Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Al sonar el toque de vísperas y caer el crepúsculo sobre Middenheim como la cortina de damasco de un teatro, volvieron a salir; Lobos y Caballeros Pantera juntos, divididos en grupos para explorar la ciudad de un modo aún más minucioso que el anterior. Von Volk había llamado a otros diez hombres de las barracas reales, que llegaron vestidos de paisano y fueron destinados a los diferentes grupos de trabajo.

Aric estaba en el tercer grupo, formado por Lowenhertz, Gruber, Einholt, Von Volk y dos arrogantes y callados Caballeros Pantera, a los que su comandante llamaba por los nombres de Machan y Hadrick. Se adentraron en las calles bajo las farolas que se mecían apenas. Los envolvía la sofocante noche, y todos iban envueltos en gruesas capas para ocultar las armas y las secciones de armadura que llevaban puestas.

Gruber se detuvo para mirar al hosco cielo que presentaba una capa de niebla iluminada por luz rojiza.

–Una noche sin estrellas… -murmuró.

–¡Las estrellas están ahí! -le espetó Lowenhertz-. Aún es demasiado temprano y la niebla del atardecer, junto con el humo de la ciudad, ocultan el cielo. Pero será una noche despejada; no, una noche sin estrellas.

–Tal vez -le contestó Gruber sin convicción.

Se encontraban en Tannery Hill y ascendían por la empinada calle empedrada camino de la cresta de la ciudad. A ambos lados, las tabernas se estremecían con carcajadas, música y diversión.

Dieron las ocho. Las campanas de la ciudad sonaron de manera irregular y sin coordinación entre sí. Aric las escuchó. «Campanas -pensó-, justo en el momento en que Gruber habla de sus crípticas pistas.» La primera resultó un tintineo delicado procedente del Altmarkt. La segunda, un tañido apagado y grave, que provenía de la plaza del Templo. La tercera fue el triple toque, amortiguado por la distancia, de Ostmark. Luego, se oyó el cuarto toque, una campanada diminuta de la iglesia de Sudgarten.

Una pausa, y luego el quinto, sexto y séptimo toque llegaron juntos, superpuestos. Las últimas campanadas se alejaron de las Capillas Colegio situadas en la ladera superior del distrito palaciego.

Luego, se produjo un largo silencio, y a continuación dieron las ocho en la esbelta torre del reloj de Milliner, situada al norte de donde ellos se hallaban, a varios centenares de metros de distancia.

–¿Sólo me lo parece a mí…? -comenzó a preguntar Aric.

Al mirar a su alrededor, vio que tanto Gruber como Lowenhertz estaban atónitos ante el despliegue de sonidos y posiciones de las campanas. Gruber se frotó la flaca barbilla y miró a Lowenhertz.

–¿Y bien, Corazón de León?

–Sólo…, sólo es una coincidencia. ¿Cuáles son las probabilidades? Da la casualidad de que nos encontramos en el sitio en que podemos oír el doblar de siete campanas al sur y el de una al norte. Al-Azir no pudo haber…

Gruber se volvió del todo para encararse con Lowenhertz. Su rostro era inexpresivo, pero Aric pudo captar un enojo auténtico en su tono de voz. Los Caballeros Pantera y Einholt los miraban con inquietud.

–Me desconciertas, Lowenhertz -siseó Gruber-. Pareces saber más que todos nosotros sobre el mundo esotérico y místico; te molestas en acudir a extraños extranjeros que nos aturden con sus costumbres, para encontrar pistas; nos instas a buscar secretos en el tejido de la tierra… ¿Y niegas esto? ¿Por qué? ¡Que Ulric se me lleve! Comparado contigo soy un viejo profano ciego, pero incluso yo puedo imaginar que tu Al-Azir, si tiene las habilidades y el conocimiento que tú le atribuyes, nos habrá dado una pista evidente, especial para nosotros.

–Tienes razón, viejo -respondió Lowenhertz, con un suspiro-. Tú no entiendes las delicadas costumbres de las almas iluminadas como la de Al-Azir. ¡Por Ulric! ¡Ni siquiera lo pretendas! ¡En lo que dijo había más significado que ése! ¡El refinamiento de su intelecto y comprensión escapan a nuestras capacidades! El…

–¿Nos habría dado una pista que podríamos entender sólo si fuéramos lo bastante agudos? -fue la inteligente pregunta de Aric-. ¿Cómo le explicarías las complejas tácticas de la formación de caballería a alguien profano en las artes de la guerra a caballo? ¿Con sencillez? ¿Con palabras que un tonto pudiese entender? ¡Yo creo que sí!

–Aric tiene razón -gruñó Einholt-. Te respeto como hermano de batalla, Lowenhertz, y respeto tu erudición; pero creo que estás pensando demasiado.

–Bien dicho, Jagbald, viejo amigo -dijo Gruber con una sonrisa-. Lowenhertz, tú sabes que tu amigo extranjero intentaba ayudarme a mí, no a ti. Fui yo quien se lo preguntó: un soldado ignorante, no un hombre erudito como tú. ¿No habría formulado su mensaje de una forma que yo pudiera entenderlo? ¿Y acaso dudas de sus poderes para saber con antelación que nosotros…, yo…, estaría en el lugar correcto para entender ese mensaje?

Lowenhertz era una sombra silenciosa en la creciente oscuridad.

–Al norte de siete campanas, dijo -prosiguió Gruber-. ¿Puede hacernos algún daño comprobar eso? ¿Puede hacernos algún daño creer que su visión va por delante de la nuestra? ¿No fue por eso que me llevaste a verlo, para empezar? ¿Y por lo que me hiciste quitar las malditas botas y beber asqueroso alquitrán?

Lowenhertz suspiró y asintió con la cabeza, y luego se volvió y avanzó colina arriba, en dirección norte, rumbo a la fina aguja de la torre del reloj de Milliner.

Durante casi una hora, exploraron las calles y callejones que rodeaban la torre de Milliner. Cuando los relojes volvieron a tañir, caía una verdadera oscuridad sobre la roca Fauschlag. Las nubes de calor del anochecer se habían disipado. La oscura bóveda celeste era de color negro purpúreo y carecía de estrellas.

De modo repentino, Von Volk cogió a Aric por una manga y señaló hacia arriba.

–Busca humo perdido, Lobo. ¿No decía eso el condenado enigma?

Aric asintió con un movimiento de cabeza y alzó la mirada hacia donde señalaba el capitán de los Caballeros Pantera. Sobre la calle, el aire de la noche se veía enturbiado por humo de chimenea procedente de las casas y tabernas que los rodeaban. El humo era casi invisible, pero se rizaba en la fría solidez de la noche, y la desdibujaba.

–En ese caso, ¿de dónde sale eso? -preguntó Von Volk.

Aric miró y se dio cuenta de que los ojos del capitán eran agudos. Parecía que la columna de débil niebla no tenía punto de origen; no había ninguna chimenea que la emitiera. Simplemente, ascendía desde un espacio situado entre amontonados tejados a dos aguas, fantasmal y lenta.

–¡Ar-Ulric sella mis labios! -comenzó Aric, y se volvió a mirar a Von Volk con ferocidad.

–¿Humo perdido? -preguntó el Caballero Pantera con sonrisa de predador.

Aric llamó a los demás para que se reunieran con ellos y, juntos, bajaron por Chute Lane hacia el complejo apiñamiento de viejos edificios de viviendas desde el que ascendía el humo.

–¡Dioses! -exclamó Einholt-. ¿Dónde se origina?

–En ninguna parte… -murmuró Machan en tono peligroso y con la mano dentro de la capa para aferrar la empuñadura de la espada.

Gruber los detuvo a todos con un gesto de una mano. Avanzaban con precaución por un callejón oscuro, en el que tenían que inclinarse debido a la forma en que los edificios se ladeaban hacia afuera para formar un túnel de ladrillos hollinientos y desplazados de su posición original. El callejón estaba lleno de basura, lodo y un hilo de agua. Las ratas chillaban y corrían en torno a sus pies. Einholt, Hadrick y Von Volk llenaron lámparas de mano con el aceite que llevaban en una botella, y las encendieron todas con la misma cerilla; luego, sostuvieron las lámparas de cerámica por encima de las cabezas inclinadas y abrieron la marcha.

A quince metros más abajo del callejón que describía una suave curva, en unas profundidades que nadie que no fuese una rata había explorado en años, la vieron.

–¡Que Ulric me condene! -dijo Gruber, casi sin voz.

Era una puerta más baja que un hombre, más bien una trampilla situada en la pared de ladrillos del callejón-túnel. Estaba hecha de madera y parecía sólida; era negra como la brea.

–¡Busca la puerta negra! -añadió Gruber.

–El humo perdido, al norte de las siete campanas… -agregó Aric.

Lowenhertz sacó su martillo de guerra de debajo de la capa y hundió la puerta, que quedó colgando de las bisagras. La oscuridad los atrajo.

* * * * *

En el interior, una estrecha escalera descendía por debajo del nivel de la calle. Tuvieron que agacharse y acuclillarse, y se dieron golpes en la cabeza y los codos contra las paredes de la escalera.

–¿Hecha por enanos? -se preguntó Aric en voz alta.

–Tan antigua como la propia Fauschlag -asintió Einholt con tono ominoso.

Por lo poco que podían ver del entorno a la oscilante luz de las lámparas, los escalones habían sido tallados en la roca y giraban suavemente hacia la derecha. Las paredes estaban hechas de bloques de piedra travertina hasta donde llegaban los viejos cimientos de los edificios que se encumbraban sobre el callejón, y luego se transformaban en pulida piedra tallada. Habían descendido al menos diez metros. Von Volk, que abría la marcha con su lámpara, tocó la pared de roca y las puntas de sus dedos quedaron manchadas de algo negro y pegajoso.

–Calafateada con brea, como la puerta; como la quilla de un barco.

–Y está fresca -murmuró Lowenhertz, que también tocó la pared-. Este lugar está bien cuidado y mantenido.

–Pero ¿por qué brea? -preguntó Machan-. ¿Para mantener fuera la humedad?

–¿O para mantener algo dentro? -concluyó Lowenhertz.

Los escalones acabaron y se encontraron en un túnel subterráneo lo bastante alto como para permitirles erguirse, aunque tan estrecho que sólo podían avanzar en fila india.

–¿Hacia dónde? -preguntó Hadrick.

–Hacia el norte -replicó Gruber con tremenda y espantosa certeza.