Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

«Que no termine», pensó Kruza, aunque sabía que finalizaría.

–¡…Ooo! -acabó el grito de Resollador.

Entonces, ocho figuras altas, cubiertas por capas grises, salieron de las ocho arcadas. El hombre de la cuarta arcada contando desde la izquierda se encontraba justo detrás de Resollador y estaba levantando los brazos. Kruza podía ver unos antebrazos consumidos, pálidos como el hueso, y nudosas manos provistas de garras que emergían del interior de la capa; en cambio, no distinguía nada del rostro que se encontraba dentro de la capucha. Resollador se apartó limpiamente a un lado y se apoyó contra una de las altas columnas que separaban las arcadas, pero el hombre continuó avanzando directamente hacia Kruza.

El carterista quería echar a correr; quería correr con toda su alma, pero no podía.

Miró a Resollador y le pareció que el muchacho se encogía de hombros.

Se contempló los pies, y por primera vez Kruza vio qué era lo que había pisado: los restos de un elaborado dibujo de arena, entrecruzado por líneas de ceniza negra y remolinos de una arena cristalina de color cobalto y púrpura, que no reconoció. Sólo se dio cuenta de que aquello era una trampa, y de que él se encontraba atrapado en ella.

«¿Por qué tardan tanto?», se preguntó Kruza al mismo tiempo que volvía a mirar a Resollador.

Por el aire que mediaba entre ellos, volaba algo.

Kruza atrapó la bolsita que le había arrojado Resollador y la abrió a toda prisa. Al ver lo que contenía, la dejó caer en la arena con asco. Del interior, asomaron una vela de cera de abeja que no había sido encendida y un manojo de hojas y tallos secos.

Kruza posó la mano derecha sobre la empuñadura de la espada corta que sobresalía de su cinturón, bajo la parte trasera de la chaqueta. La cogió y la desenvainó, para luego alzarla por encima de su cabeza. La mano izquierda se unió a la derecha, separó los pies hasta que quedaron a la distancia de los hombros, flexionó ligeramente las rodillas y se quedó allí, firme, ante el hombre de la capa que continuaba caminando hacia él.

«Tengo todo el tiempo del mundo», pensó mientras doblaba los brazos, alzaba la espada corta y la inclinaba a la altura del hombro. «Ataca», le dijo su mente. Esperó sólo un momento más.

Kruza descargó un golpe de espada en el preciso momento en que la figura embozada tendía las manos hacia él como si quisiera estrangularlo. El sonido que hizo la espada al hender un lado del cuello de la figura fue el de un cuchillo embotado que atravesara una hoja de papel. No obstante, salió sangre en cortos y espesos borbotones por la herida abierta; era de color rojo brillante a la luz blanca, y casi púrpura sobre la capa gris.

Atónito, Kruza alzó la espada para golpear de nuevo. Al corregir la postura, se dio cuenta de que había dado un paso fuera de la trampa de arena. Estaba libre de ella. La figura continuaba de pie, sangrando y con los brazos aún extendidos hacia adelante, al parecer sin percatarse del profundo y ancho tajo que le había separado a medias la cabeza del cuerpo y le había penetrado en el torso. Luego, cayó lentamente de rodillas, y sus manos descendieron hacia la arena.

–¡Kkkrrruuuzzzaaa! -gritó Resollador.

El ladrón alzó los ojos hacia el muchacho, que señalaba al único pie que aún permanecía dentro del cuadro de arena. Kruza se apartó a un lado cuando las manos provistas de garras de la figura sangrante cayeron sobre la arena y ésta comenzó a girar, cambiando continuamente de color; cuando se detuvo, mostraba el diseño original. El cuerpo de la figura embozada había desaparecido, al igual que la bolsita y el contenido que había quedado esparcido.

Las siete figuras restantes comenzaron a apartarse de las arcadas en una especie de formación teatral. Ninguna miró a Resollador; todas tenían la vista fija en Kruza.

El carterista volvió a avanzar. Miró una vez a Resollador, que continuaba apretado contra la columna, y otra a su espada corta. La sangre había desaparecido de la hoja, pero el arma destelló para Kruza como una promesa. El ladrón no sabía si el tiempo realmente se había ralentizado, o si se debía a la extraña vitalidad de su cuerpo; cualquiera que fuese el caso, de momento, parecía obrar en su favor.

Con los dos siguientes tajos, uno alto y descendente, y el otro bajo y horizontal, derribó a otras dos figuras de capa gris. Volvió a oír el sonido de papel, pero esa vez la sangre no desapareció de la espada. Un sendero comunicaba las figuras salidas de la derecha y las de la izquierda. Resollador se encontraba justo enfrente de él, flanqueado por dos arcadas vacías. Kruza echó una mirada atrás, pero el círculo de figura aún era demasiado completo. No podrían salir por donde habían entrado. Esgrimiendo la espada, echó a correr, cogió a Resollador por un brazo al pasar y lo lanzó al interior de una de las cámaras.

Bañados al instante por la brillante luz blanca, ambos quedaron confundidos. Luego, Resollador vio otra arcada y corrieron a través de una serie de cámaras subterráneas que debían cubrir una gran área de esa zona de la ciudad.

–¡Tenemos que salir de aquí! -Kruza logró hablar con confianza y en un tono alto por primera vez desde que habían entrado en la bodega-. Tenemos que volver a la escalera.

Pero Resollador ya corría por un largo y ancho pasillo con alto techo abovedado. Por las medidas, podría haberse tratado de una habitación; sin embargo, cada pocos metros, una amplia arcada, o a veces, una puerta conducían a otros sitios que empequeñecían con su tamaño el corredor que las comunicaba.

Resollador se detuvo de pronto. Tenía los ojos abiertos de par en par y miraba al interior de una gran sala circular, aislada y situada a un lado del corredor. En aquel amplio espacio no se veía ninguna otra puerta ni ventana, pero dentro había mucho más que eso. Estaba sembrada por una serie de pequeños carros y camillas con ruedas, algunos cubiertos con hule, otros hasta el borde de objetos que caían de ellos y quedaban desparramados por la sala. También había una enorme pila de ropas, algunas harapientas y gastadas, pero otras bastante respetables y elegantes. Si aquellas gentes eran contrabandistas, trataban con una extraña serie y variedad de mercancías.

Hacía ya mucho rato que Kruza no pensaba que fuesen contrabandistas. Allí estaba sucediendo algo mucho más grande. Él no sabía de qué se trataba, y a Resollador no parecía importarle lo más mínimo.

El joven estaba caminando entre las pilas, recogiendo objetos que podía llevarse con facilidad; principalmente, joyas, de las que había una enorme cantidad, y pequeños utensilios para la casa, que metía en los bolsillos de su ropa. Resollador comenzó a apartar los hules de los carros; primero, uno por vez, y luego, en un gran despliegue de actividad, recorrió toda la estancia, arrancando las coberturas de los carros con gestos espectaculares para dejar a la vista las múltiples riquezas que se encontraban debajo. Kruza permanecía quieto y lo miraba con ojos fijos, impresionado por el hecho de que el muchacho pudiese tener tanta resolución, tanta confianza, o tal vez de que se comportase de un modo tan decididamente inconsciente dada la situación en que se encontraban. Luego, Kruza recordó la antecámara de la bodega y a las figuras embozadas que lo habían atacado, y comprendió que, esencialmente, Resollador era invisible y que, en consecuencia, no corría peligro ninguno. Él, por otro lado, era muy visible.

–¡Resollador! ¡Vamos! ¡Tenemos que salir de aquí!

–¡Mira todo esto! -exclamó el otro, ansioso-. ¡Aquí hay semanas de trabajo para cubrir tu cuota, y puede ser que no tengamos la oportunidad de regresar!

Kruza pensó que jamás regresaría, aunque tuviese la ocasión de hacerlo. Aquello se había convertido en una estúpida y peligrosa empresa, y juró que jamás la repetiría.

–¡Vamos, Kruza! ¡Todo está ahí para cogerlo!

Resollador giró y levantó el último hule de la última pila de objetos. Era la pila más grande, más ancha y alta que un hombre; se encontraba muy cerca de la puerta, a un lado. Kruza, que se limitaba a permanecer en la entrada y observar, no podía ver aquel rincón. El hule se deslizó con un movimiento grácil, como la seda sobre madera pulida. «No tiene ningún derecho a hacerlo». El hule casi onduló al caer al suelo con un suspiro. «No tiene derecho», pensó Kruza.

Resollador se apartó de la gran pila de mercancías de los contrabandistas, y entonces Kruza pudo ver la expresión de su rostro. Nunca había estado tan blanco. Sus ojos eran enormes globos grises, vacuos. Kruza se acercó, cogió un codo de Resollador por miedo a que el muchacho se desmayara, y miró el rincón donde había estado el hule. En el piso había una pila de cuerpos tirados en un rincón, amontonados como un granjero podría amontonar el heno con una horca. Al principio, Kruza no supo qué estaba mirando, pero luego comenzó a distinguir brazos y piernas, torsos y una o dos cabezas hinchadas. Los cuerpos yacían en posturas antinaturales; estaban tan rotos que carecían de forma. La pila podría haber estado formada por ropas viejas, rellenas de serrín, que se había derramado. En aquellos cuerpos no quedaba alma ni vida. Eran como espantapájaros, aunque en otra época habían estado vivos. Resollador lo vio, pero Kruza lo sintió.

Algo pequeño atrajo los ojos de Kruza, y avanzó con delicadeza hasta la pila de restos humanos. Aferrada a una mano humana que parecía no estar unida a ninguna otra cosa muerta de la pila, había una larga y ancha cadena, formada por cuadrados planos que estaban engarzados por las esquinas con eslabones. Colgando de la cadena, que era lo bastante larga como para rodear los hombros de un hombre corpulento, había un talismán: un gran reptil escamoso o dragón, que se mordía la cola.