Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Yo asentí. Esa calle era popular por los comerciantes que daban limosna a los mendigos para tener suerte.

–Volvió a dos campanadas, asustado.

–¿Asustado?

–Vio un hombre. Reinhold dijo hombre lo buscaba a él. No amigo. Entonces cogió su… Salió otra vez y… Regresó tarde -acabó con voz débil.

No, no era eso. Estaba ocultándome algo, algo importante, porque yo la ponía nerviosa. Yo sabía cómo tratar con aquella situación: pasar a un tema que no revistiera problemas, lograr que se sintiera confiada y volver más tarde al secreto.

–Louise -comencé-, ¿sabes quién era ese hombre? ¿Te contó Reinhold algo acerca de él? -se produjo una larga pausa mientras ella intentaba recordar.

–Del oeste. De Marienbeg. De tiempos pasados, dijo Rein. Lo llamó Gusano.

Gusano: Claus Grubheimer. Yo lo recordaba. Es extraño, pero por mucho que intentemos huir de nuestro pasado, siempre está ahí, esperando a nuestras espaldas para tocarnos el hombro y clavarnos un cuchillo por detrás. Diez u once años antes, un comerciante de fresco rostro, con nombre imperial y acento bretoniano, había llegado a Middenheim con grandes ideas y un permiso para comerciar con hierbas de Loren. Mientras yo le daba la mano y hablaba con él de asociación y ayuda, Reinhold había abierto sus cerraduras, había copiado sus papeles y había robado sus muestras. Luego, lo cargamos con un poco de loto negro y le dimos el soplo a la guardia sobre la mercancía que estaba comprando y vendiendo. Yo había apostado cinco coronas con Reinhold a que la cabeza del bretoniano estaría ensartada en una pica antes de que pudiera huir de la ciudad. Había ganado Reinhold, y ésa había sido la última vez que habíamos visto a Grubheimer; hasta el día anterior.

Pero ¿Grubheimer había matado a Reinhold? Y de ser así, ¿estaría buscándome a mí también? ¿Y a Yan, de Norsca, y a Kaspar Tres Dedos, que por entonces también trabajaban para mí? Hacía años que no los veía. Quizá también estaban muertos. Unas garras de frío pánico me aferraron los hombros. «Cálmate -me dije-. Cálmate.» Y sin embargo, mi viejo instinto enterrado bajo mi vida sacerdotal me gritaba que si Grubheimer estaba en la ciudad era por una sola razón: la venganza. Necesitaba tiempo para pensar, pero si Reinhold estaba muerto, tiempo era lo último de que yo disponía.

–Tengo que regresar al templo -dije mientras me ponía de pie.

Los ojos de Louise me siguieron.

–¿Dinero? -me preguntó con la única nota de esperanza que había oído en su voz.

Posé los ojos sobre su forma lastimosa.

–¿Reinhold no te dio nada? -pregunté.

Ella no respondió, pero sus ojos se apartaron de los míos. Había algo que no quería decirme; otra vez aquel detalle oculto. Podía esperar. Di media vuelta para echar a andar de regreso por el laberinto de frías calles llenas de personas tristes. Algo en mí, duro y afilado, estaba cristalizando. Supe que sabría de qué se trataba en cuestión de minutos.

–¡Espera! La condesa… -dijo ella a mis espaldas.

–No, no me hables a mí de la condesa -respondí, y me alejé.

Aquello duro que tenía dentro estaba aceradamente frío de miedo… y algo más. Sabía que si Grubheimer había regresado a la ciudad, estaba allí para matarme: tal vez fuese ciudadano de Marienbeg, pero su sangre era bretoniana, y los bretonianos no eran gente que perdonara a sus enemigos. Yo había perdonado a los míos hacía ocho años, cuando me hice sacerdote e intenté olvidar todas las malas acciones que había cometido. No lamentaba ninguno de esos actos, pero cuando ingresé en el templo de Morr supe que jamás volvería a hacer nada parecido. Entonces, ocho años después, un sacerdote sería un blanco fácil para que lo matara Grubheimer.

Desde que mi esposa y mi hijo habían desaparecido, una parte de mí quería morir, pero era una parte muy pequeña, y mientras recorría las estrechas calles, sentí que aquella dureza de mi interior aumentaba para luchar contra esa parte. Grubheimer era un hombre desesperado, un hombre capaz de estrangular a un mendigo en su cama para vengarse de algo sucedido diez años antes. Si quería que sobreviviera el sacerdote que entonces era yo, tendría que ser duro. Debería transformarme otra vez en el hombre que había dejado atrás: pensar en la vida de una manera que había intentado olvidar durante ocho años. La perspectiva no resultaba seductora.

Pero mientras pensaba en todo eso, sentí que la frialdad de mi interior se hinchaba y crecía hasta llenarme de emociones muertas. La mente del sacerdote de Morr iba siendo cubierta y reemplazada por viejos pensamientos, por comportamientos del pasado. ¿La vida que yo había llevado durante ocho años era tan fácil de vencer? ¿El pasado que con tanto ahínco había luchado para enterrar se encontraba realmente tan cerca de la superficie? Y si dejaba salir al lobo de la jaula, ¿podría volver a meterlo en ella alguna vez?

Una parte de mí se sentía presa del pánico y enferma: pero cuando me miré la mano derecha vi que tenía el puño cerrado y me di cuenta de que no era de enfado, sino de resolución. Y luego, mientras miraba un callejón ante el que pasaba, supe qué debía hacer. Me interné en la oscuridad que en otros tiempos conocía bien, golpeé con fuerza la puerta de la taberna de El Caballo Negro y entré.

La decoración no había mejorado. Los bebedores de mediodía eran más escasos y estaban más silenciosos de lo que yo recordaba, y no reconocí al joven con delantal que avanzó hacia mí al traspasar el umbral. Abrió la boca.

–Alto -le dije-. ¿Canoso Bruno está aquí?

Él se mordió el labio inferior, que es lo que uno hace si es nuevo en el trabajo y un sacerdote entra en un agujero como El Caballo Negro y pregunta por un hombre que tiene una reputación como la de Canoso Bruno. Pero sus ojos se desviaron apenas un instante hacia el techo, como yo esperaba que hicieran; había estado alerta para detectar el gesto.

–Está arriba -dije.

–Está durmiendo.

–No, no duermo -contestó una voz potente.

Allí estaba Bruno, tan grandote y con el mismo aspecto de oso de siempre. Nos quedamos ahí de pie, sin saber cómo saludarnos.

–Padre -dijo él, al fin.

–Bruno -lo saludé yo, agradecido por haber escapado a uno de sus abrazos.

–Ha pasado mucho tiempo -comentó él.

–Así es.

–Supongo que esto no es una visita de cortesía.

–No lo es.

–Bueno, padre -e hizo hincapié en esa última palabra-, ¿con qué asunto puedo ayudarte en un día como hoy?

–Bruno, ¿recuerdas a un comerciante de hierbas bretoniano llamado Grubheimer? Hace unos diez años, tuvo que salir corriendo de la ciudad por contrabando de loto negro.

–No puedo decir que lo recuerde, padre. Ha pasado mucho tiempo. -Pero parecía interesado.

–A algunos socios míos -dije con cuidado- no les era desconocida la bolsa de hierba que la guardia le encontró encima. Ahora ha regresado a la ciudad, y por lo que he oído está descontento; muy descontento.

–Pensaba que, desde que desaparecieron tu esposa y tu hijo, habías dejado atrás ese tipo de cosas.

Se produjo una pausa de la que yo fui el responsable.

–Es cierto -repliqué-, pero parece que él no. Y no me gusta que me lo recuerden.

–Y… ¿qué? ¿Quieres que le hagan una advertencia para que se mantenga a distancia? ¿Que lo saquen de la ciudad? ¿Que lo quiten de la circulación?

–Necesito saber dónde se aloja. De momento, bastará con eso.

–Es una lástima -replicó Bruno-, pero pondré a alguien a trabajar en ello. ¿Puedo ofrecerte una copa de brandy y el calor de mi hogar? Apreciaría tu consejo acerca de un asunto delicado.

–Lo lamento, Bruno -respondí-, pero ya no hago esas cosas.

–Pero aún les pides favores a tus antiguos amigos. Comprendo. -Yo comencé a decir algo, pero él levantó una mano grande como una losa-. No. Hoy te lo perdono. Con una muerte tan importante en la ciudad, la gente de Morr debe tener mucho que hacer.

–Todas las muertes tienen la misma importancia -le aseguré yo-. Sólo los vivos piensan lo contrario.

Él me miró durante un momento, y luego se encogió de hombros.

–Lo que tú digas. Tú eres el sacerdote. Si averiguo algo sobre Grubheimer, te enviaré un mensajero al templo.

–Gracias, Bruno -le dije-. Y siempre que tú o tus muchachos necesitéis asesoramiento sobre la muerte, ya sabes dónde encontrarme.

Bruno rió entre dientes.

–Tal vez te tome la palabra, aunque creo que en lo relativo a la muerte tenemos nosotros más experiencia que tú.

Un recuerdo reciente inundó mi cabeza: un hombre que se precipitaba por el barranco de los Suspiros azotado por una nevisca, cuya sangre aún estaba tibia en mis manos.

–¡Ah! -repliqué-. Quizá te sorprenderías.

* * * * *

No había ninguna necesidad de llevar el cuerpo de Reinhold al templo. El cadáver de un indigente debía ser arrojado desde el barranco de los Suspiros con la más breve de las bendiciones. No obstante, con independencia de cómo hubiese muerto, Reinhold había vivido como algo más que un indigente. Además, como el padre Ralf y los demás estaban ocupados con la muerte de la condesa, nadie repararía en lo que yo hiciera, y la preparación del cadáver me daría tiempo para pensar.

Cuando regresaba al templo, al pasar del alboroto de las calles a la soledad relativa del congelado parque de Morr, oí el sonido de una pala que tintineaba contra el suelo inflexible. El hermano Jacob aún estaba cavando. Se encontraba de pie dentro de la fosa, y verlo allí me provocó un inexplicable escalofrío, que me bajó por la espalda. Me acerqué, y él alzó su semblante pálido de frío.

–Supongo que no has venido a ayudarme -comentó con acritud.

–No, hermano -repliqué-. Tengo que ocuparme de otros asuntos.

Dejó la pala, se frotó las manos para restablecer la circulación y levantó los ojos hacia mí.

–Antes me dijiste que no le gustas a la gente de por aquí, ¿verdad, hermano? -preguntó.

–Muy cierto -repliqué.

–¿Por qué te quedas entonces?