Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Del palacio estaban saliendo pajes y servidores ataviados con libreas de seda rosada para hacerse cargo del equipaje del Margrave, y los flanqueaban otros que llevaban antorchas y lámparas. Un hombre alto y demacrado que vestía un regio jubón negro con cuello alto de puntilla salió a grandes zancadas para recibirlos; golpeaba el suelo con un bastón con puño de plata. Llevaba una peluca blanca con rizos y cintas a la última moda, y su piel estaba aristocráticamente cubierta de polvos blancos.

–Soy Breugal, el chambelán del Graf -declaró con voz extraña y altiva-. Seguidme y os acompañaré a vuestras habitaciones.

–¡Te saludo, señor! -dijo Franckl al mismo tiempo que avanzaba y tendía una mano para estrechar la del chambelán-. De mayordomo a mayordomo, me complace la bienvenida que…

Breugal hizo caso omiso de la mano y giró a un lado para hacerles una señal con el bastón de puño de plata a los pajes que aguardaban.

–¡Llevadlos dentro! La noche es fría, y yo tengo mejores cosas que hacer.

Los pajes se precipitaron a coger el equipaje, y Franckl se quedó con la mano tendida en al aire, asombrado.

En ese momento, Lenya sintió verdadera pena por él; pena y vergüenza. Breugal se alejó golpeteando el suelo con sus altos tacones mientras el extremo de su bastón repicaba rítmicamente sobre las losas de piedra. Franckl y su ayudante de cocina recogieron sus pocas pertenencias y siguieron a un desdeñoso paje al interior del palacio.

–Yo no me quedaré -oyó Lenya que le murmuraba la nodriza al templario Aric, cuando la acompañaba hacia el palacio.

Lenya los siguió hasta un patio interior y alzó los ojos para mirar los edificios que rodeaban el pequeño espacio empedrado. Eran sorprendentemente sobrios, húmedos y lisos en comparación con los del patio grande; pero algunas ventanas estaban iluminadas, y Lenya pudo oír que en el interior se movían personas, para ella invisibles, que miraban hacia afuera. Cuando se habituó al sonido, comenzó a identificar voces.

–¡Por Ulric!, esa vieja niñera no durará ni cinco minutos -oyó que decía una voz medio quebrada por la risa-. Y el viejo mayordomo tampoco está para demasiados trotes -continuó.

Lenya se dio cuenta de que se había quedado sola, y comenzó a atravesar el patio hacia la puerta abierta.

–Mirad a la pobre ordeñadora perdida -comentó la misma voz, a cuya risa se unieron otras de personas jóvenes-. Podemos compartirla, si queréis… pero ¡yo seré el primero!

Lenya se recogió las harapientas faldas y, entonces asustada, corrió hacia la seguridad de la arcada para reunirse con sus compañeros de viaje.

Aquello era Middenheim. La vida palaciega no se parecía a lo que había soñado; en absoluto.

* * * * *

La primera semana en el palacio fue bastante dura, pero Lenya sabía que las cosas se pondrían peor. Se trataba de un lugar hostil. Apenas veía a los demás sirvientes con los que había llegado, y los sirvientes del palacio la trataban como a una desgraciada. Se encontró anhelando la compañía de Franckl o del lavaplatos, ya que éstos, al menos, sabían quién era ella. La servidumbre de la casa, las altivas damas, el chambelán Breugal, incluso el más humilde de los humildes, como las criadas encargadas de limpiar los hogares y el mozo de escupideras, la trataban con el más absoluto desprecio. Y luego, había un paje en particular, una rata llamada Spitz. Spitz era el paje al que había oído hablar de ella cuando llegaron. Lo despreciaba, pero no era su único problema. Continuamente se encontraba perdida en las entrañas del palacio; hiciera lo que hiciese, no lograba orientarse. A despecho de todas sus elegantes tallas de piedra, era un laberinto húmedo.

La noche en que llegaron, el Margrave y su séquito habían sido invitados a entrar, aunque por breve rato, en las habitaciones del Graf. Lenya se había sentido impresionada por aquella grandiosidad, pero pronto se dio cuenta de que era improbable que volviera a verlas. El Margrave recibía poco más que caridad política del Graf, y todos sus sirvientes eran ciudadanos de segunda clase, que ocupaban espacio. Las habitaciones que les habían dado eran húmedas, y muchas, además de oscuras, carecían de ventanas. Tenían forma extraña y poco cómoda, y Lenya, que era capaz de encontrar el camino sin problemas en cualquier bosque espeso, continuaba sin ser capaz de ir de una sórdida habitación a otra sin perderse de modo inevitable.

Al final de la primera desdichada semana, Maris se marchó. La nodriza, que había pasado todo ese tiempo encerrada y negándose a comer y beber, e incapacitada para desempeñar sus funciones normales, sencillamente se levantó y partió. Aunque la casa de Linz había desaparecido por completo, ella prefería vivir en un granero antes que soportar un día más los horrores de la vida de ciudad. Salió por la puerta norte a la caída de la noche, con la bolsa en la mano.

Al marcharse la niñera, Lenya se convirtió en compañera constante de Gurdrun, la hermosa esposa del Margrave, que se sumió en un aislamiento autoimpuesto dentro del palacio y arrastró a Lenya consigo. Los más insignificantes sirvientes palaciegos creyeron correcto regañar, insultar o pegarle a Lenya durante una o dos semanas, pero no pasó mucho tiempo antes de que ella comenzara a defenderse.

Era media tarde, aunque Lenya apenas podía saber qué hora era desde las entrañas sin ventanas del palacio. La habían enviado a la cocina principal a hacer un recado; cuando regresaba, enfadada y resentida a causa de una invectiva particularmente prolongada del despensero, sintió que una mano le golpeaba de lleno el trasero, lo que provocó que dejara caer la jarra de agua tibia que había ido a mendigar. Una sonora carcajada a sus espaldas, hizo que girara la cabeza.

–¡Ahora tendrás que mendigar otra! -chilló la voz apenas adulta del paje adolescente que se encontraba de pie detrás de ella.

Spitz era bajo y flaco, con pelo fino, semblante pálido y dientes grandes, y había estado siguiendo a Lenya por todas partes desde que la había visto de pie en el patio, a solas, la noche de su llegada. Lo único que ansiaba en su pequeña vida insignificante era convertirse en el siguiente Breugal. Era una criatura repugnante, muy pagado de sí mismo, y pensaba que Lenya era un objetivo fácil y atractivo. La mayoría de las damas de la casa, incluidas las mujeres de servicio, le resultaban completamente inaccesibles; pero aquélla era una muchacha bonita, que no tenía posición alguna y, mejor aún, carecía de defensa.

Sonriéndole impúdicamente, con la saliva cayéndole por las comisuras de los labios, Spitz apretó una mano contra un muslo de Lenya y se lo estrujó.

–Quítame de encima tus asquerosas manos -gruñó Lenya-, ¡O recibirás la paliza más grande de tu vida!

Spitz volvió a reír.

–Y dime, ¿quién va a defender tu honor, mi pequeña vaca lechera?

La otra mano fue a posarse sobre la parte delantera del vestido, por debajo del vientre.

Los brazos de Lenya se deshicieron de las manos del paje con brusquedad. Luego, cogió la grasienta cabeza del muchacho entre las manos y lo retuvo con firmeza, mientras él la contemplaba con conmocionado asombro.

–¿Me deseas? -preguntó Lenya con dulzura.

Después, le empujó la cabeza hacia abajo con todas sus fuerzas. Dobló al paje por la mitad, le pasó un antebrazo por el cuello y lo levantó en una apretada llave de estrangulamiento. Luego, le metió la cabeza entre sus rodillas, cubiertas por la falda, y apretó hasta que la cara se le puso de color púrpura grisáceo y el muchacho se desmayó. Lo dejó caer al suelo, se frotó las manos como si se las sacudiera y empezó a marcharse.

Se volvió hacia el cuerpo tendido en el momento en que el paje comenzaba a recobrar el sentido y se aferraba la cabeza.

–Es la última vez que cualquiera de vosotros me pone la mano encima -dijo.

* * * * *

Las primeras semanas que Lenya pasó en el palacio parecieron meses; no, parecieron una eternidad. Lenya no era dada a la nostalgia; sólo sabía que la vida en el campo había sido mejor que ésa, pero sospechaba que la ciudad podía ser mejor que nada. Por desgracia, la esposa del Margrave había decidido que Middenheim era demasiado peligrosa para que sus servidores la explorasen sin escolta, y sin amigos en el palacio y con enemigos suficientes para toda la vida entre la servidumbre, las oportunidades de recreación de que disponía Lenya eran limitadas.

Una tarde se encontraba con un codo apoyado en el muro de un balcón y la barbilla sobre la mano mientras contemplaba la vista una vez más, recordaba los acontecimientos del último mes e intentaba olvidarlos. Desde aquel punto aventajado, Lenya podía ver con claridad el otro lado de Middenheim. Podía oír el zumbido de un millar de voces, salpicado por los gritos de una multitud de comerciantes callejeros. Veía las más anchas calles y avenidas del norte de la ciudad. Hacia el sur y el este, las calles se estrechaban en un apretado laberinto gris, que nunca podía seguir. En algunos puntos, los tejados estaban tan juntos que lo único que podía ver era una estrecha línea de oscuridad. Sólo podía imaginar lo que sucedía en aquellos lugares sucios, oscuros e íntimos. Sabía que había ladrones, mendigos y personas de razas extrañas, y sabía que la única esperanza de ser feliz que le quedaba era escapar al interior de esa ciudad y convertirse en parte de ella.

Lenya estaba de espaldas a la puerta del balcón y no oyó los pasos que se le acercaban por detrás. No supo que tenía compañía hasta que un par de manos sólidas y gruesas le rodearon la cabeza para taparle los ojos. Con un movimiento veloz, Lenya giró al mismo tiempo que un puño apretado y duro se estrellaba contra el rostro silueteado que tenía a sus espaldas.

–¡Lenya! ¡Ah! -gritó Drakken-. Soy yo.

–¡Krieg! ¡Dioses, no te acerques por sorpresa nunca más!

–Tranquila, que no lo haré -replicó Drakken mientras se enjugaba la sangre de la nariz con una manga-. ¡Por las mandíbulas de Ulric! Suponía que iba a darte una sorpresa agradable.