Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

Sus dedos encontraron mi cuello, apretaron y me torcieron la cabeza hacia un lado. La nieve me cubrió el rostro y me llenó los ojos y la nariz con su arenoso frío. Podía sentir la tibieza de su sangre sobre el estómago, y la empuñadura del cuchillo que tenía clavado presionaba con fuerza contra mi cuerpo. Se me nubló la mente de dolor y oscuridad.

Me sentía como un hombre agonizante. Dentro de mi cabeza se formaban imágenes: rostros, el padre Zimmerman con su semblante contorsionado por la agonía; el hermano Rickard partido por la mitad; Schtutt; mi esposa Filomena y mi hijo Karl sonriendo en la última mañana que los vi, y la media cara de la muchacha muerta de Norse, cuyo nombre e historia no conocería jamás.

No, aún no había acabado con el trabajo que tenía que hacer allí. Debía llevar a cabo la obra de Morr.

Algo despertó en mi cansado cuerpo, una última reseña de fuerza. Mis brazos hallaron los de él, soltaron las manos que me rodeaban el cuello, y lo empujaron con tal fuerza que rodó por la blancura que cubría el terreno funerario.

Giré sobre mí mismo para seguirlo. Se encontraba acuclillado e intentaba ponerse de pie, mientras una mano buscaba a tientas el cuchillo para arrancárselo. Continué rodando y me estrellé contra él. Sentí que caía de lado y resbalaba, para luego aferrarse a mi capa y retenerla. Por un momento, no pude entender por qué lo hacía, pero luego sentí que su peso tiraba de mí y comprendí: nos encontrábamos en el borde del barranco y él se estaba cayendo.

No sabía si intentaba volver a subir o quería arrastrarme consigo, pero eso carecía de importancia porque yo estaba deslizándome por la nieve, arrastrado hacia el precipicio. Agité brazos y piernas en un intento de aferrarme a algo, pero lo único que hallé fue nieve suelta, y continué resbalando hacia la muerte.

Mi mano izquierda encontró una pequeña grieta en la roca, y me agarré a ella con todas mis fuerzas. Entonces podía ver el vacío. Debajo de mí colgaba Gilbertus, o el hombre al que yo había llamado Gilbertus. Tenía una mano envuelta en mi capa y con la otra se aferraba desesperadamente a la roca vertical del acantilado. El viento agitaba los ropajes alrededor de su cuerpo. Debajo de ambos se arremolinaba y volaba una infinidad de nieve que no dejaba ver nada más.

Gilbertus alzó la cabeza y me miró a los ojos. Los suyos eran charcos de destellante oscuridad; era como mirar dentro de un pozo antiguo. Ni siquiera en ese momento pude captar nada en ellos. Tenía el semblante tan blanco como el hielo. De la herida de su vientre aún manaba sangre que caía girando en la ventisca.

–Súbeme -pidió, y había debilidad en su voz.

–No -respondí yo.

Tenía ganas de golpearle las manos para obligarlo a soltarse, pero temía que el más ligero movimiento me hiciese deslizarme por el borde del barranco.

–Súbeme -repitió-, y te llevaré hasta tu esposa y tu hijo.

–Estás mintiendo -le contesté.

En ese momento, se oyó el sonido de la tela de mi capa al rasgarse de través. El nigromante se balanceó hacia un lado sobre la pared del barranco, sujeto momentáneamente en el aire por la tela más gruesa del dobladillo; luego, también ésta se rasgó, y él se precipitó al vacío.

A medida que caía, su cuerpo se hacía más indistinto, arrastrado entre la nevisca, hasta que desapareció en la blancura de la tormenta. No se oyeron ni gritos ni el sonido de impacto, que posiblemente fueron amortiguados por la nieve.

Yo permanecí allí tendido durante un rato. La sangre me latía con fuerza en las sienes, y mis manos se aferraban por reflejo a todo lo que encontraban. Sentía contra el rostro el frío de la nieve y la roca, lo que me recordaba que estaba vivo.

* * * * *

Por fin, retrocedí un metro, con lentitud, y me levanté. La zona estaba manchada de sangre, pero la nieve que caía en abundancia ya empezaba a cubrir las manchas y regueros de color rojo, así como las huellas e impresiones que delataban la reciente lucha.

Me dolían las costillas. Miré a mi alrededor y vi que el área continuaba desierta: sin señales, sin pruebas, sin testigos, sin complicaciones. Susurré una oración de gracias a Morr.

Por un instante, volví a ver el rostro de Gilbertus, sentí su peso suspendido de mi capa por una mano y oí sus últimas palabras. No sabía nada. Era imposible que supiera nada. Habría dicho cualquier cosa para salvarse. No; había mentido. Tenía que ser así.

Entonces, su espíritu había acudido ante Morr. Incluso los nigromantes antes o después tenían que hacer las paces con el Dios de la Muerte. Se me ocurrió que, a pesar de que aún pensaba en él como Gilbertus, desconocía su verdadero nombre.

Di media vuelta para regresar al templo. Estando Gilbertus muerto, su hechizo debía haberse deshecho, y yo podría darle descanso al alma de la muchacha muerta. También rezaría una bendición por el alma de él, y si alguien me preguntaba qué había hecho durante ese día, respondería que les había dado la paz a dos almas en pena.

Me pregunté si alguna vez lograría ese sosiego para la mía.

A salto de mata

Hacía ya un año que el muchacho invisible se encontraba en la ciudad, y estaba celebrando ese triunfo. Aún no tenía trabajo ni perspectiva alguna de conseguirlo, y sus reservas de dinero estaban llegando otra vez al límite, pero, de todas formas, cuando caía la noche tenía una buena comida y unos cuantos vasos de cerveza en la barriga.

La gente que le hablaba o lo conocía, antes de llegar a la ciudad, lo llamaba Resollador. En ese momento, en cambio no era nadie, pero se sentía feliz.

Cuando llegó por primera vez, el olor de la ciudad le había quemado las fosas nasales y la garganta durante algún tiempo, y el hedor había hecho que se sintiera enfermo; pero, poco a poco, había logrado no reparar en él. Estaba especialmente feliz porque no había estornudado ni resollado una sola vez durante su estancia en la ciudad.

En la época en que lo había rodeado el buen aire del campo, había sufrido durante todo el año a causa de su nariz, que no dejaba de moquear. En primavera y en verano, estornudaba continuamente, y sus ojos no cesaban de llorar. Y durante la cosecha, resollaba. Por eso, le habían puesto aquel sobrenombre. Era Resollador.

Entonces, veía el lado divertido de todos los años pasados respirando el buen aire puro del campo. ¡Bendita fuese la atmósfera asquerosa y contaminada de la ciudad, donde, fuera verano o invierno, se sentía cada vez mejor! El antiguo sobrenombre se había transformado en algo así como un chiste secreto, si es que alguna vez llegaba a encontrar a alguien que le preguntaba cómo se llamaba, claro. Había pasado un año y nadie le había dirigido la palabra. Nadie se fijaba en él. Nadie parecía verlo siquiera.

* * * * *

El tiempo era frío, húmedo, oscuro y triste. No importaba el invierno; el cambio a la primavera era la peor época del año.

Kruza estornudó con fuerza en un hermoso pañuelo de lino, que, apenas unos minutos antes, le había robado del bolsillo a un caballero de la ciudad. Ya no podría venderlo, pero en esa época del año necesitaba sonarse la nariz y. en comparación con el resto de su trabajo, la pérdida del dinero que le habrían dado por un pañuelo resultaba insignificante.

Kruza no se sentía muy bien para trabajar. No le hacía mucha gracia salir a la llovizna oblicua, y el viento que soplaba era del tipo que a uno le atraviesa en lugar de rodearle. Pero la jornada siguiente era su día, y aún le quedaba el pequeño detalle de cumplir con la cuota. Habría terminado días antes de no haberse encontrado otro receptor de objetos robados, muy conveniente, a quien decidió venderle dos o tres de sus mejores botines. Todo estaría bien mientras no se enterara el patrón.

–Viento, condenado viento -murmuró Kruza para sí al salir del Altquartier y descender por la escalera del Gran Parque.

Incluso en un día como ése, allí habría gente vendiendo, lo que significaba que habría otras personas con la bolsa llena. Y además de la posibilidad de sentarse en una pequeña y agradable taberna para beber una cerveza o, mejor aún, un ponche caliente, el mercado ofrecía el mejor cobijo de todo Middenheim. Los toldos de los tenderetes, que casi se tocaban en algunos puntos, protegían de lo peor del viento y la lluvia a personas y productos del campo.

Kruza vagó por el lugar durante un rato, se paseó entre los tenderetes y se tomó su tiempo para escoger a una probable víctima. Si ponía un poco de cuidado en la elección del objetivo, reduciría el número de los que necesitaría para cubrir la cuota y, a la larga, aumentaría el tiempo que más tarde podría pasar en aquella taberna.

* * * * *

Resollador siguió al viejo carterista hasta el mercado del Gran Parque. Le encantaba el mercado. Principalmente, robaba lo que necesitaba y, por supuesto, eso incluía dinero; pero le causaba un enorme deleite robar en los tenderetes para llenar su despensa y hacer lo más agradable posible el ruinoso lugar al que él llamaba hogar.

Durante el primer año que había pasado en la ciudad, había robado bastantes utensilios de cocina, ropa de cama y otros objetos caseros para pertrechar su cálido y acogedor nido, aunque era el único que lo disfrutaba. Había robado todo lo que tenía en el ropero, y hasta había logrado ratear una serie de espejos pequeños, incluido uno con marco dorado. Le encantaban los espejos y los había apoyado contra la pared o los había colgado, de modo indiscriminado, por toda la habitación en que vivía.

Ese día, sin embargo, Resollador necesitaba dinero en efectivo. Tenía que comer, y aunque su fresquera (en esa época del año, era la parte exterior del alféizar de su única ventana alta) estaba casi llena, esa noche celebraba su primer aniversario en la ciudad y había decidido comer bien en una de las mejores tabernas. Tal vez, incluso, encontraría una muchacha, y eso, con total seguridad, significaba dinero contante y sonante.