Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

–Nos encontramos con una banda de… cosas oscuras, ¡que Ulric se apiade de nuestras almas! ¡No eran… mortales! Sin duda, se trataba de las mismísimas abominaciones que destruyeron la casa Ganmark. Pillaron a Drakken, pero por los dientes de Ulric que les dio quehacer. Nosotros hicimos el resto, y Lowenhertz se llevó la parte del león. Pero están ahí afuera. ¡Que Ulric nos asista, comandante! ¡Esas cosas son espectros!

–¿Quieres decir que son fantasmas? -preguntó Ganz en un susurro apenas audible para los demás.

–¡No sé qué quiero decir! ¡Nunca antes me había encontrado con nada parecido!

Ganz blasfemó.

–¡Cientos de kilómetros de bosque y tierras de cultivo, con los Caballeros Pantera persiguiéndolos, y van a tropezar con nosotros! ¿Qué posibilidades tenemos?

–¿Qué posibilidades tenemos? -intervino Lowenhertz en voz baja, pero con tono significativo.

Parecía compartir la ansiedad del comandante por mantener aquella conversación fuera del alcance auditivo de los civiles.

–Atacan la casa solariega; luego, nos encuentran…

La voz de Lowenhertz se apagó.

–¿Qué quieres decir? -preguntó Aric al mismo tiempo que aflojaba la mano que sostenía el estandarte enarbolado.

–Quiero decir que tal vez van detrás de algo. ¡Algo que estaba en la casa solariega y que ahora está aquí con nosotros!

Se produjo un largo silencio. Los caballos relinchaban y se sacudían las moscas de encima. Ganz se pasó un puño por la boca.

–Pareces estar notablemente bien informado, maese Lowenhertz -dijo al fin.

–¿Qué quieres decir? -preguntó el templario, con los ojos entrecerrados.

–Pareces saber mucho sobre la forma de actuar de la Oscuridad -le respondió Ganz con franqueza.

Lowenhertz profirió una sonora carcajada, que, pese al estruendo, contenía poco humor; sin embargo, estremeció la totalidad del claro e hizo que todos se volvieran a mirarlo.

–No es más que pura lógica, comandante… Esas criaturas tienen ingenio. No son bestias brutas ni salvajes pieles verdes de las laderas rocosas. Se mueven según un propósito definido; tienen una finalidad y una misión para todo lo que hacen. Éste no ha sido un encuentro fortuito.

–En ese caso, tendremos cuidado -fue la sencilla respuesta de Ganz.

–Quizá deberíamos intentar discernir la naturaleza de su propósito, señor, tal vez mediante…

Ganz lo interrumpió en seco.

–Tendremos cuidado -repitió con mayor firmeza-. Aric, ve a mirar cómo está Drakken y asegúrate de que se encuentra cómodo y listo para continuar. Seguiremos adelante.

Bajó los ojos cuando el Margrave llegó corriendo, a pie, procedente de su carruaje. Lo acompañaban dos servidores que corrían tras él, y su expresión no era feliz.

–¿Estamos en peligro, señor caballero? -preguntó, jadeante.

–Os halláis en compañía de Lobos, noble señor -respondió Ganz con elegancia-. Vos mismo solicitasteis nuestra escolta, creo recordar, y sabíais que os llevaríamos sano y…

–¡Sí, en efecto! No quiero decir que dude… Pero aun así… ¿Todavía están en el bosque?

–Os aseguro por mi honor, Margrave, por el honor de mis hombres y en el nombre de Ulric, que nos guía, que estaremos a salvo.

A su lado, Gruber se retrepó en la silla de montar. Aún temblaba debido al combate, y su pulso era fuerte y acelerado. «Demasiado duro para un viejo», pensó, y sus ojos recorrieron la fila de carruajes que se preparaban para proseguir la marcha.

En la ventanilla de la puerta del carruaje del Margrave, atisbo a la esposa del noble. Ella miraba al exterior desde las sombras, con una sonrisa malvada en los labios.

Gruber apartó los ojos y deseó por los sagrados cielos no haber visto aquella expresión.

Aric retrocedió hasta el carro donde estaban atendiendo a Drakken. En él viajaban varios servidores de la cocina y la anciana niñera de los niños nobles. Drakken no parecía reparar en ellos. La ordeñadora, Lenya, ayudaba con vigor a Kaspen a vendarle las heridas.

–Mantenías limpias y secas, y fíjate en si se infectan -le dijo Kaspen.

–Sé qué hacer, Pelirrojo -asintió ella, obediente.

Lenya clavó una mirada decidida en los ojos de Drakken cuando Kaspen bajó del carro, y estrujó un paño que había dentro de un cuenco de agua para escurrirlo.

–Yo te cuidaré, templario del Lobo. No te preocupes. Muy a menudo he curado las heridas y rascadas de mis hermanos, y muchas eran peores que la tuya -dijo.

–Yo… te lo agradezco -respondió Drakken con una sonrisa alelada en la cara.

Aric los observó, rió entre dientes y regresó junto a Ganz.

–Drakken está más contento que un lobezno -le dijo al comandante.

–En ese caso, continuemos. ¡En marcha! -gritó Ganz-. ¡En marcha!

* * * * *

Al caer la noche, acamparon en una ladera rocosa que dominaba un meandro de un arroyo sin nombre. Los Lobos encendieron hogueras en torno al perímetro del campamento e hicieron turnos de guardia durante toda la noche.

A medianoche, Ganz hizo su ronda. Pasó unos momentos con Einholt y el corpulento Bruckner en sus puestos, mientras el resto del grupo se instalaba para dormir.

Cuando atravesaba el campamento hacia el puesto de Aric, Ganz vio una silueta oscura que pasaba por la parte exterior del círculo de luz.

Se tensó y se internó cautelosamente en la oscuridad al mismo tiempo que su mano desenvainaba el cuchillo de caza.

–¡Lowenhertz! -siseó.

El caballero se volvió con sorpresa y bajó un hermoso astrolabio con el que había estado mirando el firmamento.

–¿Comandante?

–En el nombre del Lobo, ¿qué estás haciendo aquí afuera?

–Resulta difícil hacer lecturas precisas cuando se está cerca de la luz del fuego -comenzó a explicarle Lowenhertz.

–¿Lecturas?

–De las estrellas, comandante. Para ver si puede discernirse alguna formación o manifestación extraña. Mi bisabuelo me enseñó que los signos y augurios celestes acompañan a las maquinaciones de los no muertos…

Ganz lo interrumpió, enojado.

–¡Ahora veo por qué nunca has llegado al mando! -le gruñó-. No se fían de ti, ¿verdad? ¡Los ancianos de nuestro templo no te confían las vidas de los hombres porque has llegado demasiado lejos, estás demasiado cerca de la Oscuridad!

Lowenhertz guardó un silencio momentáneo y frunció el entrecejo.

–¡Ah! -dijo al fin-. Ya veo, comandante. Tú piensas que se trata de mí, ¿verdad? ¿Crees que formo parte de este peligro?

–Yo… -comenzó Ganz, vacilante.

Lowenhertz se echó a reír como si se tratara de un chiste realmente bueno.

–Perdóname, señor. No soy nada más que lo que parezco ser: ¡un leal servidor de Ulric, cuya mente, a veces, formula demasiadas preguntas! Mi padre era un Caballero Pantera. Murió en la colina de los Cuernos, destripado por los mastines del Caos. Yo siempre he intentado ir un paso por delante, saber de mi enemigo más de lo que él sabe de mí, servir al templo con las mejores capacidades de mi cuerpo… y mi mente. ¡No toleraré que desconfíes de mí! Pero si puedo servirte y tú puedes confiar…

Se produjo un largo silencio, y Ganz tendió una mano hacia el astrolabio.

–¿Y has descubierto algo? -preguntó con voz queda.

* * * * *

Drakken se acurrucó sobre los rollos de alfombra que había en la parte trasera del carro, y se relajó a la luz del fuego. Sobre él se proyectó una sombra, y alzó los ojos y parpadeó al salir de su duermevela. Allí estaba Lenya, con una sonrisa luminosa en la oscuridad.

–¿Tienes sed, caballero? -le preguntó.

–Me llamo Drakken -respondió él-. Krieg Drakken, y me gustaría que me llamaras así.

–Lo haré, Krieg. Con dos condiciones. Una, si me dices que tienes sed, y dos, si me llamas Lenya.

–Tengo sed, Lenya -respondió el muchacho con voz dulce.

Ella profirió un bufido y se marchó a buscar una bebida.

Drakken volvió a relajarse y cerró los ojos. Le dolía el hombro, pero en general aquél estaba resultando un buen debut como templario del Lobo Blanco. Sobre él volvió a proyectarse una sombra.

–Espero que el agua esté fresca… -comenzó a decir, y su voz se apagó al darse cuenta de que no era Lenya que regresaba.

La anciana niñera se acuclilló junto a él.

–Ahora tranquilízate, cachorrillo -le dijo ella con ternura-. ¡Ah!, ya sé que no soy tan bonita como tu ordeñadora, pero velo igualmente bien por el bienestar de mis guardianes, y tú has tenido un día muy largo.

Drakken se relajó y sonrió. El tono de su voz resultaba muy tranquilizador y sereno. No era de extrañar que se ganara la vida como cuidadora de niños.

–Sólo he pasado por aquí para bendecirte, corderito mío -dijo, y se metió una mano dentro del cuello de la blusa-. Tengo un amuleto de la suerte que me dio mi madre hace muchos años. Quiero que lo cojas en la mano para que te ayude a recobrar la salud.

La niñera sacó un destellante amuleto que pendía de un cordón que llevaba alrededor del cuello. La montura era de peltre, pero el amuleto en sí era un cristal curvo, en forma de garra; tal vez se tratara de un fragmento de otra cosa, algo muy antiguo.

–Siempre me ha traído suerte y salud -le aseguró ella.

El muchacho sonrió y lo cogió con una mano. Estaba tibio.

–Ahora la bendición será para ti, mi pobre caballero herido. La bendición de todos los dioses.

–Gracias, señora -respondió Drakken.

Experimentaba una mayor calidez; se sentía más seguro y sano.

–Aquí regresa Lenya con una taza de agua -dijo la niñera a la vez que recuperaba el amuleto y se ponía de pie-. No querrás pasar más tiempo con una vieja necia como yo. Que estés a salvo, caballero.

–Otra vez, gracias -se despidió Drakken.

Luego, Lenya llegó a su lado y le acercó la taza a los labios.

–¿La vieja Maris estaba de nuevo alborotando a tu alrededor? -preguntó la muchacha con una ancha sonrisa-. Es muy buena. Los niños están locos por ella. El Margrave tuvo suerte de encontrarla el año pasado, cuando necesitaba una nodriza.

–Es una anciana buena y muy atenta -asintió Drakken entre sorbos-. Pero yo sé quién me gustaría que me cuidara…

* * * * *