Los Martillos De Ulric – Dan Abnett, Nik Vincent, James Wallis

El barranco de los Suspiros es un lugar repleto de contradicciones. Desde el borde, puede verse toda la Middenland que se extiende hasta las Montañas Centrales: colinas, diminutas aldeas y la enorme alfombra verde del bosque de Drakwald, por donde serpentea el camino de Talabheim. En los tiempos en los que aún era capaz de apreciar la belleza, creía que se trataba del lugar más encantador y romántico de la ciudad. Sin embargo, cuando uno se acerca al borde y mira hacia abajo, ve los pedazos de ataúdes partidos, los cadáveres amortajados que yacen sobre las rocas o quedan colgados de las ramas de los árboles tras haber sido arrojados, y a veces el cuerpo no consagrado de un suicida, o también de la víctima de un asesinato.

En ese momento, no obstante, era imposible ver nada porque estaba nevando con intensidad. Me envolví más apretadamente en la capa y observé al séquito fúnebre de media mañana. La voz de Gilbertus quedaba amortiguada por la nieve, pero yo conocía tan bien el sombrío encantamiento que estaba entonando que habría detectado el más ligero error. Hasta el momento, no había pronunciado ni una sílaba equivocada. En torno a él, los deudos se apiñaban para protegerse del frío, de la mutua aflicción y del miedo a la muerte. El ataúd de pino sin barnizar descansaba sobre el féretro. No se trataba de un funeral opulento.

Gilbertus se volvió ligeramente, y yo oculté la cabeza tras la esquina del edificio para que no me viera. Hacía un frío de mil demonios, y el viento cortante estaba insensibilizándome los pies y los dedos de las manos; pero si me movía demasiado denunciaría mi presencia. Así pues, me quedé quieto como una temblorosa estatua y escuché el encantamiento.

¡Allí! Había cambiado algo. Nada tan obvio como saltarse una palabra o un verso, sino sólo un sutil cambio en el ritmo de la oración. Dos versos más tarde, ocurrió otra vez, y una tercera casi de inmediato. Luego, recitó toda una estrofa que no reconocí.

No se trataba de una lección mal recordada, sino que estaba cambiando cosas. Yo no comprendía el idioma de las sagradas bendiciones -casi nadie lo entendía, y nos limitábamos a aprenderlas de manera maquinal-, pero me daba cuenta de que ahí había algo raro. El miedo ascendió con lentitud por mi espalda, y me habría puesto a sudar de no haber sido por el frío que hacía.

Se dijo una última bendición, y el féretro fue empujado hasta el borde del barranco. Tras ser alzado por un extremo, el ataúd resbaló hacia el vacío, y los deudos fueron alejados del límite del precipicio antes de que ascendiera hasta ellos el ruido del impacto final. No se demoraron por los alrededores; el grupo se dispersó con rapidez, ansiosos todos por alejarse de aquel lugar de muerte y regresar a la calidez de sus casas para consolarse los unos a los otros y, según supuse, alimentarse con los tradicionales platos de carne de los funerales. Gilbertus permaneció allí durante un momento, y yo salí para reunirme con él.

–Bien hallado, hermano -le dije.

–Sí, hermano. Hace frío. -Pateó el suelo unas cuantas veces para entrar en calor-. ¿Has venido para oficiar un funeral?

–En cierto sentido -repliqué-, pero quiero hablar contigo acerca del ataque de anoche.

–Sí -replicó- un asunto desagradable. ¿Te han dicho que hay una reunión, después de cenar, para determinar quién actuará como jefe del templo?

Había cambiado algo en su tono, en toda su actitud. Su voz ya no era la de un aprendiz. El día anterior me hablaba con respeto, pero en ese momento lo hacía con arrogancia. Hizo una pausa y se dio la vuelta, y yo me pregunté si lo hacía porque no quería que le viese el rostro mientras hablaba.

–La pasada noche dijiste que creías saber quién estaba detrás del ataque. ¿Es verdad eso?

–La pasada noche estaba equivocado -respondí.

–¿Ah, sí?

–Sí -asentí-. Pensaba que se trataba de un nigromante resentido, pero no es así; es un nigromante ambicioso. ¿Tienes ambiciones, hermano?

–Cuando hace frío, siento frío -dijo con un tono nuevo, a medio camino entre el miedo y la agresividad-. ¿Por qué no buscamos un sitio abrigado para hablar de eso?

–Me siento bien aquí -respondí-. No nos llevará mucho tiempo. Sólo tengo cuatro preguntas que hacerte. Primera, si anoche habías ido a dar la alarma, ¿por qué no vi tus huellas sobre la escarcha del parque?

–Porque fui por un camino diferente al que seguiste tú, obviamente. ¿Cuál es la segunda pregunta?

–¿Cómo sabías que a la muchacha muerta le habían clavado una puñalada en el corazón?

–Me lo dijo un guardia. ¿La siguiente?

–¿De dónde sacaste el tentáculo?

Se volvió bruscamente hacia mí y pensé que estaba a punto de lanzar un hechizo. No hice nada. Calló durante un momento, y luego dejó caer los brazos a los lados, con lentitud. Me di cuenta de que estaba asustado; asustado, pero aún seguro de sí mismo.

–¿Qué sabes? -me preguntó.

–Que no vas a marcharte de este barranco sin matarme.

Avancé hacia él con las manos ligeramente alzadas, y las palmas y las muñecas vueltas hacia arriba. Es un truco de comerciante; te hace parecer vulnerable, inofensivo. Él no reaccionó, o al menos no intentó apartarse, lo cual era buena cosa.

–Aparte de eso -dijo, en cambio.

–Llegaste aquí hace seis meses bajo la identidad de un sacerdote novicio de Talabheim -comencé-. Estábamos esperando que un tal hermano Gilbertus llegase de allí, así que supongo que lo mataste para suplantarlo. Has pasado seis meses asegurándote de que hubiera muchos cadáveres sin bendecir en los alrededores de la ciudad, a los cuales podrías reanimar más tarde con tu magia.

»Ayer por la mañana mataste a la muchacha detrás de La Rata Ahogada, hechizaste el cadáver y, luego, hiciste que pareciese una mutante, para que nadie se sorprendiera demasiado cuando yo no lograra llevar a cabo la ceremonia del Rito Innombrable. También persuadiste al padre Zimmerman de que yo estaba malgastando el tiempo del templo, para que el cadáver permaneciera en el Factorum durante toda la noche, sin bendecir, a punto para reanimarlo. Cuando te encontré en el exterior del Templo, habías estado allí desde el principio para controlar a la muerta.

–¿Sabes todo eso? -preguntó.

Me aproximé un poco más hacia él, hasta quedar separados poco menos de un metro. Detrás de Gilbertus, el borde del barranco se precipitaba hacia la eternidad.

–La mayor parte son conjeturas -admití.

–Tantas conjeturas… para un comerciante arruinado obsesionado aún por la pérdida de su familia. Estoy impresionado.

Para entonces había abandonado por completo el fingimiento; ya no era Gilbertus. Nunca había sido Gilbertus en lo más mínimo, como no fuese en la mente de algunos sacerdotes demasiado confiados. Si alguno de ellos se hubiese encontrado cerca, no habría reconocido al sarcástico arrogante que se atrevía a mofarse de mi congoja.

Pero no había nadie más, pues el barranco de los Suspiros estaba desierto. Allí sólo estábamos nosotros y la arremolinada nieve: él, con su plan y su magia; yo, con el recuerdo de Filomena que acababa de evocar, y con toda la tristeza y cólera que éste conllevaba. Volvió a sonreír.

–Y bien, hermano, ¿por qué un sacerdote de Morr, o incluso un nigromante, iba a hacer lo que acabas de describir?

–Porque -respondí sin disimular la amargura de mi voz- eres ambicioso. Porque para un nigromante no podría existir una posición de poder mayor que la de jefe de un templo de Morr, donde todos los cadáveres que podrías necesitar serían traídos hasta tu mismísima puerta por los buenos ciudadanos de Middenheim. Es probable que tengas algún plan para apoderarte de la ciudad en un par de años.

–Tal vez.

Entonces lo tenía cerca y ya no sonreía. Su expresión era fría y dura. Los copos de nieve se arremolinaban en el espacio que mediaba entre nosotros.

–Iba a preguntar quién era la muchacha -dije-, pero ya no tiene importancia.

–Era joven, fuerte, sensible a mi magia; una herramienta potencial. Tú y yo nos parecemos, hermano. Yo no sentía ningún interés por la muchacha cuando estaba viva, y tú tampoco. Con todo el sufrimiento, todo el dolor que hay en la ciudad, y sólo tienes utilidad para ellos cuando están muertos. Podríamos trabajar juntos. Podríamos aprender muchísimo el uno del otro, y a mí me vendría bien contar con un hombre como tú. ¿Qué me dices? Únete a mí. Regresemos al templo. Allí te hablaré de la muchacha.

–Ya te he dicho que no tiene importancia.

Pero su sugerencia me había desconcertado. ¿Éramos similares? ¿Tenía yo en mi interior la semilla de la nigromancia?

Y entonces, él comenzó a entonar un encantamiento con voz aguda, rápida, y de repente, mi fin se convirtió en algo mucho más próximo. «Cuenta hasta cinco», había dicho Alfric. Me quedaban cinco segundos de vida.

Uno. Avancé dos pasos.

Dos. Ya me encontraba ante él y tenía la daga que había ocultado bajo la capa en la mano.

Tres. Se la clavé profundamente en el estómago y su sangre, caliente, manchó mis dedos entumecidos. Alcé el rostro hacia el suyo y nuestros ojos se encontraron. Los de Gilbertus estaban colmados de horror.

Cuatro. Pasó un largo segundo, y él no dejó de entonar las palabras del hechizo.

Cinco. Retorcí el cuchillo con todas mis fuerzas, y los dedos resbalaron a causa de la sangre. Gilbertus profirió un grito de dolor. El monólogo se interrumpió y el hechizo quedó anulado. Hizo una pausa, y luego se lanzó contra mí. Mis pies resbalaron sobre el suelo cubierto de nieve, y caí.

El se desplomó encima de mí y quedó jadeando sobre mi cuello. Intenté apartarme rodando, pero él me inmovilizó contra la tierra. Estaba desangrándose, pero era más corpulento y fuerte que yo: como mínimo, podía arrastrarme a la muerte consigo.