Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Se reunieron en la calle como hombres desconocidos los unos para los otros, y estuvieron varios minutos sin hablar bajo el calor abrasador del sol de Mittherbst, que iba en aumento. El aire resultaba transparente y fresco, y el cielo era de pintura de porcelana azul.

Finalmente, apareció Ganz, casi irreconocible con un jubón de estameña y una casaca de lana con capucha. No dijo nada porque no eran necesarias palabras; al menos, no muchas. Gruber, Anspach y Morgenstern habían convencido a Ganz de cuál era la línea de acción más correcta, y se había dividido el trabajo que debían realizar. Al salir, Ganz hizo un gesto de asentimiento, que fue correspondido por todos sus hombres, y la partida se separó en grupos más pequeños, que se alejaron unos de otros camino de diferentes barrios de la antigua ciudad.

* * * * *

–Dejadme hablar a mí -les dijo Anspach a Ganz y Aric cuando se acercaron a las puertas del lado sur de la plaza de Fieras, situada en el Weg Oeste.

Por la noche, en las ocasiones en que Aric pasaba por allí, aquel edificio con forma de tambor le parecía la boca del infierno, con sus flameantes braseros, su atronadora música de viento y tambores, los pataleos, los vítores y los rugidos de la muchedumbre y los animales.

Durante el día, bajo la implacable luz brillante del verano, era un lugar mísero, descascarillado, gastado, sucio y manchado por toda clase de sustancias malsanas. Carteles pequeños ondeaban y se rasgaban a lo largo de las paredes de piedra travertina, entre frases pintadas por ciudadanos que no estaban sobrios o eran casi analfabetos. Los braseros metálicos ennegrecidos se veían apagados. Dos hombres barrían la entrada, empujando toda clase de basura pisoteada por los escalones hacia la cuneta. Otro bombeaba agua de la fuente de la calle en una serie de cubos. Todos parecían de malhumor y despiertos sólo a medias.

–Habría sido mejor venir esta noche -siseó Anspach-, cuando estuviera abierto. Entonces, la actividad habría encubierto nuestras…

–No hay tiempo -le contestó Ganz-. ¡Y si tanto quieres encargarte de hablar, hazlo con alguien que no sea yo!

Entraron pasando a través de las sombras repentinamente gélidas de la puerta, hasta el anillo de altos bordes, donde hileras de galerías de madera dominaban un profundo foso de piedra, en cuyo fondo había arena sucia y unos cuantos postes bien enterrados en el suelo y provistos de puntos de sujeción. Puertas de reja situadas en la pared a nivel de la arena daban paso a los sórdidos sótanos que había debajo de las gradas. Dentro del foso, un hombre esparcía arena sobre manchas de color marrón oscuro. El aire olía a una mezcla de sudor y humo; era un olor abrumador.

–Está cerrado -dijo una voz brusca desde la izquierda, y el trío se volvió.

Un fornido enano, desnudo de cintura para arriba y tremendamente musculoso, se inclinó hacia adelante y bajó del taburete en que había estado sentado masticando pan y salchicha.

–¿Dónde está Bleyden? -preguntó Anspach.

–Está cerrado -repitió el enano, separando bien las palabras.

Después, le dio un mordisco inverosímilmente grande a la salchicha y masticó mientras mantenía los ojos fijos en ellos.

–Kled -dijo Anspach, a la vez que ladeaba la cabeza y se encogía de hombros para tranquilizarlo-. Kled, tú sabes quién soy yo.

–Yo no sé nada.

–Sabes que está cerrado -lo corrigió Anspach.

El enano frunció el entrecejo. Se llevó la salchicha a la boca para morderla; luego, se acercó el pan, y después otra vez la salchicha. Se mostraba indeciso. Sus ojos no se apartaban de Anspach ni un segundo,

–¿Qué quieres? -preguntó-. Está cerrado -añadió por si alguien no lo había oído y para demostrar que con esa pregunta estaba haciendo una gran excepción.

–Ya sabes que he tenido una racha de… mala suerte. Bleyden ha sido lo bastante amable como para abrirme un crédito, pero insistió en que le hiciera algún pago provisional tan pronto como pudiera. Bueno, ¡pues aquí estoy! -dijo Anspach, que le dedicó una amplia sonrisa.

El enano Kled pensó durante un momento más, mientras las mejillas y los labios se abultaban de modo desagradable al limpiarse con la lengua los trozos de carne adheridos a los lados de las encías. Luego, con el extremo mordido de la salchicha, le hizo una señal para que lo siguiera.

Anspach inclinó la cabeza hacia Ganz y Aric para que lo acompañaran. Ganz tenía una mirada feroz, y su rostro estaba tan tenebroso como Mondstille.

–Espero que tengáis dinero los dos -dijo Anspach en voz baja.

–Si esto es alguna trampa para hacer que te pague las deudas de juego… -comenzó Ganz, que se atragantó con las palabras.

Estaban pasando por una serie de habitaciones de madera hediondas y mal ventiladas, situadas debajo de las gradas. Cajas de trastos flanqueaban las paredes, y había hileras de botellas vacías, cubos y alguna podadera. El enano avanzaba en cabeza con paso pesado y atravesaba limpiamente cada puerta baja, mientras que los templarios tenían que inclinarse.

–Bleyden es dueño de este sitio y de otros cuatro como éste -dijo Anspach-. Controla a todas las muchachas de Altmarkt, y tiene muchos otros tratos… comerciales. Digamos que sabe muchas cosas sobre la suerte corrida por las mercancías hurtadas. Pero no hablará con nosotros a menos que tenga una buena razón para hacerlo, y mis noventa coronas impagadas son una razón muy buena.

–¡¿Noventa?! -gritó Ganz, y la palabra casi se convirtió en un chillido cuando se agachaban para pasar por debajo de otra puerta baja.

–Mi querido Anspach -dijo una voz suave desde la humosa penumbra que tenían delante-. ¡Qué sorpresa tan encantadora!

* * * * *

–Mira ahí -susurró Morgenstern por debajo de la ridícula ala blanda del sombrero-. ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡No con tanto descaro, muchacho!

Drakken desvió la mirada para posarla sobre algo que estaba en el suelo, junto a los pies de Einholt.

–¿Los ves? ¿Junto a la fuente, fingiendo que no miran? -continuó Morgenstern al mismo tiempo que miraba atentamente en la dirección opuesta.

–No… -comenzó Drakken.

–Yo, sí -dijo Einholt.

Jagbald Einholt era el hombre callado de la compañía. Alto, ancho y calvo, tenía una barba desigual, y una larga cicatriz le recorría un ojo, una mejilla y la garganta. Con su ojo lechoso, a menudo resultaba difícil saber hacia dónde miraba. En ese momento, con un estilo tan experto como el de Morgenstern, estaba evaluando a los observadores que se encontraban junto a la fuente mientras aparentaba mirar el gallo de la veleta del edificio de los abaceros.

–Boxeadores corpulentos. Cuatro de ellos. Han estado siguiéndonos desde La Dama Presumida.

Morgenstern se desperezó como si no tuviese ni una sola preocupación en el mundo.

Drakken echó una rodilla en tierra para ajustarse una correa de las botas y les echó una buena mirada desde detrás de la voluminosa capa de Morgenstern.

–Estuvisteis haciendo muchas preguntas -le susurró a Morgenstern al mismo tiempo que se erguía-. Ya hemos estado en cinco tabernas, y en todas ellas le planteasteis vagas cuestiones al mozo de la barra acerca de algo perdido.

–Hemos captado el interés de alguien, no cabe duda -reflexionó Einholt.

–Dejemos que sean ellos quienes hagan el primer movimiento -decidió Morgenstern mientras echaba a andar-. Ahora probaremos en El Burro Lento. Ya es más de mediodía, y podremos tomar una cerveza.

–Esto no es una excusa para arrastrarse de taberna en taberna -dijo Drakken.

Morgenstern adoptó una expresión herida.

–Mi muchacho, estoy tomándome esto muy en serio. ¿En qué otra mañana habría pasado yo por cinco tabernas antes de mediodía sin haber bebido una sola jarra?

Se encaminaron al oeste por el ondulante empedrado del pasaje de los Escribanos, donde tuvieron que esquivar los abarrotados carros que subían desde los mercados. Cien metros más atrás, los cuatro hombres se apartaron de la fuente y los siguieron.

* * * * *

El Gremio de Apotecarios, situado en Ostwald Hill, tenía una palidez pestífera, amarillenta. Se trataba de un edificio muy viejo y venerable hecho a medias con madera; estando ésta semipodrida, la construcción se combaba como si estuviese envenenada. Gruber y Lowenhertz entraron en el aire estancado de la sala de audiencias a través de una arcada descuidada, y recorrieron con la mirada las muchas fachadas de vidrio coloreado de los talleres y apothecum.

–¿Conoces este lugar? -preguntó Gruber con la nariz fruncida.

El aire era seco y olía a oxidado.

–Vengo aquí de vez en cuando -replicó Lowenhertz, como si tales visitas fuesen tan naturales para un soldado como las que podía hacer a los armeros.

La respuesta hizo sonreír a Gruber, y una fina línea dividió su viejo rostro arrugado. El alto y severamente apuesto Lowenhertz había sido un enigma desde que fue trasladado a la Compañía Blanca en primavera. Habían necesitado un tiempo para confiar en él a pesar de su abrumador intelecto y ampliamente extraña sabiduría. Pero había demostrado que era leal, y había demostrado también lo que valía en el campo de batalla. Entonces ya consideraban con amable buen humor sus modales raros y educados, y nadie de la compañía negaba que era valioso. Resultaba un hombre con la suficiente cultura como para tratar cómodamente un millar de temas y, a pesar de eso, luchar como un lobo dominante cuando las cosas se ponían feas.

–Quédate aquí un momento -dijo Lowenhertz, y se alejó hacia los más oscuros confines del lugar, pasando por debajo del estandarte manchado y alarmantemente chamuscado del gremio.