Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Desde su observatorio, acuclillado en lo alto de la estrecha escalera, Drakken escuchaba con atención. Se encontraba agachado de lado, incapaz de sentarse en el espacio que era un poco más estrecho que su cuerpo. Al prestar atención y concentrarse mucho, logró entender cada una de las palabras del recibimiento de Kled. Aguardó con la esperanza de que eso concluyera con el encuentro, pero cuando el animal rugió e intentó destrozar la jaula, el Lobo Blanco sólo percibió peligro, y corrió escalera abajo tan rápida y silenciosamente como pudo.

* * * * *

Lenya tiró del pomo de la puerta, pero ésta no se abrió. Detrás de ella, Kruza, que empezaba a sudar, la apartó a un lado. Se dio cuenta de que, después de eso, no habría camino de retorno, así que cogió el pomo de la puerta y tiró. Luego, frustrado y casi ganado por el pánico, empujó con un hombro, en el que descargó todo el peso de su cuerpo.

La puerta se abrió de golpe. Kruza cayó pesadamente al interior y arrastró consigo a Lenya. Al abrirse la puerta, el ruido de centenares de voces entusiastas se elevó para saludar al dúo. Esto fue seguido por un repentino silencio, que quedó interrumpido por un lento y solitario aplauso de insatisfacción. Lenya se levantó y comenzó a sacudirse serrín de la falda. Kruza, aún en el suelo sobre manos y rodillas, alzó la cabeza con todo el aspecto de un perro que olfatea el aire. No estaba preparado para lo que vio.

* * * * *

Kled golpeó con la porra la jaula de la asustada criatura y se volvió para expulsar de una vez y para siempre a Kruza y su guapa fulana; pero habían desaparecido y estaba abierta la puerta que daba paso al foso. Kled la cerró antes de que los animales pudiesen meterse bajo las gradas.

Algo iba mal. El público de arriba había quedado en silencio y, luego, había comenzado a golpear las manos con un extraño ritmo lento que el enano no había oído nunca en todos los años que llevaba trabajando en la plaza de Fieras. Kled dejó caer la porra, cogió el justillo del gancho donde lo tenía colgado y, mientras se lo ponía, ascendió corriendo por la escalera de espiral que lo llevaría hasta el puesto de observación de los entrenadores.

* * * * *

Drakken se encontraba al pie de la escalera y miraba hacia el interior del espacio subterráneo que se extendía más allá. No veía nada, pero oía golpes sobre una jaula y el murmullo amortiguado del público. Luego, hicieron las palmas y, a continuación, unas aclamaciones sonoras.

De rodillas sobre el serrín, Kruza miró al interior del gruñente hocico de un robusto perro con pecho de barril, que tenía cabeza cuadrada y pequeños ojos destellantes. La saliva goteaba de los colmillos del bull terrier y, de la herida que tenía en un flanco, caía un líquido amarillento. En menos tiempo del que se necesita para realizar una somera inspiración asustada, Kruza estaba de pie y saltaba por encima del perro. Una aclamación tremenda recorrió al atónito público.

Mientras Kruza se levantaba y saltaba, Lenya captaba la primera visión del entorno. Detrás de Kruza, se alzaba un alto poste, en el centro del local abarrotado. Encadenada a él, había una enorme bestia marrón y sucia, que aullaba, y del collar con púas que le rodeaba el cuello pendían varios palmos de cadena de gruesos eslabones. Las enormes patas que pisoteaban el suelo cubierto de serrín estaban atadas entre sí para restringir su movimiento.

En torno al enorme oso que se alzaba sobre dos patas, varios bull terrier saltaban y lanzaban dentelladas, y sus ojos enloquecidos se desesperaban por lograr morderlo. Lenya se volvió para echar a correr, pero la puerta por la que había entrado estaba cerrada.

* * * * *

De pie en el borde de la plataforma de entrenadores, Kled se llevó los dedos a la boca y profirió un agudo silbido, que atravesó el estridente ruido de la arena e hizo que los bull terrier volvieran la cabeza por un instante. Pero sólo por un instante.

Kled les hizo un breve gesto a los cuatro hombres vigorosos que se habían levantado de sus asientos entre la frenética multitud al oír el silbido; en ese momento, ya estaban bajando entre las apretadas hileras de las gradas. Apoyando los pies con firmeza en los bancos, avanzaron sin esfuerzo entre la muchedumbre. Al cabo de poco rato, cuatro hombres corpulentos, ataviados con armaduras de cuero y que se ponían cascos con cuernos, llegaron al muro alto que rodeaba el escenario y saltaron por encima.

–¡Sacadlos de ahí! -les gritó Kled-. ¡Sacadlos!

Ya reinaba el caos. La gente estaba volviéndose loca de entusiasmo. Los hombres de Kled entraron en acción.

Uno de los cuatro hombres cayó justo detrás de Lenya e intentó levantarla, pero no había imaginado que aquella mujercita menuda fuese tan rápida. Se agachó, escapando de su abrazo, y se escabulló entre sus piernas. Al volverse para ver adonde había ido, sintió un agudo dolor lacerante en una pantorrilla. El perro con el que Kruza se había encontrado cara a cara y que había perdido su primer objetivo cerró entonces las mandíbulas sobre la pierna del matón como si fuese su primera buena comida.

Los demás hombres se armaron con las lanzas que había contra el muro del escenario por si surgían emergencias y comenzaron a pinchar a los perros. Su misión consistía en controlar la situación y en sacar a los intrusos de la arena lo más pronto posible, antes de que todo el espectáculo se transformara en una farsa. Kled observaba con ansiedad desde su puesto.

Kruza aterrizó a pocos pasos del oso. Se acuclilló y tendió una mano tranquilizadora hacia el frenético animal, que bramaba y echaba espuma por la boca al mismo tiempo que tironeaba de las cadenas, desesperado por salir tras sus torturadores después de meses de repetidos abusos. Los perros gruñían y describían círculos en torno a él. Al cabo de un momento, uno de los matones comenzó a aproximarse a Kruza, a la vez que pinchaba con la lanza a los perros que tenía delante. Se trataba de un hombre enorme, que lucía tatuajes en las zonas del cuerpo que no estaban cubiertas por la lustrosa armadura de cuero negro. Su mellado casco de acero adornado con cuernos resultaba imponente sobre la frente, pero la mandíbula cuadrada y la ancha boca con su horripilante labio leporino eran aterrorizadores.

Con la vista aún alzada, Kruza bajó la mano al suelo y, luego, arremetió con los hombros y rodeó con los brazos las impresionantes pantorrillas del terrible gladiador. El cuero negro cayó en el serrín, entre una nube polvorienta. Kruza se le sentó sobre el torso y comenzó a tironearle del casco, aferrando un cuerno con cada mano y haciéndolo girar de un lado a otro, hasta casi estrangular al hombre con la tirante correa que le pasaba por debajo del mentón.

Se oyó un rugido de risa procedente de la multitud. Las luchas de fieras eran una cosa, pero esa batalla semicómica era otra muy distinta. Estaba claro que consideraban justo el precio pagado por la entrada.

Kled se cogió la cabeza con las manos. Las cosas iban de mal en peor. Sin duda, mañana se quedaría sin trabajo. Levantó la cabeza al oír que la chusma se ponía de pie, pataleaba, vitoreaba y aplaudía por encima de la cabeza, y entonces miró hacia la arena.

* * * * *

En la entrada del escenario, ante la puerta de fieras, había una figura. Kled volvió a mirar. Un enorme hombre enmascarado ocupaba toda la puerta. Estaba desnudo de cintura para arriba y ya brillaba de sudor. En una mano, llevaba un mazo enorme, provisto de mango largo y pesada cabeza de hierro. En la otra, tenía una tosca porra rematada por una serie de robustas púas de hierro. No eran armas, sino herramientas, las herramientas del oficio de Kled, cogidas del subterráneo por aquel pasmoso gladiador. El hombre permaneció allí durante lo que pareció una eternidad, lo bastante para que Kled y el público pudiesen reparar en sus calzones de cuero y sus botas altas hasta la rodilla, las bandas que le envolvían apretadamente las muñecas y el torso lustroso. El hombre era más bajo que la media, pero lo que le faltaba en estatura lo compensaba sobradamente en anchura. Sobre la cabeza, llevaba una improvisada máscara, un saco pequeño con agujeros para los ojos.

Un instante más tarde, el mazo comenzó a girar por encima de la cabeza del gladiador, mientras éste deslizaba la mano por el mango. El hombre había visto algo que a todos los demás les había pasado por alto porque estaban observándolo a él: los movimientos del oso.

El ruido de la muchedumbre y el insólito número de humanos que cabriolaba por la arena habían llevado al oso más allá del pánico. Se arrojó contra el poste con todo su peso y, luego, se lanzó en el sentido contrario y cayó sobre las cuatro patas. La parte superior del poste se había partido a causa de la fuerza del tirón, y la cadena acababa de zafarse. El oso estaba suelto.

Los perros que lo rodeaban reaccionaron con excesiva lentitud. El oso arremetió contra uno, al que atacó con garras y dientes, para luego lanzar a otro por el aire, con el lomo partido y aullando. Los perros restantes retrocedieron, asustados ante aquel cambio de situación. El oso, entonces frenético, lanzaba gotas de sangre de perro por el aire al sacudir el hocico mientras avanzaba hacia los objetivos humanos que lo rodeaban. La multitud bramaba.

El gladiador se mantuvo firme e hizo girar con fuerza el mazo que sujetaba con la mano; luego, lo soltó. El mazo salió volando muy arriba por el aire, giró dos veces a causa del impulso que le había imprimido el gladiador y, al caer contra un lado de la cabeza del oso, produjo un ruido de hueso que se partía. El animal gimió una vez y se desplomó sobre dos de los perros, que quedaron gimoteando bajo el tremendo peso.

La multitud volvió a rugir, y Kruza se levantó de un salto de encima del torso de su oponente semiestrangulado; tenía la intención de evitar el siguiente enfrentamiento cuando se presentase.