Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

En un día despejado, podía verse Middenheim desde varios kilómetros de distancia. Su enorme monolito negro penetraba en los cielos. Pero bajo la densa llovizna de primavera, se la encontraron casi por sorpresa. El olor de la ciudad se hizo más fuerte: olores industriales mezclados con los de la gente que se movía por la urbe, miles de personas; olores de comida, telas, polvo casero y cuerpos se mezclaban en el aire y penetraban por todas las rendijas del carruaje en que Lenya viajaba con el mayordomo, la niñera y el resto de la servidumbre.

Cuando avanzaban por el titánico viaducto oeste, la oscuridad se desvaneció. La Fauschlag, al separarse las nubes y ponerse tras ella un sol anaranjado, destacó contra el cielo gris, nítida y escabrosa. La roca vertical era invisible desde la ciudad que crecía en sus laderas y se encumbraba sobre ella en una serie de duras agujas y campanarios.

A medida que la caravana se aproximaba a la ciudad, el tráfico se hacía más denso, y el grave retumbar de la ruidosa ciudad comenzó a descomponerse en un vanado conjunto de voces individuales. El avance de la caravana se veía estorbado por el variado tráfico compuesto de carros de heno, carruajes, tiros de bueyes, carrozas de nobles, peregrinos rezagados, vendedores ambulantes con carretillas, mensajeros a caballo que tenían muchos kilómetros por delante, hoscos destacamentos de la milicia de la ciudad. Personas ataviadas con abrigadas prendas salían de la ciudad para ir a sus casas situadas en la periferia, o entraban para ofrecer sus mercancías.

–Mantened la caravana unida -les gritó Ganz a sus hombres, y todos hicieron que la formación se compactara un poco más.

El comandante podía ver la masa de gente que aumentaba ante ellos. Sin duda, por razones personales, algunos intentaban escabullirse dentro o fuera de la ciudad sin que los vieran los guardias, y Ganz no quería tener problemas en ese momento. Rodearon el carro de un sombrerero, muy cargado, al que se le había roto un eje y estorbaba la circulación. Morgenstern y Aric se adelantaron elegantemente con sus corceles para detener el tráfico que avanzaba por el otro lado, con el fin de que la caravana del noble pudiese pasar. Morgenstern imprecó a un devoto sigmarita que intentó interesarlo en un recuerdo de plomo para peregrinos, de su dios. Continuaron avanzando por la suave curva del viaducto hacia la ciudad de lo alto.

Lenya, sentada junto a la ventana de su carruaje, miraba al exterior con pasmo, intentando fijarse en todo. Y cuando se vieron forzados a circular pegados al bajo muro del viaducto para rodear al carro averiado, no se asustó de la enorme caída que vio allá abajo; los soportes de piedra travertina del antiguo viaducto se internaban hacia las profundidades del brumoso precipicio. Franckl le echó una mirada al abismo y se recostó en su asiento con el semblante verdoso.

Lenya se inclinó más al exterior para mirar hacia adelante. Los carros muy cargados y las yuntas de bueyes avanzaban con lentitud, pegados a lujosos vehículos y landós dorados, cuyas ruedas golpeaban con palos los golfillos de la calle, para luego salir corriendo y riendo de su propia audacia.

La caravana consiguió permanecer unida mientras caía la noche y el pesado cielo purpúreo cubría Middenheim. No había nubes, y las estrellas, junto con las dos lunas nacientes, hacían que los torreones de doce metros de madera y piedra situados a ambos lados de la puerta sur pareciesen más grandiosos que a la luz del día.

–Bueno, al fin hemos llegado -dijo Franckl.

Mientras cerraba las cortinillas de la ventana por última vez con gesto terminante, Lenya alcanzó a ver, antes de entrar en la ciudad, murallas que se elevaban tanto como cuatro hombres altos, eran tres veces más anchas que el torso de un guardia y ascendían orgullosamente desde la pared de piedra uniforme que tenían debajo. La roca había sido tallada en forma de muralla por centenares de canteros enanos, los cuales habían hecho algo más que dominar la roca: le habían conferido líneas duras y una forma que sólo parecía realzar la fortaleza y longevidad de las piedras.

Al otro lado de la puerta sur, volvía a haber luz, la luz de millares de braseros y farolas que ardían para los habitantes de Middenheim. Era un suave resplandor amarillo, destinado a alumbrarles el camino y mantenerlos a salvo de los parásitos humanos de la ciudad, que acechaban a los incautos para robarles sus pertenencias y su vida.

Lenya volvió a abrir las cortinillas y las sujetó con una pinza para que entrara la luz. También dejaron entrar ruido: el ruido de miles de personas que voceaban sus mercancías, se gritaban y se llamaban las unas a las otras desde las esquinas de la calle. Y todos los olores que se habían acumulado, y habían aumentado durante la última etapa del viaje, entraron entonces en una ola que dejó a Lenya sin aliento y, al parecer, chamuscaron los pelos de la nariz del mayordomo.

–¡Que Sigmar me guarde! -jadeó Franckl-. ¡Esto es demasiado, demasiado, demasiado!

«No es ni suficiente», pensó Lenya.

Desvió los ojos hacia Maris. La nodriza casi había dejado de respirar del todo, sentada y acurrucada en un rincón del carruaje.

–No creo que pueda soportar el ruido ni un minuto más -gimió la anciana.

–Ni el hedor -añadió Franckl-. ¿Es que estos bárbaros no han oído hablar de las letrinas?

–No puedes cagar en un campo cuando vives sobre una roca, así que será mejor que te habitúes al olor -respondió Lenya, con rudeza y sin compasión, mientras se concentraba en las vistas del interior de la muralla.

La caravana avanzaba con gran lentitud debido al gentío que los rodeaba. Lenya estaba pasmada ante la implacable piedra gris de una miríada de edificios diferentes.

–Aquí nos han traído y ahora no hay manera de salir, aunque no debería ser nada nuevo para un hombre tan viajero como tú, maese Franckl.

Franckl guardó un tenebroso silencio, mientras otros integrantes de la caravana de Ganmark miraban al exterior, maravillados. La mayoría de los protegidos de la Compañía Blanca eran nuevos en Middenheim. Algunos no habían visto nunca ninguna ciudad, y mucho menos una tan enorme y grandiosa. Mientras los Lobos Blancos los conducían sin tropiezos y ascendían la pendiente que pasaba por la plaza Castrense y el Konigsgarten camino de la plaza Central, los ojos de los asombrados pasajeros contemplaban la pasmosa uniformidad de las barracas y la plaza de Desfiles. Aquél era el único terreno realmente plano que había sobre la roca, y lo usaba la milicia para la instrucción y los desfiles militares, aunque entonces estaba vacío; de la fuente central salía agua plateada que ascendía en el aire.

Franckl fue el primero en divisar el palacio del Graf, su punto de destino.

–¡Por todo lo sagrado! -exclamó-. ¿Habéis visto alguna vez un palacio como ése?

–Creí oírte decir que ya lo habías visto -le espetó Lenya al mismo tiempo que lo apartaba a un lado para ver mejor.

Maris, la nodriza, se acurrucó aún más en el rincón. Con las manos sobre sus asaltados oídos y un pañuelo de cuello envuelto en la mitad inferior del rostro, parecía un bandido atemorizado.

Al inclinarse hacia afuera, Lenya vio una serie de grandes edificios de piedra, rodeados por una alta verja de hierro, que había sido rematada en puntas de lanza, tanto por seguridad como por estética. Al otro lado de la verja, las fachadas de las viviendas privadas tenían hermosas tallas que suavizaban las líneas y el enorme volumen, a la vez que constituían una ornamentación exquisita. Las altas columnas de mármol con volutas convertían el hogar del Graf en algo único entre los edificios de Middenheim. Ninguna mano de enano había tallado algo semejante. Las columnas y la fachada del palacio interior eran obra de artistas legendarios traídos desde Tilea y Bretonia, que habían sido enviados de vuelta con ricas recompensas a cambio de su trabajo.

Pasaron a través de la Gran Puerta y avanzaron sobre las losas de piedra del camino de entrada hasta el patio del palacio interior, donde la caravana se detuvo. Lenya oyó que Ganz gritaba órdenes para que sus hombres desmontaran y formaran. Abrió la puerta y bajó del carruaje antes de que el mayordomo pudiese moverse. El patio del palacio era amplio y frío. Alzó los ojos hacia los edificios, las estructuras más hermosas que había visto en toda su vida, incluso en sueños. Franckl casi cayó del carruaje tras ella, y le dio un pescozón al lavaplatos para que fuese a buscar el equipaje.

El ayudante de cocina despertó, al fin, y descendió. Las camareras se apiñaron con temor junto a los caballos. Maris tardó mucho rato en salir.

Lenya vio que el comandante de los Lobos Blancos estaba con el Margrave, cuya mano estrechaba, y que el señor se mostraba efusivo y emocionado. Cerca de ellos se encontraban el apuesto Anspach y el enorme Morgenstern, que perseguían juguetonamente a los niños reales por el patio, gritando y riendo. Vio al anciano guerrero Gruber que mantenía una conversación en voz baja con la señora. El alto y joven caballero llamado Aric apareció detrás de ella y tomó a Maris por un brazo para ayudarla. Lenya se volvió otra vez en medio de la actividad y se encontró con Drakken, que le dedicaba una sonrisa soñolienta y encantadora.

–Te… -comenzó ella.

Él la besó.

–… buscaré más tarde, Krieg -acabó la muchacha.

Él volvió a sonreír y desapareció, y luego los templarios del Lobo comenzaron a marcharse bajo las breves órdenes de su comandante.