Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Gruber sintió que se le hacía un nudo en el estómago, y se inclinó para captar todas las suaves y ondulantes palabras.

–Las Mandíbulas del Lobo, preciosas mandíbulas, hueso brillante. Son preciosas y han sido robadas.

–¿Por quién? ¿Con qué propósito? -preguntó Lowenhertz.

–Por la Oscuridad, Corazón de León. La inmunda Oscuridad. No pueden ser recuperadas. ¡Eh! ¡He visto aflicción en esta ciudad-roca! ¡Dolor! ¡Pestilencia! ¡Eh! ¡He visto desdicha, llanto y lamentaciones!

–¿No pueden ser recuperadas? -De pronto, la voz de Lowenhertz pareció frágil-. ¿Por qué no, maestro? ¿Qué es esa Oscuridad de la que hablas?

–Noche. Pero no una noche de las estrellas en las que se puede leer y aprender de ellas. Una noche sin estrellas. ¡Será entonces cuando las Mandíbulas del Lobo arrancarán de una dentellada el corazón vivo de la ciudad-roca de Middenheim! ¡Eh!

Gruber alzó la mirada. Lowenhertz parecía a punto de marcharse, como si ya hubiese oído bastante.

–¿Qué podemos hacer? -preguntó Gruber sin rodeos.

–Ya está -intervino Lowenhertz-. El maestro Al-Azir ha dicho lo que sabe. ¡Debemos marcharnos!

–¡Yo no voy a ir a ninguna parte! -le espetó Gruber al mismo tiempo que se sacudía de encima la mano de Lowenhertz-. ¡Maestro Al-Azir, si sabes tanto, tienes que saber más! ¡Te lo suplico, dínoslo! ¿Qué podemos hacer?

–¡Basta, Gruber!

–¡No! ¡Siéntate, Lowenhertz! ¡Ahora!

Al-Azir hizo con las manos suaves movimientos para pedir silencio, y Lowenhertz volvió a sentarse.

–Es como ya he dicho. No se las puede recuperar. Para vosotros, están perdidas para siempre.

Gruber se inclinó por encima de la mesa para encararse con Al-Azir.

–Perdóname, señor. Soy un Lobo Blanco, de la Compañía Blanca, amada de Ulric. Sé cuándo una batalla está perdida y cuándo está ganada, pero a pesar de eso continúo adelante. ¡Puede ser que las Mandíbulas del Lobo estén más allá de toda posibilidad de ser recuperadas, pero yo continuaré luchando…, luchando, digo! ¡Un Lobo lucha hasta la muerte, aunque la batalla esté perdida! Así que al menos dime esto: ¿ante qué enemigo estoy perdiendo la batalla? ¿Cuáles son sus señas?

El gigantesco servidor salió de detrás de las cortinas de red y se situó junto a su amo. Su espada era biselada, curva y casi tan alta como Gruber.

El templario no retrocedió. Tenía una mano sobre la empuñadura de la daga que llevaba a la cintura y la nariz pegada al rostro del diminuto anciano alquimista.

–¡Dímelo! ¡Puede ser que en tu opinión no me haga ningún bien saberlo, pero dímelo de todas formas!

Al-Azir hizo un gesto con una mano, y el servidor desapareció con su espada.

–Gruber del Lobo, te compadezco, pero admiro tu valentía. ¡Eh! Aunque perderás lo que te es más caro. Busca la Puerta Negra. Busca al norte de siete campanas. Busca humo perdido.

Gruber se enderezó, sentado sobre el cojín. Estaba atónito.

–Que busque…

–Ya lo has oído -dijo Lowenhertz desde la puerta.

Gruber alzó la mirada hacia los ojos de Al-Azir, que se fijaron en él por primera vez. El templario del Lobo quedó asombrado ante la claridad y humor de los ojos marrones que lo contemplaban bajo los párpados cetrinos.

Sin pensarlo, cogió la taza y la vació. Luego, tendió una mano y estrechó la que Al-Azir le ofrecía.

–Si me has ayudado, te doy las gracias -dijo.

Al-Azir sonrió. Era una sonrisa genuina.

–No puedes ganar, Gruber; pero pierde bien. ¡Eh! Ha sido interesante hablar contigo.

Una vez en el patio, Gruber sonreía mientras se ponía las botas.

–¿Qué creías que estabas haciendo ahí dentro? -le gruñó Lowenhertz-. ¡Existen formas, costumbres, protocolos!

–¡Ah, cállate! Le he gustado…, Corazón de León.

–Pensé que ibas a atacarlo.

–Yo también lo pensé -respondió Gruber, alegremente, mientras abría la marcha hacia la salida-. Pero ¿sabes una cosa? Creo que a él le gusto más que tú. Has estado demasiado tiempo dando vueltas con tus «sí, maestro», «no, maestro» y «aquí estoy yo, un Lobo ignorante», y a mí me dijo las cosas con claridad.

–Tal vez…, pero ¿qué has sacado en claro?

–Una pista, Lowenhertz, ¿o no estabas escuchando? Tenemos una pista.

–Pero ha dicho que perderíamos cualquier…

–¿Y a quién le importa? ¡Vamos!

* * * * *

Bleyden era un hombre menudo y ligero de peso, un poco más alto que el enano Kled, pero flaco como un alambre. Vestía un inmaculado jubón de seda y curiosos guantes de cuero negro. Se encontraba sentado en un trono tapizado, que estaba colocado sobre cajas para conferirle una altura imponente. Aric pensó que eso sólo atraía la atención sobre su estatura diminuta, y no pudo evitar una sonrisa al ver que el escritorio de Bleyden también estaba colocado sobre cajas para que quedara a una altura cómoda respecto a la silla que hacía las veces de trono.

El hombrecillo aceptó la bolsa de monedas que le tendió Ganz. Aric vio hielo en los ojos del comandante al entregar la bolsa. «Podría matar a Anspach por esto», decidió.

Bleyden aflojó el cordón que cerraba la bolsa, se asomó al interior como haría un niño con una bolsa de caramelos y una expresión de deleite pasó por su rostro. «Debe tener unos ochenta años, a juzgar por su ralo cabello plateado y tirante piel cerosa -pensó Aric-, y no es más grande que un mozo de caballerizas de las barracas del Lobo. ¿Y este hombre es el Bajo Rey que controla los sindicatos del crimen de la zona oriental de la ciudad?»

Bleyden comenzó a contar las monedas de la bolsa sobre la superficie del escritorio. Sus diestros dedos enguantados formaron perfectas hileras de pilas de diez monedas cada una, todas meticulosamente alineadas y rectas. Tardó tres minutos en concluir, tres minutos en los que sólo se oyó el sonido de Kled al masticar lo que le quedaba de salchicha, y el ruido que hacía al tallar la madera del viejo marco de la puerta con un gran cuchillo herrumbroso, que sacó de pronto.

–Cuarenta y siete coronas -declaró Bleyden con una ancha sonrisa al mismo tiempo que alzaba la mirada de las pilas de monedas y le devolvía a Ganz la bolsa vacía y doblada.

El comandante la aceptó sin pronunciar palabra.

–Un primer pago de mi deuda. Confío en que sea satisfactorio -dijo Anspach.

–Muy satisfactorio -replicó el hombrecillo.

Sacó un libro encuadernado en rojo de un estante situado debajo del escritorio, lo abrió con cuidado e hizo una marca en tinta con su pluma. Luego, volvió a levantar los ojos.

–Estoy impresionado por la lealtad fraternal de los Caballeros del Lobo Blanco -dijo con una voz empalagosamente dulce-. ¡Pagar las deudas de un colega!

–Los Lobos nos mantenemos unidos -replicó Ganz sin el más ligero rastro de ironía o emoción.

«Nos mantendremos unidos, en efecto -pensó Aric-, y esta noche observaremos cómo Ganz golpea a Anspach hasta matarlo en la parte trasera de los establos.» Una sonrisa luchaba por abrirse paso hasta los labios de Aric, así que se mordió la mejilla con fuerza.

–¿Deseabais algo más? -preguntó Bleyden-. Tengo trabajo, y el local está cerrado, como no dudo que os ha informado Kled.

–Información -intervino Ganz. La palabra salió de sus labios dura y sólida, como una esquirla de la roca Fauschlag-. Anspach me ha dicho que sabes cosas acerca de la circulación de… mercancías dentro de la ciudad.

–¿Ah, sí? -preguntó Bleyden al mismo tiempo que miraba a Anspach con las cejas alzadas-. Me sorprendes, Anspach. Ya sabes lo que les pasa a las lenguas sueltas.

–Se caen -dijo Kled con tono ominoso detrás de ellos.

Bleyden rió entre dientes.

–¿Cómo te llamas, amigo de Anspach?

–Ganz.

–¡El comandante de la Compañía Blanca! ¡Vaya, me siento honrado! -Bleyden volvió a reír entre dientes-. No tenía ni idea de que estaba en presencia de tanta grandeza. El comandante Ganz…, vaya, vaya, vaya. Un extraño para mi establecimiento. ¿Y eso por qué?

–A diferencia de Anspach, no siento ninguna necesidad de correr riesgos ni contemplar la muerte cuando estoy fuera de servicio. Mi vida laboral está ampliamente llena de tales actividades.

–Y el hecho de que te encuentres ante mí con vida supone que la muerte de la que hablas es la que causas tú. Vaya, vaya, comandante Ganz. Eso está más cerca de ser una amenaza que cualquier cosa que haya oído en años.

–Deberías salir más -replicó Ganz.

«¡Grandioso Ulric, lo está provocando!», pensó Aric. De repente se preguntó dónde estarían el enano y su cuchillo herrumbroso. Aún detrás de ellos. ¿Debería arriesgarse a posar una mano sobre el puño de la daga que llevaba en el cinturón, o eso le daría a Kled la excusa que necesitaba? Aric tragó. «Cuidado, comandante», pensó con toda su alma.

–La información tiene un precio, comandante -dijo Bleyden, que continuaba sonriendo-. Lo único que has hecho ha sido reducir la deuda de Anspach. Hasta el momento no he visto nada que me sugiera que debo darte información de manera voluntaria.

–¿Y qué lo lograría? -quiso saber Ganz.

–Si saldaras completamente la deuda de Anspach, tal vez me inclinaría a considerarlo; que la saldaras con intereses.

–Pero si te he dado todo mi…

Bleyden frunció los labios y sacudió su cabecita.

–Las monedas son monedas. Si te has quedado sin ellas, tienes otras formas de pagar. ¿Un favor, tal vez? Valoraría enormemente tener la posibilidad de recurrir a un comandante de una compañía templaría cuando lo necesite. Considéralo como un anticipo de confianza.

Aric pudo ver que los hombros de Ganz se tensaban. Anspach parecía preocupado porque, como Aric sabía, lo último que había pretendido era que su comandante se ensuciara las manos haciéndole una promesa de honor a una bestia como Bleyden. Las cosas no iban bien.

Pero también estaba el honor del templo, el de los Lobos en su totalidad. De repente, Aric comprendió en lo más profundo de si que Ganz estaría dispuesto a aceptar la oferta, a corromperse y comprometer su honor con aquella escoria si era necesario.