Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

La noche caía con rapidez en Middenheim, y para cuando Lenya regresó al gran templo de Ulric, ya había oscurecido y estaban encendiendo las farolas callejeras. Enfadada consigo misma y con Drakken, se paseó por el exterior del templo durante unos minutos, y estaba dispuesta a encontrar ella sola el camino de regreso al palacio cuando se dio cuenta de lo difícil que podría resultar eso.

A Lenya no la conocían en el palacio, al menos nadie externo al séquito o la servidumbre del Margrave. Los guardias la mandarían a paseo si intentaba entrar a cualquier hora del día, y mucho más al anochecer. El día de aventura estaba acabando con rapidez, y entonces debía encontrar a Drakken si quería regresar esa noche al palacio. No tenía un gran deseo de volver a las fétidas habitaciones que debía llamar hogar, al menos no en ese momento, pero tampoco le quedaba otra alternativa. Arkady se había marchado y se encontraba sola en una ciudad que, aunque la fascinaba, comenzaba a parecer siniestra a la escasa luz de las farolas. Las siluetas de los edificios que la rodeaban se encumbraban, negras, duras y puntiagudas contra el cielo. Las manchas de luz amarilla le conferían a la piedra un aspecto enfermizo. Las piedras mismas parecían absorber la luz a través de su superficie y reducirla a pequeños charcos oscuros. Las sombras eran largas e imponentes, y parecían no guardar relación alguna con sus dueños. La oscuridad disimulaba el suelo irregular que pisaba Lenya, lo cual hacía que los escalones y las pendientes resultasen aún más traicioneros que durante el día.

«¡No te dejes ganar por el pánico! -se dijo Lenya-. Este es el hogar de Drakken; tiene que estar aquí. Y si él no está, habrá alguien más.»

Lenya estaba dispuesta a golpear la gran puerta del templo, e incluso a abrirla en caso necesario. Echó los hombros atrás y alzó un puño. Tras poner en sus labios lo que esperaba que fuese una sonrisa confiada, llamó a la puerta. No hubo respuesta.

Lenya volvió a avanzar belicosamente hacia la puerta, pero dio un tremendo salto de susto al oír una voz a sus espaldas.

–¿Puedo ayudarte, mi señora? -preguntó la voz.

Se trataba de una voz llena de confianza, mezclada de modo natural con autoridad y poder. Lenya se volvió con lentitud y fijó los ojos en el hombre que tenía detrás, pero sólo llegó a ver hasta la altura de su esbelto pecho poderoso. No necesitaba responder.

–¿Qué estás haciendo fuera del recinto del palacio? -preguntó Gruber al reconocer a la valiente granjera del séquito del Margrave-. Esto no está bien. Te escoltaré de vuelta. Si el joven Drakken supiera que has desaparecido, enviaría una partida a buscarte.

Lenya alzó los ojos con lentitud para encontrarse con la mirada de preocupación del soldado veterano. Drakken sabía que ella había desaparecido. Nunca más volvería a sacarla de paseo. Tuvo ganas de llorar de enojo y frustración. Desde ese momento, quedaría encerrada para siempre en el palacio.

* * * * *

Una vez que hubo vuelto a la seguridad relativa del palacio, Lenya pasó un día y una noche planeando lo que haría. Pensó en la siguiente cita con Arkady mientras se bañaba con el agua fría de la jofaina que por la noche se oxidaba. Pensó en ello mientras atendía a su pálida y asustada señora en la inclinada habitación sin ventanas de la que nunca salía, y continuó pensando en el asunto mientras comía las sobras frías con grasa solidificada sobre platos sucios, que se habían transformado en la parte principal de su dieta.

Se sentía agradecida porque Drakken hubiese decidido mantenerse alejado. No volvería a sacarla de paseo y no quería que le contara lo preocupado que estaba y lo mucho que se había angustiado por la seguridad de ella. Sabía cuidar de sí misma, y no estaba dispuesta a aceptar que nadie sugiriese lo contrario.

Gruber la había tratado bien y con bondad. Cuando la devolvió al palacio a través de una de las más discretas puertas laterales, se había detenido a hablar con los hombres de la guardia de la ciudad que estaban allí de servicio. A ella la había presentado como a una muchacha que estaba bajo la protección directa del templo. Ninguno de ellos quería ponerse a malas con los Lobos Blancos, y entonces habría varios guardias en la puerta que la reconocerían en caso necesario. Si estaba de servicio cualquiera de esos hombres. podría salir y entrar de los terrenos del palacio sin tener ningún problema. En caso contrario, había un corto paseo hasta el templo, y calculaba que si Gruber la había reconocido con tanta facilidad, también otros lo harían. Nunca carecería de una escolta de confianza para que la acompañara hasta el palacio.

Dos días más tarde, pues, Lenya salió del palacio del Graf y dirigió sus pasos hacia el sur para ir al Gran Parque, donde encontró la puerta por la que había entrado en la ocasión anterior. Era más o menos la misma hora del día, y el lugar volvía a hallarse abarrotado de gente. Los senderos rocosos estaban brillantes a causa de la ligera llovizna, y cuando los apretados grupos la obligaban a desviarse por las musgosas terrazas, la oscura superficie esponjosa tenía un tacto casi grasiento bajo sus pies. No apartaba los ojos de la gente que pululaba por el parque, pero todos tenían asuntos que atender y hacían caso omiso de la muchacha. También tenía cuidado con los elementos de aspecto más duro, e incluso llegó a cambiar de sendero para evitar a un grupo de jóvenes obscenamente borrachos, que estaban dispuestos a mirar con sonrisa impúdica cualquier cosa que llevara faldas.

Necesitó dos o tres intentos para encontrar el tramo de estrecha escalera donde había estado sentada con Arkady hacía apenas dos días, y cuando lo encontró, fue por accidente. Bajó tres o cuatro escalones y se sentó allí, fuera de la vista. Pasada una media hora, Lenya comenzó a preguntarse si sería la misma escalera de la vez anterior, y entonces alzó los ojos de modo repentino, sin saber por qué. No había oído nada nuevo por encima del murmullo de la muchedumbre, pero al fijar la mirada vio una cabeza de negro cabello lacio y se puso de pie, suspirando de alivio, para saludar a Arkady.

El se acercó hasta unos pocos escalones de distancia, inclinado para que no lo viesen por encima del muro, y le hizo una señal a fin de que lo siguiera. A medida que los escalones descendían y giraban en cerrados ángulos a derecha e izquierda, Lenya se dio cuenta de por qué no habían encontrado a nadie en aquella escalera. Al volverse más empinados y estrechos los escalones, los muros se hicieron más altos y se transformaron en un arco bajo que goteaba ligeramente con espeso líquido negro de vegetación podrida. Los escalones pasaron de ser húmedos a ser oscuros y mojados, cubiertos con viejo musgo resbaladizo. El ruedo del vestido de Lenya se puso pesado al empaparse con agua salobre, y sus altas botas comenzaron a permitir el paso del agua. Se detuvo.

–¿Adonde vamos? -preguntó, aprensiva por primera vez.

Se encontraba en compañía de un completo desconocido, al que le había confiado su vida en una ciudad extraña, y él parecía estar conduciéndola bajo tierra, hacia el silencio y la oscuridad. El muchacho reparó en el tono de voz de ella.

–Confía en mí -le pidió, y rió-. Te aseguro que no pasa nada malo. Verás, ya nadie usa mucho esta vieja escalera, pero es segura y nos llevará adonde queremos ir. -Ella lo miró en la oscuridad-. Llegaremos pronto -añadió el joven-; te lo prometo.

Al cabo de unos minutos, los escalones acabaron de modo brusco, y Lenya siguió a Arkady al otro lado de un diminuto patio cerrado, donde los tejados de las casas de ambos lados casi se tocaban en lo alto. Desde allí entró a la habitación trasera de lo que pensó que tenía que ser una vivienda privada, pero que, en realidad, era uno de los muchos agujeros de una sola habitación donde se despachaban bebidas y que plagaban los callejones del extremo sudeste de Middenheim.

–¡Vaya! -exclamó Arkady-. En nombre de los dioses, ¿qué vamos a hacer con ese lamentable vestido?

Lenya bajó los ojos hacia su atuendo. Nunca le había gustado y ya sabía que no podría moverse con seguridad por ese distrito de la urbe si lo llevaba puesto. No necesitaba más que su propio instinto para saber eso.

–¿Puedes conseguirme un par de calzones y un cuchillo? -le preguntó a Arkady mientras se tironeaba de las mangas del vestido.

Él la miró, desconcertado, y luego le pasó el cuchillo que llevaba en la parte trasera de sus calzones y en el que ella no había reparado antes.

–Dentro de un momento, regresaré con lo otro -le aseguró él al mismo tiempo que daba media vuelta y desaparecía por donde habían llegado.

Lenya cogió el cuchillo y cortó las mangas del vestido a la altura de la sisa, de modo que dejó a la vista las más sencillas de la camisa que llevaba debajo. Luego, cortó los diez centímetros inferiores del ruedo de la falda; estaban empapados y olían a agua estancada. Tras arrojar la tela al fuego junto con las enaguas, Lenya tuvo otra idea. Movió el negro tizón del hogar hasta lograr que se encendiera y dejara caer cenizas a través de la rejilla, esparció éstas con una pala de hogar torcida y después frotó las cenizas entre las manos. A continuación, se ensució con hollín el corpiño del vestido y la falda. Cuando regresó Arkady, ya había logrado un parecido bastante aceptable de una mujer ordinaria. El muchacho le tendió los calzones.