Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

El tono de la voz de Kruza puso ansiosa a la muchacha. Había estado muy segura de querer conocer a aquel hombre, muy segura de que la ayudaría a encontrar a Stefan. Pero resultaba evidente que Kruza le tenía miedo, y tanto su aspecto como su voz indicaban que habría preferido encontrarse en cualquier otro lugar.

–No podía traerte aquí durante el día -explicó Kruza con precaución-. Resulta demasiado peligroso cuando sólo el jefe y sus secuaces están por aquí. Ahora nos encontramos más seguros, entre la multitud y el ruido. Si sucede algo que te trastorne o inquiete, cualquier cosa por mínima que sea, mézclate con la muchedumbre, quédate sentada durante el espectáculo y luego sal con la gente. Y cuando salgas, busca a alguien seguro y quédate cerca de él; incluso un guardia de la ciudad si es necesario.

–Si tenemos que entrar allí, ¿por qué no vamos con el resto de la gente? -preguntó Lenya.

–Hay otra entrada. Bleyden dirige este lugar, y yo sé cómo moverme por aquí.

–¿Bleyden? -inquirió la joven-. ¿Cómo lo conoces?

–Trabajo para él -respondió Kruza en un tono que denotaba vergüenza.

–¡Que los dioses nos protejan, Kruza! Seguro que no puedes trabajar para un hombre así. Hablas como si lo despreciaras.

–Todos los que trabajan para él lo desprecian. Todos los que le deben dinero lo desprecian. Es un hombre con muchísimo dinero y poder, y sin ningún amigo.

Lenya vio los callejones más estrechos que mediaban entre la plaza de Fieras y los edificios vecinos, cerrados con altas verjas de hierro. Kruza miró a su alrededor y, luego, tras abrir la verja apenas los centímetros suficientes, se deslizó al otro lado y llevó a Lenya consigo. La muchacha casi tropezó con un escalón que no había visto en la oscuridad. Recobró el equilibrio aferrándose a la verja que tenía detrás, que se cerró con un sonoro golpe. La cabeza de Kruza giró con brusquedad, y sus ojos verdes le lanzaron una mirada feroz a través de la polvorienta noche; pero le pareció que nadie los había oído.

–¡Vamos! -susurró él.

* * * * *

Dos noches antes, en el día de su paseo por Middenheim con Lenya, Drakken había regresado muy tarde al dormitorio colectivo de las barracas. Morgenstern había reído porque el muchacho hubiese tenido una agotadora cita con su bonita campesina.

–Perdió la virginidad en el campo de batalla. ¡Tal vez esta noche la pierda en la cama! -rió el veterano con voz espesa a causa del alcohol.

–O contra la pared de un patio del palacio -intervino Anspach, y todos se echaron a reír.

Gruber se encontraba sentado en su camastro, pensando en que Lenya estaba segura de regreso en el castillo, y preguntándose dónde podría estar, en realidad, el joven Drakken, cuando el muchacho irrumpió en el dormitorio colectivo, acalorado y furioso.

Drakken se quitó la piel de lobo y las piezas de la armadura, se sentó en la cama y se cogió la cabeza con las manos. Gruber avanzó hasta él al mismo tiempo que agitaba una discreta mano hacia los demás para que se ocuparan de sus asuntos y dejaran a Drakken tranquilo.

Cuando Gruber se sentó a su lado, el robusto joven dejó caer las manos sobre el regazo y levantó la mirada.

–La he perdido -dijo con voz queda-. Perdí a Lenya en la ciudad. Yo… no pude volver a encontrarla. ¡Por los dientes de Ulric, Gruber! ¿Qué será de ella a solas, en la ciudad, por la noche?

–No te apures, muchacho. -Gruber le dedicó una sonrisa tranquilizadora-. Hace horas que la encontré fuera del templo, sana y salva. La llevé de vuelta al palacio. Probablemente, estará ya durmiendo.

Durante un espantoso momento, Gruber pudo pensar que Drakken iba a abrazarlo: ¡Tan aliviado parecía el pobre muchacho! Pero Drakken se limitó a ponerse de pie, para luego volverse a sentar con brusquedad, mientras el enojo y la frustración se manifestaban con total claridad en su ancho rostro.

Tras una buena noche de sueño, el enfado de Drakken había desaparecido, y quería asegurarse de que Lenya estaba a salvo. Casi había decidido ir a verla cuando se la imaginó diciéndole que no pasaba nada malo y regañándolo por querer controlarla; así que no visitó a su amada.

En cambio, la vigiló. Drakken pasó todo aquel día observando los movimientos de Lenya. Para su alivio, no abandonó el palacio en ningún momento. Tal vez, estaba asustada por el día pasado en Middenheim y había decidido que el palacio era un lugar mucho más seguro. Pero Drakken lo dudaba.

Por la tarde del segundo día, siguió a Lenya cuando se escabulló hacia la ciudad. La vio avanzar por el camino de ronda del Gran Parque y entrar en el recinto, y se mantuvo a distancia mientras ella daba vueltas entre la muchedumbre. Por fin, la vio desaparecer por los escalones en los que había acordado encontrarse por segunda vez con Arkady.

Drakken quedó profundamente asombrado de que conociera aquella escalera, y muy preocupado por el hecho de que hubiese bajado por allí, pues no sabía que se había limitado a sentarse a esperar. Drakken se apresuró a salir del Gran Parque. Tendría que moverse con rapidez si quería llegar al pie de la escalera para seguir a Lenya. Ese atajo conducía directamente a Altquartier, y la ruta que tomaría él, a través de las calles, daba muchas más vueltas. Menos de diez minutos más tarde, Drakken se encontraba escondido en las sombras de un diminuto patio situado al pie de la escalera del Gran Parque, jadeando. Estaba seguro de haber perdido ya a Lenya, pero no se le ocurría otra cosa que hacer, aparte de esperar.

Media hora más tarde, Drakken estaba intentando trazar un nuevo plan cuando oyó pasos en la escalera y volvió a lanzarse silenciosamente hacia las sombras. Lo atravesó una punzada de celos al ver que Lenya cruzaba el patio en compañía de Arkady. ¿Qué estaba haciendo su chica con aquel joven carterista?

Drakken también estaba allí cuando Lenya conoció al sacerdote de Morr. El mismo habló con el hombre cuando éste se separó de Lenya y de un segundo carterista desconocido, a los que dejó en una taberna. Drakken no podía dilucidar lo que estaba sucediendo. La había visto con dos desconocidos y con un sacerdote de Morr, y, además, Lenya había hecho algo espantoso con su vestido. Lo que le contó el sacerdote de Morr tampoco tenía ningún sentido para él. Lenya jamás había mencionado a un hermano perdido.

En ese momento, Drakken se encontraba en el exterior de la plaza de Fieras, situada en el Weg Oeste, cuando oyó el golpe de la verja al cerrarse. Observó desde pocos pasos de distancia cómo Lenya y el desconocido descendían una escalera hacia las profundidades del edificio. Drakken tuvo un terrible presagio. De inmediato, supo que tendría que salvar a Lenya, aunque no sabía de qué.

* * * * *

–¡No podéis entrar aquí! -dijo con brusquedad una voz desde las sombras cuando Lenya y Kruza atravesaban el umbral de la entrada que había al pie de la escalera-. ¡Está cerrado!

A Lenya no le gustó cómo sonaba aquella voz; parecía forzada a pasar a través de un bocado de comida. Tampoco le gustó el olor a animales asustados y sudor cargado de adrenalina que saturaba el aire.

–¿Kled? -llamó Kruza.

Entonces, apareció el enano. Lenya nunca había visto a nadie de esa raza antes. Era tan alto como ancho, y sus pesados y duros músculos se destacaban sobre un torso grueso y un cuello corto. Estaba desnudo de cintura para arriba y el tronco era lampiño. Una mano corta y maciza asía algo de lo que arrancaba bocados con sus dientes irregulares y separados.

–¡Kruza! -exclamó Kled el enano-. ¡Está cerrado! Hoy no es tu día.

Luego, el hombre bajo, que a Lenya, extrañamente, le pareció una parodia cruel de Drakken, miró más allá de Kruza y a su rostro asomó una enorme sonrisa, que dejó a la vista el contenido de su boca.

–¿Has estado de reclutamiento, Kruza? Ya le has echado uno tú mismo, ¿verdad?

Kled sonreía impúdicamente, sin tapujos, mientras caminaba alrededor de Lenya en un círculo estrecho y trazaba un anillo sobre el serrín acabado de esparcir.

–¡No!

Esa única palabra pronunciada por Kruza tenía el tono de una amenaza. Kled se puso a reír echando atrás la cabeza antes de volver a llenarse la boca.

–Quiero cierta información -continuó Kruza-; información sobre un joven, un campesino.

–Probablemente, está muerto -respondió Kled.

Lenya ya había tenido suficiente de aquella bestia. ¡No le daba miedo! Al menos, se decía a sí misma que no la asustaba. Pasó junto a Kruza.

–El sacerdote de Morr dice que no -declaró, y tragó para quitarse el duro nudo que tenía en la garganta y que hacía que su voz se quebrara-. Llévame a ver a Bleyden. Necesito hablar con él.

–¿Que te lleve a ver a Bleyden? -repitió el enano con la cara tan cerca de la de Lenya que la muchacha sintió deseos de retroceder-. No hables tan a la ligera de mi señor, ramera, o lo lamentarás.

–Tengo que encontrar a Stefan Dunst -dijo Lenya, apenas capaz de mantener la compostura-. Tal vez tu señor sepa dónde está.

–Y quizás el precio que te pedirá el Bajo Rey te resulte demasiado alto -respondió Kled con una voz que sonaba amenazadora.

Kruza estaba de pie detrás de Lenya, consternado. Se había prometido a sí mismo que la cuidaría, pero ella no estaba cooperando.

–Kled -comenzó-, no veo ninguna razón para molestar al amo Bleyden. Tal vez tú podrías averiguar si Stefan Dunst ha trabajado para él.

–Ni hablar -contestó Kled.

Detrás de él, alguna bestia invisible se lanzó contra la reja de la jaula; rugía con voz histérica y hacía retumbar el subterráneo con el estrépito de un peso enorme lanzado contra los barrotes de metal. Kled dio media vuelta y cogió una cachiporra para ir a castigar al animal.

Lenya vio su oportunidad. Tras coger a Kruza de la mano, se alejó de Kled hacia una entrada baja que había en la pared opuesta. Podía ver que se filtraba luz a través de las rendijas que quedaban entre la puerta y el marco, que ajustaban mal, y dedujo que tal vez la conduciría hasta el Bajo Rey llamado Bleyden.

* * * * *