Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Ya era casi mediodía y Resollador estaba dispuesto a renunciar por ese día a la búsqueda de cadáveres cuando un hombre alto, vestido con una larga capa gris amarillento, pasó ante él, tirando de una larga carretilla en forma de cuerpo, con dos grandes ruedas en el centro. Un segundo hombre, ataviado de manera similar, iba tras el vehículo y sujetaba un par de barras unidas a la parte posterior del improvisado féretro. Resollador decidió que intentaría, una vez más, seguir a un cadáver hasta el incógnito lugar.

Lo siguió sin demasiadas expectativas de éxito, porque ya había fracasado dos veces ese día, así que se sintió encantado cuando el carro giró al oeste y luego al norte. Resollador ya había estado antes en esa parte de la ciudad, con sus anchas calles y espléndidas casas. Aquella mañana se había vestido esmeradamente, con ropas limpias que no llamaran la atención, para deambular sin que lo molestaran los agentes de la guardia, que nunca parecían más felices que cuando expulsaban de la mejor parte de la ciudad a un golfillo o un desgraciado. Se había echado una capa deslucida sobre las ropas elegantes para caminar por las zonas más pobres de la urbe y se deshizo de ella cuando los hombres que llevaban el cadáver giraron a la izquierda en el templo de Shallya. Desde el interior, le llegaban las voces de los huérfanos que entonaban plegarias de manera mecánica, acompañados por esporádicas toses y gritos de dolor de los pacientes que se encontraban en la enfermería anexa. El mismo había acudido una vez allí, cuando se hizo un corte en una mano y, por suerte, tenía el dinero para pagar el tratamiento. El médico que lo atendió ni le habló ni lo miró mientras le limpiaba y vendaba la herida.

Resollador se encontraba entonces en el distrito de Nordgarten, entre los hogares de comerciantes y gentileshombres. No se ocultó entre las sombras ni acechó desde los portales, sino que echó atrás los hombros y avanzó por las anchas calles empedradas a la vista de quienes estaba siguiendo. Pasó junto a chicos de recados y tenderos que visitaban las casas, pero era un día lluvioso y frío, y los residentes se contentaban con permanecer en el calor de sus opulentos hogares.

Resollador comenzó a emocionarse. Descubriría algo que Kruza no sabía; tal vez, algo nuevo acerca de los muertos y sus pertenencias: el otro lugar.

Resollador miró la casa que tenía delante. Era más alta y más estrecha que las otras que la rodeaban, lo cual le confería un aire imponente. No sabía lo que pudo haber sido en otra época, pero no se parecía mucho a las demás casas de la zona. Quizás en otros tiempos había sido un templo menor. Se trataba de una torre alta y esbelta, con ventanas estrechas y extrañas agujas curvilíneas, que ascendían en suaves ondas hasta una cúpula diminuta situada en lo alto. Bajo la base de la aguja, había una profunda galería de aberturas largas y estrechas. Una segunda torre circular estaba pegada a un lado del edificio principal, del ancho de dos hombres en fondo, pero con su propia cúpula diminuta y las rendijas más que insólitas en lugar de ventanas.

Resollador se situó junto al improvisado féretro cuando los dos hombres lo hicieron pasar entre dos estrechas puertas que se abrían sobre el callejón lateral que flanqueaba el edificio. El callejón estaba más oscuro, y las puertas no podían ser vistas desde la calle. De pie a un lado de la doble puerta, apenas a la vista de los hombres de capa gris si éstos hubiesen querido verlo, Resollador tendió con precaución una mano para alzar el tosco hule de bordes deshilachados que cubría el carro, y luego lo levantó un poco más mientras los hombres continuaban luchando con el vehículo, casi tan ancho como la puerta, para hacer que entrara.

La primera mirada le sugirió a Resollador que allí no había ningún cadáver, y la segunda, más detenida, se lo confirmó. El carro contenía toda clase de objetos, muchos de los cuales Resollador no reconoció siquiera, y puesto que no había ningún cadáver al que pudiese considerarse que le robaba, cogió el objeto brillante, de metal, que tenía más cerca. Lo sacó de debajo del hule y se lo metió dentro del justillo. Luego, salió del todo de detrás de la puerta abierta, saludó con la gorra a los hombres, que al parecer continuaban sin verlo, salió del callejón y regresó a las proximidades del templo de Shallya, donde había dejado la capa.

Tras recuperarla, Resollador deseaba regresar y poner en conocimiento del escéptico y despectivo Kruza lo que había descubierto, pero antes tenía otra cosa que hacer.

Volvió a internarse en el Gran Parque por la puerta sur, y dirigió sus pasos hacia los tenderetes de herbolarios y apotecarios que se agrupaban en un propio pequeño enclave, protegidos, por un lado, por un banco y, por el otro, por el muro este del parque. En aquella zona del mercado había pocos clientes, pero Resollador no tuvo ningún problema para coger lo que necesitaba, y al cabo de poco rato, emprendió el camino de regreso a casa. En los bolsillos llevaba entonces una pequeña vela de cera de abeja perfumada, dos manojos de hierbas y un par de toscos cristales tallados en diferentes tipos de roca. No estaba muy seguro de lo que habían sido todas aquellas cosas que había visto debajo del hule, pero no podía hacerle ningún daño tomar algunas sencillas precauciones.

* * * * *

–¡Kruza! -llamó casi antes de haber llegado al tercer tramo de la escalera, que subió corriendo y estirando las piernas para salvar dos escalones por vez-. ¿Kruza?

Encontró al carterista sentado al borde del sofá y vestido sólo con la camisa, que le caía hasta las rodillas. Estaba inclinado hacia adelante y, con las manos, se sujetaba la cabeza, que tenía prácticamente entre las rodillas, pues su peso le resultaba casi insoportable a causa de la resaca que sufría.

–¡Chsss! -lo hizo callar Kruza con una mueca de dolor.

Resollador tuvo ganas de echarse a reír, pero, en cambio, avanzó hasta la pequeña caja de madera segmentada que había en un rincón y sobre la cual había estado el espejo dorado que Kruza se llevó al final de su primera visita. Levantó la tapa y, de dentro, sacó un puñado de hierbas secas. Cogió la tetera que siempre estaba hirviendo sobre el fuego, a menos que se evaporara, y preparó una tisana con los tallos y las hojas. Luego, se la dio a Kruza, que puso cara de asco ante el olor que desprendía; no obstante, se la bebió debido a la insistencia de su compañero.

Resollador dejó a Kruza tranquilo durante media hora, pero el carterista se sintió sorprendentemente mejor antes de eso y, en cuanto experimentó un hambre devoradora. Resollador le puso delante un plato de carne fría, verduras en escabeche y pan.

–Ahora que te sientes mejor -comenzó Resollador, emocionado-, tengo algo para ti.

Alzó el objeto que había robado de debajo del hule, tras sacarlo del justillo al que le había desprendido el botón del cuello, y lo levantó en el aire con el brazo extendido. Quedó oscilando y describiendo pequeños círculos ante sus ojos.

El objeto que había robado Resollador era bastante hermoso, y ambos lo contemplaron con asombro e igualmente hipnotizados. Se trataba de una cadena hecha con grandes cuadrados planos, unidos por las esquinas con eslabones también planos de oro. Los cuadrados estaban grabados como elaboradas hebillas de cinturón, y en cada uno se veía un motivo distinto. En el centro de la cadena, que era lo bastante larga como para colgar de los hombros de un hombre corpulento, había un ornamento de gran tamaño.

–Es como la cadena que lleva el Graf en los días de fiesta -murmuró Kruza con voz ronca.

–Está intentando devorarse a sí mismo -comentó Resollador, hipnotizado.

El ornamento consistía en un gran dragón o reptil que formaba el círculo eterno al morderse su propia cola. Cada escama de su acorazado cuerpo estaba tallada en oro macizo, y sus ojos eran redondos orbes de marfil ciego.

–¡Es hermoso! -jadeó Kruza.

–Tómalo, entonces -dijo Resollador al mismo tiempo que extendía el brazo al máximo y lo acercaba al rostro de Kruza-. Y cuando te canses de él, tal vez pueda ayudarte a cumplir con la cuota.

–¡La cuota! -gritó Kruza mientras saltaba del sofá como si un fuego, encendido mucho tiempo antes bajo el mueble agresor, hubiese por fin atravesado su sólida base y entonces quemara las posaderas del carterista.

»¡Hoy es mi día, y no he cumplido con la cuota! ¡Sangre de Sigmar!

Cogió con brusquedad la pesada joya y se la metió dentro de la camisa. Luego, se puso los calzones, las botas y el corto abrigo de cuero, y salió a toda velocidad de la habitación. De paso, cogió el saco de tela que contenía todas las otras adquisiciones y cerró la puerta de golpe sin decirle una sola palabra más al muchacho.

* * * * *

–¡Maldita cosa! -chilló Kruza cuando irrumpió otra vez en la habitación sin consideración alguna hacia Resollador. Y arrojando la joya sobre el sofá, añadió-: No quiso tener nada que ver con esto. Ese hombre, que es capaz de vender cualquier cosa y comerciar con lo que sea, no quiso ni tocarlo…, y mi cuota quedó incompleta.

–Vaya.

–¿Sabes cuál es mi pena por no cumplir con la cuota? -chilló Kruza con la voz aún ronca por la juerga de la noche anterior-. ¡Quédate con tu joya y que te traiga buena suerte!

Resollador pensó que Kruza se marcharía, pero en lugar de encaminarse hacia la puerta, el carterista se dejó caer en el sofá. Resollador no se había dado cuenta de que Kruza lo necesitaba cada vez más a cada día que pasaba. Mientras el carterista se valía de las habilidades del joven ladrón invisible, su propia destreza profesional se había embotado por falta de uso y demasiada buena vida. Permaneció sentado en el sofá y acarició con los dedos las placas del inaceptable ornamento, intentando leer la historia grabada y tallada en el objeto.