Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Giré con lentitud.

–Cuando Reinhold me conocía -respondí en voz baja-, mi nombre era Dieter Brossmann.

Louise me soltó el brazo y me miró con ojos desorbitados. Luego, profirió un extraño sonido, a medias entre un jadeo y un grito.

–¡Tú! -escupió-. ¡Tú lo traicionaste! ¡Lo dejaste hundirse en la vida hasta el fondo! Tú…, ¡tú no eres amigo! ¡Él debería haberte matado! ¡Deberías morir! ¡Eres malvado! ¡Malvado! ¡Dame mi anillo! -Se lanzó a cogerlo-. ¡Dame mi anillo!

Dos de los guardias comenzaron a caminar rápidamente hacia nosotros. Tratándose de una mujer bretoniana que le gritaba a un sacerdote, sabrían a quién detener. Di media vuelta, dejé que ellos solucionaran el asunto y eché a andar a paso rápido por las empinadas calles para regresar al parque de Morr y al templo.

* * * * *

La mitad de la ciudad debía estar apiñada dentro del parque porque estaba lleno: nobles, caballeros y ricos comerciantes recibían empujones de zapateros, vendedores ambulantes y sirvientes. Estaban todos apretados en la fría, oscura extensión, alumbrados por algunas antorchas colocadas en lo alto de pértigas. Incluso había gente que se había subido a las tumbas para tener una mejor visión de la ceremonia que se celebraba en la escalera del templo. Y sin embargo, nadie hacía ruido. Mientras me abría paso a través de la masa silenciosa, pude oír la potente voz de Ar-Ulric, que resonaba por el parque, intercalada con la más aguda y débil del padre Ralf. No me molesté en escuchar lo que estaban diciendo.

Lo único importante era que me había perdido el principio, y eso me causaría problemas después, en el caso de que viviera el tiempo suficiente.

Empujé con el hombro para abrirme paso a través de las apretadas filas en dirección al templo y a la pequeña puerta de la parte trasera. Necesitaba estar solo y esconder el anillo de la condesa, y mi celda sería el mejor lugar para ambas cosas. Dado que el padre Ralf y Ar-Ulric se encontraban en la escalera delantera del templo, la muchedumbre estaba menos apiñada en la parte trasera. Al acercarme a la puerta pude ver que se encontraba entreabierta.

–Dieter -oí que decía una voz detrás de mí cuando posé una mano sobre el ornamentado picaporte.

Giré en redondo. Allí, a pocos pasos de distancia, había alguien a quien yo conocía: mediana estatura, pelo grasiento que encanecía en las sienes y una nariz que hablaba de aristocracia y tendencias pendencieras. Era más corpulento que antes, más gordo o más musculoso, pero no deseaba averiguar cuál de las dos cosas. Atravesé la puerta de un salto y la cerré de golpe tras de mí.

¡Grubheimer! Grubheimer estaba allí. Me había hablado. Quería que lo viera. No había intentado matarme, lo cual significaba…, significaba… que debía haberme preparado una trampa, y que lo más seguro era que yo hubiese entrado ya en ella.

Me había llamado Dieter, y yo había respondido a aquel nombre por primera vez en ocho años. Entonces me sentía más como mi antiguo yo: más calmo, más seguro de mí mismo, más implacable. Y una parte de mí, el sacerdote, estaba asustado por eso. Pero no le hice caso porque ahora yo tenía que ser Dieter o morir.

Corrí hacia mi celda. Me resultó lastimosamente obvio que alguien había movido el fino colchón desde que estuve allí por última vez. Lo levanté y debajo encontré una pequeña bolsa de cuero. Ai abrirla vi que dentro había un fino polvo gris. No me hizo falta olerlo para saber qué era: polvo de loto negro. Era una sustancia inmunda; en más de un sentido, fatal para quienes la poseyeran. Grubheimer había colocado eso allí. Intentaba incriminarme como yo lo había hecho con él diez años antes.

Entonces, oí pasos en el corredor, rápidos y ligeros. Se detuvieron en el exterior. Me metí la bolsita dentro del hábito, cogí una silla a modo de arma y abrí la puerta de golpe. En el corredor se encontraba de pie el hermano Jacob.

–Te vi entrar -me dijo-. El padre Ralf está furioso. Pensé que sería mejor que lo supieras.

Si había pensado que eso podría preocuparme, se equivocaba. Avancé para salir al corredor y lo cogí por un brazo.

–Esta noche hay cosas más importantes en el aire. Ven conmigo.

Las implicaciones del loto negro aún inundaban mis pensamientos. Grubheimer debía saber que yo encontraría la droga. Debía querer que me cogieran con ella encima, y eso significaba que actuaría tan pronto como pudiese. Tenía que deshacerme inmediatamente del polvo. Se me ocurrió un escondrijo y actué sin pensar en las consecuencias, como Dieter.

–Coge esto y guárdalo bien -dije al mismo tiempo que ponía la bolsa en las manos de Jacob antes de que pudiese protestar.

–¿Qué es?

–Algo por lo que muchos hombres matarían. Si surgen problemas, quédate cerca de mí.

Quité el cerrojo de la puerta y salimos al exterior. La masa de asistentes estaba cantando el último verso de un himno fúnebre, llenando el mundo con música triste y congoja. En cualquier otro momento me habría sentido profundamente conmovido, pero entonces constituía una distracción. Casi arrastrando a Jacob por un brazo, eché a andar alrededor del templo hacia la parte delantera.

No llegamos muy lejos. Un grupo de guardias uniformados avanzaba hacia nosotros con rudeza a través de la muchedumbre. Llevaban antorchas encendidas para alumbrar el camino. En medio de ellos, estaba Grubheimer, que me señaló.

–Es ese hombre -dijo-. Es él quien esta tarde se ofreció a venderme loto negro.

–Oficial, este hombre miente -respondí yo al capitán de la guardia que iba con Grubheimer, un hombre al que no conocía-. No soy más que un sacerdote de Morr.

Mi voz resonó con gran potencia. El himno había concluido y, desde el frente del templo, el padre Ralf estaba declamando una plegaria. Conocía bien aquellas palabras. La multitud que nos rodeaba estaba en silencio, con la atención fija en nosotros.

–Registradlo -dijo Grubheimer con tono malhumorado y marcado acento-. Tiene una bolsa de cuero marrón.

Jacob clavó los ojos en mí y, de pronto, intentó liberarse de mi presa, pero no lo solté. Con sobresalto recordé que aún tenía el anillo de la condesa en la mano cerrada. Si me registraban, Grubheimer se alzaría con un triunfo mucho más grande del que podría haber soñado.

–Yo no tengo ninguna bolsa semejante -dije.

Jacob tironeó con más fuerza, y pude oír que el padre Ralf estaba casi acabando la plegaria a Morr sobre los escalones del templo.

–Tal vez lo tiene su querido -dijo Grubheimer.

Yo me erguí, consciente del aura que me conferiría mi hábito sacerdotal, y sabiendo lo poco que eso concordaría con mis aterrorizados pensamientos. Y de repente, recordé una voz fría, serena, que no era la mía ni la de Dieter, sino la de Reinhold, y supe qué hacer.

–Tú me acusas de ese crimen -dije con lentitud y haciendo hincapié en cada palabra- porque yo sé a quién mataste la pasada noche.

El rostro de Grubheimer mostró sorpresa, pero no preocupación. Yo di un rápido paso al frente, y antes de que Grubheimer pudiera reaccionar ya le había metido la mano en el bolsillo del chaleco para sostener ante los ojos de los guardias, un momento después, un pesado anillo de oro. Era un sencillo juego de manos. Reinhold, hacía muchos años, le había enseñado cómo hacerlo a su amigo Dieter.

–El anillo de compromiso de la condesa -dije, midiendo mi voz con cuidado para que destacara de las últimas palabras de la plegaria del padre Ralf-. Este es el asesino que la mató.

Acabó la plegaria y un gran silencio se apoderó de la totalidad del parque.

–¡Este bretoniano -proclamé con una voz como la cólera de los dioses- es el hombre que mató a la condesa!

La espantada comprensión asomó al rostro de Grubheimer como el restallar de un trueno. Se oyó un murmullo de voces. Centenares de personas se habían vuelto a mirarnos. ¿Qué impresión iban a llevarse? Dos sacerdotes, los miembros de la guardia y un hombre acusado. Grubheimer supo que estaba atrapado: lo vi en su cara. Yo aferré con más fuerza el brazo del hermano Jacob y observé mientras Grubheimer hacía lo que yo había esperado: se dejó ganar por el pánico, aunque no de la forma que habría deseado. No echó a correr, sino que sacó un cuchillo y me atacó.

Sin pensarlo, giré para alejarme y arrastré al hermano Jacob ante mí. Sus pies resbalaron sobre el frío y duro suelo, y profirió un grito al comenzar a caer. El cuchillo de Grubheimer impactó contra su pecho y rasgó el fino hábito negro. La sangre salpicó a la multitud; yo perdí el equilibrio y caí también.

–¡Asesino! -gritó alguien, y la gente comenzó a correr.

Me di un buen golpe al caer; me aplasté la nariz contra el suelo congelado y me quedé sin aliento. Grubheimer se erguía petrificado sobre mí, con el cuchillo en la mano, y miraba hacia abajo. Parecía muy sorprendido. De su pecho había emergido algo. Eran quince centímetros de la hoja de una espada. Por encima del hombro del bretoniano podía ver al hombre que lo había ensartado: alto, con barba y una cicatriz. Me resultó familiar. Al cabo de un instante, había retirado la espada y había desaparecido entre la alborotada multitud. Grubheimer como una marioneta, se desplomó con lentitud al suelo y murió. No apartó los ojos de mí ni por un momento.

Había movimiento: la gente daba vueltas de un lado a otro y se oían gritos de terror y tristeza. Una ola de sonidos, de palabras susurradas, atravesó el parque. La solemnidad de la ceremonia había quedado desbaratada y perdida.

A mi lado, en el suelo, yacía Jacob. Con una mano intentaba contener la hemorragia de su estómago, pero no lo lograba. La luz desaparecía de sus ojos, que se clavaban en mí como si dijeran: «Tú has hecho esto».