Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Justo en la entrada esperaba un hombre corpulento y calvo, cuyos músculos se habían transformado principalmente en grasa. Sus ropas eran un remedo de opulencia, copias baratas de prendas de última moda, y en el cinturón llevaba un corto cuchillo que parecía destinado a utilizarse. No esperaba que mi apariencia le causara preocupación, y estaba en lo cierto.

–Tú debes ser Sargant -dije.

El tipo ni se movió, sino que clavó sus ojos en mí durante un largo rato.

–¿Tú no eras antes Dieter Brossmann? -preguntó con un tono duro en la voz, y lo miré a los ojos.

–Ése era mi nombre hace mucho tiempo -respondí con lentitud-. Desde hace ocho años, soy un humilde sacerdote de Morr. Veamos el cuerpo.

–Sí. Sígueme, entonces.

Lo acompañé por oscuros corredores con la esperanza de que no formularía más preguntas acerca del hombre que yo había sido en otros tiempos, y aguardé mientras abría con una llave la fina puerta de madera de pino. La habitación que había al otro lado era pequeña y carecía de ventanas, y Sargant no me siguió al interior. Vi un camastro con un cuerpo encima y una silla situada cerca, sobre la que había una pequeña lámpara de aceite que iluminaba el rostro del cadáver.

Se trataba de Reinhold. ¡Que Morr se me llevara, pero si era Reinhold! Parecía viejo, gastado y cansado, y estaba sucio, pero en diez años no había cambiado demasiado. Cuando yo dirigía la empresa familiar más grande de Middenheim, él había sido mis ojos y oídos. El pequeño Reinhold conocía a todos los serenos y guardias de los almacenes de la ciudad, podía abrir cualquier cerradura en medio minuto y frecuentaba al menos una parte de los antiguos túneles de enanos que corrían por debajo de la urbe. Reinhold, que tantas cosas me había enseñado… «¿Qué lo habrá llevado a acabar así?», me pregunté, y tras pensarlo, lo supe: en parte, el hecho de que yo cerrara la empresa y me hiciera sacerdote.

Pero ya habría tiempo más tarde para ese tipo de pensamientos. Tenía trabajo que hacer. Agradeciendo que Sargant me hubiese dejado tranquilo y suponiendo que no podía conocer el antiguo vínculo entre mi yo anterior y Reinhold, posé los dedos sobre la frente del cadáver -la piel estaba grasienta y fría- y comencé a entonar la Bendición Protectora con el fin de sellarlo a la influencia de las fuerzas oscuras que hacen presa en los cuerpos de los muertos. El alma de Reinhold ya se encontraba con Morr y no podía ayudarla. Encendería una vela por él cuando llegara al templo.

A la luz de la lámpara, el rostro de Reinhold parecía viejo y macizo, como tallado en madera de pino del Drakwald. Pasé los dedos con lentitud por su cara, y continué bajando mientras entonaba las antiguas palabras de la oración. Llegué a la garganta…, y allí me detuve. Había una marca, una depresión del tamaño aproximado de una corona de oro; habían presionado algo con fuerza sobre la nuez de Adán.

Ya había oído hablar de eso. Se envolvía una moneda o una piedra en una tela, luego se rodeaba el cuello de la víctima y se tiraba con fuerza. La moneda cerraba las vías respiratorias o taponaba la vena del cuello -nunca he sabido muy bien cuál de las dos cosas-, y la muerte sobrevenía con mayor rapidez y resultaba menos obvia. A Reinhold lo habían asesinado.

Pensé en sus bolsillos. Con toda seguridad, Sargant los habría registrado, pero aún podría quedar en ellos algo que resultase revelador. Las ropas de Reinhold tenían el tacto duro y húmedo de la grasa, la suciedad y el sudor, lo que indicaba que las había llevado puestas cada día durante meses. El olor que desprendían se correspondía con eso, y me sentí sucio al manipularlas. Más aún: sentí que estaba invadiendo la intimidad de mi amigo muerto. Pero eso no me detuvo.

Un pañuelo mugriento. Un ejemplar sucio del libro de plegarias sigmaritas. Cinco trozos de alambre doblados, que reconocí como ganzúas improvisadas. Restos de grava. Nada de dinero. El bolsillo derecho estaba aún más pringoso que el izquierdo, y sólo contenía una pequeña navaja de muelles, muy embotada y oxidada. Saqué la hoja y no me sorprendió ver que en ella había sangre razonablemente fresca. Ése era el Reinhold que yo conocía.

Me senté en la penumbra y pensé durante un momento, para luego continuar con la Bendición Protectora. Había poco que pudiera hacer ya por Reinhold. Una parte de mí sabía que su último viaje estaba destinado a ser una larga caída por el barranco de los Suspiros, la salida de la vida y de la ciudad de que disponían los indigentes; eso era inevitable. No tenía una bóveda familiar debajo del templo, ni el dinero para pagar una sepultura en el parque de Morr, donde los muertos más adinerados ya descansaban unos sobre otros en cuatro y, a veces, cinco niveles. Lo único que podía hacer por él era averiguar por qué había muerto. No buscaba venganza, pues ser un sacerdote de Morr no tiene nada que ver con eso. Me bastaba con averiguar el motivo.

Cuando concluí la bendición, se abrió la puerta y entro Sargant.

–¿Ya está? -preguntó.

–Casi. -Me puse de pie y me encaminé hacia la puerta para salir a la calle. No tenía sentido comunicarle lo que sabía-. Enviaré un carro para que recojan el cuerpo. ¿Murió en esa habitación?

–Sí. La mayoría de las noches estaba en el dormitorio colectivo con otros, pero anoche llegó tarde, con dinero, y solicitó una habitación privada. Olía a bebida y pidió salchicha y una bota de vino para su amiga. Bebieron hasta después de las once campanadas, y luego él se marchó a dormir. Esta mañana, allí estaba, tieso como una tabla. «Come, bebe y alégrate -me dijo ayer-, porque mañana moriremos.» Y tenía razón.

Clavé los ojos en Sargant. ¿Acaso Reinhold sabía que iba a morir, que alguien planeaba matarlo? Y de ser así, ¿por qué había muerto silenciosamente en lugar de luchar? ¿Era posible que la vida en la calle lo hubiese quebrantado hasta el punto de no defenderse siquiera de un asesino? ¿O habría otra razón? Tenía que averiguar algo más acerca de la vida que había llevado Reinhold en los últimos tiempos y sabía que no obtendría esa información de Sargant.

–¿Y esa amiga que has mencionado? -pregunté-. ¿Puedes darme su nombre?

–Louise -respondió-. Es una pequeña rata bretoniana. Viene por aquí casi todas las noches. Estaban saliendo juntos. Ayer querían pasar los dos la noche en la habitación, pero yo no acepto ese tipo de comportamiento; no, en mi casa.

«No, por supuesto que no. Coges el dinero de personas que no tienen nada para que puedan pasar la noche en esta inmundicia, pero les prohibes cualquier cosa que les procure un momento agradable, aunque sea algo tan pequeño como el afecto de otra persona.» Conocía a demasiados hombres como Sargant; Middenheim estaba lleno de ellos. Ya casi habíamos llegado a la puerta delantera de la posada cuando reparé en algo que me sorprendió.

–Llevas un brazalete negro -dije-. ¿Estás de duelo?

El hombretón bajó los ojos hacia su brazo, como si estuviese momentáneamente sorprendido.

–Sí -replicó.

–¿Por el mendigo? -inquirí yo.

Él me clavó una larga mirada.

–Por ese viejo borracho, no -respondió con sorna-; por la condesa.

Dio media vuelta y se adentró en la sórdida oscuridad de sus dominios. Yo lo observé mientras se marchaba, y luego desvié la mirada hacia el grupo de indigentes que aún estaban en torno a la puerta. Uno de ellos alzó la vista hacia mí. Nuestros ojos se encontraron, y él dio un respingo, como un ratón atrapado por una lechuza.

–No eches a correr -le dije-. Estoy buscando a Louise.

* * * * *

Fueron necesarias un par de monedas y dos horas dejándome guiar, a través de muchos callejones, hasta posadas baratas y escondrijos de mendigos dentro de viejas cisternas y bodegas abandonadas; pero, al fin, la encontramos: un montón de harapos y huesos acurrucados cerca de un brasero próximo al puesto de guardia que está situado junto a las ruinas de la puerta sur. Ella alzó la mirada cuando nos aproximamos, y reconoció a mi guía. Tenía el rostro ensangrentado y cubierto de cardenales. Me acuclillé ante ella.

–¿Quién te ha hecho esto? -pregunté.

–Hombres.

La palabra salió indistinta y espesa, aunque resultaba difícil saber si se debía a su acento bretoniano o al labio que tenía partido. Me di cuenta de que no podía calcular su edad: veinte, treinta, incluso cincuenta años. La gente de la calle envejece deprisa, y la lluvia, la escarcha y el vino barato no habían sido amables con ella.

–¿Qué hombres?

–Hombres que oyeron mi voz, que dicen que soy una espía, que maté a la condesa. ¡Hombres estúpidos, que la Dama se los lleve! -replicó ella-. ¿Quién eres tú para preguntar esas cosas?

Me contempló con ojos grises, y yo recordé a otra mujer, pero aquélla había sido rubia y su rostro había estado lleno de vida y alegría. Filomena había sido su nombre, y yo la había amado… Hacía ocho años que no la veía. Se produjo un silencio, y luego recordé que Louise me había hecho una pregunta.

–Yo era amigo de Reinhold -dije.

Ella apartó la mirada; tenía los hombros caídos. No hice nada por consolarla: le quedaba tan poco en la vida que sentí que debía dejarla que guardara su dolor. Al menos, no tenía que darle la noticia. Pasado un largo minuto, volvió a mirarme; las lágrimas abrían surcos en la suciedad de su rostro.

–¿Tú eres sacerdote? ¿Tú lo enterrarás?, ¿sí? -preguntó.

–Me haré cargo de su muerte. -Pareció que la réplica la satisfacía-. Louise…, ¿había alguien que odiara a Reinhold?

–¿Odiara?

Su rostro quedó inexpresivo, así que lo intenté de otra manera.

–¿Qué hizo Reinhold ayer? ¿Estuvo trabajando?

Louise se enjugó el rostro con una manga mugrienta.

–No encontró trabajo. Fue a buscar, pero no encontró.

–¿Y qué hizo entonces?

–Mañana en Wendenbahn, para mendigar.