perdido», pensó.

En torno al fuego, habían colocado piedras a modo de yunques o taburetes. Habían sido dispuestas alrededor de la hoguera central de una manera peculiar, aparentemente fortuita. Sobre cada una se encontraba un trofeo invalorable: una destellante copa de ruegos, una botella de cristal, una gasa doblada, un cáliz de oro, un brazalete de garras de pantera con cuentas y perlas, un insignia de mayoral, un cetro, un reloj de plata, una daga envainada, una pequeña bolsa de seda…, y otros objetos que no podía distinguir. Había otro, en cambio, que sí veía: las Mandíbulas del Lobo, abiertas y destellando a la luz del fuego.

Aric también veía las veinte figuras embozadas, que estaban arrodilladas entre los bloques de piedra, de cara a la hoguera. Eran ellas quienes salmodiaban, y una golpeaba un tambor.

En el centro, con la espalda vuelta hacia el fuego para mirar a los adoradores, había una figura delgada. Demacrada, envuelta en oscura tela, la figura parecía moverse con los gestos espasmódicos y rígidos de una marioneta. Se contorsionaba al ritmo del tambor. Aric no podía distinguir detalles, pero sabía que era la cosa más repugnante que había visto jamás, y deseó encontrarse en cualquier otro lugar; luchar con una manada de hombres bestia en el Drakwald, parecía una fiesta en comparación con ese horror.

Agachado detrás de la columna, junto a Shorack, Lowenhertz se dio cuenta de lo pálido que estaba el hombre y de lo mucho que sudaba.

–¿Shorack? -susurró con voz preocupada.