Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

–El viejo sacerdote que atendía a la gente en el bosque siempre iba a su casa. No trasladaban los cuerpos, y si se encontraba en el campo el cadáver de alguien que no tenía hogar, se lo enterraba allí mismo. ¿Acaso la gente de aquí no entierra a los suyos en su propia tierra? -preguntó Resollador.

–¡Bah! -bufó Kruza al mismo tiempo que alzaba las manos y giraba para abarcar toda la ciudad con un gesto-. ¿Qué tierra? Los ricos hallan un lugar de descanso eterno en el parque de Morr, pero incluso a ellos los entierran unos encima de otros, hasta cinco o seis en profundidad. Al resto, los arrojan desde el barranco. Los sacerdotes sellan los cuerpos y los bendicen, y a menos que se trate de los más indigentes, siempre hay quien les llora. Pero esta ciudad tiene pocos sentimientos. Se dedica a sus asuntos y deja que los sacerdotes se encarguen de los suyos.

–¿Y qué pasa con sus pertenencias?

Aquella noche, Resollador tenía muchas preguntas, y Kruza estaba lleno de buena cerveza sólo en dos terceras partes.

–Son sacerdotes… Tienen pocas pertenencias…

–¡Lo sacerdotes, no! -lo interrumpió Resollador-. ¡Los muertos! -exclamó.

Kruza empujó la puerta de la taberna, la abrió y arrastró a Resollador para que lo siguiera.

–Eres demasiado malsano para mi gusto. Ven a tomar un trago conmigo, y acabemos con esta conversación sobre cadáveres.

Pero la conversación sobre cadáveres no acabó. Volvió a empezar más tarde, aquella misma noche, cuando Kruza estaba instalado en el sofá de la habitación de Resollador, y el muchacho se encontraba tendido sobre una pila de cojines, en el piso. Kruza estaba entonces lleno de cerveza y, hasta cierto punto, era más tolerante con las preguntas de Resollador.

–En el caso de los muertos -comenzó el muchacho-, ¿adonde van a parar sus pertenencias?

–No lo sé -respondió Kruza-. A algunos les roban antes de que se enfríen. Los que mueren tranquilamente entre sus familiares son aliviados de sus posesiones por los seres queridos.

–¿Y el resto? -preguntó el otro, inocente.

–¿El resto? -repitió Kruza-. Supongo que los sacerdotes de Morr recogen sus pertenencias y se las devuelven a los deudos. Tal vez, si no hay nadie a quien entregarle las pertenencias, van a parar a los cofres del templo, o quizás a los del propio Graf.

«¿O debería decir a tu ilustre progenitor? -añadió.

Se puso a reír tanto que tuvo que levantarse del sofá y avanzar, dando traspiés, para orinar por la única ventana de la habitación. Cuando regresó al sofá, se quedó dormido y empezó a emitir entrecortados ronquidos de borracho antes de que Resollador pudiera formular la pregunta siguiente.

Por la mañana, no obstante, Kruza recordaba lo bastante de la conversación de la noche anterior como para hacerle una advertencia al muchacho.

–Si estás pensando en robarles a los muertos, ¡piénsatelo dos veces! -dijo con firmeza-. Los muertos son respetados por todos los que no sean la más baja escoria de la ciudad, entre los que se encuentran los ladrones de tumbas; hombres pervertidos, sin amigos.

–Claro -asintió Resollador.

–Sin amigos, Resollador -repitió Kruza-. Si llego a enterarme de que tú le has robado a un cadáver… ¡Dejaré de ser tu amigo, y estoy seguro de que no quieres eso!

Resollador se miró los pies.

–Es sólo que un cadáver no puede poseer ningún… -comenzó, pero lo interrumpió la mirada feroz del ladrón.

–¡Sin amigos, Resollador! -dijo Kruza con los dientes apretados mientras cogía por la parte frontal del justillo al muchacho, mucho más bajo que él, y lo levantaba hasta dejarlo de puntillas-. ¡Sin amigos!

* * * * *

Kruza seguía con su trabajo, y la manipulación que ejercía sobre el talento de Resollador continuaba haciéndolo prosperar. Había sido un mes muy bueno. Dos o tres días de cada semana, ambos se reunían y visitaban los mercados y zonas abarrotadas de gente. Por la noche, comían y bebían en distintas tabernas cochambrosas. Una noche, Kruza llevó a Resollador a la plaza de Fieras, pero al muchacho no le gustó mucho y se marcharon.

–Yo vi osos en el bosque donde vivía con mis tías -explicó Resollador-. Eran bestias de la naturaleza, y bastante inofensivas si las respetabas.

Kruza sacudió la cabeza mientras pensaba que aquel crío era de otro mundo.

* * * * *

Resollador le había prometido a Kruza que no les robaría a los muertos, aunque no entendía cómo podía llamarse robo a eso, y mucho menos considerarlo el más rastrero de los delitos.

No iba a robarles a los cadáveres, de eso estaba convencido, pero lo habían fascinado los féretros y los carros que rodaban por las calles con su carga muerta. A veces, veía a un hombre de aspecto importante, ataviado con el hábito del templo, que calmaba a los afligidos, formulaba preguntas o se inclinaba sobre los féretros. A menudo, los féretros eran conducidos por las calles por un hombre, o a veces dos, vestido con largas capas de color gris amarillento. Otras veces veía que arrojaban los cuerpos sobre cualquier vehículo disponible y se los llevaba un guardia de la ciudad, y en una ocasión vio que un templario, del Lobo Blanco, con una armadura espléndida, retiraba un cuerpo.

Resollador se aficionó bastante a los buenos funerales, y presenciaba los grandes entierros del parque de Morr y los sencillos del barranco de los Suspiros. A nadie parecía importarle que estuviese allí. De hecho, nadie reparó nunca en su presencia, excepto en una ocasión.

Había subido hasta el barranco unos quince días después de la conversación mantenida con Kruza y había observado a un sacerdote que oficiaba una ceremonia. El sacerdote se encontraba de pie junto a un ataúd de madera tosca, realizando los rituales necesarios y entonando las plegarias que entonces a Resollador casi le resultaban familiares. Resollador no esperaba nada, y estaba a punto de dar media vuelta y regresar a la ciudad, cuando sucedió algo de lo más extraño.

El sacerdote se detuvo y le habló. Apenas fueron unas palabras de lamentación por la pérdida y algo sobre que el cadáver estaba en paz.

Resollador no oyó las palabras concretas. Ésa era la segunda persona que le hablaba de modo voluntario desde su llegada a la ciudad, hacía más de un año. Kruza había sido el primero.

* * * * *

–Los muertos de Middenheim… -comenzó Resollador sin más preámbulo una noche en que iban hacia una taberna-. A todos no se los llevan los sacerdotes, ¿verdad?

–No, no a todos -replicó Kruza-. Desde que se quemó el templo de Morr, la verdad es que no dan abasto para hacer todos los entierros y recoger los cuerpos de la ciudad.

–Vi que estaban trabajando en el templo -comentó Resollador-. Así pues, cualquiera podría llevarse un cuerpo.

–Están los hombres de capa larga y gris -respondió Kruza-. No sé quiénes son, pero los sacerdotes los emplean muy a menudo para transportar cuerpos. También se lo piden a la guardia de la ciudad, y a cualquiera a que consideren más o menos digno de confianza.

–¿Como el templario del Lobo Blanco al que vi? -preguntó Resollador retóricamente-. Antes me habías dicho que los cuerpos eran llevados al templo, al parque de Morr y al barranco de los Suspiros, pero ¿y el otro lugar?

–¿Qué otro lugar? -preguntó Kruza-. ¿Adonde más iban a llevarlos?

Resollador se dio cuenta de que Kruza ya empezaba a impacientarse, y no quería enfadar a su mentor, así que no dijo nada más. Pero había otro lugar.

* * * * *

Kruza, que a la mañana siguiente tenía resaca y gemía en el sofá, no se dio cuenta de que Resollador se escabullía hacia el exterior o, si lo advirtió, no le importó. Resollador se levantó temprano y salió a la ciudad en busca de los carros. Estaba casi obsesionado por los cuerpos y su lugar de descanso, y si Kruza no podía decirle cuál era el otro lugar, lo averiguaría por sí mismo.

Encontró con rapidez el primer cadáver del día, un anciano que había muerto durante la noche; tal vez, violentamente, porque aquello era Altquartier, o tal vez, tranquilamente en su cama. El cuerpo fue transportado desde el sitio en que había muerto hasta donde habían tenido que dejar el vehículo: al final del corto callejón que se encontraba al otro lado del patio. Luego, lo metieron en una de aquellas estrechas carretillas y se lo llevó un guardia que acababa de ser relevado de su turno de noche. El hombre de mediana edad y constitución robusta estaba descontento por el hecho de que le hubiesen encargado aquella tarea cuando se encaminaba a casa para desayunar, y manipuló el cuerpo como si fuese un saco de grano. Resollador siguió al guardia hasta que se dio cuenta de que se dirigía al templo y no a un lugar desconocido. Lo dejó marchar y se puso a buscar el siguiente cadáver.

Tras salir de Altquartier y seguir el camino de ronda en torno a la parte oriental del parque, Resollador detectó una conmoción al otro lado del muro. Un carterista había sido descuidado y lo atacaba su víctima. El carterista, un hombre que le recordó a Kruza a causa de su estatura, hombros anchos y descuidado estilo en el vestir, ganó la pelea poco después de sacar una daga del interior de la bota, y en ese momento una mujer lamentaba la pérdida del osado y robusto hombre de unos treinta y cinco años que ese día había decidido no ser la víctima de un robo y entonces yacía sobre la musgosa pendiente, asesinado.

Resollador se mantuvo cerca mientras la guardia primero y luego el sacerdote de Morr se presentaban en el lugar de los hechos. Pasó media hora antes de que una pareja de agentes fuese despachada con el cuerpo, y a Resollador le pareció evidente que también ellos se encaminaban hacia el templo de Morr.