Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Bajé la mirada hacia él.

–¿Por qué? No supongas que ser odiado es lo mismo que odiar, hermano. He dedicado mi vida a Morr. Trabajo para el templo y tolero la mezquindad de aquellos cuya dedicación es inferior a la mía. -Hice una pausa para patear el suelo, porque los pies se me estaban quedando entumecidos. Lo que acababa de decir parecía vacío, incluso para mí-. Pero no era eso lo que querías preguntarme. Lo que deseabas saber es por qué deberías quedarte tú.

El me miró como si acabara de expresar en voz alta su secreto más recóndito, y tardó un poco en volver a hablar.

–Odio esto.

–Lo sé.

–Quiero huir.

–¿Qué quieres hacer?

–Quiero ser caballero, luchar por el Imperio, vivir y morir como un héroe. Pero sin la ayuda de mi padre, jamás podré ascender o tener un mando.

¡Ah!, su padre, algún noble menor que tenía tres hijos en el ejército y había enviado al más joven al sacerdocio para que rezara por ellos.

–Huye. Únete a una partida de mercenarios -le sugerí.

Él me miró con desdén.

–En eso no hay honor -dijo-. Además, la mayoría son tileanos -y escupió sobre la fría tierra para dar fuerza al último comentario.

–Pero sería mejor que ser sacerdote, ¿eh? -dije yo-. La vida es lo que tú haces con ella. Si no te abres tu propio camino, serán otros quienes lo hagan por ti. Debes escoger, hermano; debes escoger.

Él no replicó. Al alejarme, oí el tintineo de la pala contra la tierra, que doblaba como una lenta campana.

* * * * *

El templo a medio reconstruir estaba atestado de personas desconsoladas, y en sus espacios normalmente silenciosos reinaban el ruido y los codazos. Los cofres del padre Ralf estarían surtidos, y él estaría solazándose con la atención que le debían prestar. La muchedumbre, que por lo general se mostraba obediente ante alguien que llevaba el hábito de Morr, no pareció fijarse en mí y tuve que abrirme paso a empujones para llegar a la entrada que conducía a las habitaciones de los sacerdotes, en la pared opuesta, y tener acceso a mi celda.

No llegué a destino. Una mujer que gimoteaba me tironeó del hábito para implorar mi bendición, y luego un hombre ataviado con costosas ropas quiso saber qué auguraba la muerte de la condesa para las lluvias primaverales. Quedé atrapado entre la multitud mientras pronunciaba palabras de consuelo y decía cortas plegarias por alguien que no me importaba y ante personas a las que odiaba. El padre Ralf apareció a mi lado, junto a mi hombro.

–¿El alma de nuestro fallecido hermano vuela ya hacia Morr? -preguntó, usando el código del templo para saber si ya había arrojado el cuerpo desde el barranco de los Suspiros.

Yo negué con un movimiento de cabeza.

–Lamentablemente, su tránsito fue rápido pero indeseado -repliqué yo, dándole a entender que lo habían matado.

El padre Ralf pareció exasperado.

–Lo lamento. Necesito saber más al respecto. Acude al Factorum dentro de cinco minutos.

Se volvió para atender a las necesidades de una señora bien vestida, y yo me marché: de todas formas, me encaminaba hacia el Factorum cuando lo encontré. Dentro de poco, los guardias llevarían allí el cuerpo de Reinhold.

El Factorum estaba fresco y olía a muerte. Me senté sobre una de las losas de mármol fregadas, para pensar, esperar el cadáver e intentar reunir toda la información que tenía. El día anterior, Reinhold no había encontrado trabajo, pero de todas formas había regresado con dinero y con la noticia de que Grubheimer estaba de regreso en la ciudad. Volvió tarde, se emborrachó, tomó una habitación privada, y allí lo mataron. Lo mató un asesino; lo mataron casi como si él lo esperara, casi como si no hubiese ofrecido resistencia, casi como si creyera que debía morir. Era un pensamiento raro para tratarse de alguien de Middenheim, cuyos habitantes se aferran a la vida con la misma tenacidad que su antigua urbe se aferra a la rocosa cima de la montaña.

No obstante, cuanto más pensaba en el aspecto que presentaba Reinhold cuando lo encontré, mayor era mi convicción de que estaba preparado para morir. No había luchado. La gente llega a ese estado por muchas razones, pero la desesperación no es una de ellas: puede ser un motivo para quitarse la vida, pero no para yacer tranquilamente y permitir que se la arrebaten. ¿Drogas? ¿Tal vez el vino estaba drogado? No; si querían matar a Reinhold, podrían haber envenenado el vino. Allí había algo más, algo que ya había visto antes: la sensación de una escena completa, acabada, terminada; un hombre decidido a marcharse de una manera espectacular, de modo que la gente considerara su vida y dijera: «¿Qué consiguió? Consiguió esto».

Pero Reinhold había sido un desgraciado, incapaz de encontrar trabajo por un día para pagarse el alojamiento de una noche. El pensamiento de una muerte inminente puede empujarlo a uno a extremos increíbles, pero sólo para escapar de ella…, no para recibirla de buen grado. ¿Qué le había sucedido?

Yo sabía que aún no había dado con el secreto, pero, considerando los hechos, creí saber dónde tenía que estar oculto. Debía averiguar de dónde había sacado Reinhold el dinero, y debía enterarme de si lo había conseguido antes o después de ver a Grubheimer en Wendenbahn. No se trataba de ningún relato de intriga barato; ya estaba convencido de que a mi amigo lo había matado Grubheimer o alguien contratado por él, y sabía que eso significaba que Grubheimer vendría por mí. Posiblemente, quería matar primero a mis antiguos colaboradores, acabar con lo que quedaba de mi organización, seguro de que yo me enteraría de que se me acercaba. Era buena cosa. Podría darme un poco de tiempo.

Se oyó un golpe seco en la puerta, y el padre Ralf entró sin esperar que lo invitaran. Me echó una mirada feroz y. al ponerme de pie, me crujieron las rodillas.

–Te dije que acabaras rápidamente con este asunto -empezó-, y tú comienzas una investigación de asesinato por alguien a quien apuñalaron en una posada de baja estofa.

–Es más que eso -repliqué yo-. Lo presiento. El muerto era amigo mío.

Mi voz sonaba falsa en mis propios oídos. Era mi antiguo yo, Dieter, que representaba el papel de un sacerdote de Morr. Me hacía sentir incómodo.

El padre Ralf me dirigió una furiosa mirada de exasperación.

–La amistad no tiene lugar en la vida de un sacerdote de Morr, hermano. Además, no sabía que cultivaras amistades.

–Era amigo mío en mi vida anterior.

No dijo nada. Incluso el padre Ralf conocía mi pasado y mi antigua reputación, y por tanto sabía qué tipo de hombre tenía que haber sido el difunto. Se produjo un largo silencio mientras nuestras respiraciones formaban una niebla blanca que se arremolinaba en el frío aire iluminado por lámparas.

–Bueno -comenzó, y luego calló por un momento-. Y otra cosa. Me he enterado de que has pasado la tarde caminando por la ciudad en compañía de mendigos, negándote a escuchar a las acongojadas personas que intentaron hablarte. Ese no es un comportamiento adecuado para un sacerdote de nuestra orden, hermano. Nos hace parecer altivos en un momento en que debemos mostrarnos abiertos y accesibles. El propio Ar-Ulric me mencionó el asunto.

Yo no dije nada. No recordaba haber omitido ningún gesto para nadie mientras estaba en la calle; pero eso no significaba que no hubiese sucedido. De todos modos, dudaba que Ar-Ulric, el sumo sacerdote de Ulric en todo el Imperio, hubiese mostrado el más mínimo interés en ese asunto. El padre Ralf estaba intentando intimidarme y darse aires de importancia, al mismo tiempo. Podría haber resultado si me hubiesen importado él o Ar-Ulric, pero no era el caso.

–Con las seis campanadas celebraremos la misa de duelo y recuerdo por el alma de la condesa -prosiguió-. La oficiaremos Ar-Ulric y yo. Tendrás un papel prominente porque es importante que te vean allí, y te verán llorar por la condesa. ¿Me he expresado con claridad?

–Sí, padre -repliqué, porque manifestar desacuerdo sólo habría servido para iniciar una discusión, y necesitaba librarme de él para tener ocasión de pensar. De todas formas, parecía que él tenía ganas de discutir. Sin embargo, nos interrumpió otro golpe en la puerta. La abrí, y con la corriente de aire frío apareció Schtutt.

–Ayúdame a meter dentro a este mendigo muerto, padre -dijo al mismo tiempo que hacía un gesto hacia el bulto que había sobre un carro que tenía detrás-. Habría traído a uno de los muchachos, pero están todos en Nordgarten, cuidando de los deudos en la casa de la condesa Sofía.

Luego, vio al padre Ralf detrás de mí y guardó un incómodo silencio.

Ralf se encaminó hacia la puerta y, al llegar a ella, se volvió para mirarme.

–A las seis campanadas, hermano. No llegues tarde -dijo, y se marchó.

Entre Schtutt y yo levantamos el cuerpo -el rigor mortis estaba desapareciendo, y Reinhold era como un saco de troncos-, y lo bajamos por los escalones para dejarlo sobre una de las losas de mármol. Schtutt jadeaba.

–No estoy tan en forma como en los viejos tiempos, ¿eh? -Se enjugó la frente-. Pero ninguno de nosotros lo está. Él, desde luego, no, e hizo un gesto hacia el cadáver.

Al parecer, Schtutt estaba de humor para charlar, pero yo no, consciente del paso del tiempo y de la presencia de Grubheimer en alguna parte de la ciudad. Sin embargo, me acosaba un pensamiento.

–Schtutt, ¿recuerdas a un tipo de Marienbeg llamado Grubheimer? Era alto, con pelo grasiento negro y acento bretoniano. Fue expulsado de la ciudad por contrabando de loto negro hace unos diez años.

–No puedo decir que lo recuerde, pero si tiene acento bretoniano será mejor que tenga cuidado. En este momento, la ciudad está demasiado caliente para ellos por los rumores sobre el asesinato de la condesa y todo eso. Ya ha habido dos apuñalados en reyertas, y otro cayó de una ventana alta y se partió el cuello.

–Una desgracia -dije con nerviosismo, preso del pánico y distraído.