Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Anspach asintió con un movimiento de cabeza y sacó una botella de debajo de la piel de lobo.

–¿Algo para refrescarte? -sugirió.

Aric dudó y, luego, aceptó la oferta.

–Sabe bien -comentó con tono apreciativo.

Le devolvió la botella y dio media vuelta. En ese momento, la punta de uno de sus pies chocó con algo que estaba sobre el piso y que resbaló por las losas. Tras buscarlo, Aric lo recogió. Era un candado.

–¿Cuánto hace que esto está tirado ahí?

Anspach, que avanzaba hacia él, se encogió de hombros.

–No tengo ni idea…

Entonces, ambos se volvieron para mirar hacia la verja de la capilla de trofeos, cuya puerta estaba entornada.

–¡Ay, no! ¡Ay, que Ulric me maldiga! -exclamó Anspach al mismo tiempo que avanzaba de un salto, con Aric detrás.

Empujaron la puerta hasta abrirla del todo e irrumpieron en la capilla. Aric sostuvo una lámpara en alto, y las mariposas nocturnas se pusieron a revolotear a su alrededor antes de estrellarse contra el cristal.

El plinto situado en un rincón del santuario, debajo de la gran piel de lobo, estaba vacío. Las Mandíbulas del Lobo. una reliquia incrustada en plata hecha con los colmillos de un gran lobo del bosque en tiempos antiguos, el más grande de los tesoros del templo, había desaparecido. Aric y Anspach retrocedieron con horror.

–Tengo problemas -jadeó Anspach.

–¿Tú tienes problemas? Anspach, todos tenemos problemas.

* * * * *

Maitines. Llegó el alba, calurosa, candente, intensa. En un anexo privado de las profundidades del templo, caluroso como un horno, Ganz escuchaba atentamente a Ar-Ulric, el sumo sacerdote. De vez en cuando murmuraba: «Sí, sumo sacerdote», o «No, sumo sacerdote» u, «Obviamente, sumo sacerdote».

–¡Las Mandíbulas del Lobo! -estaba diciendo el sumo sacerdote con aliento que se agotaba en el aire caliente-. ¡De todas las reliquias, la más preciada!

–Sí, sumo sacerdote -dijo Ganz, servicial.

–Debe ser devuelta al templo.

–Obviamente, sumo sacerdote.

Las moscas y los escarabajos golpeteaban contra las rejillas de las ventanas.

–Si admitiéramos que hemos perdido la reliquia, todo Middenheim se descorazonaría. La población de la ciudad se volvería contra nosotros y desesperaría. Es un mal presagio. El peor.

–Sí, sumo sacerdote.

–Puedo daros dos días de tiempo.

–¿Señor?

–Dos días para encontrar y recobrar la reliquia, antes de que tenga que hacerlo público y atraer la vergüenza y el tormento sobre todos nosotros, especialmente sobre la Compañía Blanca, que estaba de guardia la noche en que fue robada.

–Comprendo, sumo sacerdote.

–Dos días, Ganz. No le falléis al templo.

No le fallaría; no, no, no.

Pero por su vida que no sabía por dónde empezar. Cuando regresaba a paso majestuoso desde las habitaciones del sumo sacerdote, a través de los jardines de la capilla donde suaves brumas se alzaban de los macizos a causa del calor, Ganz maldijo una y otra vez. No tenía alternativa, Tenía que…, que… confiar en todos ellos… Incluso en Morgenstern… y en Anspach.

–Bueno, señor -dijo Anspach con expresión adecuadamente solemne-, creo que nuestra mejor apuesta…

–¡Silencio! -le gritó Ganz.

La habitación quedó en silencio durante un segundo y, luego, el sonido irrumpió de nuevo cuando Ganz dio un portazo al salir. Los restantes miembros de la compañía de Lobos se miraron entre sí. Aric suspiró. Dorff comenzó a silbar, nerviosa y desafinadamente. Con lentitud y retraso, Morgenstern bajó las piernas de la mesa donde las tenía apoyadas. Gruber permanecía en el fondo de la habitación con aire tenebroso. Los otros movieron los pies para expresar su incomodidad.

–Sólo he dicho… -comenzó Anspach.

–¡Oh, cállate! -murmuró Aric-. Lo hemos deshonrado. Hemos deshonrado a nuestra orden, a nuestro templo, a nuestra ciudad.

–¿De verdad que es tan terrible? -preguntó Drakken con voz queda, y de repente deseó no haberlo hecho.

–Las Mandíbulas del Lobo le fueron cortadas al gran Lobo Blanco de Holzbeck por el propio Artur, bendito sea su buen espíritu. Son sagradas entre todo lo sagrado. Y dejamos que las robaran durante nuestra guardia. -Lowenhertz avanzó hasta el centro de la habitación mientras hablaba con voz grave, como el doblar de unas campanas fúnebres del templo de Morr-. La palabra deshonra apenas puede expresar lo sucedido.

–Ya sé lo que todos estáis pensando -dijo Anspach al mismo tiempo que se ponía de pie-. Que fue culpa mía. Yo estaba de guardia en el relicario. Fui yo quien falló.

–Yo estaba contigo cuando encontramos el candado roto… -comenzó Aric.

Pero Anspach lo hizo callar.

–Después de que sucediera; de eso, estoy seguro. Fue culpa mía, Aric, y todos pensáis que debía estar borracho, distraído, o que soy un estúpido…

–¿Y lo estabas? -preguntó Gruber con una voz cortante como un estilete desde el fondo de la habitación.

Anspach negó con la cabeza.

–No, Gruber, aunque supongo que nadie va a creerme. El hecho es que yo pensaba que estaba cumpliendo mis obligaciones con una vigilancia particular.

–Yo estaba borracho -dijo Morgenstern, de repente, y todos lo miraron-. O al menos iba camino de estarlo -matizó-. Drakken tampoco estaba en estado de hacer una buena guardia, gracias a mí. Soy tan culpable como…

–Yo estaba a cargo de la ronda de vigilia, en lugar de Ganz. Era mi deber -dijo Aric con voz queda-. Vi a Morgenstern haciendo el payaso. Vi a Anspach alerta ante la reja. Vi a Einholt y Kaspen durmiéndose en la armería.

Einholt y Kaspen bajaron la mirada.

–¡Os vi a todos! Descuidando el deber o cumpliéndolo, las dos cosas. Era una noche tranquila y no sucedía nada. Yo debería haberos llenado del espíritu de Ulric para que ninguno faltara a su deber, y no lo hice. Esto es culpa mía.

–Bueno -intervino Gruber, que avanzó hasta la luz y encendió su pipa con un suave beso de la llama de la lámpara-. Puede ser que Aric tenga razón. Tal vez sea culpa suya…

–¡Yo estaba borracho! -exclamó Morgenstern.

–¡Yo dormía! -intervino Einholt.

–¡Yo estaba distraído! -le espetó Lowenhertz.

–¡Y yo, desprevenido! -gritó Anspach.

–¡Basta! ¡Basta! -gritó Gruber al mismo tiempo que levantaba una mano-. Todos tenemos la culpa… ¿O ninguno la tiene? Ahí reside el asunto, ¿verdad? La compañía ha fallado; no, alguien en concreto. Y pensemos en esto con cuidado. Yo he visto a Morgenstern borracho como un señor y, aun así, advertir que un goblin se escabullía por las proximidades. Anspach puede apostar su propia vida, pero sigue teniendo la nariz más fina de la compañía; no habría pasado por alto un robo como ése. Lowenhertz es el más serio de todos; no se le habría escapado una pista o indicio de que se estaba cometiendo una traición. Ni tampoco a Einholt, ni siquiera dormido. Kaspen, lo mismo. Drakken, con su vista ansiosa y su sentido del deber… ¿Es que no lo veis?

–¿Si no vemos qué? -preguntó Aric.

–¡Magia, Aric! ¡La magia robó las Mandíbulas del Lobo! A pesar de los fallos, sólo la magia podría haberse escabullido hasta aquí dentro para robarnos la reliquia. Aunque todos hubiésemos estado más sobrios y alerta, y hubiésemos sido más minuciosos…, habría desaparecido igualmente! Id a buscar a Ganz para que vuelva. Tenemos trabajo que hacer.

* * * * *

Resultaba extraño…, incorrecto, de algún modo, andar por las calles de Middenheim sin el familiar peso de la armadura y la piel de lobo. Aric se rascó por dentro del sofocante cuello de una ligera capa de lino, que no se había puesto desde el día en que fue admitido en la compañía como aspirante.

Pero Morgenstern y Anspach habían dicho que debía hacerse así, y a pesar de todos sus numerosos fallos, sabían de esas cosas. Si la Compañía Blanca iba a explorar la ciudad de Middenheim en busca de las Mandíbulas del Lobo -recorrer cada taberna, interrogar a cada tratante de objetos robados, valorar y examinar hasta la parte inferior de los adoquines-, no podían hacerlo vestidos como templarios del Lobo.

Así pues, allí estaban; mientras el sol de media mañana se alzaba por encima de los tejados, allí estaban ellos lavados, afeitados y con la cabeza espesa tras una larga noche de vigilia, vestidos con blusas, capas y ropones mal combinados, que en la mayor parte de los casos habían dormido en cajas y arcones de las bodegas de la capilla durante meses o años. De hecho, Morgenstern se había visto forzado a enviar a Drakken a comprar ropas nuevas, ya que, desde la última vez que había vestido prendas civiles, había engordado muchos kilos y había ganado bastantes centímetros. Morgenstern también se había procurado un sombrero de ala ancha que creía que le confería un aspecto apuesto y misterioso, cuando, en realidad, lo hacía parecer una bulbosa seta venenosa que estaba marchitándose; pero Aric nada dijo.

Estaban todos tan raros, tan desemejantes de sí mismos…

Gruber llevaba una blusa y un ropón vagamente cursis y desteñidos, que parecían propios de la moda de una o dos décadas atrás; Schell se había ataviado con una capa de terciopelo sorprendentemente suntuosa, que olía a hierbas antiinfecciosas. Lowenhertz lucía toscos calzones y una blusa de cuero, como un leñador. Incluso los que tenían aspecto normal estaban raros, ya que Aric nunca los veía vestidos de ese modo.

La excepción era Anspach, con su traje hecho a medida, sus botas lustradas y su capa finamente drapeada. Aunque todos pasaban horas de asueto en las casas de comida y las tabernas de la ciudad, sólo Anspach llevaba otra cosa que la armadura o los colores de la compañía. Mientras que Morgenstern podía pasar toda una noche vestido con la armadura y de jarana en la taberna El Hombre de Guerra, las salas de juego, las plazas y las salas de dados, que constituían el vicio particular de Anspach, requerían un modo de vestir más refinado.