Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Gruber unió las puntas de los dedos de ambas manos en forma de aguja de campanario y pensó durante un momento. Aric tenía algo especial. Algún día sería un líder, y lo sería con muchísimo menos esfuerzo que el pobre Ganz, que lo intentaba con ahínco, aunque le gustaba muy poco ese papel. Aric tenía un natural don de mando. En su momento, sería un gran guerrero para el templo.

–Parece… -comenzó Gruber-, parece que carezco del ardor que tuve en otros tiempos. Junto a Jurgen, era fácil ser valiente…

Aric se sentó a su lado.

–Tú eres el hombre más respetado de la tropa, Gruber. Todo el mundo lo reconoce, incluso los guerreros más viejos, como Morgenstern y Von Glick. Eras el brazo derecho de Jurgen. ¿Sabes una cosa? Aún no he entendido por qué, tras la muerte de Jurgen, tú no tomaste el mando cuando te lo ofrecieron. ¿Por qué se lo entregaste a Ganz?

–Ganz es un buen hombre… Sólido, carente de imaginación, pero buen hombre. Tenía derecho a ello. Yo no soy más que un veterano. Habría sido un mal comandante.

–Yo no lo creo así -lo contradijo Aric al mismo tiempo que sacudía la cabeza.

Gruber suspiró.

–¿Y si te dijera que lo hice porque Jurgen estaba muerto? ¿Cómo podría haber ocupado el lugar del comandante al que había jurado lealtad, mi amigo, el hombre al que le fallé?

–¿Le fallaste? -preguntó Aric, sorprendido.

–Aquel espantoso día del verano pasado, la manada de hombres bestia cayó sobre nosotros de improviso. Nos manteníamos juntos o caíamos, y cada hombre cubría las espaldas de otro.

–Fue un infierno, sin duda.

–Yo estaba justo al lado de Jurgen, luchando a su derecha. Vi al hombre toro que acometía con el hacha. Podría haber bloqueado el golpe, haberlo recibido yo mismo, pero me quedé petrificado.

–¡No se te puede culpar por ello!

–Sí que se puede. Yo vacilé, y Jurgen murió. De no haber sido por mi culpa, hoy estaría aquí.

–No -dijo Aric con firmeza-. Fue mala suerte, y Ulric lo llamó a su salón.

Gruber miró al joven a la cara.

–Mi valentía se ha desvanecido, Aric. No puedo decírselo a los otros… Ciertamente, no puedo decírselo a Ganz… Pero cuando nos lanzamos a la carga sentí que mi valor desaparecía. ¿Qué sucederá si vuelvo a quedarme petrificado? ¿Y si esa vez es Ganz quien paga el precio? ¿O tú? Soy un cobarde y de nada le sirvo a la compañía.

–No eres nada de eso -afirmó Aric.

Intentó elaborar un argumento que sacara al veterano de aquel terrible estado anímico, pero los interrumpieron unos gritos. Morgenstern volvió a entrar a grandes zancadas en el claro, con un Ganz de rostro ceñudo tras él. El enorme hombretón llegó hasta su caballo, sacó tres botellas de las alforjas y las lanzó contra un árbol, donde se hicieron añicos una tras otra.

–¿Satisfecho? -le gritó a Ganz.

–Todavía no -respondió Ganz con estoicismo.

–¡Ganz! ¡Ganz!

Los gritos resonaron por todo el calvero. Schell conducía hacia ellos el caballo sobre cuya silla se encontraba, encorvado, Von Glick, y junto a él cabalgaba Vandam para sostenerlo.

–¡Ay, gran Dios del Lobo! -gritó Gruber al mismo tiempo que se ponía en pie de un salto.

–¡Von Glick! -bramó Morgenstern mientras pasaba corriendo junto al consternado Ganz.

Bajaron al hombre herido del caballo, y la compañía lo rodeó. Kaspen, que había estudiado con un barbero cirujano y con un apotecario, se dispuso a tratar la fea herida.

–Necesita un cirujano de verdad -declaró el hombre de constitución ancha y cabellos rojos mientras se limpiaba la sangre de las manos-. La herida es profunda y está sucia, y ha perdido mucha sangre.

Ganz alzó los ojos al cielo. El anochecer estaba cerca.

–Mañana regresaremos a Middenheim con la primera luz del día. Los más veloces cabalgarán delante para traernos un cirujano y un carro. Nosotros…

–Nosotros no haremos eso -declaró Von Glick con voz débil y amarga-. No regresaremos por mi culpa. Esta misión, esta empresa, es una causa sagrada destinada a restablecer la fuerza de la compañía y vengar la muerte de nuestro líder. ¡No abandonaremos la labor! ¡No te permitiré que abandones esto!

–Pero…

Von Glick, con gran esfuerzo, se incorporó hasta quedar sentado.

–¡Prométemelo, Ganz! ¡Prométeme que continuarás!

Ganz dudaba. No sabía qué decir. Se volvió hacia Vandam, que se encontraba de pie a un lado.

–¡Condenado estúpido! ¡Esto es culpa tuya! ¡Si no hubieses sido tan impetuoso, no habrías conducido a Von Glick a esta situación!

–Yo… -comenzó a decir Vandam.

–¡Cállate! ¡La compañía permanece junta o cae! ¡Has traicionado los cimientos mismos de esta hermandad!

–Él no tiene la culpa -dijo Von Glick, cuyos ojos destellaban con la fuerza nacida del dolor-. No, no debería haberse separado del grupo para cabalgar a solas, pero el único culpable soy yo. Tendría que haber sido cauteloso, debería haber estado atento. Bajé la guardia, como cualquier viejo tonto, y he pagado el precio.

Silencio. Ganz miraba a un hombre y, luego, a otro. Todos parecían incómodos, azorados, desconcertados. El ánimo de la compañía jamás había estado tan decaído, ni siquiera tras la muerte de Jurgen. Entonces, había ira. Ahora sólo había desilusión, y pérdida de fe y de camaradería.

–Plantaremos el campamento aquí -dijo Ganz, al fin-. Con suerte, los hombres bestia vendrán a buscarnos esta noche, y podremos acabar el asunto.

Llegó el alba, fría y pálida. El último turno de guardia -Schell, Aric y Bruckner- despertó a los demás. Morgenstern atizó el fuego, y Kaspen le hizo otra cura a Von Glick. El viejo guerrero estaba tan pálido y frío como la mañana, y temblaba de dolor.

–¡No le digas a Ganz lo mal que estoy! -le siseó a Kaspen-. Júramelo por tu vida!

Anspach iba a abrevar los caballos cuando encontró a Krieber. En algún momento de la noche, una flecha de plumas negras le había atravesado el cuello mientras dormía. El templario estaba muerto.

Todos lo rodearon; en aquella silenciosa mañana, parecían más sombríos que nunca antes. Ganz hervía de cólera y se alejó del grupo.

En el límite de los árboles, Gruber se reunió con él.

–Es mala suerte, Ganz; mala suerte para todos nosotros, mala suerte para el pobre Krieber, que Ulric acoja su alma. No merecíamos esto, y él merecía un final mejor.

Ganz se volvió en redondo.

–¿Qué tengo que hacer, Gruber? ¡Por el amor de Ulric! ¿Cómo podré conducir a esta compañía hacia la gloria si no tenemos ni una oportunidad? Destruí el altar para atraerlos hacia nosotros, para encolerizarlos y empujarlos a un ataque frontal, ¡a una batalla campal en la que nosotros pudiésemos brillar! ¡Pero no! ¡Regresaron, en efecto, y con la típica astucia bestial nos acosan y matan mientras dormimos!

–Así que debemos cambiar de táctica -replicó Gruber.

Ganz se encogió de hombros.

–¡No sé cómo hacerlo! ¡No sé qué sugerir! No dejo de pensar en Jurgen y en cómo ejercía él el mando. Intento continuamente pensar cómo lo hacía él, recordar todos sus trucos y sus ideas. ¿Y, sabes qué? ¡No consigo recordar nada de nada! ¡Con todas las grandiosas victorias que compartimos, y no logro recordar el plan de una sola de ellas!

–Cálmate y piensa, Ganz -dijo Gruber con un suspiro-. ¿Qué me dices de la Puerta de Kern? ¿Recuerdas? El golpe de triunfo, en aquel caso, fue rodear a los orcos y atacarlos por detrás.

–Sí, lo recuerdo. Una táctica sensata.

–¡Exacto! -asintió Gruber-. Pero aquélla fue una idea de Morgenstern, no de Jurgen. ¿No es así?

–Tienes razón -dijo Ganz, y su rostro se animó-. Y lo mismo sucedió con el asedio de Aldobard… Entonces, fue Von Glick quien sugirió el ataque por dos frentes.

–Sí -convino Gruber-. Jurgen era un comandante excelente, sin duda. Reconocía una buena idea cuando se la proponían. Sabía escuchar a sus hombres. La compañía hace la fuerza, Ganz. Nos mantenemos unidos o caemos derrotados. Y si uno tiene una buena idea, un buen líder sabe que no debe ser demasiado orgulloso para adoptarla.

* * * * *

–¿Y bien? -dijo Ganz, que intentaba parecer más alegre de lo que en realidad estaba-. ¿Alguna idea?

El viento de finales del invierno suspiraba entre los olmos. Los miembros de la compañía tosieron y movieron los pies.

–Apuesto a que sé… -comenzó Anspach, y se ovó un gemido general.

–Escuchémosle -intervino Ganz con la esperanza de estar haciendo lo correcto.

–Bueno, por lo que a mí respecta, me gusta apostar -continuó Anspach, como si eso fuese una novedad, a la vez que se levantaba para hablar-, y lo mismo les sucede a muchos… Es la oportunidad de ganar algo, algo importante y valioso, algo más de lo que obtienes normalmente. Estos hombres bestia no son distintos. Quieren vengarse por la destrucción del altar, aunque prefieren no arriesgar su hediondo pellejo en un ataque frontal contra caballería acorazada. ¿Qué probabilidades tendrían si lo hicieran? Quieren vivir. Pero si los tentáramos con algo más…, algo que les hiciera pensar que vale la pena arriesgar el cuello para conseguirlo, podríamos hacer que salieran. Ése es mi plan; que les ofrezcamos una apuesta tentadora. Y apuesto a que eso funcionará.

Algunos asintieron con la cabeza, unos pocos se mofaron, y Dorff profirió un silbido ambiguo. Morgenstern transformó un eructo en una aprobatoria risa entre dientes.

Ganz sonrió. Por primera vez parecía existir cierta unión, pues todas las mentes trabajaban como una sola.

–Pero ¿qué les vamos a ofrecer? -preguntó Kaspen, y Anspach se encogió de hombros.

–Estoy trabajando en ello. Tenemos oro y plata; probablemente una buena cantidad entre todos. Tal vez un bote de monedas…