Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Por fin, aburrido de mirar aquella notable habitación, Kruza empezó a tener ganas de sentarse en el acogedor sofá. Entonces, comenzó a picarle la nariz, y se dio cuenta de que las presentaciones eran inminentes. No tenía elección, así que alzó la espada en una postura agresiva. El estornudo llegó como un torrente de mocos, cuya fuerza hizo doblar por la mitad a Kruza, mientras su mano derecha continuaba apuntando a la espalda del ladrón con la destellante arma.

El muchacho, que se encontraba en el centro de la habitación con la espalda vuelta hacia la puerta, se aferró el pecho de modo repentino y cayó de rodillas.

Por un momento, Kruza pensó que había matado a su enemigo sin blandir siquiera la espada, y entró cautelosamente en la estancia para evaluar la situación. El chico estaba blanco, y oscuros círculos de miedo rodeaban sus grandes ojos grises. Kruza se dio cuenta de que el ladrón era casi un niño, y sintió lástima de él. No quería matarlo de ese modo; no quería que muriera sin saber lo que había hecho. Se metió la espada en la parte trasera del cinturón para acceder a ella con facilidad y echó una rodilla en tierra, junto a Resollador, para levantarlo.

–No te me desmayes, cachorro -dijo Kruza-. No quiero tener que llevarte hasta el sofá. Antes, te mataré aquí mismo.

–Ya casi me has matado del susto -replicó el tembloroso muchacho de pálido semblante.

–No fue más que un estornudo -protestó Kruza-. Dale las gracias. Al menos, te ha salvado de un ataque frontal con mi espada corta.

Resollador se dejó caer en el sofá, y Kruza permaneció de pie ante él con las manos en las caderas, inclinado hacia adelante para mirar directamente el rostro del muchacho.

–Ahora, escúchame -comenzó al mismo tiempo que posaba una mano sobre la empuñadura de la espada, preparado para sacarla en cualquier momento-. ¿Qué pretendías robándole al viejo Strauss? ¡Hay honor entre los ladrones de esta ciudad! ¿Es que tu jefe no te ha explicado las reglas?

–¿Strauss? ¿Jefe? ¡No tengo ni idea de qué me hablas!

–Strauss -explicó Kruza con impaciencia- es el nombre del hombre al que le robaste esta tarde en el mercado.

–Pero si era un ladrón… -respondió Resollador, flemático. Su voz tenía una inflexión insólita, casi como si no estuviese habituado a hablar-. A un ladrón no puedes robarle, porque lo que coges no le pertenece.

–¿Y qué me dices de los dueños de los tenderetes del mercado? Les has robado a ellos.

–Difícilmente puede decirse eso -negó Resollador-. Cuando un hombre tiene más jabón o licor del que puede consumir o vender, eso tampoco es robar. Nunca me llevo nada de un tenderete vacío ni de uno en el que hay muchos clientes.

Kruza posó sobre él una mirada interrogativa.

–¿Acaso tu jefe no te ha enseñado nada?

–¿Qué jefe? -preguntó Resollador inocentemente.

–¡Que Ulric se me lleve! Ya sabes -Kruza comenzaba a impacientarse-, el hombre para el que trabajas, al que le vendes la mercancía.

–No tengo un jefe -respondió Resollador.

–Entonces, ¿a quién le vendes lo que robas? ¿Quien trafica con tu botín?

Resollador sacudió la cabeza como si el ladrón callejero se hubiese puesto a hablar bretoniano.

–¿Quieres un trago? -le preguntó de pronto.

–Yo… ¿Qué?

–Un trago. Hoy estoy de celebración y, ¿sabes?, eres la primera visita que recibo aquí, así que es lo más correcto.

Kruza parpadeó. ¿Se había perdido algo? Aquel muchacho era… extraño.

–Oye, ¿a quién le vendes tu mercancía? -repitió con lentitud y cuidado.

–A nadie -respondió Resollador, que empezaba a entenderlo-. Yo no vendo nada. Me limito a robar lo que necesito o, a veces, lo que quiero. ¿Por qué iba a venderle nada a nadie?

Kruza no sabía si tener lástima de aquel perdido muchacho solitario de tan extraña personalidad, o reírse de el. No parecía haber nada inmoral en el chico, nada memorable, casi nada irreal en su persona. Hacía lo que hacía, y se acabó.

«Pero, si era así -se preguntó Kruza-, ¿cómo se ha hecho tan bueno en el oficio de ladrón sin contar con un maestro?» El muchacho tenía que estar naturalmente dotado. De repente, Kruza sonrió al ocurrírsele una idea.

–Tal vez tomaré un trago contigo, después de todo -dijo, al fin, mientras apartaba la mano de la empuñadura de la espada y se sentaba.

–¡Qué bien, porque, como ya te he dicho, estoy de celebración! -declaró Resollador en tanto escogía dos copas bastante elegantes, si bien desparejadas, y la botella de brandy de peras que había robado aquella tarde.

* * * * *

Resollador estaba tan entusiasmado por tener finalmente a alguien que lo escuchara que habló sin parar durante mucho rato. Pero a Kruza no le importaba, porque necesitaba lograr que el muchacho se sintiera cómodo. Además, el licor lo calentaba y la habitación era tremendamente cómoda. Resollador se puso de pie, sin dejar de hablar, y encendió fuego en la pequeña chimenea, justo antes de la noche. El fuego ardía con suavidad y le proporcionaba a la estancia calor y una luz que hacía que pareciese aún más exótica que cuando Kruza la vio por primera vez.

–Hoy hace un año que llegué aquí -estaba diciendo Resollador-. Vine a recoger mi herencia, o más bien a que me reconozca mi ilustre progenitor.

»Al cumplir los veinte años abandoné el bosque para venir a la ciudad, mi verdadero hogar. Verás, mi madre vivía aquí cuando yo nací. Era la actriz más hermosa de su tiempo y actuaba en los escenarios de todos los grandes teatros de las grandes ciudades. Una vez al año, venía a actuar a Middenheim, y fue en su última visita cuando conoció a mi padre y se enamoró de él. ¡El era joven, por supuesto, e impetuoso, y se enamoró de mi madre a primera vista! En aquella época, ¿a quién no le habría sucedido lo mismo? Ahora bien, la gran y noble familia de él no quedó muy bien impresionada, y tuvieron el descaro de intentar que mi madre se marchara, comprándola con baratijas y promesas vacías, además de un montón de dinero.

«Naturalmente, ella declinó la oferta y permaneció en la ciudad para dar a luz, con el fin de que mi padre tuviese que reconocerme. Era un gran plan, pero, por supuesto, las cosas nunca salen como nosotros esperamos, y ella murió. La suya fue una muerte horrible, realmente. Murió tres días después de mi nacimiento. Se desangró.

»Así pues, salí de aquí. En realidad, no me marché, sino que se me llevó una vieja nodriza que trabajaba para mi abuelo. Le pagaron para que me llevara al bosque y, bueno, ya sabes, me matara. Ella, por supuesto, no tuvo corazón para eso y, en lugar de matarme, se quedó conmigo, y luego su hermana también fue a vivir con nosotros. Era una mujer maravillosa; nunca nos faltó de nada. Ahora están ambas muertas y me pregunto si no serían brujas, porque a pesar de que nunca carecimos de nada, ninguna de ellas hacía nada práctico. No criábamos cerdos ni teníamos huerta, pero siempre había carne, verduras y buen pan…

Kruza lo dejaba narrar su historia sin prestarle demasiada atención, pues comenzaba a creer que tanto ésta como el muchacho eran parte de un complicado sueño febril provocado por el resfriado.

–Así que me hice hombre y, antes de morir, mi supuesta tía, que debía tener más de setenta años cuando quedó postrada en su lecho de muerte, me lo contó todo. Después de enterrarlas a ella y a su hermana -murieron en la misma cama y el mismo día-, abandoné el bosque que había sido mi hogar durante toda la vida y me encaminé hacia la ciudad. Y eso es todo, bueno, la mayor parte. No puedo mencionar el nombre de mi padre, por supuesto, hasta que me reconozca oficialmente, por así decirlo; pero puedo decirte que gobierna una gran ciudad, vive en un gran palacio y no se encuentra a un millón de kilómetros de aquí. De hecho, en las noches claras puedo ver la parte superior de los tejados de su palacio desde mi pequeña ventana.

La cabeza de Kruza flotaba por la habitación a causa de todo el buen licor ingerido, pero identificaba un inaudito cuento de hadas cuando lo oía, o varios entrelazados unos con otros. A pesar de todo, no era asunto suyo. Quería que el muchacho se relajara y confiara en él.

* * * * *

Kruza se marchó muy tarde. Al recordar que aún debía cumplir con la cuota, se apropió de un pequeño espejo dorado al salir y lo deslizó dentro de su chaqueta.

–Está bien -le dijo Resollador al darse cuenta-. Puedes quedártelo. Se lo quité a un ladrón. Ahora no pertenece a nadie, así que puedes llevártelo.

Por primera vez desde que era un niño, Kruza se sintió culpable.

–Oye, ¿cómo te llamas? -preguntó.

–¡Ah!, no tengo nombre -replicó el chico con tono alegre-, por ser un bastardo y todo eso. Y mi madre no vivió lo bastante para darme uno. Cuando fui mayor necesite un nombre, mis tías me llamaron Resollador. Puedes llamarme así.

–De acuerdo -replicó el ladrón-. Yo me llamo Kruza.

–Es extraño -comentó Resollador-. Pensé que tu nombre tendría que ser Estornudador -y rió de su propio chiste-. ¿Has oído eso? -preguntó retóricamente-. ¡Resollador y Estornudador!

Kruza parpadeó.

–Nos vemos -dijo, y se marchó.

* * * * *