Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Ganz estaba a punto de hablar cuando Aric se adelantó y arrojó su bolsa sobre el escritorio. Bleyden la miró como si fuera un excremento de pájaro.

–Mis monedas. Cincuenta y ocho coronas. Cuéntalas. Eso, junto con el dinero de mi comandante, cubre la deuda de Anspach…, con intereses.

Bleyden se chupó los dientes.

–Como ya he dicho, estoy impresionado por la fraternal lealtad de los Caballeros del Lobo Blanco. Preguntad.

Anspach se aclaró la garganta.

–¿Ha pasado algo… de singular valor al mercado clandestino esta mañana? ¿Algo que podría tener un precio imponente?

Bleyden se dio unos golpecitos en los dientes con la punta de los dedos enguantados.

–¿Los Lobos habéis perdido algo?

–¡Responde! -siseó Ganz.

–No, nada. Por mi honor, si lo valoras en algo.

Se produjo un largo silencio. ¡A cambio de tantos esfuerzos, nada! Aric tenía ganas de golpear al sonriente hombre del tamaño de un niño. Sin duda, sabía cómo manejar a los tontos para obtener ganancias adicionales.

–¡Dejadme salir de aquí! -gritó Ganz, y dio media vuelta para marcharse.

Kled se apartó a un lado de la puerta y le hizo una reverencia, de la que habría estado orgulloso cualquier chambelán del palacio del Graf para que pasara primero..

–No te marches enfadado, comandante Ganz -dijo Bleyden, de repente-. Soy un empresario malicioso y conspirador, pero sigo siendo un empresario. Comprendo los mecanismos de mi oficio y sé cuándo un cliente debe sentir que ha obtenido una buena mercancía a cambio de su dinero. Ahora, escúchame…

Ganz se volvió.

–No sé qué habéis perdido los Lobos, y no me importa.

Si llega a mis manos, obtendré por ello el mejor precio, y vosotros tendréis la primera opción de compra. Cuanto puedo ofreceros de momento es lo siguiente: no sois los únicos.

–¿Qué quieres decir?

–Anoche, muchas nobles organizaciones de la ciudad fueron privadas de sus objetos de valor. No sois los primeros que han venido hoy a hacerme preguntas, y tampoco seréis los últimos, os lo aseguro. Todos conocen la habilidad de Bleyden para disponer de objetos valiosos. También corren rumores por la calle.

–¿Y? -preguntó Anspach.

–Por lo que vale vuestro dinero, si os ayuda. La pasada noche, en la sede del gremio de Comerciantes robaron la balanza de oro estampado, el símbolo de la corporación. Anoche, algo de gran valor simbólico fue robado de la capilla de los Caballeros Pantera. Anoche desapareció la taza ceremonial de ruegos de la milicia de la ciudad. La pasada noche, el alambique de Crucifal fue robado del armario cerrado con llave que hay en la cancillería del Gremio de Alquimistas. Anoche, al templo de Shallya le robaron el Velo Irrecusable. ¿La escena queda clara para vosotros? ¿Vale el dinero que me habéis pagado? Son las cosas de las que tengo conocimiento, pero podéis apostar a que hay más. Anoche, alguien robó de manera sistemática los iconos más sagrados de todas las grandes instituciones de esta ciudad.

Ganz profirió un enorme suspiro. Las cosas estaban peor de lo que él había temido.

–No sé qué está sucediendo en Middenheim -dijo Bleyden-. Esto no es una ola de crímenes, sino una conspiración.

Ganz les hizo un gesto a los otros para que lo siguieran, se detuvo en la puerta y se volvió.

–Gracias, Bleyden, valga lo que valga para ti mi agradecimiento.

–Es de un valor inconmensurable, comandante Ganz. Y te pido un favor.

–¿Cuál? -preguntó Ganz tras una pausa.

–Cuando descubras qué está pasando, dímelo. Francamente, es todo bastante preocupante.

Salieron de El Burro Lento por la puerta trasera y se detuvieron en un callejón en sombras mientras Morgenstern orinaba contra una pared.

–Dijiste una cerveza -señaló Drakken.

–Lo limitamos a tres: da gracias por eso -comentó Einholt con voz cansada.

–¡Y sin embargo tenemos algo! -declaró Morgenstern con tono triunfante mientras se componía las ropas-. ¡Ya os dije que en esta ciudad no sucede nada sin que se enteren los taberneros antes que nadie!

Drakken frunció el entrecejo y le lanzó una mirada a Einholt. ¿Acaso él había estado en otra taberna, escuchando una conversación diferente?

–¿Qué tenemos? -preguntó Einholt.

–¿No has visto lo triste y aburrido que estaba el ambiente ahí dentro? ¿No viste qué faltaba?

–No soy tan experto como tú en los detalles de las tabernas de Middenheim -respondió Einholt con acritud.

–Supon que no lo hemos advertido y dínoslo antes de que muramos de viejos -añadió Drakken.

–¡La Copa de la Alegría! ¡¡La Copa de la Alegría!! ¡Era obvio!

Los otros dos le lanzaron interrogativas miradas de incomprensión.

Como si estuviera explicándoselo pacientemente a unos bebés, Morgenstern comenzó.

–La Copa de la Alegría es el icono del Gremio de Restauradores. Cada año compiten por ella, y la taberna ganadora lo coloca en un lugar destacado por encima de la barra; es el sello que señala a la mejor cervecería de la ciudad. La taberna de El Burro Lento la ganó durante el último Mitterfruhl y ¿dónde estaba? ¡Aja! ¿Debajo de la tela drapeada que tapaba el nicho situado encima de la barra? ¡No lo creo! ¡También ha desaparecido!

–Déjame poner las cosas claras -dijo Einholt-. ¿Estás sugiriendo que comparemos la pérdida de las Mandíbulas del Lobo con el robo de un cáliz abollado que es caro a los taberneros?

–Todos tenemos nuestros propios tesoros -respondió Morgenstern.

Probablemente, iba a continuar con la explicación cuando cuatro largas sombras pasaron sobre ellos.

Eran los cuatro hombres de la fuente. Se les aproximaban desde ambos lados del callejón, dos por cada extremo, con miradas fijas y expresiones severas.

–Es hora de divertirse un poco -observó Morgenstern. y cargó contra ellos.

Su enorme corpachón derribó al par que avanzaba desde el oeste; uno salió despedido hacia un lado y cayó en un charco de orina estancada de caballo, y el segundo se estrelló contra la pared. Los otros dos se abalanzaron sobre Drakken y Einholt al cabo de un segundo.

Drakken se agachó y lanzó un golpe bajo, le propinó un puñetazo en las costillas a su agresor y, luego, lo lanzó por encima de su cabeza, aprovechando el propio impulso del hombre. Einholt se trabó en lucha cuerpo a cuerpo con su atacante; se golpearon, forcejearon y derribaron cajones de botellas vacías y basura.

Morgenstern estaba ocupado golpeando la cabeza de su atacante contra la pared mohosa del callejón. Parecía decidido a encontrar un espacio entre los ladrillos en el que pudiera encajarla. El otro agresor volvía a estar de pie, y un destello de acero brilló en sus manos.

Drakken profirió un grito. Tras agacharse para esquivar el nuevo ataque del hombre al que había hecho volar por los aires, evitó uno, dos, tres puñetazos antes de propinarle un golpe que dejó al tipo tendido sobre los adoquines y con la mandíbula colgando. Einholt se libró de la presa de su oponente con un rodillazo en la zona más delicada, y lo derribó al suelo con un golpe de su mano abierta. Las pataleantes piernas del hombre giraron, golpearon las piernas de Einholt y lo hicieron caer. Los dos rodaron por la mugre y el fango, arañándose y mordiéndose.

Drakken corrió callejón abajo, pasó junto a Morgenstern y su víctima desfallecida, y se enfrentó con el hombre del cuchillo. Extendió un brazo por debajo, le aferró la muñeca y arrastró al hombre contra la pared. Un golpe de la muñeca, dos, y al final el cuchillo salió volando.

Al otro extremo del callejón, Einholt pudo, al fin, con su oponente, al que dejó remojándose en la cuneta de desagüe.

Drakken estaba trabado en furiosa lucha con el último y tenía las manos alrededor de la garganta. De pronto, Morgenstern se inclinó sobre ellos, con el cuchillo caído sujeto por la hoja.

–¡Drakken! ¡Muchacho! ¿Ves esta empuñadura? ¿Ves estas marcas? Estos hombres son Caballeros Pantera. Creo que deberíamos hablar con ellos, ¿no te parece?

* * * * *

Un anochecer caluroso y bochornoso flotaba sobre la ciudad, y hoscos restos de luz crepuscular se filtraban por las ventanas y arcadas de las barracas de los templarios. En el largo comedor caluroso y sofocante, en torno a las oscilantes luces de vela, se encontraban sentados los integrantes de la Compañía Blanca ataviados con sus variopintas prendas, en compañía de otros cuatro: los personajes bastante vapuleados con los que se había encontrado el grupo de Morgenstern. Ganz se inclinó hacia el rostro del jefe de los cuatro, que estaba dándose delicados toques en el labio ensangrentado con una tela doblada.

–Cuándo estés dispuesto, Von Volk de los Caballeros Pantera.

–Estoy dispuesto, Ganz de los Lobos.

El hombre alzó la mirada hacia él. La última ocasión en que habían intercambiado miradas tan ceñudas, se encontraban ambos a caballo ante las puertas de Linz, y era primavera.

Von Volk se dio unos toques más en el labio hinchado y le lanzó una mirada colérica a Morgenstern, que le respondió con una ancha sonrisa.

–Anoche, con el toque de completas, el santuario de regimiento de los Caballeros Pantera, situado en el palacio, fue objeto de un robo.

–¿Qué se llevaron? -preguntó Ganz.

–¿Importa eso? Habíamos salido a recuperar lo perdido cuando nos encontramos con un grupo de picaros que hacían preguntas y buscaban información. Nos…, nos pareció que sabían algo acerca de lo que nos habían robado, así que los seguimos y los interceptamos.

–¡Ah, así que era eso! ¡Interceptación! -Morgenstern rió entre dientes-. ¡Y yo que pensaba que era una soberana paliza!

Dos de los Caballeros Pantera se pusieron en pie de un salto, con los ojos llameantes y los puños cerrados; pero Ganz los hizo sentar con un grito.

Miró a Von Volk durante un minuto más, y luego se sentó en el banco junto a él, mientras ambos se miraban a los ojos.

–Capitán, también nos han robado a nosotros, y hasta donde puedo estar seguro, lo mismo les ha sucedido a todas las grandes instituciones de la ciudad.

Von Volk pareció sorprendido ante la sinceridad de Ganz, y apartó los ojos con aire pensativo.

–¿Es una conspiración, entonces? -murmuró.

–Y una sobre la que tenemos una pista -dijo Gruber al mismo tiempo que avanzaba un paso.

Ganz y Von Volk se volvieron a mirarlo.

–Bueno, no es una gran pista -se vio forzado a admitir Gruber cuando se clavaron en él las miradas severas de sus camaradas-. Pero es una pista, de todas formas…

* * * * *