Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Avanzaron hacia el norte. Tras unos cien metros, llegaron a otro tramo de escalera que bajaba y descendieron por él. El aire comenzaba a oler a humedad antigua, el sudor de la vieja roca que entonces los rodeaba y sobre la que se alzaba Middenheim.

La lámpara de Von Volk se apagó con un chisporroteo, y Einholt volvió a llenarla con aceite de la botella. Una vez que la lámpara volvió a encenderse, Einholt tiró la botella vacía.

–Es cuanto nos queda para darnos luz -les dijo a todos.

–A mí me queda un poco más de aceite -intervino Aric-, pero tal vez no lo necesitaremos -añadió.

Se deslizó junto a Von Volk, para lo cual tuvo que rascarse la espalda contra la pared de piedra embreada, y avanzó un poco más con pies silenciosos sobre la fría piedra suave y húmeda.

–Mirad. ¿Me lo estoy imaginando?

No lo imaginaba. Era luz, una luz fría y oscilante, situada ante ellos y a un nivel más bajo. Con Aric en cabeza, la siguieron, y apagaron las lámparas para ahorrar aceite cuando la luz se intensificó.

Después de cien metros más y otra escalera descendente, llegaron a un ancho túnel de roca tosca, parecido a una mina. De las paredes colgaban sartas de diminutas lámparas de plata, enhebradas en un alambre, que se alejaban hasta donde podían ver en ambas direcciones. La tosca pared de roca abundaba en incrustaciones centelleantes que reflejaban la luz y les causaban la impresión de estar caminando entre estrellas.

–Incrustaciones de vidrio…, cristal… -murmuró Gruber al mismo tiempo que pasaba los dedos por la pared.

–O gemas, piedras preciosas -dijo Von Volk, mientras las miraba desde más cerca-. ¡Esto es un ramal de una antigua mina de enanos, o yo soy un bretoniano! Es un lugar muy antiguo, cavado mucho antes de que se construyera la ciudad.

–Me temo que tienes razón -asintió Lowenhertz-. Éste es un sitio antiguo y olvidado.

–Olvidado, no, Corazón de León -lo contradijo Gruber en voz baja-. ¿Quién ha encendido las lámparas?

Tanto Aric como Einholt se detuvieron a inspeccionar las lámparas de plata. Eran intrincadas joyas metálicas con compactas chimeneas de cristal. Las mechas ardían con una intensa y brillante luz, alimentadas por el combustible de los depósitos que había debajo.

–No son de aceite -declaró Einholt.

–Desde luego que no. Nunca había viso nada parecido -murmuró Aric, asombrado.

Lowenhertz se reunió con ellos para verlas, y realizó una corta inspiración sobresaltada después de estudiar una de ellas.

–¡Alquimia! -dijo a la vez que se volvía a mirar a los demás-. Estas lámparas están alimentadas por una mezcla alquímica, una reacción de contacto… ¡Dioses! ¡Los mejores alquimistas que conozco, incluido Al-Azir, tal vez podrían haber hecho una lámpara como ésta después de un mes de trabajo!

–Y hay centenares de ellas…, que llegan hasta donde podemos ver.

La voz de Gruber parecía desprovista de fuerza ante aquella maravilla.

De dos en dos continuaron avanzando por el túnel iluminado, mirando en torno. Gruber y Von Volk iban en cabeza, con Hadrick y Einholt detrás de ellos, a los que seguían Aric y Machan, y Lowenhertz marchaba en retaguardia. Todos habían sacado sus armas; había martillos de guerra en las manos de los Lobos y espadas en las manos de los Caballeros Pantera. Hadrick también llevaba una ballesta; la tensó y deslizó sobre el hombro la correa de cuero que la sujetaba.

Llegaron a una intersección; el túnel de mina que seguían se cruzaba con otro. El que seguían estaba iluminado por las lámparas, pero el otro permanecía a oscuras. No parecía haber duda sobre el rumbo que debían tomar. Aric sintió que el cuero cabelludo se le cubría de gotas de sudor a pesar del helor húmedo que lo rodeaba. Había perdido toda noción del tiempo desde que habían entrado en aquel sitio.

El pasillo se ensanchó y salió a una larga caverna baja, igualmente decorada con lámparas. Las paredes parecían hechas de cuarzo macizo y relumbraban como hielo a la luz de las lámparas. Avanzaron un paso para cruzar el suelo desigual.

–Yo iría con cuidado, si fuera vosotros -dijo una voz que parecía proceder de la nada.

Los Caballeros Pantera y Lobos se quedaron inmóviles y miraron el entorno, perplejos.

Tres figuras comenzaron a aproximarse, procedentes de una cámara lateral que ninguno había visto. Los Lobos y los Caballeros Pantera alzaron sus armas, preparados para la lucha.

–¡Daos a conocer! -gritó Von Volk.

Las tres figuras avanzaron hasta la luz de las lámparas: un hombre alto con una larga capa verde, flanqueado por dos mercenarios tileanos. Vestidos con camisoles de cuero y calzones acolchados, llevaban desenvainadas las espadas largas y tenían rostros oscuros y severos tras las rejillas de sus cascos. El hombre de la capa verde, con rostro alargado y completamente afeitado, les dedicó una escalofriante sonrisa que arrugó su pálida piel suave. Sus ojos estaban entrecerrados y tenían ojeras oscuras.

–Soy el maestro Shorack. Mi título completo es más largo y tedioso, así que podéis darme ese nombre. Estos dos son Guido y Lorcha. No tienen títulos más largos ni tediosos que ésos. No obstante, son asesinos expertos y aterradores, así que sepamos quiénes sois sin más demora.

Von Volk y Gruber estaban a punto de avanzar con aire agresivo, pero Lowenhertz los detuvo a ambos y pasó entre ellos para encararse con el hombre de la capa. Al instante, los dos tileanos alzaron las puntas de sus largas espadas brillantes para apuntarle a la garganta.

–Maestro Shorack, bien hallado -dijo Lowenhertz con calma, como si las espadas no existiesen.

–¿Eres tú, Lowenhertz de los Lobos? -preguntó el hombre de la capa, entrecerrando los ojos para ver mejor. Hizo una señal sutil y los tileanos retiraron sus espadas con gesto elegante, para luego retroceder y situarse tras él. El nombre avanzó-. Vaya, vaya, Lowenhertz. ¿Quiénes son los que te acompañan?

–Un grupo mixto de Lobos y Caballeros Pantera, maestro. Buscamos lo mismo que vosotros, si no me engaña mi juicio.

–¿De verdad? Estoy muy impresionado. Toda la gente de la ciudad anda corriendo de un lado a otro para encontrar sus tesoros perdidos, y vosotros…, Lobos y Caballeros Pantera…, estáis tan cerca de lograrlo como yo.

–En el nombre de Ulric, ¿quién es éste? -le espetó Gruber con tono de indignación.

–El maestro Shorack, el maestro mago Shorack, del Cónclave de Magos -respondió Aric desde detrás. No conocía personalmente al maestro, pero sí había oído su nombre.

–En persona -respondió Shorack con una sonrisa-. Complaced mi curiosidad, Caballeros del Lobo Blanco… ¿Qué os trajo hasta aquí?

–Una corazonada -dijo Aric.

–La determinación… -declaró Von Volk.

–Lowenhertz -intervino Gruber al mismo tiempo que avanzaba-, o más bien yo, a partir de las tortuosas pistas que nos dio otro de tu clase, Ebn Al-Azir.

–¡Ese charlatán! -se mofó Shorack con voz sonora-. ¡Mi querido señor, él es un alquimista, alguien que juega con los elementos del mundo, un niño en el reino de la creación! Yo, señor, soy un mago. ¡Un maestro en mi arte! ¡No existe comparación!

–De hecho, resulta que me cae bien el viejo Al-Azir -dijo Gruber con tono reflexivo, a la vez que se daba cuenta de que estaba expresando sus pensamientos en voz alta.

Se detuvo por un momento, pero luego continuó hablando de todos modos al mismo tiempo que miraba a los oscuros ojos de Shorack.

–Y esto es raro en mí. Por lo general, no tengo tratos con ese tipo de gente. Según mi experiencia, hay hombres que caminan valientemente a la luz de la bondad, y hay criaturas que pueblan la oscuridad y juegan con magia. No hay… comparación.

Shorack se aclaró la garganta y le dirigió a Gruber una atenta mirada.

–¿Era eso alguna clase de amenaza, viejo guerrero? ¿Un insulto?

–Sólo una constatación de hechos.

–Suponiendo que tú estés aquí por la misma razón que nosotros -dijo Aric con voz suave desde detrás de Gruber-, tal vez deberíamos saltarnos del todo los insultos y trabajar juntos.

–A menos que el maestro Shorack, aquí presente, se halle detrás de la injusticia que intentamos rectificar -añadió Von Volk con frialdad.

Gruber gruñó para mostrar su acuerdo. El había sido el primero en atribuir los robos a la magia, y nada que hubiese visto hasta el momento lo había disuadido de esa idea. Y entonces se cruzaba en su camino un mago de verdad, maldito fuese su pellejo…

–¡Señor! ¡Si yo fuese vuestro enemigo, no estaríais vivo para desplegar este encantador discurso de taberna! -Los dientes de Shorack brillaron-. De hecho, ¿no fui yo el primero en daros el grito de advertencia?

–¿De advertencia? -preguntó Lowenhertz, claramente incómodo ante aquel enfrentamiento.

–Tomadlo como gesto de buena fe. El pasillo por el que estabais a punto de aventuraros está protegido.

Lobos y Caballeros Pantera se volvieron para mirar hacia el corredor de brillante cuarzo toscamente tallado.

–La magia aguarda aquí a los incautos y los desprevenidos. Se trata de magia protectora, algo sencillo y muy por debajo de mis poderes; pero os habría atrapado a vosotros, con total seguridad, si hubieseis avanzado.

–¿Y qué nos habría hecho? -le preguntó Von Volk al mago, que sonrió.

–¿Has estado borracho alguna vez, soldado? -preguntó.

Von Volk se encogió de hombros.

–En algunas ocasiones. En días de fiesta. ¿Y qué hay con eso?

Shorack rió suavemente.

–Piensa en cómo debe ser estar borracho… si eres una jarra de cerveza.

Dio media vuelta y avanzó por el suelo irregular al mismo tiempo que alzaba las manos muy separadas entre sí y murmuraba unas pocas palabras con un tono de voz agudo, que a Aric le recordó unas uñas arañando vidrio. El sonido le hizo contener la respiración por un instante. También percibió un olor, un olor lejano a descomposición, como si se hubiese roto una tubería cerca de allí.