Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

El gran templo de Ulric se hallaba casi vacío. El ambiente era frío, sosegado y olía a humo de vela.

Ganz entró y, con gesto reverente, depositó los guantes y el martillo de guerra en el relicario del atrio.

La acústica era soberbia dentro de la espaciosa sala abovedada, y podía oír las precisas entonaciones de los cuatro caballeros que arrodillados y con la cabeza inclinada, susurraban plegarias al otro lado del elevado altar. También podía oír el suave chirrido de las hilas que un maestro del templo usaba para lustrar los remates de bronce del atril. La grandiosa estatua de Ulric se alzaba como una nube de tormenta y bloqueaba la luz procedente de las altas ventanas.

Ganz inclinó la cabeza e hizo el signo acostumbrado; después atravesó la nave y se arrodilló ante la Llama Sagrada.

Se encontraba arrodillado allí cuando notó que una mano se posaba sobre su hombro, y al alzar la cabeza vio la cara de Ar-Ulric, el sumo sacerdote, cuyo rostro barbudo y de rasgos prominentes reflejaban la luz de la llama.

–Debemos hablar, Ganz. Me alegro de que hayas venido. Acompáñame hasta la capilla del Regimiento.

Ganz se puso de pie y echó a andar junto al venerable guerrero. En ese momento vio que los cuatro caballeros, lanzándoles miradas de curiosidad, se marchaban.

–He venido a buscar… guía, eminencia -comenzó Ganz-. Esta temporada será la primera para mí como comandante, y ya…

–¿Te falta confianza, Ganz?

–No, señor; pero carezco de experiencia, y los hombres están… apáticos.

Descendieron por una corta escalera y llegaron a una puerta de enrejada, donde hacía guardia un templario de la Compañía Gris. Saludó con respeto al sumo sacerdote y abrió el candado para que pudieran pasar. Ganz siguió a Ar-Ulric a través de la puerta, y entraron en la más pequeña y cálida capilla del templo, decorada con estandartes, banderas y trofeos, además de una serie honorífica de placas conmemorativas.

Ambos hombres hicieron una breve reverencia ante la gran piel de lobo que había en la pared y ante el intimidatorio tesoro incrustado en plata situado sobre el altar que se encontraba debajo: las Mandíbulas del Lobo, el icono más precioso del templo.

El sumo sacerdote se inclinó ante él por un momento, murmuró una bendición a Ulric y a Artur, y luego se irguió y se volvió hacia Ganz. Sus ojos destellaron como la primera escarcha de un duro Jahrdrung.

–Tu compañía está más que apática, Ganz. Hubo un tiempo en que la Compañía Blanca era la mejor que este templo podía tener; realizaba hazañas con las que sólo podían soñar los jinetes de otras compañías de Lobos, como la Roja o la Gris. Pero ahora es débil… ha perdido el camino. Durante todo este invierno han haraganeado por la ciudad, malgastando salud, dinero y tiempo. Varios se han convertido en conocidos borrachos, especialmente Morgenstern.

–Es fácil exagerar…

–Se orinó en el frontal del templo de Verena -dijo el sumo sacerdote con triste certidumbre- durante la misa mayor, y luego le sugirió a la sacerdotisa que la propia diosa era una «buena pieza», a la que realmente le vendría bien un buen… ¿Cómo era?

Ganz suspiró.

–Un hombre en su vida, eminencia.

El sumo sacerdote asintió con un gesto de cabeza. A Ganz le pareció que sonreía, pero no podía ser así, y el tono de la voz se lo confirmó.

–Morgenstern es una deshonra, y también Anspach. ¿Estás al corriente de su hábito de juego? Les debe una gran suma a los corredores de apuestas del estadio, y a otros menos oficiales. Y he tenido dos audiencias con el exaltado Vandam, en las que le oí solicitar que se lo trasladara a la Compañía Roja, o a la Dorada, o a cualquier otra.

Ganz dejó caer la cabeza.

–Hay otros que tienen problemas… -prosiguió Ar-Ulric-; cada uno los suyos. No digo que tu puesto sea fácil, Ganz, pues has tomado el mando de una turba muy deteriorada. Y sé que todo se origina en un solo incidente, acaecido el verano pasado en el Drakwald. Aquella manada de bestias acabó con los mejores de vosotros. Eran fuertes. A veces, ¡Ulric nos asista!, los malvados ganan. Fue una tragedia que la Compañía Blanca perdiera a tantos buenos hombres, y que perdiera a Jurgen. No puede ser fácil para ti ocupar su lugar.

–¿Qué puedo hacer, sumo sacerdote? Yo no impongo el respeto que imponía Jurgen. ¿Cómo puedo recuperar a la Compañía Blanca?

Ar-Ulric se encaminó hacia la pared más alejada y descolgó el estandarte de Vess. Era viejo y estaba deteriorado y manchado con noble sangre antigua. Se trataba de uno de los más vetustos y reverenciados estandartes de las compañías de Lobos, pues había sido enarbolado en algunas de las más grandiosas victorias de los templarios.

–Llevarás a tu compañía a los bosques bajo este viejo y venerable estandarte, y destruiréis la manada de bestias que quebrantó vuestro honor.

Con asombro, Ganz cogió el asta del estandarte. Alzó los ojos y se encontró con la acerada mirada de su antiguo comandante, Jurgen, en la más reciente de las imágenes conmemorativas de la pared. Durante un largo instante, Ganz miró con fijeza aquel rostro de mármol al mismo tiempo que recordaba la larga barba blanca, el aspecto de halcón y el famoso parche ocular con tachones. Ganz sabía que el sumo sacerdote tenía razón, que aquél era el único modo de lograrlo.

* * * * *

Era un amanecer frío y llovía otra vez. Los catorce hermanos de la Compañía Blanca se reunieron en los establos situados detrás del templo para ajustar los arreos de sus corceles de guerra, mientras refunfuñaban en voz baja y su aliento se condensaba en el aire.

–¿Una incursión antes de Mitterfruhl? -protestó Morgenstern, a la vez que bebía de un frasco que llevaba en las alforjas que fingía revisar.

–¿Un trago antes del desayuno? -se mofó Von Glick con voz queda.

Morgenstern, al oírlo, profirió carcajadas resonantes y potentes, pero Aric sabía que se trataba de un falso buen humor. Podía ver la tensión en el pálido rostro de Morgenstern y el modo como temblaban sus grandes manos.

Aric miró a su alrededor. Vandam estaba resplandeciente; tenía el rostro encendido por la determinación, y una piel de lobo blanco caía a la perfección sobre los hombros de su armadura incrustada en oro. Gruber parecía remoto, distante y preocupado mientras ajustaba los arreos de su corcel, que pateaba. Einholt, el viejo guerrero calvo que tenía una cicatriz en la cara y el ojo lechoso, parecía cansado, como si no hubiese dormido bien. Aric estaba convencido de que cada noche, sin excepción, algún viejo sueño atormentaba al veterano Einholt.

Anspach reía y bromeaba con sus compañeros, y Von Glick lo miraba con el ceño fruncido. Ganz estaba ceñudo y callado. Los demás, entre bromas y frases farfulladas, comenzaron a montar: el macilento Krieber, el robusto Schiffer, el rubio gigante Bruckner, Kaspen el de la melena roja, el flaco Schell y Dorff, que silbaba otro de sus desafinados estribillos.

–¡Aric! -lo llamó Ganz, y el joven atravesó el patio.

Al ser el más joven de la compañía, era privilegio suyo llevar el estandarte. Se sintió asombrado cuando Ganz le depositó el precioso estandarte de Vess en la mano cubierta por el guantelete de malla. Todos los que estaban en el patio guardaron silencio.

–Por decreto del mismísimo sumo sacerdote, cabalgamos bajo el estandarte de Vess y lo hacemos en busca de venganza -fue cuanto dijo Ganz antes de subir al caballo.

Dio la vuelta al corcel, y la compañía se puso en marcha. Salieron del patio y recorrieron las calles bajo la lluvia.

* * * * *

Descendieron desde la ciudad por el viaducto oeste, a la sombra de la gran roca Fauschlag. En lo alto, las toscas murallas y torres de Middenheim se elevaban hacía los fríos e inhóspitos cielos, como lo habían hecho durante dos mil años.

Dejaron atrás el humo, el hedor y el clamor de la ciudad, y pasaron junto a caravanas de carretillas repletas, que se dirigían a los mercados de Altmarkt, filas de ganado de Salzenmund, y las cargadas carretas de los comerciantes textiles de Marienbeg. Todos se apartaban a un lado del viaducto de dieciocho metros de ancho para permitir el paso de la Compañía Blanca. Cuando una partida de los mejores de Ulric salía a caballo, sólo los idiotas se interponían en su camino.

La Compañía Blanca abandonó el viaducto y entró en el camino de Altdorf, por donde avanzó a medio galope hacia las húmedas tierras forestales. Después, siguió el sendero del bosque durante seis horas, antes de detenerse para que abrevaran los caballos y comer en una aldea del camino. Por la tarde, asomó el sol para arrancar destellos de sus armaduras grises y doradas. A causa del calor, la humedad ascendía de los árboles mojados, que parecían rodeados por humo. En cada aldea por la que pasaban, los habitantes salían para ver a los valientes y temidos templarios, que cantaban en voz baja un himno de batalla mientras avanzaban.

Aquella noche durmieron en la sala comunal de una aldea situada en lo alto de una cascada. Al amanecer, se internaron por los senderos más oscuros, las largas sendas de negro fango que descendían hacia la húmeda oscuridad del bosque de Drakwald, una región que se extendía sobre la tierra como la caída capa de un dios de corazón negro.

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