Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Tendí una mano hacia él, la posé sobre su pecho, encima del corazón, e intenté pensar en alguna despedida que tuviera sentido para alguno de nosotros. Sentí que el latido de su corazón se debilitaba y cesaba, y me di cuenta de que había una sola cosa que yo podía decir. Me arrodillé a su lado, posé la otra mano sobre su frente y comencé el Ritual del Ultimo Adiós para dirigir su alma hacia los brazos de Morr.

Ése era el último toque, y estaba hecho. Me encontraba a salvo. Me invadieron un alivio y un cansancio abrumadores, y me dejé caer junto a Jacob, con el rostro a la altura de sus ojos muertos. «Tú -pensé-. Una vida entre muertos no era lugar para un hombre como tú. Decías que querías morir como un héroe. Bueno, pues lo has hecho. Eres el hombre que dio su vida para impedir que escapara el asesino de la condesa. Y tal vez, hayas muerto feliz.»

Lo dudaba, pero carecía de importancia. Lo que importaba era que sería yo la persona que se ocuparía de su cuerpo, y que eso me permitiría deshacerme del loto negro.

Necesitaba una historia para explicar cómo había descubierto la culpabilidad de Grubheimer y cómo había encontrado el anillo, pero eso podía esperar. La gente de Middenheim tenía al asesino. Cuando se supiera que el asesino era bretoniano, la crisis diplomática empeoraría y tal vez habría guerra, pero, de ser así, se libraría muy lejos de la ciudad. El padre Ralf se pondría furioso porque le había estropeado el servicio en memoria de la condesa, pero al día siguiente ya me enfrentaría a las consecuencias de eso.

¿Y Louise? Había perdido al hombre que hacía que mereciese la pena vivir su mugrienta existencia. ¿Y Reinhold? Yo le había robado su triunfo, su gloria póstuma, la infamia que habría mantenido vivo su nombre después de que su cuerpo hubiese sido devorado por los gusanos, y acababa de entregárselo al hombre que lo había matado. Pero había salvado a Louise del conocimiento de que su amante había matado a su señora. Tal vez, eso era bueno. No lo sabía, y no estaba seguro de si me importaba.

No obstante, había funcionado. Todas las piezas habían encajado. Yo había sobrevivido, y había muerto un solo inocente. Reinhold había sido vengado. Eso me hacía sentir bien, y estuve a punto de sonreír.

–Padre -dijo una voz que reconocí.

En lo alto, Canoso Bruno me tendió una mano, que acepté para levantarme. De algún modo, sabía que su presencia allí no era un accidente. La gente se había reunido en torno a nosotros, se empujaba y daba codazos para captar un atisbo de los dos cadáveres, y los guardias intentaban mantener el orden. El ambiente de duelo se había esfumado; todos hablaban emocionadamente acerca del asesino. Apenas podía oír la estridente voz de Ar-Ulric, que batallaba contra el ruido reinante; pero nadie lo escuchaba ya. Me volví hacia el hombre que acababa de ayudarme.

–Gracias, Bruno.

–Más gracias de las que supones, padre -replicó en voz baja-. ¿Sabes quién es el hombre que ha matado al bretoniano? Es uno de los míos.

–¿Hiciste que me siguieran?

–Y con mucha razón. -Me sonrió-. ¿No te diste cuenta?

–No -repliqué yo con una sonrisa forzada-. La vida sacerdotal embota el instinto.

–No demasiado, espero. Padre, me debes un favor, y aún agradecería tu consejo con respecto al asunto del que te hablé. Cae justo dentro de tu antiguo oficio.

–Mi antiguo oficio -repetí yo con un extraño tono pensativo en la voz.

Aquella tarde me había preguntado si sería capaz de enjaular al lobo de mis antiguos recuerdos e instinto cuando hubiese acabado con Grubheimer. Había olvidado preguntarme si querría hacerlo. Había olvidado el sabor que tiene la victoria. Había olvidado tantas cosas…

–¿Qué me dices, padre? -inquirió Bruno, que no había dejado de mirarme.

Yo sonreí y tendí una mano para estrechar la suya.

–Llámame Dieter -le dije.

El guardián de mi hermano

Pudieron oler la ciudad mucho antes de verla.

Cuando aquel último día de viaje se acercaba a su fin, un olor penetrante comenzó a llegar hasta la caravana; flotaba en el frío y húmedo aire primaveral. Era olor a industria: curtidurías, herrerías, fábricas de cerveza, hornos donde hacían carbón. Se trataba de una empalagosa combinación de metal, ceniza, hollín de chimenea y el aroma dulce de la cebada en fermentación.

En los traqueteantes confines del carruaje, Franckl blasfemó para manifestar su desagrado y vació sus tosas nasales en un pañuelo con puntillas. Enroscada en el asiento de un rincón, rodeada por cajones y arcones que amenazaban con derrumbarse sobre ella, Lenya Dunst apartó la mirada con ligera revulsión. Franckl era el mayordomo del Margrave. un desgraciado melindroso, remilgado y pustuloso, de cerca de cincuenta años, demasiado enamorado de los calzones de ligas cruzadas y los jubones con puntillas almidonadas para darse cuenta de que le conferían el aspecto de un hinchado pavo acabado de matar y preparado para el asador.

–Ese espantoso hedor… -gimió, y se secó la nariz pendular con una esquina de puntilla-. ¿Qué clase de lugar es ése al que nos llevan los Lobos? ¿Esto es la salvación? ¡No lo creo!

Los otros miembros de la servidumbre de Ganmark que se apiñaban dentro del carruaje no tenían respuesta. El ayudante de cocina dormía y roncaba; las dos camareras estaban pálidas y pasmadas de miedo y fatiga, y el lavaplatos había recibido demasiados pescozones en la nuca por parte de Franckl a lo largo de su vida como para empezar a conversar con él entonces. Maris, la anciana nodriza, se encontraba perdida en sus propios sueños, o tal vez pesadillas. Desde que el comandante Ganz había destruido su amuleto y los había salvado a todos, se había mostrado distante y apática. Los ojos de Lenya se encontraron con los de Franckl.

–Pensaba que un hombre tan… mundano como tú, ya habría visitado antes Middenheim, maese Franckl -dijo con dulzura.

Franckl se aclaró la garganta con pomposidad, y luego se dio cuenta de que la humilde ordeñadora era la única que lo escuchaba. Se enjugó la nariz con delicadeza. A fin de cuentas, era una mocita guapa, casi graciosa, al estilo de un gato salvaje.

–¡Ah!, hace mucho tiempo, pequeña mía, mucho tiempo…, cuando era joven, viajé mucho por muchos sitios, y visité muchas grandes ciudades del Imperio. ¡Ah, sí!, las aventuras que he tenido… ¡Hmmm!. Es sólo que los dulces aires forestales de Linz han casi borrado el hedor de Middenheim de mis recuerdos.

–Vaya.

Lenya sonrió.

Franckl se inclinó hacia adelante con aire conspiratorio y sonrió repugnantemente ante el rostro de la muchacha. Luego, posó la mano que aún tenía cogido el pañuelo moqueado sobre una de las rodillas de ella.

–Mi querida pequeña, olvidaba que un lugar como éste será completamente nuevo para alguien como tú, una esbelta y sana damisela, criada en las libres pasturas del campo. ¡Hmmm! Debe ser una perspectiva abrumadora.

–Estoy deseando llegar -respondió ella con una sonrisa de dientes apretados.

–¡Tan joven, tan valiente!

«¡Tan ansiosa por llegar!», pensó Lenya. A pesar de todas las cosas por las que había pasado, aquélla era una oportunidad que le apetecía. ¡Ir a la ciudad! ¡A Middenheim! ¡Moverse en los círculos de la alta sociedad, prosperar! Así las cosas, le gustaba el hedor ante el que Franckl hacía tantos aspavientos para dejar claro su disgusto. Para Lenya, olía a algo tan maravilloso como el futuro. Franckl le apretó la rodilla.

–Mira, no has de tener miedo, pequeña mía. Middenheim te resultará atemorizadora, tanta gente, una variedad tan enorme de experiencias y… olores. Siempre debes recordar que, cuando sea demasiado para ti, tienes un robusto y verdadero amigo al que recurrir. ¿Tienes miedo, Leanna?

–En realidad, me llamo Lenya. No, no tengo miedo. -Tensó la pierna bajo la mano de él, de modo que el hombre pudo sentir los firmes y magros músculos del muslo hincharse y retorcerse-. ¿Y tú?

Él apartó la mano con brusquedad y buscó alguna otra cosa que hacer. Para empezar, le dio un pescozón al lavaplatos.

Lenya se inclinó hacia adelante y retiró las cortinillas de la ventana del carruaje para mirar hacia el exterior. Llovía. El lejano perfume de Middenheim era más fuerte. Justo en ese momento, la caravana y su escolta pasaban de la tierra del camino a una pista de grava. Lenya se echó atrás con sorpresa cuando un Lobo Blanco llegó a medio galope hasta el lado del carruaje y la miró. Los sonrientes ojos de él se encontraron con los de ella.

–¿Va todo bien, mi señora? -preguntó el apuesto y moreno templario, mayestático con su armadura de bordes dorados y los hombros cubiertos por la piel blanca.

Lenya asintió con un movimiento de cabeza. ¿Cómo se llamaba ese templario del Lobo? Buscó en su memoria. Anspach; se llamaba Anspach.

–Todo bien. ¿Dónde estamos?

El jinete hizo un gesto hacia adelante con la cabeza.

–Estamos llegando al viaducto oeste de la ciudad. Media hora más, y estaremos en casa.

Lenya se asomó al exterior y miró hacia el fondo del pavimento empedrado. El largo y suave declive del viaducto que conducía a Middenheim parecía interminable. La ciudad resultaba invisible a causa de la llovizna.

El carruaje de la servidumbre era uno de los últimos de la entonces sucia caravana. Los dos carruajes más elegantes de vanguardia llevaban al Margrave y su familia, seguidos por una serie de cuatro o cinco carros de granja. Un carro de plataforma que llevaba los objetos domésticos esenciales cerraba la marcha.

De repente, Franckl empujó a Lenya para sacar la cabeza y hablarle al templario del Lobo. A través de la llovizna, tuvo el primer atisbo de Middenheim.

–¡Por Sigmar! -exclamó al ver por primera vez la gigantesca roca-. ¡Mirad eso! -gritó-. ¡Es como un monstruo que se alzara del suelo!

Lenya y una de las camareras también intentaron verla.

Lenya profirió una exclamación ahogada. Middenheim era un enorme monstruo negro, uno al que se moría por conocer.

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