Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Era mediodía, aunque un mediodía pálido y débil, y la gélida lluvia caía a través de las desnudas ramas de los negros olmos y retorcidos arces. El suelo por el que transitaban estaba cubierto por una fangosa y hedionda capa de hojas muertas que habían caído el otoño anterior y entonces se pudrían sobre la oscura tierra. La primavera tardaría mucho en llegar a aquel lugar.

Parecía no haber más señal de vida que los catorce jinetes. De vez en cuando, un pájaro carpintero martilleaba a lo lejos o chillaba un somorgujo o algún otro pájaro. En las ramas bajas, Aric vio telarañas adornadas por gotas de lluvia como ristras de diamantes.

–¡Humo! -gritó Von Glick de pronto, y todos tiraron de las riendas de los caballos y olieron el aire.

–¡Tiene razón! -dijo Vandam con ansiedad al mismo tiempo que deslizaba el largo mango de su martillo de guerra de la silla donde iba sujeto.

Ganz alzó una mano.

–¡Quieto, Vandam! Si nos movemos, lo hacemos como compañía, o no damos un paso. Aric, enarbola el estandarte.

Aric se situó junto al comandante y alzó el viejo pendón.

Tras asentir con la cabeza, Ganz comenzó a avanzar y la columna lo siguió en formación de dos en fondo a través de los árboles, donde los cascos de los caballos chapoteaban entre el fango de hojas y podredumbre, en dirección al humo.

El claro era amplio y abierto, pues los árboles habían sido talados y entonces ardían sobre una losa de piedra situada ante una estatua tosca. Alrededor del fuego había cinco formas peludas que arrastraban los pies y rendían culto.

–¡Por Ulric! ¡Lobos, adelante! -bramó Ganz. Todos salieron al galope y descendieron por la pendiente hacia el interior del claro, donde los caballos hicieron saltar el agua del encharcado terreno con sus pesados cascos.

Los hombres bestia que se encontraban ante el altar volvieron la cabeza con terror, profirieron bramidos y corrieron para ponerse a cubierto.

Al final de la fila, Morgenstern dio media vuelta para mirar a Gruber, que se había detenido en seco.

–¿Qué pasa? -bramó-. ¡Estamos perdiéndonos la diversión!

–Creo que mi corcel ha perdido una herradura -gruñó Gruber-. ¡Continúa adelante, viejo estúpido! ¡Sigue!

Morgenstern se volvió otra vez hacia los demás y bebió un largo sorbo de la botella que llevaba en las alforjas. A continuación, cargó pendiente abajo tras el grupo principal al mismo tiempo que profería un tremendo grito.

La rama baja lo derribó limpiamente de la silla. El resto siguió atravesando el claro con un galopar atronador. Aric bramaba con el estandarte en alto. Tres hombres bestia se separaron y huyeron, y los otros dos cogieron picas y se volvieron para hacer frente a la carga mientras chillaban con voces profundas e inhumanas.

A esas alturas, Vandam lideraba el ataque, y la cabeza de su martillo de guerra destruyó el cráneo de uno de los enemigos; la aberración con cabeza de cabra cayó al suelo.

Ganz, justo detrás de Vandam, erró el golpe sobre la segunda criatura. Intentó dar media vuelta, pero el caballo perdió pie sobre las hojas mojadas y resbaló. El comandante quedó tendido en la tierra.

La bestia se volvió para aprovecharse de la situación; sin embargo, en cuestión de un instante, Aric y Krieber la arrollaron con los caballos y le destrozaron los huesos.

Anspach, con el martillo girando en el aire, pasó al galope junto al altar para perseguir a uno de los fugitivos. Von Glick lo seguía de cerca.

–¡Diez chelines a que soy yo quien lo mata! -rió Anspach.

Von Glick imprecó e intentó darle alcance, pero Anspach lanzó su martillo, que voló girando por el aire tras la criatura fugitiva. El arma decapitó un arbolillo joven que distaba unos diez metros de la bestia. Anspach, maldiciendo, detuvo el caballo.

–¡Los dioses te ayuden para que alguna vez ganes una apuesta! -le gritó su compañero.

Von Glick, mientras, continuó galopando y alcanzó a la bestia en la línea de los árboles. Le lanzó dos golpes, y aunque falló ambos, la criatura se echó atrás y quedó a tiro de Dorff, que le aplastó los sesos.

Las otras dos bestias huyeron bosque adentro. Vandam, sin aminorar la carrera, galopó tras ellas.

–¡Atrás! ¡Vandam! ¡Vuelve aquí! -bramó Ganz mientras se incorporaba y obligaba a levantarse al conmocionado caballo.

Vandam no le prestó ninguna atención. Podían oír sus alaridos resonando entre los árboles.

–¡Schell! ¡Von Glick! ¡Id a buscar a ese idiota! -ordenó Ganz, y los dos jinetes obedecieron.

Todos los demás se habían reunido en torno al altar. Ganz volvió la cabeza y vio que Gruber había desmontado y estaba ayudando a Morgenstern a recostarse contra un árbol. El caballo de Morgenstern estaba trotando por las proximidades, con las riendas caídas. Ganz sacudió la cabeza, blasfemando.

Se encaminó hacia el altar y contempló la tosca estatua durante un momento. Luego, la hizo pedazos con su martillo. Ganz se volvió y miró a sus hombres.

–Ahora ya saben que estamos aquí. ¡Vendrán a buscarnos, y nuestra labor será más fácil!

* * * * *

–¿Vandam? ¿Dónde estás, idiota? -bramó Von Glick mientras cabalgaba con lentitud por los oscuros calveros del bosque.

Entre los árboles mugrientos había lagos hediondos, y por los afloramientos de pizarra caían finos hilos de agua salobre. A través de los árboles, Von Glick podía distinguir a Schell, que cabalgaba en línea paralela a él.

–¡Vandam! ¡Da media vuelta y regresa, o te dejaremos aquí! -gritaba.

Von Glick oyó movimiento entre los árboles cercanos y alzó el martillo en el aire por si acaso, pero fue Vandam quien apareció a la vista.

–¡Has venido a buscarme, Von Glick! -dijo con un bufido-. ¡Pero si eres la gallina clueca de toda la compañía! ¡Te comportas de un modo tan estirado que no reconocerías la valentía aunque proclamara su presencia!

Von Glick sacudió la cabeza con cansancio. Conocía demasiado bien la reputación que tenía entre los miembros más jóvenes de la compañía: estirado, inflexible, un viejo aburrido que refunfuñaba y se quejaba de todo. Una vez. Jurgen le había dicho que él era la columna vertebral de la compañía, pero sospechaba que entonces el antiguo comandante había estado intentando alegrar sus actitudes. Se odiaba por ello, pero no podía comportarse de otro modo. No existía la disciplina en esos tiempos. Los jóvenes templarios parecían toros imprudentes, y el peor de todos ellos era Vandam.

–Ganz me ha ordenado que te buscara -replicó con sequedad mientras intentaba contener el enojo-. ¿Qué sentido tiene alejarse solo, como lo has hecho? ¡En eso no hay gloria ninguna!

–¿Ah, no? -Vandam sonrió afectadamente-. Derribe a uno; le partí la espalda. El otro, sin embargo, se me escapó.

Eso era lo peor del asunto: la arrogancia de Vandam sólo resultaba comparable a su destreza de guerrero. «¡Malditos sean sus ojos!», pensó Von Glick.

–Vamos a regresar. ¡Ahora! -le ordenó a Vandam, el cual se encogió ligeramente de hombros e hizo girar al caballo-. ¡Schell! -llamó Von Glick-. ¡Lo he encontrado! ¡Schell!

Von Glick aún podía distinguir al otro jinete, pero la niebla y los árboles apagaban su voz.

–Continúa tú solo -le dijo Von Glick a Vandam-. Yo iré a buscarlo.

Espoleó el caballo para que avanzara por la orilla de un lago en dirección a Schell, que, por fin, lo vio y cambió de rumbo para encontrarse con él. Von Glick dio la vuelta al caballo.

El hombre bestia salió de los arbustos con un alarido feroz. Impelido por la persecución de Vandam, se había ocultado allí, pero Von Glick acababa de pasar demasiado cerca de su escondrijo, y el pánico lo había impulsado a la feroz acción. La punta de hierro de la lanza atravesó la parte derecha de la cadera del viejo lobo, que bramó de dolor. El caballo levantó las patas delanteras mientras el hombre bestia aferraba la lanza y la sacudía, pero ésta estaba firmemente atascada en el hueso, la carne y la armadura. Von Glick gritaba, ensartado como un pez; estaba tan echado hacia atrás por la lanza que no podía alcanzar el martillo de guerra.

Schell profirió un bramido de consternación y comenzó a galopar. Vandam, al oír el alboroto, se volvió y miró con horror.

–¡Por los ensangrentados puños de Ulric! -jadeó-. ¡Oh, señor, no!

La lanza se partió, y Von Glick, entonces libre, cayó de la silla de montar y aterrizó en un bajo del lago. El hombre bestia se lanzó hacia él.

De un salto, el caballo de Schell salvó el lago por la parte más estrecha, y el guerrero le asestó un golpe con la punta del martillo a la criatura, que murió al instante.

Saltó del caballo y corrió hacia Von Glick, que yacía de lado en las aguas someras y tenía el semblante pálido a causa del dolor. Daba la impresión de que su armadura roja y dorada se estaba destiñendo en el agua.

Vandam llegó a toda velocidad, y Schell alzó hacia el recién llegado unos ojos feroces y encolerizados, que ardían en su delgado rostro.

–Está vivo -siseó.

* * * * *

Ganz atravesó el claro del altar hasta el sitio en que Morgenstern estaba rehaciéndose.

–Hablemos -dijo-. Lejos de los demás. Estoy seguro de que no quieres que oigan lo que voy a decirte.

Morgenstern, que tenía a sus espaldas veinte años más de servicio que Ganz, pareció resentido, pero no desobedeció. Mientras hablaban en voz baja, se alejaron hacia el otro lado del calvero.

Aric se reunió con Gruber, que se encontraba sentado a un lado, sobre un tronco caído.

–¿Estás bien? -le preguntó.

–Mi caballo caminaba mal. Creí que había perdido una herradura.

–A mí me parece que está bien -dijo Aric.

Gruber alzó los ojos y miró al joven con expresión dura, aunque en su rostro flaco y arrugado no había enojo.

–¿Qué se supone que significa eso?

Aric se encogió de hombros. Con su largo cabello oscuro y su perilla negra bien recortada, a Gruber le recordaba al mismísimo Jurgen de joven.

–Lo que tú quieras que signifique -respondió.