Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Kruza no pudo soportar aquella visión. Tras coger al hipnotizado Resollador por un brazo, lo hizo girar y lo condujo fuera de la estancia. Prefería regresar por el camino por el que habían llegado y enfrentarse con las figuras embozadas de gris que quedarse un momento más en aquel sitio.

Regresaron por el corredor, ambos con paso firme, fingiendo una seguridad que Kruza sabía que él, como mínimo, no tenía. Pero si entonces se permitía el lujo de sentir miedo, moriría con total seguridad. Debía demostrarse a sí mismo que no estaba atemorizado.

No se oía nada en absoluto. El fresco aire ligeramente húmedo del subterráneo dio paso al olor a leche agria que flotaba de una cámara a otra y se hizo más fuerte conforme se acercaron a la entrada.

Kruza estaba seguro de que tendrían que tropezarse con alguna de las figuras embozadas, pero no fue así. Continuaron con paso solemne, medio asustados, hasta llegar al sitio por el que habían entrado. El sentido de la orientación de Resollador era tan infalible como cuando se encontraba en las calles de la ciudad. Al cabo de poco rato, se hallaban en la antecámara de iluminación blanca de la que habían huido. Todo ese tiempo, Kruza había estado esperando que las figuras de capa gris los siguieran, pero no lo habían hecho. Resollador salió por la arcada que conducía hacia la entrada de la bodega, con Kruza pisándole los talones.

Ante sí vieron ocho figuras con capa gris que permanecían de pie con la espalda vuelta hacia el dibujo de arena, que giraba y se combinaba. La arena estaba rotando como un pequeño tifón y se alzaba en espirales de color cobalto. púrpura y negro entre el gris amarillento del polvo. Las ocho figuras tenían las manos levantadas en un gesto similar al del primer embozado al que había matado Kruza. Vieron ocho pares de brazos arrugados y manos nudosas, que estaban provistas de garras, pero eran viejas y sin vida. No se trataba de contrabandistas, y Kruza pensaba entonces que ni siquiera eran hombres. Les había clavado la espada corta a tres de ellos, y los había matado a todos. Uno había desaparecido ante sus propios ojos. Los tres habían sido ya reemplazados. Resollador comenzó a caminar en torno al círculo mientras la arena comenzaba a girar con mayor lentitud y, tras perder altura, aunque no forma, el remolino se posó en el suelo formando otro intrincado dibujo.

Kruza seguía a Resollador. La mente le daba vueltas a causa del pánico y de las preguntas que no tenían respuesta. De repente, vio las armas. Cada figura embozada iba provista de un par de ellas: una larga y elegante espada con hoja estrecha y afilada y pesada empuñadura con guarda de cazoleta, y una daga más corta y delgada, cuya terrible empuñadura curva le causaría serios daños a cualquier hoja que la golpeara. La mano de Kruza voló hacia el puño de su espada corta. Nunca había tenido miedo de una pelea, pero luchar contra ocho entidades desconocidas, que blandían un total de dieciséis armas, era prácticamente una locura. Desenfundaría su espada sólo si lo atacaban, ya que, por lo demás, no sentía ningún deseo de provocar…, sólo de marcharse.

Resollador intentó ocultar a Kruza de las figuras embozadas. Había adquirido una gran confianza en su capacidad para permanecer en un anonimato tal que lo hacía invisible. Pero Kruza estaba nervioso, la adrenalina afluía a su sangre y olía a miedo. Resollador no sabía durante cuánto tiempo podría proteger a su amigo y mentor, pero él lo había metido en aquella situación.

El círculo formado por las figuras de gris comenzó a cambiar, siempre mirando hacia afuera. El círculo se partió en el punto que estaba más alejado de Resollador y Kruza, y las figuras de ambos extremos giraron para formar un arco que amenazaba con cortarles la vía de escape.

Resollador se quedó muy quieto. En la frente de Kruza aparecieron gotas de sudor a pesar del frío que había invadido la estancia, y sintió que tenía el pelo mojado y pegado a la frente. El sudor le caía por la espalda y le chorreaba por los flancos y el interior de los muslos. Kruza sabía que tenía que esperar a que lo atacaran, pero sintió que el pánico le ascendía por la garganta.

La luz blanca de las salas circundantes comenzó a brillar con más fuerza, y parecía que el cuadro de arena del centro de la habitación despedía entonces una luz multicolor, como un arco iris que se alzara en vertical desde el piso.

Las figuras de gris habían completado el arco. Apartaron los brazos de los lados y los extendieron en línea paralela al suelo. Cuando las puntas de sus armas se tocaron entre sí, retrocedieron un corto paso y ampliaron el arco. Luego, las dieciséis armas se orientaron hacia adelante a la vez, todas dirigidas contra Kruza.

El carterista sabía que no podían atacar al unísono sin matarse los unos a los otros, aunque tal vez eso no les importaba. En la estancia reinaba el silencio, excepto por la respiración de Kruza y el frío susurro de las armas en el aire. No sabía si el olor de su cuerpo era aún más acre que el olor a vieja leche agria, tan intenso entonces que le escocía la nariz. Sus sentidos se agudizaron. Podía sentir cada raya y mella del pomo que remataba el puño de su espada corta. Bajó la mano y sintió el resto de la fría empuñadura del arma. Era áspera y comenzaba a perder el baño, pero se adaptaba a su mano como nada podía hacerlo.

Resollador avanzó un poco y no lo vieron. No iba armado.

Kruza dio un corto paso de lado con la espalda firmemente pegada a la pared, y una de las figuras de capa gris se adelantó hacia el ladrón. Kruza había desenvainado la espada y describió un arco frente a él, lo que arrancó chispas de la pared que tenía detrás cuando la punta entró en contacto con la piedra. Las chispas permanecieron en el aire; durante un momento, fueron de color rojo vivo y luego se apagaron. Mediante un fuerte barrido, la espada corta le arrancó al primer atacante la espada larga de la mano y lo dejó armado sólo con la daga. La figura embozada asestó golpes en el aire con la esperanza de atrapar la hoja de la espada corta, retorcerla y romperla.

Kruza pensaba que nunca se había movido tan rápidamente. La espada corta asestó una estocada por debajo de la línea de la daga. Su mayor largo abrió un corte superficial de través en la zona media del grotesco atacante y dejó a la vista la carne que cubría la capa, pálida e irreal comparada con la sangre que manaba de ella. Sorprendido, el hombre de gris bajó la mirada cuando Kruza hizo ascender la hoja a través de la figura y la abrió en canal desde el ombligo hasta el esternón. La daga cayó, y la figura se alejó a rastras, pero su sitio fue ocupado al instante por otra.

Kruza mató a tres figuras más. Eran como autómatas, de sangre fría, indiferentes al riesgo, y luchaban con el mismo estilo. Kruza comenzó a coger el ritmo del ataque, se sintió más seguro y despachó a otro enemigo con un solo golpe lateral, asestado a la altura de los hombros. Fue el único golpe de ese enfrentamiento y resultó mortal. Kruza oyó el sonido de papel rasgado, y se volvió para responder a una nueva acometida.

Resollador observaba la batalla, desarmado y sin que nadie reparara en él. Kruza olvidó que el muchacho se encontraba allí.

Las siguientes tres figuras de gris, al ver caer a sus compañeras a manos del intruso, atacaron a la vez. Seis armas avanzaron entretejiendo sus movimientos; lanzaron estocadas, pararon golpes y recuperaron la postura para atacar de nuevo. Kruza luchaba con rapidez y ahínco; sin embargo, aunque su espada corta estaba en tres sitios a la vez, sabía que lo derrotarían. Primero, fue el tajo a lo largo del brazo. Mantuvo el brazo de través sobre el cuerpo para que no se convirtiera en un punto débil y estocó con renovado vigor. Luego, fue la herida en la cabeza, que describió un arco por encima de su rostro. La sangre le cegó un ojo.

Resollador continuaba mirando. Ya no guardaba silencio, sino que le gritaba instrucciones y advertencias a su amigo, y pisoteaba la arena con fuerza.

Kruza estaba cegado de un ojo y aún no había herido a ninguno de los tres atacantes. Lanzaba golpes más potentes y brutales, y se volvía hacia el lado por el que no veía, luchando sin parar; pero las figuras de gris avanzaban y se avecinaba el final de la refriega. El golpe no tardó mucho en llegar y casi sintió alivio. Recibió una estocada en un hombro. La larga espada, que descendió en línea recta desde muy arriba, le hendió el cuerpo a través del justillo de cuero y salió por su espalda. Hubo poca sangre. La hoja estaba muy caliente y cauterizó la herida al retirarse.

Kruza cayó de rodillas. La espada corta seguía en su mano. La herida del hombro lo había paralizado y no podía soltarla. Dejó caer la cabeza en espera del golpe final.

Resollador pateaba el suelo y gritaba, pero las restantes figuras no se inmutaron, ni siquiera se dieron la vuelta. El joven profirió un tremendo rugido, dispuesto a lanzarse contra el enemigo más cercano. Sin embargo, algo hizo que volviera la mirada. Tal vez a él lo ignoraran, pero había algo de lo que sí harían caso.

Resollador avanzó media docena de pasos rápidos, casi a la carrera, hasta el centro de la antecámara, y luego se dejó resbalar de rodillas sobre el cuadro de polvo multicolor que decoraba el suelo y que, hasta el momento en que Kruza cayó, había estado despidiendo su extraña luz.

El polvo y la arena volaron por todas partes, y Resollador se encontró en medio del cuadro de arena, sobre ambas rodillas, incapaz de moverse. Unió las manos delante de él y muy arriba, como si estuviera rezando. Tras llenarse los pulmones de aire, profirió un grito capaz de helar la sangre, un grito que no se parecía a nada que Kruza hubiese oído ni deseara volver a oír.

–¡Kkkkrrruuuzzzaaa!

El grito flotó en la sala y resonó en círculos por el techo abovedado como si jamás fuese a escapar de allí.